Mostrando entradas con la etiqueta Arqueología.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Arqueología.. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de septiembre de 2016

Gloria y ocaso del profeta

Setenta años, más o menos, duró el esplendor de Medina Al-Zahara (la ciudad resplandeciente) mandada edificar por Abderramán III, primer Califa omeya andalusí hacia el año 930 a una decena de kilómetros de Córdoba. Según leyendas, se levantó en honor de su favorita Zahara, algo así como el palacio de Púbol, pero en grande. Según opiniones con mayor crédito histórico, lo que el Califa buscaba era la representación de la pompa y circunstancia que se debía a un califato tan potente como el suyo, centro de saber y poder (que, según los baconianos, van juntos), de industria, comercio, riqueza. Era obligado que las frecuentes comitivas procedentes de los poderosos reinos extranjeros, los cristianos, los francos, los bizantinos, el Imperio germánico, vieran cómo, al final de su peregrinar por las parameras cordobesas, al sur de Sierra Morena, los esperaba un lugar de lujo y refinamiento como no habían visto jamás en sus países, regido por un poderoso representante de Alá en la tierra, descendiente del profeta y comendador de los creyentes. 

Y así se hizo. Ciudadela, fortaleza, alcázar, centro administrativo, palacio califal, sede del gobierno, mezquita, viviendas, mercados, plazas, baños, de todo había en aquel lugar de lujo y ensueño. A él llegaban y de él salían vías que comunicaban la Medina con todos los puntos del mundo, empezando por la vecina Córdoba y por las que transitaban séquitos, guarniciones, caravanas de mercaderes. Y así se mantuvo en su gloria y poder durante los reinados de Abderramán III, su hijo al-Hakam II y su nieto Hisham o Hixem II quien realmente no pintó nada en su reinado porque el poder lo ejerció, incluso en forma de dictadura militar, el general Almanzor, temido en todo el orbe cristiano al norte de Córdoba. A la muerte de Almanzor y sus descendientes y tras una guerra civil con la que terminó el califato cordobés, la ciudad fue saqueada por primera vez en 1010 y luego abandonada. Sometida a posteriores saqueos por los almorávides, fue arrasada luego por los almohades, algo así como lo que hicieron los del ISIS con Palmira aunque más a lo bestia. En los siglos posteriores, la ciudad cayó en el olvido y sus fantasmales ruinas sirvieron de cantera para sucesivos expolios que regaron la península y el norte del África de piezas arquitectónicas robadas en este lugar: las hay en la Giralda y la catedral de Sevilla, en Marruecos y Túnez, incluso en las catedrales de Tarragona y Girona. Finalmente, hasta el nombre de la ciudad resplandeciente desapareció de la memoria de las gentes mientras, como hemos visto, sus piezas se encuentran diseminadas all over the place, llegando incluso en Inglaterra. La prueba es un torito visigótico procedente de Medina Azahara y comprado por la Junta de Andalucía hace unos años en una subasta en Londres. 

A propósito de los saqueos, a tiro de piedra de Medina Azahara, se encuentra el precioso monasterio de San Jerónimo de Valparaíso, del siglo XV. Ejemplar único del gótico en Córdoba, en buena medida  se construyó con materiales saqueados de Medina Azahara. Abandonado en 1836, a consecuencia de la desamortización de Mendizabal, fue adquirido en 1912 por los marqueses del Mérito, quienes lo restauraron. Declarado bien de Interés Cultural en los años ochenta, los propietarios actuales sin duda se atienen a lo que determina la ley sobre visitas a estos lugares. Pero lo que la ley determina parece hacer esas visitas imposibles: un cupo anual máximo de 400 personas en visitas guiadas de 25, concertadas solo por correo electrónico y que asignan día (uno de 16 sábados entre septiembre y diciembre) y hora sin posibilidad de cambiar. Y, encima, avisan en la página de que las solicitudes de este año se agotaron en un minuto. Esto de la propiedad privada de los bienes de interés público, cultural, etc es asignatura que hemos de aprobar con mejor nota. Pero la llevamos al revés, a peor: ahora es la mezquita de Córdoba la que, junto a miles de otras propiedades, ha pasado a manos privadas, de la Iglesia católica. Porque, aunque la iglesia es un Estado dentro del Estado por los privilegios con que cuenta, sigue siendo una asociación privada y una que hace pingües negocios con propiedades que, en realidad no son suyas. Propiedades que el beaterío y la estupidez de la gente se ha dejado arrebatar con la bendición de las autoridades empezando por las de la Junta de Andalucía, presidida por la socialista Susana Díaz, católica, sentimental y amante de las corridas de toros.

