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viernes, 29 de julio de 2016

El deber de decidir

El otro día, en la conferencia de Figueres sobre el derecho a decidir, desarrollé al comienzo la idea de que, en realidad, además de un derecho de decidir se da un deber de decidir. Partía en mi supuesto de la idea kantiana de la autonomía del individuo y lo enlazaba con la doctrina existencialista de que el ser humano está obligado a ser libre. No que haya que obligar al ser humano a ser libre, como paradójicamente planteaba Jean Jacques Rousseau, sino que no tiene otro remedio que serlo. Y la libertad no es otra cosa que elección y decisión. Si he de adoptar un criterio pero no tengo opción a elegir, en realidad, no soy libre. Tenemos, pues, un deber de decidir de carácter ontológico: solo decidiendo somos seres humanos. No es un deber moral, sino uno de necesidad; no es un "deber de", sino un "deber" a secas. Luego lo extrapolé a las decisiones colectivas. Si la comunidad tiene un derecho a decidir en cuanto agregado de los derechos a decidir que tienen cada uno de sus adheridos, tendrá también un deber de decidir.

Posteriormente, un par de lectores me llamaron la atención sobre el hecho de que conclusión era idéntica a la que en vida adoptó el clérigo y senador independentista catalán Lluís Maria Xirinacs. Incluso uno de ellos me hizo llegar un artículo del senador, precisamente titulado el deber de la independencia. Doy las gracias por la información y me siento muy honrado de haber tocado una tecla análoga a la de Xirinacs, a quien siempre tuve por un hombre digno y cabal.

Xirinacs plantea el deber desde la perspectiva fundamentalmente moral y lo predica de la acción colectiva, admitiendo la posibilidad de que se pueda decidir también la dependencia, aunque ello le parece mal. Mi posición tiene la ventaja, creo, de que se plantea en el terreno de la necesidad: hay que decidir porque, si no se hace, otros decidirán por ti como individuo y como colectividad y pondrán en peligro tu supervivencia. Además, yo me mantengo en la cuestión del deber de decidir, previo a la independencia porque, en efecto, la dependencia también es una decisión.

La perspectiva moral me parece más apropiada al enfoque individualista y también aquí la hago mía como deber de independencia del individuo. Pero esto ya se abre a otra perspectiva: el individuo debe ser independiente siempre porque solo la independencia garantiza una vida plena, autónoma, de realización personal. Solo el individuo libre es individuo. Quien se atiene a una doctrina del tipo que sea -religiosa, civil, política, etc- o debe lealtad a otro que lo protege, o es militante de alguna organización política o asimiladas no puede actuar con independencia y libertad. Y, ya se sabe que la libertad es el don más preciado que los dioses han dado a los hombres. Nadie puede administrármela, ni negármela, ni condicionármela. Ni aunque me encarcelen, como ya señaló Boecio en la consolación de la filosofía. Porque se puede encarcelar el cuerpo, pero no el espíritu. El espíritu solo puede encarcelarse a sí mismo. Y no es infrecuente que tal cosa suceda, mostrando así de paso el funcionamiento despiadado de la complejidad de la realidad, fragmentada en unidades inconexas y enajenadas. Sometidas. 

domingo, 24 de julio de 2016

La conferencia de Girona


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Aquí va íntegro el acto de Girona. Consiste en algunas preguntas que me planteó Xavi Martí y a las que respondí con mi torpeza habitual. Pero, habiendo escuchado la intervención, creo que conseguí trasmitir lo esencial de lo que quería decir. En especial tenía interés en aclarar el significado de los últimos acontecimientos en el Parlamento español que, como siempre, serían presentados por los medios integristas como evidencia de que el impulso independentista se desinfla.

Antes de la intervención se me autorizó a hacer una pequeña digresión sobre la marcha acerca de la mirada, aprovechando la muy original idea del título de la conferencia, "una mirada particular". Es tan sugestiva que sentí que debería responder con alguna consideración al respecto que, además, ligara la mirada con la tarea de cada cual a la hora de decidir.

Por último quisiera agradecer el trabajo ímprobo de la intérprete de signos. La verdad es que pensé hacerlo allí mismo, al acabar el acto porque se lo merecía, pero, por desgracia se me pasó. Sirvan estas líneas de excusa de mi olvido y prueba de mi reconocimiento a un trabajo verdaderamente arduo porque, además de la tarea de seguir un discurso hablado muy rápido -como es el mío, lo reconozco-, según mis noticias, el sonido no le llegaba enteramente nítido. Muchas gracias de corazón a la sufrida intérprete.

viernes, 22 de julio de 2016

Figueres: el derecho a decidir

Efectivamente, llegamos a Figueres, el pueblo en el que está el museo de Dalí y, en un antiguo convento de monjes capuchinos reciclado en centro cultural, di mi conferencia sobre el derecho a decidir en Cataluña hoy.

Antes de nada, no me resisto a subir una foto de la terraza del apartamento en que nos alojamos. Como se ve, es una especie de cuña que entra en el jardín del museo. Se observan en la parte superior izquierda los grandes huevos dalinianos que adornan la fachada de esa increíble construcción. Del otro lado puede verse un trozo de la cúpula de la entrada al museo. Un privilegio vivir prácticamente incrustado en lo surreal.

En cuanto al fondo del asunto, la charla, está grabada y tanto esta como la de ayer en Girona, aparecerán en Palinuro mañana o pasado. Sí planteé el asunto del derecho a decidir desde una perspectiva filosófica y, al hacerlo, se me ocurrió también un giro que he de explorar. La perspectiva filosófica entiende que el derecho a decidir es un deber de decidir. Un deber en el doble sentido expreso en la dualidad entre "deber" (necesidad) y "deber de" (voluntad) o entre ser y deber ser. 

Pues el ser humano está condenado a ser libre, es de lógica que decida. Si no decide, perece u otros deciden por él. Y lo que vale para el individuo, vale para el agregado de estos, la colectividad que ha de tomar decisiones colectivas, o sea que tiene que decidir. Porque, como sucede con el individuo, también las colectividades deben de decidir so pena de perecer o que otras decidan por ella. 

El giro nuevo afecta a un aspecto concreto de la teoría de la acción colectiva que se aplica mucho en los juegos institucionales pero menos en los de carácter nacional. El del llamado "gorrón" (free rider). Una acción colectiva en procura de un bien público (y la independencia nacional es un bien público típico porque no es posible impedir el acceso a su disfrute)  tiene siempre un coste. El "gorrón" es el que se beneficia del bien público sin pagar el coste. Ese es un caso típico en el que el deber de decidir en sentido filosófico adquiere carácter moral. Pero al mismo tiempo es sensato pensar que los "gorrones" (o polizones) son una proporción apreciable de la población. 

Son los que en los sondeos aparecen clasificados como "indecisos", esto es, quienes no ejercen el derecho ni cumplen el deber de decidir. 

Luego está la experiencia de que, en muchos casos, son los indecisos quienes deciden los conflictos muy igualados en fuerzas.

miércoles, 29 de junio de 2016

Las elecciones clarifican el panorama... en Cataluña

El resultado de las elecciones del domingo tiene dos rasgos: 1) no termina de resolver la situación de bloqueo que venía de la votación enterior; 2) la izquierda se ha dado un batacazo colosal lo que, tal como están las cosas en España y en Europa, significa que no habrá gobierno de izquierdas en muchos más años que los cuatro de este legislatura, si empieza. Es difícil encontrar algún caso de mayor incompetencia en la gestión que la de estos políticos en agraz.

Curiosamente, lo que ha quedado de nuevo incierto en España, se ha clarificado en Cataluña. Podemos no consiguió el sorpasso al PSOE en España que tanto ambicionaba y su confluencia catalana tampoco el sorpasso al blooque independentista. Pero este es el gobierno y ahora se encuentra el camino de la hoja de ruta expedito. Ya no hay más posibilidades de seguir engañando al electorado catalán con la propuesta de un referéndum de autodeterminaciçon pactado con el Estado. Esa hipótesis es una fantasmagoría. El Estado jamás aceptará un referéndum catalán. Son los independnetistas quienes tienen que poner en marcha medidas unilaterales, bien un referéndum o bien una declaración unilateral de independencia. Y los de En Comú Podem tendrán que acalararse si quieren la independencia o siguen mareando la perdiz. Y lo mismo sucede con la gente de la CUP que en septiembre tendrá que decir "sí" o "no" a renovar la confianza parlamentaria en Puigdemont. A partir de septiembre, las cosas en Cataluña estarán muy claras.

Aquí, la versión castellana del artículo en elMón.cat:

Claridad

Pasadas las elecciones generales, algunos dicen que las circunstancias españolas han cambiado y que la incertidumbre del 20 de diciembre se ha disipado.

Solo a medias o quizá nada en absoluto. Algo sí ha quedado claro: los españoles no quieren cambiar. Han dado la mayoría a un partido de derechas, el PP, único que ha aumentado en votos. Podían haber votado a uno de izquierdas, el PSOE o Unidos Podemos, pero no lo han hecho. Al contrario, los dos han bajado en votos y el PSOE también en escaños. Podían haber votado a un partido que se dice de centro. Pero lo han hecho por uno de la derecha con un historial delictivo comprobado, un partido que es una asociación de malhechores, imputado por los jueces, presidido por un sospechoso de haber cobrado sobresueldos ilegales, un partido corrupto, franquista, nacionalcatólico, centralista y catalanófobo. No le han dado la mayoría absoluta, como en 2011, pero le han encomendado formar gobierno minoritario, cosa que hará en alianza con Ciudadanos y, seguramente, contando con el apoyo de la minoría vasca y el diputado nacionalista canario, es decir, 175 escaños. Podrían ser 176 y mayoría absoluta si se diera un episodio de “tamayazo” hipótesis nada descabellada en un sistema político tan opaco y corrupto como el español.