En fin, en Medina Azahara, un espacio impresionante, se ven ruinas y más ruinas y, aun así, sólo se ha excavado un 10% del total de la construcción. Y lo que hay está reconstruido y, por cierto, bastante bien reconstruido teniendo en cuenta que ha sido necesario levantar fachadas con arcos de herradura, prácticamente de la nada, como la de la magnífica casa del primer ministro de Abderramán, un eunuco que vivía a su vera en unas dependencias verdaderamente lujosas, rodeado de viviendas de servidumbre y guardias. A este no le hacía falta una construcción especial para el harén, como la que, al parecer, tenía Abderramán, cabe su palacio (al que corresponden los arcos de la foto, que tanto recuerdan la mezquita de Córdoba) que no se puede visitar pues se encuentra en restauración.

Estas bellas ruinas por las que hemos paseado con un sol abrasador no inspiran la melancolía de los espacios que tuvieron su esplendor y fueron luego decayendo con el paso de los siglos. En absoluto. Las gran Medina Azahara, cuya fama llegó a todos los puntos del planeta en el siglo X, no aguantó ni cien años. No decayó. Fue destruida, arrasada, pillada, saqueada, olvidada. No es melancolía lo que suscitan sino asombro, fatalismo, resignación ante la ceguera y la brutalidad de los seres humanos.

sábado, 28 de mayo de 2016

Desde lo más profundo del tiempo

El Museo Arqueológico Nacional tiene una interesante exposición de los hallazgos de una misión española de la Universidad Autónoma en los confines de Oriente próximo en la península de Omán. Comisariada por Joaquín Córdoba Zoilo, catedrático de Historia antigua de esa universidad, muestra los resultados de los trabajos de ese equipo de españoles, incorporados a una misión internacional y aporta datos muy interesantes, fascinantes incluso, sobre una civilización de la que, hasta hace poco no se sabía prácticamente nada, ni siquiera en dónde estaba: la del país de Magán. Algún texto sumerio hablaba, al parecer, de los "barcos negros" (porque los calafateaban con betún) que llegaban de aquel lugar que debió de florecer como centro de comercio del cobre para el golfo pérsico entre el 2300 y el 500 a.d.C. Imagino que la existencia de este centro -no me atrevo a llamarlo emporio- y algún otro vecino, como Mleiha y el puerto de Dibba, ciudades caravaneras fortalecerán las viejas teorías difusionistas. Luego, llegó la decadencia y pareció habérselo tragado la tierra, de forma que algunos conjeturaban que podía incluso encontrarse en el África, otros en Yemen, o en Irak. Ahora, gracias al encomiable trabajo de estos investigadores ya sabemos que se encontraba en lo que hoy es el Emirato de Sharjah, en el cuerno de la península arábiga. Puro desierto.

Los materiales que se muestran son básicamente cerámicas, cuentas, utensilios, puntas de flechas y lanzas, alguna piedra con inscripciones, tumbas individuales y colectivas, diferentes tipos de enterramientos con rituales desconocidos. Todo habla de asentamientos humanos durante un larguísimo periodo que va desde los orígenes más oscuros en el paleolítico hasta la Edad del bronce y todo también documentado porque, como dicen los investigadores con legítimo orgullo, ponen voz a los que no la tienen, los sacan de la oscuridad y nos los muestran, interpretando su existencia que, por lo que cabe colegir de la pobreza y rusticidad de la muestras, debía de ser muy dura durante siglos y siglos. 

Dos o tres consideraciones se imponen al visitante que se siente trasportado a las condiciones de vida de aquellas comunidades que peleaban por sobrevivir en un clima muy adverso. La importancia que adquieren los vestigios funerarios que aquí, como en muchas otras partes, son el vínculo que nos une con civilizaciones extinguidas y casi por entero desaparecidas de la faz de la tierra. Es ese deseo de perdurabilidad que ha alentado siempre en el corazón de los seres humanos el que los lleva a proveer a los difuntos de cantidad de objetos que al cabo de siglos, milenios, nos hablan de cómo eran y con el auxilio de varias ciencias nos permiten pasar de las conjeturas o teorías sólidas sobre sus vidas, sus costumbres, sus enfermedades, incluso, aunque no tanto sobre sus creencias y otros elementos puramente espirituales.

En algún lugar nos informan los miembros de la expedición, si no he leído mal que la esperanza de media de vida era de 27 años. Da que pensar y mucho y en muchas direcciones. Dante escribió la Divina Comedia n'ell mezzo della sua vita y contaba treinta. La esperanza de vida hoy en España está en torno a los 80. ¿Qué cabe hacer en 27 años teniendo, además que consumir la mayor parte en procurar la supervivencia en condiciones sumamente duras? Y, sin embargo, uno piensa que aquellas gentes eran como nosotros, se reían, festejaban, se adornaban (hay muchos collares, adornos, pulseras), se enamoraban y se peleaban... 

Los periodos de florecimiento y decadencia debieron ser intermitentes pero algo les dio seguridad y continuidad, algo que debieron a su puro ingenio y que los españoles han sabido descubrir y explicar: un ingenioso sistema de regadío subterráneo que les permitió desarrollar la agricultura. Lo cual es congruente con esa teoría de que todas las formas de civilización primitivas y prehistóricas se han fundamentado en sistemas de regadío. Hay una reproducción a escala de esos pasadizos tallados en el subsuelo por los que discurrían las aguas que se almacenaban en las capas freáticas en un país desértico y que ellos, que debían ser competentes zahoríes, descubrieron y supieron aprovechar. 

Solo por ver esa obra de ingeniería del neolítico (supongo) merece la pena acercarse a esta curiosa exposición que documenta la existencia de unas gentes de las que no sabíamos nada y de las que seguimos sin saber gran cosa. Gentes a las que tenemos que hacer un sitio en nuestra galería que muestra el proceso por el que los seres humanos han conseguido adueñarse de un mundo en el que empezaron siendo absolutamente insignificantes y hoy están a punto de destruir. 

sábado, 9 de abril de 2016

El aliento de las ruinas

A nuestra vuelta de Sevilla, de escuchar las sesudas razones de mis colegas para seguir ignorando el problema más acuciante que tiene eso que llaman su patria, paramos a visitar las ruinas de Itálica. Fundada en el 209 a. d. C., al final de la segunda guerra púnica, fue la primera ciudad romana en lo que luego sería España y, se dice, la primera fuera de Italia. Sobrevivió a Roma, a los visigodos y solo fue abandonada en tiempos de los musulmanes, hacia el siglo XII.

La ruinas son impresionantes y se conservan, mejor o peor, las de muchas edificaciones públicas y semipúblicas, como el anfiteatro, el teatro, los acueductos, las termas, el foro, un cardo impresionante que cruza lo que es el actual conjunto arqueológico de la "ciudad nueva" que  se encuentran fuera de la villa de Santiponce, actual población bajo la cual se supone yace el resto de la antigua ciudad, la "vieja" o vetus urbs. En el conjunto exterior hay numerosas villas privadas, muchas de ellas con bellos mosaicos en buen estado de conservación pero que dejarán de estarlo porque se exhiben sin protección alguna contra las inclemencias del tiempo. Aunque claro, eso les da un aire mucho más próximo, cercano, rodeado de ese hálito de melancolía que tienen siempre las ruinas de civilizaciones idas pero en las que nos reconocemos. Esa melancolía que destilan las estrofas del poema de Rodrigo Caro, de imborrable memoria bachillera, que saluda al visitante en la misma entrada: "Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora/Campos de soledad, mustio collado,/Fueron un tiempo Itálica famosa;/Aquí de Cipión la vencedora/Colonia fue; por tierra derribado/Yace el temido honor de la espantosa/Muralla, y lastimosa/Reliquia es solamente/De su invencible gente."