Si el electorado hubiera dado mayoría a la izquierda, quizá las cosas se habrían sido algo distintas. Pero no en Cataluña pues, tanto con la derecha como con la izquierda dominada por el PSOE, las posibilidades de que España acceda a convocar un referéndum catalán (cualquier tipo de referéndum) son inexistentes. A día de hoy hay 244 diputados en las Cortes contrarios al referéndum, más de dos tercios.

Los españoles no quieren cambiar y quien diga que es posible cambiar España está mintiendo deliberadamente y a ojos vistas.

¿Cuáles son las opciones para Cataluña? Si Podemos no pudo hacer el sorpasso al PSOE en España, tampoco pudo hacérselo al bloque independentista en Cataluña, que, aunque ha perdido votos (CDC), se ha mantenido muy bien en escaños. Y ahora corresponde aplicar las enseñanzas de las elecciones generales.

Si en España no hay posibilidad alguna de referéndum, si no cabe hablar en serio de reforma de la Constitución. ¿Qué sentido tiene proponer un referéndum pactado con el Estado, como hace En Comú Podem?

También en Cataluña se precisa claridad. Y se puede conseguir. Claro es que la oferta del referéndum pactado es una vía muerta o un engaño. Y claro también que el bloque independentista mantiene su apoyo parlamentario a la hoja de ruta. Falta por ver si la CUP sigue en su actitud errática respecto al gobierno independentista por la que han pedido perdón pero sin especificar qué piensan enmendar. Y septiembre, cuando aumente la presión del gobierno español y haya que pronunciarse sobre la cuestión de confianza de Puigdemont está a la vuelta de la esquina.

El resultado de la brexit ha ayudado bastante a traer claridad. Ha dejado claro que con un 52 % cabe tomar decisiones trascendentales. Es obvio que con el 51% también y eso clarifica mucho. Añádase el más que probable nuevo referéndum de autodeterminación en Escocia y se verá que en Cataluña corremos peligro de retrasarnos.
En el plazo inmediato, Cataluña tendrá que decidir por una medida de carácter unilateral; un referéndum o una declaración unilateral de independencia (RUI vs DUI). Y cada vez está más claro que la más segura y más prometedora es la DUI porque es institucional, legítima, no compromete la posición de los funcionarios en Cataluña, internacionaliza de inmediato la cuestión y la somete a arbitrio judicial internacional con una perspectiva muy elevada de salir triunfante.

Y, sobre todo, porque es una decisión clara que obliga a las fuerzas políticas de carácter ambiguo (los comunes) o errático (los cupaires) a clarificar su actitud.

lunes, 16 de mayo de 2016

El vídeo de la conferencia de Zaragoza

Ya está disponible el vídeo con las intervenciones en la conferencia organizada por Diplocat y la Universidad de Zaragoza hace un par de semanas, sobre el tema El derecho a decidir: ¿idea fuerza o eufemismo? Son dos y se accede a ellos pinchando aquí, que es la web de Diplocat. No están en You Tube, con lo cual no puedo incrustarlos en el blog de Palinuro. Tampoco puedo hacer un enlace directo desde las imágenes porque el enlace aparece cuestionado por inseguro y vaya usted a saber qué pueda pasar. Así que allá va con el link en el texto, que también es buena cosa, aunque un poco pedestre.

El primer vídeo recoge las intervenciones de los representantes de las entidades organizadoras: Eva Sáenz (profesora de Derecho constitucional de la Uni de Zaragoza), José Tudela (Secretario general de la fundación Manuel Giménez Abad) y Elisabet Moragas (jefa de proyectos senior de Diplocat). El segundo, las de los invitados: Antonio Arroyo, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Madrid; Ramón Cotarelo, catedrático emérito de Ciencia Política y de la Administración de la UNED; Teresa Freixes, Catedrática de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona; y Josep Maria Vilajosana, Catedrático de Filosofía del Derecho y decano de la Facultad de Derecho de la Universidad Pompeu Fabra. También recoge las intervenciones que se produjeron en el animado coloquio que siguió a las intervenciones. (N.B.: estaba equivocado. El vídeo se acaba con las intervenciones de los participantes y no recoge el coloquio posterior)

viernes, 29 de abril de 2016

Hoy, Palinuro en Sabadell

Auditori 3 "Espai Cultura de la Fundació Sabadell 1859", c/ d'en Font, 25 a las 19:30. Son los datos físicos. Los intelectuales, algo más ambiciosos. Nada menos que "El dret d'un poble a escollir el seu futur". Estos de la ANC no se andan por las ramas. Presenta y modera Pere Cardús. Farem ho possible, aunque el asunto está meridianamente claro: nadie puede interferir en el derecho de un pueblo a decidir su futuro.

El problema está en el término "pueblo". La bronca con el nacionalismo español de derechaizquierdacentro está en el sujeto del derecho: ¿qué pueblo es ese que elige su futuro? La cuestión se aclara si echamos mano de la clarividente observación de Sir Ivor Jennings: "Antes de que un pueblo pueda decidir, primero hay que decidir quién es el pueblo". Bien, esa es la cuestión. Pura traslación de la perplejidad. ¿Y quién tiene capacidad para decidir si un pueblo es o no un pueblo, esto es, un sujeto colectivo con capacidad de decidir? Por ejemplo, el Tribunal Constitucional español, un órgano que movería a risa a cualquier  persona imparcial y medianamente informada, se considera competente para decidir si los catalanes son o no una nación. Y millones de personas supuestamente racionales aceptan tamaño dislate. 

Está claro con lo dicho que la condición de "pueblo", de sujeto colectivo con capacidad de decidir, la condición de nación es autoasignada. Es la propia colectividad la que se considera subjetivamente como una nación. Por supuesto, para evitar caprichos de última hora es preciso que esa colectividad dé pruebas de mantener su criterio de forma responsable, consecuente, perdurable. ¿Qué les parece la conciencia nacional catalana de los últimos mil años? En mi opinion, algo más que suficiente para que nadie pueda oponer obstáculo alguno al derecho del pueblo catalán a decidir su futuro.

Pero el caso es que se le oponen. De eso vamos a hablar hoy en Sabadell.

Nos vemos allí.

viernes, 22 de abril de 2016

Hoy, en Barcelona, hablando del proceso

Voy cerrando esta echada.

Ayer, la mesa redonda sobre el derecho a decidir en la Uni de Zaragoza estuvo movidita. Pudo verse en streaming. Recibí comentarios durante las intervenciones. En cuanto tenga el enlace de Youtube, lo pondré en Palinuro. Creo que las cosas quedaron meridianamente claras: qué defiende cada cual y por qué. Agradezco a la Uni de Zaragoza, la Fundación Giménez Abad y Diplocat la oportunidad para expresarme, cosa que hice con absoluta libertad. Es muy bueno que se pueda hablar de todo. Muy bueno. Juzguen ustedes cuando esté el vídeo.

Hoy participo en un acto-mesa redonda con la periodista alemana Chrystyna Schreiber. Esto se extiende, toma fuerza, cada vez más gente se interesa por lo que está pasando en Cataluña. Atención creciente en Europa. Un auditorio al que tenemos que mimar, explicar, poner de nuestro lado porque seguramente llegará un momento en que su intervención sea decisiva. Hay mucho de que hablar, mucho por debatir y acordar. Hay un país por hacer, una vida que cambiar. Es una ocasión única. No es pot perdre.

Modera Adriá Alsina. Ahí es nada. Estamos en buenas manos; en las de alguien que solo vol canviar el món. Y, como dice él mismo: empecemos aquí.

Viernes, 22 de abril, a las 19:00 en la escola Fructuós Gelabert, c/ Sardenya 368.

Nos vemos allí.

jueves, 21 de abril de 2016

Hoy, sobre el derecho a decidir en la Universidad de Zaragoza

Facultad de derecho, en Zaragoza, una mesa redonda-conferencia con muy ilustres colegas juristas sobre el Derecho a decidir, organizado por Diplocat y la Fundación Manuel Giménez Abad Voy encantado, sobre todo, tras haberme metido entre pecho y espalda el mamotreto de Cagiao Conde y Gennaro Ferraiuolo sobre ese mismo tema y que reseñé en el post aporías jurídicas hace unos días. O sea, que voy puestísimo. Eso aparte de que no tengo querella alguna con el "derecho a decidir" salvo que me parece un prudente eufemismo, una especie de elegante understatement para no despertar la fiera en lo más hondo de la caverna si oye hablar del derecho de autodeterminación de la nación catalana.

No se me escapa, pues no soy tan romo, que la expresión "derecho a decidir", así con esa encantadora vagarosidad kantiana, trata de conseguir un objetivo más cuantificable, tangible, palpable: convencer al legislador español de que permita el ejercicio de ese derecho en el marco de la Constitución. Ciertamente, si entre los intérpretes, asesores y decisores españoles hubiera gente con altura de miras, raciocinio, entendimiento esclarecido, gente libre y abierta, podría hacerse una "interpretación conforme" (que diría el Tribunal Constitucional) de la Constitución y delegar en la Generalitat la competencia para convocar un referéndum consultivo en Cataluña. Desde luego, nada más fácil.

Esa posibilidad solo tropieza con un inconveniente que afecta tanto al nacionalismo español de derechas como al de izquierdas: que a ningun de los dos (ni, por supuesto a los chuletas de C's) les da la real gana de acceder a algo tan elemental. Por eso es igual que lo llamemos "derecho de autodeterminación", "derecho a decidir", "derecho a soñar" o "derecho a tener derechos", como dice Stefano Rodotà. La respuesta es siempre "NO". Y por más Zaragozas que le echemos será siempre "NO".

El "SÍ" lo tendremos que arrancar; pacíficamente, pero con tenacidad y aguante.

Aula magna de la Facultad de derecho.- 16:00. Entrada libre. Creo que dan un diploma de asistencia.

miércoles, 20 de abril de 2016

Y mañana, en la universidad de Zaragoza

¡Qué vida! Hoy en Valladolid y mañana en Zaragoza, también Facultad de Derecho, una mesa redonda-conferencia con muy ilustres colegas juristas sobre el Derecho a decidir, organizado por Diplocat y la Fundación Manuel Giménez Abad Voy encantado, sobre todo, tras haberme metido entre pecho y espalda el mamotreto de Cagiao Conde y Gennaro Ferraiuolo sobre ese mismo tema y que reseñé en el post aporías jurídicas hace unos días. O sea, que voy puestísimo. Eso aparte de que no tengo querella alguna con el "derecho a decidir" salvo que me parece un prudente eufemismo, una especie de elegante understatement para no despertar la fiera en lo más hondo de la caverna si oye hablar del derecho de autodeterminación de la nación catalana.

No se me escapa, pues no soy tan romo, que la expresión "derecho a decidir", así con esa encantadora vagarosidad kantiana, trata de conseguir un objetivo más cuantificable, tangible, palpable: convencer al legislador español de que permita el ejercicio de ese derecho en el marco de la Constitución. Ciertamente, si entre los intérpretes, asesores y decisores españoles hubiera gente con altura de miras, raciocinio, entendimiento esclarecido, gente libre y abierta, podría hacerse una "interpretación conforme" (que diría el Tribunal Constitucional) de la Constitución y delegar en la Generalitat la competencia para convocar un referéndum consultivo en Cataluña. Desde luego, nada más fácil.

Esa posibilidad solo tropieza con un inconveniente que afecta tanto al nacionalismo español de derechas como al de izquierdas: que a ningun de los dos (ni, por supuesto a los chuletas de C's) les da la real gana de acceder a algo tan elemental. Por eso es igual que lo llamemos "derecho de autodeterminación", "derecho a decidir", "derecho a soñar" o "derecho a tener derechos", como dice Stefano Rodotà. La respuesta es siempre "NO". Y por más Zaragozas que le echemos será siempre "NO".

El "SÍ" lo tendremos que arrancar; pacíficamente, pero con tenacidad y aguante.

Aula magna de la Facultad de derecho.- 16:00. Entrada libre. Creo que dan un diploma de asistencia.

jueves, 14 de abril de 2016

Aporías jurídicas

Jorge Cagiao y Conde y Gennaro Ferraiuolo (Coords.) (2016) El encaje constitucional del derecho a decidir. Un enfoque polémico. Madrid: La catarata. (270 págs.)

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Un libro muy interesante y muy oportuno. Hace justicia a su subtítulo, pues es polémico y, a pesar de estar escrito por académicos, siempre moderados y bonancibles, tiene garra y nervio. Probablemente porque los autores son jóvenes y, además de su probada competencia profesional, parecen tener una causa por la que luchar, aunque no todos lo hagan desde la misma perspectiva: el derecho a decidir de los catalanes. Quizá les convendría repasar algo más los textos que escriben. No para enfriarlos, por cierto, pero sí para mejorarlos gramaticalmente. En algunos casos, la pasión va en detrimento de la elegancia y el afán clarificador resulta excesivamente repetitivo.

Desde el punto de vista del contenido, hay un punto central y es el decidido propósito de limitar el tratamiento del espinoso asunto a la perspectiva jurídica. Los demás enfoques se tienen muy escasamente en cuenta (aunque asoman a veces la oreja) y hasta son tratados con cierto desdén. Los politólogos no salimos especialmente bien parados. Y es curioso porque, al poner en marcha su prístina intención y no poder llevarla a cabo, algunos participantes contradicen a otros y no solo en aspectos conceptuales sino en la recepción de enfoques complementarios. De esta forma, un libro que comienza con el trabajo de Boix poco menos que excluyendo del horizonte cognitivo a politólogos y políticos (tampoco se invierte mucho tiempo en hacer distingos) termina en el de Bastida haciendo justamente lo contrario, esto es,  sosteniendo que, dadas las circunstancias, los  juristas deben enmudecer porque es es " el momento del político" (p. 268).

Con una pizca de sano humor, el título pudiera ser el encaje de bolillos constitucional del derecho a decidir. En principio, se trata de fundamentar y legitimar este supuesto derecho, del que se reconoce que es nuevo, de difícil precisión conceptual y equivalente, cuando no sinónimo, según algunos de los participantes al derecho de autodeterminación, lo cual contradice esa deseable unidad doctrinal en la que el saber académico suele depositar sus esperanzas. Con todo, la complicada pasamanería no vendría de la citada distinción entre dos derechos que se parecen como dos gotas de agua, sino del empeño, a veces francamente trabajoso, de ahormarlo en el contexto constitucional español .

En el capítulo 1, de Andrés Boix Palop, (La rigidez del marco constitucional español respecto del reparto territorial del poder y el proceso catalán de "desconexión") parte de una reconsideración crítica de la transición ("transaccionada") se ilustra el objeto de forma poco al uso en los textos de dogmática jurídica con una referencia a dos de las más conocidas novelas del recientemente fallecido Rafael Chirbes,  valenciano, como el autor del trabajo. Se trata de Los viejos amigos y La caída de Madrid y se agradece a Boix que haya escogido esta vía literaria e indirecta para trasmitir al lector su criticismo a la transición, si bien, siendo justos con la literatura de Chirbes, no se trata tanto de una visión de la transición como de lo que la traidora vida ha hecho después con quienes la vivieron. En todo caso, el "genio" (diríamos, un poco a lo Chateaubriand) de la transición española viene de la frase "de la ley a la ley", de aquel remedo de príncipe florentino que fue Torcuato Fernández Miranda (p. 14) El modelo que salió fue muy rígido y a mediados de los 70 se condensaron varias líneas de fractura (p. 23). De aquellos polvos, estos lodos.  Procès en fase Beta: reforma estatutaria catalana de 2006 y famosa sentencia del Tribunal Constitucional 31/2010 desmochándola; sentencia que viene a ser como el payaso que recibe las bofetadas de los autores del libro, pretendiendo ser moderada sin serlo (p. 38). La sentencia ciega toda pretensión de innovar y hacer evolucionar nuestro ordenamiento jurídico, que se había logrado mediante una interpretacion flexible y sin que en esto haya gran diferencia entre la izquierda y la derecha (p. 41). Considera Boix con razón esperpéntico que el TC niegue valor jurídico a la idea de Cataluña como nación en el preámbulo cuando su propia jurisprudencia ya rechaza que los preámbulos tengan validez jurídica y queotros artículos anulados sigan en vigor en otros estatutos (p. 43). Es imposible un referéndum pactado. Por tanto, procès 2.0 vía a la consulta no pactada, convertida en proceso participativo ciudadano (p. 49), elecciones plebiscitarias y estado actual de la hoja de ruta para la desconexión (p. 53). Resumen ceñudo del autor: la insólita rigidez constitucional es uno de los incentivos para la ruptura y la independencia (p. 59).

Mercè Corretja Torrens (El fundamento democrático del derecho de los catalanes a decidir), parte de las elecciones de 27 de septiembre de 2015 y juzga que en ellas, los catalanes y catalanas "han podido ejercer su derecho a decidir, de forma pacífica y democrática, y manifestar su apoyo mayoritario a favor de la independencia". (p. 63) Pero, ¿es cierto que han ejercido el derecho a decidir? Sostiene la autora que este derecho, que empezó siendo una mera reivindicación política, "se ha ido configurando como un nuevo derecho democrático a partir de la práctica seguida en otros Estados y de elementos presentes tanto en el derecho constitucional como en el derecho internacional y ha ido adquiriendo unas características propias que lo distinguen frente al derecho de autodeterminación de los pueblos" (p. 65). Será verdad, pero hay que creerla bajo palabra, porque no lo demuestra conceptualmente. Sí lo muestra citando los ejemplos de creación de Estados en Europa en el siglo XX (Islandia, Noruega, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia, Croacia, Montenegro, etc) que no encajan en el derecho de autodeterminación porque no son excolonias ni pueblos oprimidos (p. 69). Este crítico no tiene inconveniente en ver en ellos la realización del derecho de autodeterminación o, si se quiere, del derecho a decidir. Pero se trata de pruebas empíricas, no teóricas y, por tanto carecen de fuerza de refutación de la aporía jurídica, igual que el hecho de que Diógenes caminara de un extremo al otro de una sala dejaba frío a Zenón de Elea. Lo mismo sucede con el caso de Quebec, muy bien interpretado por Corretja como resultado de la aplicación de tres principios: 1) el federal; 2) el democrático y 3) el constitucional (p. 71). En el Canadá la gente es de espíritu libre. A su vez el derecho a decidir de los catalanes dependería de que se hiciera un interpretación ponderada y evolutiva de los principios constitucionales (p. 73), algo muy en la línea de lo que en otras partes ha defendido Josep María Vilajosana, voluntarioso adalid del derecho a decidir como distinto del de autodeterminación.  Este viene a recogerse en la STC 42/2014 (por la que se anula la Declaración de soberanía y derecho a decidir del pueblo de Cataluña) (p. 74). Otros autores, sin embargo, la contradirán en otros trabajos esgrimiendo otras decisiones posteriores del mismo órgano. Ella lo ve relativamente  fácil, pero no lo es tanto. Cierto, el "demos" son los catalanes y el procedimiento, el art. 92.1 de la CE, pero, ya se sabe, el gobierno, que algo tiene que decir al respecto, está cerrado en banda. Verdad es, para terminar, y muy prometedora sin duda, que el derecho internacional ante un proceso de secesión unilateral (caso de Kosovo) facilita mucho las cosas pues, como dice la Corte Internacional de Justicia, se trata de un asunto fáctico (p. 80). Los puristas del integrismo soberanista verán en esta decisión la sombra del taimado Poncio Pilatos, pero la autora hace bien en señalarla. Puede que sea decisiva para Cataluña en un no lejano futuro.