Famosa, desde luego, debió de ser Itálica que, según parece, comenzó como "colonia latina", al decir del poeta y fue luego ascendida por César a "municipium civium romanorum", esto es, a la dignidad de ciudadanos romanos. Luce su gloria haber sido la cuna de Adriano, Trajano y Teodosio, como recita Caro en su poema llamándolos honor de España, por esa tendencia, perfectamente comprensible por lo demás, de los habitantes de las provincias a equipararse con las grandes urbes, las metrópolis y a ufanarse de su aportación a la magnificencia del conjunto. Se conservan estatuas y vestigios adrianeos y trajaneos, incluso, hay un "traianum", restos de un templo posiblemente dedicado a Trajano. Pero si resulta extraño pensar en Trajano como "español" (por lo mismo que rechina pensar en Séneca o Marcial también como españoles, salvo para quienes creen que los españoles estamos aquí desde el paleolítico), fácil es calibrar cómo suena considerarlo rumano. Y el hecho es que, al haber conquistado -y romanizado- Trajano la Dacia, actual Rumania, los rumanos lo veneran como un verdadero padre de la patria. Padre de la patria lo llama también Caro, pero penando en España. Y los dos hablamos lenguas romances gracias, entre otros, a Trajano. Así pues, no extraña ver en Itálica pruebas de ese amor de los rumanos por Trajano, entre ellas, un trozo de la columna Trajana, regalo de aquel país eslavo, un tramo perfectamnte reproducido de  esa pieza de 30 metros de alta que está en Roma y en la que el emperador mandó perpetuar sus hazañas en bajorrelieve.

Itálica la fundó Publio Cornelio Escipión, llamado "el africano" por haber vencido a Aníbal en la batalla de Zama. Y la fundó para albergar a los soldados heridos en su campaña de la segunda guerra púnica, que le tuvo muy entretenido en la peninsula hasta llegar al momento de su más señalada victoria, producto de su ingenio, audacia y sentido de la oportunidad, cuando conquistó Carthago Nova, hoy Cartagena. y quebró el espinazo del poderío cartaginés. Siempre me han caído simpáticos los Escipiones, militares, políticos y gente ilustrada. Este Africano "mayor", fue  abuelo de Publio Cornelio Escipión Emiliano, también llamado Africano "menor" por haber terminado la tercera guerra púnica y también muy relacionado con Hispania porque fue el que conquistó Numancia, otro símbolo del orgullo español. Los escipiones formaban un círculo de literatos, filósofos, poetas que en nada tenían que envidiar a los de la rive gauche parisina. Por entonces Roma era una república que se disponía a conquistar el orbe conocido. Al círculo de los Escipiones pertenecieron, entre otros, Panecio de Rodas y el gran Polibio, que había llegado como esclavo griego y se convirtió en el gran historiador de Roma y todo a base de una enorme tolerancia y sincretismo, que les permitía acoger dioses extranjeros, divinizar a los emperadores y hasta integrar ideologías opuestas. Los Escipiones, gente de armas y orden, eran amigos de los Gracos. Escipión "numantino" estaba casado con su prima Sempronia, hija de Tiberio Sempronio Graco.

De todo ello, dice Caro, Solo quedan memorias funerales/Donde erraron ya sombras de alto ejemplo.

viernes, 18 de septiembre de 2015

El final de los imperios.