Laura Carpuccio, (Los modelos de articulación territorial de los poderes públicos. Reconstrucciones (teóricas) y tendencias (concretas) en la jurisprudencia de los jueces constitucionales: el caso del Tribunal Constitucional español) estudia el origen y evolución del concepto de soberanía que entiende como un "concepto difícil de definir, ambiguo y sin duda huidizo" (p. 93). El tribunal constitucional sostiene que la autonomía no es soberanía, cosa archisabida, y que la soberanía popular (nacional, dice la Constitución) se funda para justificar la superioridad de ella misma (p. 99). Reflorecen en el trabajo las ilusiones de la STC 42/2014 (p. 102) y se conectan con la propuesta de la función de los tribunales constitucionales como tribunales in-políticos según la teoría de Gustavo Zagrebelsky, para quien lo "in político" significa tanto la no-política como el interior de la política (p. 105), cuestión que convendría matizar más para no sacar la conclusión de que quizá se trate de algo tan vagaroso como la in-mortalidad del alma.

Gennaro Ferraiuolo, en un encendido y escueto trabajo (Tribunal Constitucional y cuestión nacional catalana. El papel del juez Constitucional español entre la teoría y la práctica), alancea ferozmente el moro muerto de la STC 31/2010 por considerar (como ya hicieron dues vegades los juristas catalanistas de la Revista de Dret Públic) que el alto tribunal: 1º) interviene a lo bestia sobre un texto aprobado con mayorías reforzadas en el Parlamento de Cataluña y aprobado también en referéndum por el pueblo; 2º) sigue un tortuoso y no convincente camino para dictar su sentencia al final; 3º) pierde de vista su condición de "poder constituido" y se erige en "poder constituyente o sobrevenido", es decir, actúa ultra vires; 4º) recurre en exceso y muchas veces forzadamente a la interpretación conforme (p. 117). Nuevo repaso a la STC 42/2014 que, tras considerar la resolución 5/X del parlamento catalán y anular su referencia a la soberanía, hacía un tímido reconocimiento del derecho a decidir (p. 128). Ferraiuolo reproduce el sabio cuanto resignado texto de Rubio Llorente que preside todo el libro para justificar su pretensión que, en el fondo, es la de la mayoría de los autores aquí presentes: el derecho a decidir es "una aspiración política susceptible de ser defendida en el marco de la Constitución" (p. 129) ¡Ah, pero esta puerta de ilusión se cerró enseguida! La STC 31/2015 que anulaba Ley 10/2014 de "consultas populares no referendarias y otras formas de participación ciudadana" y el Decreto del Presidente de la Generalitat 129/2014, ambos impugnados ipso facto por el gobierno, vuelve a negar el derecho a decidir y retorna a la posición intransigente de la STC 103/2008 sobre el llamado "Plan Ibarretxe" (p. 131). Así se llega al nuevo 9-N (p. 132). Ferraiuolo trae su indignación al momento presente  y mira torvamente la Ley orgánica 15/2015 que reforma las facultades del TC con aviesas intenciones (p. 139).

Jorge Cagiao y Conde (¿Es posible un referéndum de independencia en el actual ordenamiento juridico español? El derecho explicado en la prensa) hace una aportación muy brillante al debate y de amplio vuelo.  Basándose en Kelsen distingue entre interpretación científica del derecho, que corresponde a los constitucionalistas y la "auténtica", que corresponde a lo jueces. Habrá que ver qué sucede si discrepan. Sin mencionarlo más que de pasada entra en el fascinante asunto de la crítica de la ideología y, más allá de este, se asoma a un ejemplo práctico de la pragmática de la comunicación dialógica que haría las delicias de Habermas. La mayoría de los constitucionalistas españoles considera inconstitucional la posibilidad de un referéndum de independencia en Cataluña por varias razones. Dicen que la Constitución y los estatutos no prevén un referéndum pactado (aunque sí la hay en los arts. 92 y 149.1.32 que admiten un referéndum consultivo (p. 157)). Coincide aquella mayoría con la STC 103/2008 fulminando la Ley Vasca 9/2008 ya referida como "Plan Ibarretxe", que concentra la competencia referendaria exclusivamente en el Estado y deja fuera a los legisladores autonómicos (p. 159). Para Cagiao el enfoque de los constitucionalistas es más ideológico que político (p. 161). No le falta razón. Lo que sucede es que, en el fondo, y dado su planteamiento originario, al suyo le pasa lo mismo. A su juicio se puede defender un referéndum pactado. Así lo intentó la Ley catalana 10/2014 de Consultas no referendarias, distinta de la vasca (p. 165). La STC que la anuló podía haber encontrado otros argumentos. Entiende que cabe defender la constitucionalidad de un referéndum consultivo o de una consulta no referendaria  con buenos argumentos jurídicos (p. 174). Cita algunos:  la presunción de constitucionalidad (p. 177); su carencia de efectos jurídicos por ser consultivos; la preservación por ello mismo de la titularidad de la soberanía en el pueblo español (p. 178); la posibilidad de una reforma de la constitución para admitir el referéndum (p. 179). Todo muy justo y este crítico lo suscribe. Pero opinable e interpretable y, si acepto que los requisitos de la comunicación habermasiana de normatividad y de validez frente a facticidad se cumplen con la interpretación auténtica del Tribunal, me queda poco que decir. Puedo consolarme, como hace Cagiao, sosteniendo que esa interpretación no resta fuerza a mi razonamiento (p. 181), pero hay poca diferencia entre esta actitud y la del autor de un voto particular. Es lo que podría llamarse la conversión del derecho a decidir en "derecho a discrepar".

Lucía Payero López (¿Por qué Cataluña no puede autodeterminarse? Las razones del Estado español) se mueve en un territorio más abiertamente político e, incluso, de comunicación política. Gran parte de lo que argumenta podría encajarla en las teorías cognitivas del encuadre (o frame theories) y quedaría bastante bien caracterizada. Los fundamentos teóricos de la estrategia del "No" residen en una concepción unitaria de la nación española del art. 2 con una concepción muy estricta jurídico-política de "nación" (p. 189). Pues sí, es cierto. Absurdamente monolítica. Payero afirma a continuación con cierta solución de continuidad que algunos autores distinguen el derecho a decidir como un derecho individual y el de autodeterminación que es colectivo (p. 191), pero se trata de una pura digresión. Repasa de nuevo el discurso político de la estrategia del "No", basada en la primacía de la ley (p. 194) y la argucia retórica de identificar democracia y Constitución como está, sin tocarla y sin que quien la propugna, esto es, básicamente Rajoy y la derecha española, haga referencia a la posibilidad de entenderla de otra manera (p. 200). Estaría bueno. No va el neofranquismo que se ha encontrado una Constitución como un deus ex machina militar, a ponerla en peligro con ilusiones hermenéuticas. La reforma constitucional es imposible (p. 203). Si alguien tiene dudas, que recuerde que esta "gran nación" descansa sobre una gloriosa historia centenaria en común como pináculo de otros valores suprapositivos (p. 211).

Xacobe Bastida Freixedo (El derecho de autodeterminación como derecho moral: una apología de la libertad y del deber político) elabora un texto brillante y feliz, elegante, culto y, en cierto modo, gótico. Se apoya en Weber (político y científico) para distinguir dos enfoques, el del político y el del jurista (p. 219). Por eso decíamos al principio que el libro terminaba como empezaba, pero, en cierto modo, upside down. Según Bastida, la vía del jurista (ese ser que solo emerge donde hay una norma previa) consiste en que la cuestión nacional no se cuestiona. Pero hete aquí que la construcción nacional española "es la historia de un fracaso" y por eso surgen hoy las reclamaciones del derecho a decidir o derecho de autodeterminación (p. 226). El autor, por cierto, no los distingue, pero eso es, a estas alturas, poco relevante. Frente a ello, la vía del político, el que se lanza in media res y luego busca una norma para legitimar sus barrabasadas sí cuestiona la cuestión nacional (p. 233). El derecho a decidir que reclama el Parlamento catalán puede encontrar acomodo por la vía de la interpretación (p. 241). No estoy muy seguro de que la conclusión provisional de que "un derecho a decidir si otro puede puede disfrutar de la autodeterminación ridiculizaría el concepto" (p. 244) . Es brillante, pero, lo siento, no absurdo jurídicamente. Él mismo invoca a Sir Ivor Jennings y no se ve qué haya en contra de que todo el pueblo decida cual es la parte del pueblo que puede decidir. Concluye Bastida, y coincido, en que el derecho de autodeterminación puede justificarse en el terreno moral apelando al respeto a la libertad individual (p. 255). Todo el universo kantiano aplaude. Pero si este enfoque fracasa, habrá que dar paso a la vía de hecho, al reconocimiento del hecho revolucionario (p. 261). "Es el momento del político" (p. 268). Q.E.D.

domingo, 7 de febrero de 2016

Mañana en Bilbao sobre el derecho a decidir

Tendría gracia que la nueva forma del café para todos del siglo XXI fuera que se generalizara la reclamación del derecho a decidir. Si los catalanes deciden, y los vascos y quizá los gallegos, hay pocas dudas de que, detrás, vendrán los andaluces, los canarios, etc. Y si frenarlo en un caso es endemoniadamente difícil, a ver cómo lo consiguen los de la "una, grande, libre" con media docena más.

Mañana, lunes,  Palinuro participa en una mesa redonda en Bilbao, convocada por el servicio Diplocat de la Generalitat catalana y la Universidad del País Vasco, sobre legalidad, legitimidad: el derecho a decidir. Lo hace en compañía de muy ilustres colegas: Jule Goikoetxea, María de Alba Nogueira y Josep Maria Vilajosana, todos presentados por Mario Zubiaga y Albert Royo. Creo que será muy interesante y la asistencia, libre.

lunes, 1 de febrero de 2016

También en Vasconia

Tendría gracia que la nueva forma del café para todos del siglo XXI fuera que se generalizara la reclamación del derecho a decidir. Si los catalanes deciden, y los vascos y quizá los gallegos, hay pocas dudas de que, detrás, vendrán los andaluces, los canarios, etc. Y si frenarlo en un caso es endemoniadamente difícil, a ver cómo lo consiguen los de la "una, grande, libre" con media docena más.

Dentro de una semana Palinuro participa en una mesa redonda en Bilbao, convocada por el servicio Diplocat de la Generalitat catalana y la Universidad del País Vasco, sobre legalidad, legitimidad: el derecho a decidir. Lo hace en compañía de muy ilustres colegas: Jule Goikoetxea, María de Alba Nogueira y Josep Maria Vilajosana, todos presentados por Mario Zubiaga y Albert Royo. Creo que será muy interesante y la asistencia, libre.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La trampa saducea

Hasta las elecciones catalanas de 27 de septiembre, Podemos mantuvo una nebulosa ambigüedad en lo referente a la autodeterminación de Cataluña. En el momento en que mayor claridad conceptual exhibió llegó a decir que el referéndum en las condiciones actuales era imposible a fuer de ilegal pero que, en cuanto se produjeran elecciones en España, de salir triunfadora la opción Podemos, habría un proceso constituyente en el que se podría hablar de todo, expresión críptica por la que se daba a entender que también podría considerarse la posibilidad de un referéndum de autodeterminacion en Cataluña. En resumen, de referéndum, nada, si, como cabía suponer, las elecciones en España tenían un resultado similar al que han tenido.

Aquellas elecciones del 27 de septiembre fueron un desastre para Podemos que quedó muy por debajo de Ciudadanos y perdió votos en relación a los que obtuvo sola su aliada IU en las de 2011. Una interpretación muy extendida achaca esa derrota a la negativa a pedir el referéndum. Puede ser así o no, pero, en todo caso, el partido parece creerlo pues ahora no solamente pide ese referéndum sin ambages y con total claridad sino que incluso lo pone como condición para negociar un hipotético gobierno de coalición con el PSOE. Del cero al infinito, Podemos reaviva su vieja reivindicación del carácter plurinacional de España y la consolida y hace viable exigiendo el famoso referéndum.

Palinuro lleva años pidiendo eso mismo, un referéndum de autodeterminación para Cataluña. No se entiende por qué pueden hacerlo los quebequeses en el Canadá y los escoceses en la Gran Bretaña y no los catalanes, aparte de la muy pintoresca razón de "porque España no es Inglaterra" o algo así de inteligente. Por este motivo se felicita de que Podemos ahora apoye el referéndum. Y de que invoque razones de una evidencia aplastante como que pedir un referéndum no es prejuzgar su resultado, puesto que puede haber dos: sí y no y los de Podemos piden el referéndum pero votar ellos "no" y luego, a esperar el resultado como decisión colectiva.

Algunos analistas, sin embargo, consideran que esta petición no es genuina, que viene impuesta por las confluencias con elementos nacionalistas, singularmente la de Cataluña En Comú Podem, la de Ada Colau, para la que el referéndum de autodeterminación es incuestionable. Podemos no las tiene todas consigo porque sigue creyendo que si aboga por el referéndum, perderá votos en España. Pero la presión de las convergencias periféricas, todas ellas dotadas de liderazgos fuertes, impide que se baje el tono de la exigencia. El Ayuntamiento de Barcelona acaba de adherirse a la declaración de independencia del Parlament y en estas condiciones, el referéndum es lo menos que puede pedirse a quien sea respetuoso con la libertad. Por eso Podemos lo adopta y se lo pone de condición al PSOE, aunque haya que descubrirse ante la capacidad manipuladora de su diario, Público, según cuyo titular la culpa es del PSOE por poner como condición el no aceptar las condiciones que se le imponen.

Pero el PSOE tiene una reacción de una celeridad y una contundencia que los otros no esperaban. No es difícil ver que le han dado un arma poderosísima para ganar a su rival de la derecha en el terreno del patriotismo y piensa aprovecharla. Ahora, los grandes defensores de la unidad de España serán los socialistas porque no quieren ni oír hablar de referéndum de autodeterminación que equiparan torticeramente a la independencia. El PSOE antepone su idea de España a una fórmula negociada de solucionar sus problemas y en eso hace causa común con el PP para el que un referéndum de este tipo equivale a trapichear con la soberanía y la igualdad de los españoles. Se lo han puesto muy fácil para evitar negociaciones molestas.

Al darse cuenta Podemos de que ha propiciado el enroque nacionalista español del PSOE que ahora aparece como el centro entre el inmovilismo del PP y el caos de los círculos morados, matiza que, al fin y al cabo, la propuesta de referéndum es una entre muchas y que deben considerarse todas antes de emitir un juicio negativo. Cabe entender esta observación como un primer intento de recoger velas y no hacer del referéndum un requisito indispensable y así podría ser siempre y cuando no estuvieran ahí las confluencias, impidiendo que se prescinda de esta reivindicación.

Es decir, el referéndum se ha convertido en una especie de trampa saducea para Podemos pues, diga lo que diga sobre él, se encontrará en una situación difícil. Si dice que lo rechaza, se enemistará con sus amigos de En Comú y las demás confluencias y si lo propugna, con gran parte de su propio mundo, sus seguidores y votantes, sensibles al argumento de que autodeterminación es secesión. Así que hará lo de siempre: marrullear y tratar de engañar al personal con ambigüedades del tipo de "nuestro orden de prioridades ahora es otro" o "hay que ocuparse de la gente" o "es preciso un plan de emergencia social", etc.

A cada uno de los miembros de la hipotética negociación del PSOE y Podemos le parece que la condición del otro es una excusa para impedir que haya un acuerdo de izquierda ya que está puesta justo en la raya roja respectiva: si no se acepta el referéndum no puede haber negociación; si se impone el referéndum no puede haber negociación. La única diferencia que parece darse en esta simetría es que, en principio, los de Podemos dicen estar más dispuestos para unas nuevas elecciones que el PSOE. Pero es porque quizá no hayan calibrado bien el daño que puede hacerles en España la petición del referéndum.

viernes, 23 de octubre de 2015

Separarse con la Constitución en la mano.


Mercè Barceló i Serramalera et al. (2015) El derecho a decidir. Teoría y práctica de un nuevo derecho. Barcelona: Atelier, libros jurídicos. (171 págs).
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El derecho a decidir, como todos los derechos subjetivos, es autorreferencial. Así como la prueba del puding se hace comiéndolo, la del derecho a decidir se hace ejerciéndolo. Demostrar su existencia y su objetividad es imposible precisamente porque es subjetivo. Se hace, por tanto, de modo inmediato. Los seres humanos presumimos que somos dueños, titulares de unas facultades de diverso orden que identificamos intuitivamente. Para no rompernos mucho la cabeza sostenemos que esas facultades, esos derechos, nos son inherentes por naturaleza, que si se nos niegan, se nos degrada a una condición subhumana o inhumana. Los derechos subjetivos son el producto de la concepción iusnaturalista del mundo que ha estado siempre ahí pero que se consolida, expande y justifica con la reforma, la tolerancia, el humanismo, el libre pensamiento en torno a los siglos XVI-XVII.

El derecho a decidir en cuanto facultad del individuo es tan obvio que cabría preguntarse si es necesario escribir un libro para probarlo. Desde el principio kantiano de la autonomía de la persona, ese derecho es algo apodíctico. La condición humana es la de un ser que decide permanentemente. Hasta el punto de que se dice que estamos condenados a decidir, condenados a ser libres. Así pues, todo ser humano libre tiene derecho a decidir y, si no puede hacerlo, no es libre y no es enteramente humano.

Pero no es esta perspectiva más bien filosófica la que preocupa a los autores del libro, todos ellos eminentes juristas y politólogos, o sea, gente positiva, incluso positivista, interesada no tanto en averiguar la razón de ser y el origen del derecho a decidir, que dan por incontrovertible, y hacen bien, como su articulación práctica y eficacia. Para lo cual tienen que resolver una objeción frecuente: el derecho a decidir, como todos los derechos subjetivos, es individual. No puede haber un derecho a decidir colectivo.

Pero justamente eso es lo que interesa a los autores: probar que hay una faceta colectiva en este derecho, cosa que consiguen después de algunos prolijos y alambicados razonamientos jurídicos que dan lugar a una conclusión bastante obvia. El derecho a decidir es individual, pero puede ejercerse colectivamente por un conjunto de personas que residen en un territorio determinado y a la que los politólogos llaman demos. Ese es uno de los problemas mayores de este derecho en función del famoso apotegma de que antes de que el pueblo decida hay que decidir quién sea el pueblo. Tal es el escollo que salva brillantemente Jaume López con una definición algo larga del derecho a decidir pero que preside y orienta el resto de las elaboraciones de esta obra: "un derecho individual de ejercicio colectivo de los miembros de una comunidad territorialmente localizada y democráticamente organizada que permite expresar y realizar mediante un proceso democrático la voluntad de redefinir el estatus político y marco institucional fundamentales de dicha comunidad, incluida la posibilidad de constituir un Estado independiente." (p. 33). López se toma la molestia también de distinguirlo del derecho de autodeterminación, pero no estoy muy seguro de que merezca la pena, ya que la cuestión tiene ribetes más o menos semánticos.

El hecho es que la definición nos sitúa de lleno en el huerto iusnaturalista, lo cual tiene una utilidad reducida cuando se quiere hacer eficaz el derecho. De ahí que el resto de los especialistas en la obra se dedique a la tarea de mostrar los aspectos jurídico-positivos del derecho y la verdad es que lo hacen con mucho rigor y extraordinaria finura de análisis. Pero se mantiene la duda de si estos refinados análisis, complejos razonamientos, delicadas interpretaciones de las normas y la jurisprudencia constitucionales alcanzan su objetivo de ofrecer una visión alternativa convincente al orden jurídico reinante en su interpretación más al uso.  Y no solo eso sino también si es necesario, dado que el derecho a decidir, como derecho natural, tiene un elemento originario, en cierto modo faceta del poder constituyente que no requiere habilitación previa alguna, que remite a un mundo de ruptura de hecho, basado en un principio de legitimidad y no de legalidad que, por tanto, hace innecesario todo intento de derivarlo de una legalidad previa. Sobre todo si, además, es contraria.