Cuando, hace ya algunos años, vi la película de Ridley Scott, Gladiator, los planos de Russell Crowe (Máximo) entrando o saliendo de su mansión campestre en España, me trajeron a la memoria la villa romana de la Olmeda en Pedrosa de la Vega, provincia de Palencia.  Son las escenas en flash back en que el general  recuerda sus campos cultivados y su vida familiar en compañía de su mujer y su hijo asesinados luego por orden del emperador Cómodo, quien también ordena destruir e incendiar la mansión para castigarlo por negarse a acatarlo como emperador. Imposible no ver en la memoria, o quizá imaginar, los campos cercanos al río Carrión en los que algún noble romano hizo construir su mansión hacia el siglo IV, muy cerca de otra villa anterior, del siglo I, más en la época de Cómodo, pero destruida en el siglo III. No se conocen los nombres de los propietarios del latifundio, aunque hay señales de que uno de ellos pudiera haber sido Asturius, general quizá de Constantino o Teodosio, como Máximo lo era de Marco Aurelio.  La villa de la Olmeda, obra tardoimperial, fue destruida a lo largo del sigloVI. Visión y recuerdo, en la película y en la realidad. Así que este verano hicimos una escapada a Pedrosa de la Vega y, luego, a Saldaña, en cuya iglesia de San Pedro se conservan muchas piezas arqueológicas procedentes del latifundio y dependencias adyacentes así como necrópolis, a ver cómo seguían las excavaciones.
 
Porque la primera vez que la visité fue a mediados de los ochenta  después de que el ingeniero agrónomo Javier Cortés, propietario del terreno, donara el conjunto a la diputación de Palencia para que prosiguiera las excavaciones. Él hizo el primer descubrimiento por casualidad en 1968 y, durante doce años, fue desenterrando construcciones, reparando mosaicos, ampliando lo excavado, hasta que vio que era una tarea superior a sus posibilidades e hizo la donación de lo que está considerado como uno de los mayores yacimientos arqueológicos europeos y una de las mayores villas de todo el imperio romano. El hallazgo de una vida.
 
 La diputación reabrió el sitio en 1984 al tiempo que seguía ampliando las excavaciones. Desde entonces se han hecho muchas ampliaciones y, aunque la parte rústica queda por descubrir, la urbana está ya toda a la vista, en magnífico estado de conservación y muy cómoda visita mediante unas pasarelas fijas que permiten contemplar los mosaicos del oecus, la parte noble. Son muchas las habitaciones que conservan mosaicos y para observarlos es muy útil una detallada guía de José Antonio Abásolo y Rafael Martínez, catedráticos de Arqueología de la Universidad de Valladolid. Hay multitud de dibujos, pautas, formas y colores, motivos vegetales y sobre todo geométricos. Llaman la atención las cruces gamadas tranto dextrógiras como levógiras, por razones comprensibles porque parece que son signos iranios pero que obviamente habían hecho un largo recorrido. También la primera vez que visité el lugar me llamó la atención una cantidad regular de conchas de ostras que testifican de cierto lujo en el vivir, hoy reducidas a una pequeña muestra pero igualmente significativa.
 
Los dos conjuntos de mosaicos más interesantes tienen motivos figurativos y muy curiosos. Uno de ellos representa el episodio en que Ulises, "el de los mil trucos", según Homero, descubre a Aquiles, disfrazado de  doncella entre las hijas del Rey Licomedes, a donde le había llevado su madre para evitar que fuera a la muerte en la guerra de Troya. Es un tema que se repite mucho en la pintura del clasicismo y el neoclasicismo porque es muy sugestivo, el del reto para el artista de representar el momento en que surge el hombre en ímpetu viril y belicoso del cuerpo de una dulce joven y el pasmo e intriga de su compañeras.
 
El otro mosaico también muy bien conservado son figuras de animales, leones, ciervos, etc en escenas de caza, muy vivas, muy fidedignas pero, eso, escenas de caza que nunca me han parecido especialmente interesantes, aunque sin duda tienen mucho mérito.
 
El palacio es una maravilla de proporción y variedad. Con la guía de Abásolo se pueden ir siguiendo los conductos del sistema de calefacción del hipocausto porque es fácil imaginar el frío que debe pasarse en invierno en Palencia, clima continental. Igualmente es magnífico el complicado sistema de baños con todos sus apartados y diferentes funcionalidades.
 
A la entrada se erige una arcada minuciosamente recostruida con las piezas auténticas que se encontraron dispersas y enterradas. Da paso al peristilo, el patio interior cuadrado que reproduce a escala menor del cuadrilátero del palacio, flanqueado por cuatro torres y que, en su tiempo, constaba de dos plantas.
 
Esta villa era el centro, casi una pequeña ciudad, de una intensa actividad agropecuaria en la que interactuaban personas de muy diversa condición, criados, esclavos, libertos, ciudadanos romanos, la familia, los comerciantes y extranjeros, muchos de ellos con nombres griegos o de otras procedencias. Una actividad que fue decayendo poco a poco, para dar paso a las medievales en los alrededores (como se prueba por las necrópolis) hasta desembocar luego en la nobiliaria Saldaña. Un imperio sustituía a otro.
 
 

sábado, 6 de abril de 2013

¿Qué veían aquellos ojos?

De siempre me han llamado la atención los ojos de las estatuas sumerias. Dos enormes almendras de esclerótica con una pupila dilatadísima, que ocupa todo el iris. Transmiten una sensación de asombro metafísico, universal, como si aquellos habitantes de Ur, Uruk, Lagash, estuvieran pasmados de lo que veían. La explicación materialista dice que los sumerios hacían así los ojos porque no sabían hacerlos de otra manera; igual que los egipcios representaban la figura humana en un perfil dislocado porque tampoco conocían otra forma de hacerlo. Es posible. Los materiales -piedra caliza, mármol, terracota- obligaban a hacer unas cuencas enormes que luego había que llenar de algún modo. Pero nada los obligaba a que fueran obligadamente negros y con la pupila al máximo. Conocían y aplicaban muchos colores. Pero eso es igual. Algo de estos ojos creo rastrear en los rostros de los etruscos, también aficionados, como los caldeos, a las barbas ensortijadas. Aunque los etruscos añadieron su famosa sonrisa. 

 En todo caso, los ojos de los caldeos son asombrosos. No es para menos. Como si el arte comenzara su andadura allá por el año 3000 a.d.C., cumpliendo ya su función de presentar al ser humano su propia imagen y, de ese modo, crearlo. Así que, si no suena algo hiperbólico, cabe adjudicar a los sumerios la invención del arte. Lo admito, no soy imparcial. Los sumerios (y los acadios) me son tan simpáticos que estoy dispuesto a adjudicarles lo que sea. Pero, en justicia, es lo que son. En Mesopotamia, en algún momento del siglo V a.d.C. se inventó la escritura. Es decir, se pasó de la prehistoria a la historia. En cascada vinieron también el invento del cálculo, el cómputo del tiempo, la astronomía, el ordenpolítico, el derecho (el Código de Hamurabi), la educación, la agricultura por regadío, etc.

En realidad, el origen de nuestra historia, que solemos fijar en Grecia y Roma, está en las marismas en la desembocadura del Tigris y el Éufrates. Eso de la agricultura y el regadío es esencial pues es lo que permitió a los sumerios hacerse sedentarios, fundar las ciudades. Hacia el año 6000 los sumerios entran en el neolítico mientras que los acadios del norte siguen siendo cazadores nómadas y hay entre los dos un estado de permanente guerra, entreverado de alianzas. Es decir, los sumerios hacen la transición de la humanidad del paleolítico al neolítico. ¿Cómo no se les iban a quedar los ojos como se les quedaron? ¿A quién no? De hecho, más o menos contemporáneas de la mesopotamia son las civilizaciones de Egipto y la de Mohenjo-Daro, en el valle del Indo. Pero ninguna representa a los seres humanos en esa actitud de asombro y veneración al mismo tiempo, perplejos ante lo que están viendo y haciendo