Los trabajos son realmente brillantes y muestran un ánimo de concordia y talante democrático y un deseo de abrir cauces civilizados a la solución de conflictos que, en apariencia, no los tienen. El catalán en concreto. Josep M. Vilajosana argumenta en pro de una teoría del derecho a decidir fundamentado en un principio democrático que todos admiten, aunque presenta los mismos problemas que el derecho que quiere amparar. Así se reconoce en el interesante trabajo de Alfonso González Bondía sobre "el ordenamiento jurídico internacional ante el derecho a decidir" que arranca de una valoración de la Resolución 1999/57 de la Comisión de Derechos Humanos, titulada Promoción del derecho a la democracia al reconocer que la cantidad de votos a favor de la resolución descendió drásticamente cuando se votó el título por separado por cuanto, dice el autor, muchos miembros de la comisión dudaban de que "el estatus jurídico de la democracia fuera el de un derecho" (p. 126). Retornando al trabajo de Vilajosana, su intento es encajar el derecho a decidir en el marco de la Constitución española, cosa que solo puede hacer a base de distinguir lo que llama una "permisión fuerte" y una "débil" (p. 72) que recuerdan la distinción de Berlin entre libertad positiva y negativa. Es decir, cabría un derecho de secesión en la Constitución española dado que no está expresamente prohibido. El escollo del famoso principio de indisolubilidad de la nación española cree soslayarlo el autor recurriendo a la doctrina de la necesidad de ponderación de los principios relevantes que entren en algún tipo de conflicto.

Mercè Corretja hace un gran trabajo de recopilación y análisis de casos comparados para lo cual toma referencia en los estudios previos de Ridao. La multiplicidad de casos de separación de Estados, secesiones, referéndums, declaraciones unilaterales de independencia  en el siglo XX en Europa y otros lugares del mundo (singularmente el caso de Quebec en el Canadá) prueba que son muchos los antecedentes que podrían invocarse, según características contingentes propias, para justificar una eventual separación de Cataluña, incluida por supuesto la nada desdeñable necesidad de garantizar una protección de las minorías nacionales como parte esencial del ejercicio del reiterado derecho democrático a decidir (p. 62).

Mercè Barceló toma sobre sí la ardua tarea de demostrar la constitucionalidad del derecho a decidir en España, en cierto modo coincidente con el trabajo de Vilajosana. También arranca de la "permisión débil" de que se hablaba antes, pero se concentra en la sentencia 48/2003 del Tribunal Constitucional, que excluía la existencia de una "democracia militante" que se opusiera a ese derecho, relaciónándola luego con la 42/2014 que, en su opinión, da cabida en la Constitución al derecho a decidir (p. 100), tratando asimismo de probar que, aunque con ciertas limitaciones de objetivo, se puede articular como un derecho constitucional que genera obligaciones en los poderes públicos y, desde luego, las de formularlo y realizarlo (pp. 117-120).

En resumen, una obra muy pensada, muy trabajada, argumentando en favor de un derecho que reconoce "nuevo", como un derecho amparado en una concepción de la democracia del siglo XXI y que pueda ejercerse por cauces jurídicos mediante inteligentes interpretaciones de la Constitución que harían innecesaria incluso una reforma de esta. Interpretaciones muy sólidas que parten de un supuesto quizá excesivamente optimista: el de que todos (o una mayoría significativa) de quienes en España tienen encomendada la interpretación del orden constitucional así como su gestión y aplicación real comparten el punto de vista de los intérpretes. Que todos o la mayoría aceptan la pertinencia de ese nuevo derecho a decidir y están dispuestos a facilitar su ejercicio en función de un avanzado principio democrático. En definitiva el sempiterno problema de si un postulado de deber ser tiene cabida en un ser concreto y determinado.

Ciertamente, el libro es de una gran utilidad, pues da argumentos a quienes están empeñados en abrir camino a ese derecho por la vía de hecho mediante la voluntad política que lleva a la acción.

Pero lo determinante es esa voluntad que, insistimos, es autorreferencial.  

domingo, 27 de septiembre de 2015

El día más largo.


Claro, claro, eran unas elecciones autonómicas ordinarias. Nada para ponerse nervioso. Si acaso, este Artur Mas que, al no saber cumplir las funciones que la Constitución le asigna, tiene a los catalanes en elecciones anticipadas, en simulacros, en consultas que llama "plebiscitarias". Y todo para ocultar lo nefasto de su gestión y su corrupción. Pero nosotros no vamos a dejarnos influir ni impresionar. Impasible al ademán, como quería el Caudillo, seguiremos repitiendo que se trata de unas elecciones normales, autonómicas, intrascendentes. ¿Acaso no ha encontrado El País la fórmula perfecta para seguir agradando al poder sin faltar groseramente a la verdad? "Elecciones autonómicas históricas".

Hay 450 corresponsales acreditados.El gobierno ha hecho la ronda de las cancillerías mendigando declaraciones de mandatarios extranjeros, verdaderas injerencias en los asuntos internos de otro país. Preparao pedía un pronunciamiennto de Obama. Sarkozy ha venido a pronunciarse sobre lo que ni le va ni le viene. La diplomacia española intrigó con su proverbial habilidad en pro de un pronunciamiento desfavorable del Papa en la esperanza de que lo hiciera ex cathedra. Han venido miles de catalanes de la diáspora a votar a su tierra porque no se fían -con razón- de que los consulados tramiten el voto por correo. Han amenazado los banqueros, los empresarios, los militares, los jueces y hasta los jarrones chinos. Y han insultado. Todas la direcciones de los partidos españoles han pretendido que los issues, como dicen los estudios electorales fueran solo asuntos de la gobernanza ordinaria: la corrupción, los servicios, la crisis, los recortes, la vivienda y la cesta de la compra. Pero únicamente se ha hablado de una cosa: de independencia.

Para el gobierno y sus jenízaros mediáticos, la elecciones eran de rutina cuando la realidad dice a gritos lo contrario. Justamente este es el rasgo más distintivo del espíritu, el alma de la derecha: de lo que molesta no se habla y si, de algo no se habla, no existe. Y si, a pesar de todo, se obstina en existir, se lo fusila y ya está. El problema es que, en estos tiempos de dejación de la sacrosanta misión española de sojuzgar a los demás a palos, la cosa ya no está para sublevaciones "nacionales" y represiones militares. Ahora hay que razonar, actividad esta en la que el personaje de La Moncloa no está ducho.

Con la razón y el corazón en la mano estas son las elecciones más importantes para Cataluña quizá en toda su historia. Y, de paso, para España. Son un plebiscito, son el referéndum que el nacionalismo español, sea nacionalcatólico o socialista, no dejan celebrar a los catalanes, si bien están siempre retándolos a averiguar cuántos son los independentistas. Es el estilo inconfundible de la marca hispánica: no me haca falta contar para saber cuántos son de una opinión y cuántos de otra. Eso lo decido yo que lo sé por ciencia infusa.

En la votación de hoy casi lo de menos es a qué partido se vota. Además hay dos coaliciones, Junts pel Sí y Catalunya Sí Que Es Pot en las que hay partidos invisibles. Tampoco se piense que se vota por un "sí" o un "no" nítidos a la independencia. No. Se vota entre a) una opción continuista; y b) una de ruptura.

a) la opción continuista es seguir como hasta ahora, tragando quina con la política impositiva, hostil, catalanófoba, expoliadora, incompetente y administrada por meapilas y corruptos que siguen pensando que el país les pertenece y, aunque no sirvan para nada, pueden hacer con él lo que quieren porque para eso sus referentes ideológicos y antecesores biológicos ganaron una guerra y establecieron una dictadura de cuarenta años;

b) la opción de ruptura es poner fin a esta ignominia en que cualquier majadero puede querer "españolizar a los niños catalanes" con nuestro dinero. Es acabar con la gestión de una colla de lladres que no conciben la política si no es como una sarta de embustes y propaganda para enriquecerse, una manga de ladrones que solo tienen en cuenta su beneficio personal, legal o ilegalmente.  No el del país, ni siquiera su clase, sino ellos, sus familias, clientes y enchufados. Es abrir un tiempo nuevo en el que las fuerzas caducas seguirán su camino hacia la nada mientras que la realidad se presenta repleta de oportunidades para quienes tengan la valentía y la honradez de trabajar por la emancipación de un pueblo. Que esto coincida con la independencia o no, no resta nada al triunfo que ya han obtenido los independentistas.

Pero es que, además, va a coincidir. Cataluña siempre va por delante en España. Lo nuevo ahora es que puede desenganchar y dejar el resto del convoy en la vía muerta, en manos de ese ser que habita en La Moncloa que ha destrozado el país, se ha cargado la democracia y el Estado de derecho, esa vergüenza balbuceante que ha corrompido las instituciones al frente de una especie de asociación de malhechores.

Eran unas elecciones autonómicas normales para el cobrador de sobresueldos de La Moncloa y sus amigos de la asociación de presuntos malhechores. Para todos los demás, incluida Europa y el mundo, son la puerta que se abre a la libertad gracias a la voluntad de un pueblo. Y que ya no podrán volver a cerrar.

viernes, 14 de agosto de 2015

Noviembre se decide en septiembre.


Las elecciones de 27 de septiembre, de las que nadie sabía nada en España hace dos meses y medio se han convertido de pronto en decisivas y obligado a los participantes a tomar decisiones drásticas en diversos órdenes. Drástico ha sido sustituir a Sánchez Camacho por el gigante xenófobo García Albiol. Y drástico ha sido que el PSC renuncie explícitamente al derecho a decidir. En general se observa un corrimiento de fuerzas en el campo unionista, por consideraciones tácticas sobre cómo hacer frente mejor al independentismo. Es como si todos pensaran que echándose algo más a la derecha se encontraran en mejor posición.

Podemos, el último llegado a esta compleja realidad de la política catalana, ha pagado su bisoñez con una notable pérdida de personalidad. Su clientela, de izquierda unionista, no estaba muy conforme con las ambigüedades de la dirección sobre el derecho a decidir y el proceso constituyente en el que iba a decidirse todo. Inseguros respecto a su lugar se aliaron con la IU catalana en Catalunya Sí Que Es Pot, es decir, con los mismos con quienes se vienen negando a confluir en el Estado, sin que sus razones sean más convincentes para lo uno o para lo otro. Entregaron la marca. Ahora clarifican que no apoyarán ninguna DUI después del 27 septiembre. Con ello, probablemente, tratan de contener la sangría de efectivos unionistas a una nueva formación confluyente, de izquierda, pero no soberanista. Ojo, Podemos no es soberanista. Su pretensión, según explican sus dirigentes, es aglutinar voto catalán de izquierda no independentista. Su porvenir es problemático. Tiene que competir con la CUP, que es voto de izquierda, soberanista, pero no coincidente con el independentismo burgués o "político". Pero también ha de hacerlo con el PSC que, no ya a la DUI, al mero derecho a decidir hace ascos. Y, encima, sumerge su marca registrada en una denominación de las muchas que hay en la oferta. No parece que quepa esperar resultados halagüeños.

Ahora bien, los estrategas del partido confían en las elecciones catalanas para insuflar ánimos nuevos a un decaído Podemos después de las últimas consultas. Si, como es de imaginar en un panorama tan abigarrado como el catalán, el voto real a Podemos no llega al 15%, ¿cuál será la expectativa para noviembre? Algunos dirigentes avisan de que, después de estas, habrá que ir a posibles pactos. Los pactos se basan en consensos. Con consensos no se asaltan los cielos. Podemos queda reducida a una fuerza política nominalmente antisistema y realmente prosistema. Aliada al PSOE en el mejor de los casos. Se mirará como se quiera, pero es un fracaso.

Al final es bastante posible que una parte importante de los votos unionistas en Cataluña vayan a parar a Ciudadanos, esto es, el partido de la derecha civilizada que en Cataluña es una realidad a diferencia del conjunto de España en donde es una quimera. Sobre todo teniendo en cuenta que el candidato del PP, impuesto por la Meseta, es de extrema derecha. También a C's pude ir a parar un voto unionista que hubiera sido socialista pero huye del PSC porque en él avizora tendencias soberanistas, como el caso de ese presidente del partido que pide el reconocimiento de su carácter nacional. 

Un hipotético buen resultado electoral de C's en Cataluña, recogiendo votos de todas las fuerzas unionistas, desde Podemos hasta el PP, será la mejor prueba del carácter plebiscitario de las elecciones del 27 de septiembre,

domingo, 5 de julio de 2015

La mar cambiante.

Comparaba ayer Palinuro la opinión pública con el movimiento continuo de la mar. (Por cierto, se me pasó mencionar el nombre de mareas que, muy apropiadamente, han empleado varios movimientos de protesta). Y tan continuo. Hoy trae Público un análisis electoral hecho por el estudio de Jaime Miquel y Asociados que ofrece una interpretación algo distinta de la que se desprende del CEO de ayer, no porque los datos sean muy discrepantes, sino porque lleva intencionalidad. La interpretación recoge la división de CiU y también el apoyo de Ómnium y la ANC a la lista única por la independencia. Luego los datos son valorados con perspicacia y rigor por Carlos Enrique Bayo que empieza y acaba su pieza de modo lapidario. Al inicio: La estrategia de Rajoy para negar los derechos de soberanía y de autodeterminación de Catalunya ha sido un auténtico desastre... para su partido. Al final: Más aun, Rajoy ha conseguido tamaño desastre (para el PP) casi sin hacer nada... o precisamente por ello. Entre medias, la demostración con las cifras en la mano.

Palinuro suscribe el juicio de Bayo con una pequeña precisión. El desgobierno no ha sido solo desastroso para el PP sino, sobre todo, para el país, España, esa que Rajoy no para de llamar gran nación según la empequeñece. Hay una trágica ironía en este desastre del modo de enfocar la cuestión catalana. Los herederos ideológicos de los de antes roja que rota, de los que hicieron una guerra para evitar ambas cosas, no la dejan muy roja, pero sí rota.

Los datos más apabullantes del estudio son que la DUI se queda a un escaño de la mayoría absoluta y que los partidarios del derecho a decidir llegan al 70% de los escaños. Ambas cosas coinciden algo más con el clima que se respira en Cataluña. Ahora considérese la elección en sí misma. Los soberanistas la quieren plebiscitaria; sí o no. Por eso propugnan una lista única por la independencia. Pueden ganar o no. El estudio da ganador seguro al bloque autodeterminista, del que incluso fija números: 96 escaños de 135, un 71%. Aunque sean algunos menos, pues no es claro que todos los de Barcelona en Comú simpaticen con el derecho a decidir, serán más de dos tercios, mayoría más que suficiente para lo que quieran.

En definitiva, el ganador es el bloque independentista porque gana incluso cuando pierde. Quizá la DUI no tenga mayoría absoluta. Pero la tendrá el bloque autodetermista, que es su segunda opción en preferencia. Porque si los partidarios del derecho a decidir son más de dos tercios del Parlamento catalán, ¿qué otra cosa harán sino pedir un referéndum de autodeterminación? Y ya está la situación igual que cuando la cogió Rajoy, ese prodigio de gobernante.

Bueno, igual, no. Mucho peor para el nacionalismo español. Porque al gobierno que salga de las urnas en noviembre va a tocarle enfrentarse a una situación muy complicada. Aunque las elecciones de septiembre no sean plebiscitarias, está claro que los catalanes deciden por amplia mayoría que tienen derecho a decidir. Y lo primero que querrán sus representantes, en efecto, será decidir.

Habrá que ver cómo reacciona un gobierno nuevo, probablemente de coalición, en Madrid. La frecuente invocación de una reforma constitucional de calado, de carácter federal, muy probablemente no contará con las supermayorías que la Constitución exige para tramitarla y mucho menos para sortear todos los obstáculos que la rigidez del texto opone a las posibles revisiones. Es decir, aunque se iniciara alguna de estas, se eternizaría, como se ha eternizado la absurda reforma del Senado.

Visto lo cual, los más animosos, estilo Podemos, invitan a ignorar la vía reformista e ir directamente a un proceso constituyente. La posible confluencia de Podem con el procés constituent de Forcades puede darle votos en Cataluña, sobre todo si, al final, montan otro ómnibus con Catalunya en Comú. Pero en España, el proceso constituyente no despierta pasiones y no es probable que consiga una mayoría parlamentaria capaz de arrastrar a los demás a juramentarse en el jeu de paume.

Así que, tarde o temprano, el gobierno español tendrá que autorizar la celebración de un referéndum de autodeterminación de los catalanes, como han hecho sin mayores problemas los quebequeses en el Canadá y los escoceses en el Reino Unido. Y tendrá que hacerlo por tres motivos:

Primero, porque los catalanes han demostrado una firme voluntad sostenida de nación y de ser tratada como tal, hasta sus últimas consecuencias. Esto no es una algarabía (según Rajoy), ni un capricho, un acto de demagogia, una manipulación o una conjura identitaria propia de nazis. Es una movilización popular que arrastra al sistema de partidos y a sus dirigentes, especialmente, claro, los nacionalistas. Lo adecuado es calibrar qué alcance tenga esa movilización y actuar en consecuencia.

Segundo, porque el gobierno central no ha sido capaz de resolver el problema ni parece estar en su mano (o interés) hacerlo. Ni un gesto de negociación en cuatro años. Rechazo, altanería y desprecio. Recurso permanente a la represión, agravada con el insulto de que es preciso cumplir las leyes, dicho por alguien que, como Rajoy, las cambia de veinte en veinte cuando le interesa a través de su sumisa mayoría parlamentaria. Ni un gesto de entendimiento. Conflicto abierto, incluso por la vía penal.

Tercero, porque la opinión pública internacional, incluidos gobiernos, parlamentos y hasta el Consejo de Europa presionan para que haya una solución negociada del contencioso catalán y será imposible negociar nada ignorando la voluntad de dos tercios del Parlamento.

Y así nos encontramos como al principio, habiendo perdido años tratando de evitar lo inevitable. Ese referéndum debió hacerse cuando se planteó por primera vez. Todo hubiera sido más fácil. Aun así, tampoco está mal hacerlo ahora. Porque esa consulta sí puede abrir un proceso constituyente en España.

sábado, 4 de julio de 2015

Flujo y reflujo.

La opinion pública es como el mar. Nunca está quieta. Hasta cuando parece inmóvil, como la calma chicha, contiene fuerzas actuando. Llega la pleamar casi inadvertida y se va luego como vino. La opinión se encrespa, recede, se agita, se solivianta, se aplaca.

El resultado de la segunda oleada del CEO, Centre d'Estudis d'Opinió, correspondiente al mes de junio pasado, es un jarro de agua fría sobre los ardores independentistas. La prensa de Madrid ha mandado heraldos con clarines: los partidarios del "no" a la independencia de Cataluña llegan al 50%, mientras que los del "sí" se quedan siete puntos por detrás, en un mísero 42,9%. Con esto, obviamente, no cabe una Declaración Unilateral de Independencia (DUI). Las intenciones de voto a los partidos son, respectivamente, un 34,2% a favor de los independentistas, CiU, ERC y CUP (en el momento de la encuesta, CiU aún existía) y un 29% a favor de los no independentistas, Podemos, PSC, C's y PP. Los votos de EU-ICV, 3,5% podrían distribuirse a partes iguales, pues la organización se divide por la mitad en achaques de independencia. Convertidos en escaños, esos resultados están lejos de garantizar una mayoría parlamentaria suficiente para la DUI.
 
Calma chicha que pudiera preceder a la tormenta. Suele señalarse que el CEO es un "CIS catalán", pero con eso no está diciéndose nada. Los datos sorprenden por lo negativos que son para la Generalitat. No faltará, sin embargo, quien argumente con algún retorcimiento, que los malos augurios están "cocinados", para enardecer los mustios ánimos independentistas. No parece muy probable, entre otras cosas porque esos ánimos tienen poco de mustios. Entre los resultados del sondeo y el espíritu nacionalista, catalán que los españoles consideran hegemónico, hay cierta disonancia.
 