La exposición de la Caixaforum Antes del diluvio, que es magnífica, trae unas 400 piezas de esta civilización, concentrada en el intervalo desde 2600 al 1800, más o menos. Las dificultades de datación al tratarse de materiales como el adobe o las cerámicas hacen que se admitan desfases de hasta cien años arriba o abajo. Pero está muy bien organizada, con muchas explicaciones, vídeos, recursos informáticos. Hay hasta un espacio para que los niños jueguen con imitaciones de cosas sumerias. Los caldeos daban mucha importancia a los niños. Kramer, el de La historia empieza en Sumer comenta emocionado las abundantes tablillas cuneiformes que se conservan de tareas infantiles, como si fueran pizarrines donde los escolares poco aplicados de entonces escribían cien veces el equivalente a cosas como "Haber se escribe con hache". También hay una parte documental interesantísima de diarios, libros, correspondencia de los primeros arqueólogos que a comienzos del siglo XX empezaron a descubrir aquella culturas. Uno de los descubridores de una ciudad (no recuerdo cual) cercana al Éufrates, miembro de la primera expedición angloamericana, comunicó su descubrimiento a su universidad y a su periódico con un telegrama en latín, para evitar filtraciones.

Pero lo interesante de la exposición son las piezas en sí mismas, las maquetas, los bustos, las cerámicas de los distintos periodos, los amuletos, las herramietas, los adornos, la figuras votivas. Llaman la atención la figurillas que se enterraban en los cimientos de las casas para aplacar a las potencias subterráneas, las reproducciones de mujeres sin rostro pero con los órganos sexuales desmesurados, muy al estilo de la Venus de Willendorf y otros lugares centroeuropeos de donde quizá llegaran aquellos caldeos, que no eran semitas.

Toda la exposición consigue hacernos ver el contraste entre la riqueza polícroma de tantos artefactos y el medio natural hoy (hay abundantes y muy buenas fotografías) desértico en lo que hace miles de años quizá fuera un vergel debido a las redes de canales. E insiste mucho en la importancia de las ciudades, aunque se relativiza el que tuvieran carácter de ciudades-Estados. Se entiende el mensaje. Obviamente, la civilización es cosa de ciudades. Hay abundante muestra sobre esas imponentes construcciones, los zigurat, mezclas de templo y fortaleza que representaba la unión del primer poder político: reyes y sacerdotes con una casta de burócratas que formaba la base de lo quelos marxistas llaman "modo asiático e producción". Quizá en el zigurat de Babilonia que los judíos vieron en su segundo cautiverio, quizá tomaran por la torre de Babel.

Hay en la exposición mucho eco de la Biblia (libros de Daniel y Ester). Cosa nada de extrañar porque, el fin y al cabo, Abraham nació en Ur. La histora del diluvio universal y el arca es sumeria y se narra con pelos y señales en la exposición. También es sumeria, por cierto, aunque aquí, me parece, no se menciona, la historia de Moisés abandonado en un cesto que los acadios contaban de Sargón, el que inicia la primera dinastía acadia. Por cierto, los sumerios tenían en alta estima los bueyes y toros y de ahí que consideraran la cornamenta como un distintivo de nobleza. Otra influencia sobre los judíos, cuyos sumos sacerdotes o levitas, empezando por Moisés, lucen dos protuberancias frontales.

En fin, el visitante no perderá el tiempo. Entre zigurat y zigurat se encontrará con Gilgamesh, uno de los primeros poemas, que narra la lucha del hombre contra su condición mortal. Y contemplará esa "ciudad de los muertos", con su complicado nombre caldeo, de la que procede la humanidad.

(La segunda imagen (Un mesopotamio rezando, 2750/2600 a.d.C.) es una foto de Wikimedia Commons, bajo licencia Creative Commons).