Por ello, el propio CEO se siente obligado a contextualizar el sondeo, recordando que el trabajo de campo se hizo antes de la escisión de CiU y la consiguiente resurrección de la lista única civil por la independencia que Mas quiere encargar a la Assemblea Nacional Catalana. Es posible que estos movimientos cuenten, pero también pueden ser pura espuma de los días, marejadilla sin consecuencias. Por mucha lista única o lista país o lista patria que se presente, si, como parece, el electorado se inclina por votar más en clave social que nacional en septiembre, el carácter plebiscitario de las elecciones quedará muy deslucido.
 
En definitiva, esto no es un drama. Si la lista única no se presenta o pierde, los soberanistas mantendrán su derecho a seguir exigiendo la consulta de autodeterminación de modo pleno y no de tapadillo, a  través de unas elecciones pensadas para otra cosa. Y, a la hora de negociar con el nacionalismo español, el catalán tendrá una posición quizá no muy sólida, pero sí muy clara.
 
Por supuesto, el resultado también puede ser muy diferente al previsto por el sondeo. Hay fuerzas ocultas en el fondo que mantienen en tensión la opinión independentista. Los partidarios de la independencia (37,9%) no son mayoría absoluta pero sí una potente mayoría simple. Y apoyada en un sentimiento más amplio puesto que el 63% de la población cree que Cataluña no ha conseguido un grado suficiente de autonomía.
 
Terminado el tiempo de la ambigüedades, Podemos aparece firmemente anclado en el campo español de rechazo al Estado catalán independiente. Un 70,4% de sus votantes no lo quiere. Son menos que en el PSC (85,5%) y que en C's (94%) o el PP (97,8%), pero son más de dos tercios de sus apoyos. El bloque españolista en Cataluña, a su vez, compite en el eje izquierda/derecha, de forma que, ya lo dijimos, Podemos riñe el lugar al PSC, como al PSOE en España, y como en España, parece estancado, mientras asiste a la recuperación del PSC.
 
La más curiosa es la disonancia que se produce entre la intención del voto en las elecciones autonómicas y en las generales. Ha sido siempre un rasgo de Cataluña, pero ahora parece hacerse más visible. Así como el electorado vota mayoritariamente por opciones nacionalistas en la Comunidad, al Congreso manda un nutrido frente de izquierdas, con Podemos en primer lugar, ERC en segundo y el PSC en tercero, relegando a los burgueses de CiU a un cuarto puesto. Se denota aquí una intencionalidad diferenciada. Los analistas políticos hablarán de la sabiduría del electorado catalán, que prima el nacionalismo en su casa y la izquierda en la de todos. Hasta en eso van a parecerse el PSOE y Podemos, en que los dos derivarán del contingente catalán buena parte de la fuerza de sus grupos parlamentarios en el Congreso, que auguran ser numerosos.
 
Para los nacionalistas más exaltados, cualquier cosa que no sea la independencia será un fracaso. Para los posibilistas, que son un buen puñado, la situación es halagüeña pues el haber llevado la iniciativa política los ha puesto en posición  ganadora suceda lo que suceda ya que solo es previsible el triunfo de su programa máximo, la independencia, o del mínimo, una reforma constitucional de carácter federal.  
 
Ambas opciones son, en principio, posibles. Pero la independentista pasa por reflujo. La necesidad de articularla ahora como lista patriótica, al haber desaparecido CiU, tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja principal -y también su mayor inconveniente- es dar a Mas una base política de acción interpartidista, transversal, incluso aunque él mismo decida quitarse del primer plano. Eso da al voto un carácter caudillista que suele inspirar miedo en los sectores más conservadores de la opinión que no tienen por qué ser necesariamente los de la derecha burguesa.
 
Además, esos sectores no carecen de opciones alternativas que les mitiguen la mala conciencia nacional. Podem y el PSC son el puente de plata del reformismo que todavía puede tener a Cataluña unida a España, la última esperanza, el último tren en el que muchos querrán acomodarse. Con ERC en el parlamento, habrá un bloque catalán de izquierda que velará por el respeto a la condición nacional de Cataluña dentro de una España reformada. O eso se dice.
 
Suena a previsible. De hecho, Errejón lo ha formulado con su habitual contundencia gracianesca que saca a muchos de quicio pero es cristalina:  "Cuando aparece la posibilidad de reformar el Estado, se reduce la voluntad de construir otras repúblicas”. Obvio, ¿no? Una vez construido el Pueblo, ¿quién va a querer independizarse?
 
Oriol Junqueras suele explicarse igualmente como un libro abierto y avisa de lo improbable de que, pasadas las elecciones de noviembre, haya una mayoría en las Cortes para acometer reforma alguna de la Constitución. Y no se hable ya del proceso constituyente, una figura que comparten hasta las monjas.

sábado, 20 de junio de 2015

En Cataluña y por el derecho a decidir de los catalanes.

Hoy, sábado, 20 de junio, Palinuro estará en Cornellá, a las 18:00, en un acto plural en apoyo al derecho a decidir de los catalanes que acabará de ganarle muchas simpatías sin duda entre los nacionalistas españoles en Madrid. Qué se le va a hacer. A lo largo de la vida, los amigos y enemigos que uno trata van cambiando según se articulan las opciones vitales de cada cual. Y no hay más. Si tus convicciones morales y políticas te llevan a adoptar determinada actitud que choca con la dominante y mayoritaria en tu entorno, tienes dos opciones: te las callas y te conviertes en un hipócrita o las expresas y te conviertes en un apestado sometido al ostracismo. Y hay que elegir. Mi apoyo al derecho de autodeterminación de los catalanes me ha hecho muy popular en Cataluña e invisible en Madrid.

He explicado cientos de veces que soy un acendrado nacionalista español que cree que la nación (cualquier nación, la española incluida) solo es merecedora de nuestra lealtad si la pertenencia a ella es voluntaria. No es el caso de una nación que fuerza a otra u otras a formar parte de ella en contra de su voluntad y que, para mayor evidencia y opresión, no solo se niega a permitir que la nación o naciones sometidas puedan separarse si así lo quieren, sino también a admitir una simple consulta popular que permita averiguar cuántos ciudadanos en cada caso serían partidarios de la independencia en unos u otros lugares.

La nación que obliga a otra a ser parte de ella en contra de su voluntad no merece respeto. No es una verdadera nación sino, si acaso, una cárcel de naciones. Es más, como sucede en España, sus partidarios no son verdaderos nacionalistas pues no confían en la fuerza y la legitimidad de su idea para mantener a las naciones voluntariamente en su seno. Al contrario, desconfían, no creen en ella, por mucho que falsarios como Rajoy digan que es una gran nación. No se atreven a ponerla a prueba y recurren a todo tipo de embustes y violencias para impedir que la gente pueda manifestar libremente su voluntad.

Hago mías las palabras de un gran irlandés, diputado de la Cámara de los Comunes británica en tiempos de la independencia de América, Edmund Burke, uno de los padres del conservadurismo contemporáneo, al defender los derechos de las colonias:  "No sé cómo desear éxito a aquellos que, de vencer, nos separarán de la mayor y más noble parte de nuestro Imperio. Pero todavía deseo menos el triunfo de la injusticia, la opresión y el absurdo."

He aclarado mi posición en mi último libro, que encuentra el lector en la columna de la derecha de Palinuro, La desnacionalización de España. De la nación posible al Estado fallido, así como muchas otras consideraciones acerca de la historia del país, la polémica de las dos Españas, el nacionalcatolicismo, los nacionalismos no españoles y sus posibilidades, la función de los intelectuales en los conflictos nacionales que se viven en España desde hace ciento cincuenta años, etc.
 
Por la tarde hablaremos de todo ello.

lunes, 18 de mayo de 2015

Gracias, Pilar.



El bueno de Palinuro está tan poco acostumbrado a que alguien hable bien de él en la prensa que, cuando eso sucede, se pone como unas castañuelas. He aquí el artículo que publicaba ayer Pilar en La Vanguardia y que nunca le agradeceré bastante. Antes se hizo cargo de la presentación del libro junto con Alfred Bosch en el Ateneu barcelonès. Compartimos un buen momento con Carme Forcadell y Muriel Casals, dos mujeres admirables.

El libro de que aquí se habla es un largo lamento por la España que no pudo ser. Bueno, dirán ustedes, y ¿qué tiene eso de nuevo? ¿No es llorar escribir en España? ¿No es la jeremiada por la decadencia el motivo del pensar español? ¿No están las librerías y bibliotecas llenas de esos lamentos? ¿No adoran los españoles hurgar en la llaga abierta de su mal avenida historia y su problemática conciencia nacional?

Pues sí, es cierto. La desnacionalización de España es un escalón más en el descenso (o ascenso, según cómo se mire) hacia el infierno propio que nos hemos trazado. Pero tiene, o creo que tiene, una novedad: no alimenta falsas esperanzas. Hasta ahora las reflexiones sobre el desastre español tenían como colofón la fe en la llegada de algún tipo de remedio. Sí, España es un desastre, pero dejad que llegue la Ilustración; sí es un desastre, pero dejad que llegue el positivismo; que llegue la industrialización; que llegue Europa; la educación; la democracia.

La Ilustración, el positivismo, la industrialización, Europa, la educación, la democracia llegaron y sigue habiendo dos Españas. La impositiva, autoritaria, chulesca, nacionalcatólica, la del andrajo imperial, que habla a voces, humilla lo distinto y reprime la libertad. Y la liberal, tolerante, plural, pero acobardada, acallada, sumisa y, en el fondo, cómplice de la otra.
 
Y nada más. Se ha acabado. Ya no cabe esperar más advenimientos milagrosos o salvíficos que corrijan el rumbo al desastre como no sea, precisamente, la posibilidad de la independencia de Cataluña. Es una ironía de la historia que, para constituir una nación española en la que quepamos todos haya que empezar por desnacionalizar lo que hay.