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miércoles, 21 de marzo de 2012

La realidad y la ficción.

El eterno problema de la creación artística, de la literatura. El arte se mueve siempre en el campo de la ficción y entabla complicadas relaciones con la realidad. Pero la realidad está siempre ahí pues engloba la ficción. La ficción forma parte de la realidad pero no esta de aquella. No son dos opciones iguales entre las que quepa elegir libremente, pues la primera precede a todo. Ante todo está la realidad, lo que las personas son; y luego está la ficción, lo que dicen ser. Ambas cosas no tienen por qué coincidir y nuestra sociedad convive con un grado notable de discoincidencia entre lo que somos y lo que decimos que somos. A veces esa oposición es directa, brutal y entonces interviene la justicia para aclarar qué sea cada cual.

En la sentencia ayer conocida de una de las más de veinte causas de Matas, llama la atención la parte correspondiente al otro encausado, el periodista Antonio Alemany, que cobró indebidamente 600.000 € en varios años de dineros públicos malversados por Matas. A cambio, hacía de negro de este, pues le escribía los discursos y cuando no hacía de negro hacía de panegirista pues publicaba artículos encomiásticos del tal Matas en El Mundo. Es decir, Alemany decía ser periodista pero, en realidad, era un mercenario de la pluma, cosa que ocultaba celosamente pues no creo que sus columnas de El Mundo llevaran advertencia alguna de ser publicidad pagada, como eran.

Habrá quien diga que no solo los periodistas sino todos los que escribimos somos mercenarios de la pluma pues todos buscamos algo: criticar una causa, defenderla, en definitiva, arrimar el ascua a nuestra sardina. Es posible, pero no necesariamente a nuestro bolsillo. Conozco mucha gente a la que iría mejor en la vida si no escribiera y publicara lo que escribe. Y, sin embargo, se busca conflictos por convicción, cosa que Alemany probablemente considera un claro síntoma de enajenación mental. Esa diferencia entre lo que se es, la realidad, y lo que se dice ser, la ficción, es particularmente clamorosa aquí porque no se trata de que se hayan estafado unos caudales públicos sino de la comprobación práctica de la existencia de gente que escribe a sueldo y lo que le ordenan.

La realidad y la ficción juegan una contra otra en la convocatoria de huelga del 29-M. La realidad muestra que esta huelga sufre todo tipo de ataques conservadores que, unidos a las prácticas empresariales, pretenden aniquilarla in nuce. El gobierno la da por descontada y dice que es inútil mientras los empresarios la consideran una locura, tratan de impedirla y, para el futuro, quieren legislar sobre ella con clara mentalidad restrictiva y autoritaria. Las fuerzas conservadoras están en contra de la huelga. Las fuerzas progresistas, en cambio, están a favor. O eso se supone, porque el Congreso ha hecho saber que el día 29-M no solamente no hará huelga sino que tendrá una sesión maratoniana. Es decir hara una huelga de las llamadas a la japonesa en la que los huelguistas trabajan más horas que antes. La ficción (estamos con la huelga general) y la realidad (pero no la seguiremos) muestran una llamativa discordancia, como la del periodista Alemany.

La tímida petición de que se inhabilite el día 29 como día de sesión solo pretende que la autoridad resuelva el problema de si los diputados deben ir o no a la huelga y ahorrar a estos el amargo trance de dar ejemplo a la ciudadanía. Porque proclamar una huelga pero no ir a ella es una acción condenable en cualquier lugar del mundo. Es predicar pero no dar trigo, como dice el refrán. Los diputados de la izquierda están obligados a hacer huelga y hacerla en contra de la voluntad de su "empresa", como le piden a la gente. La idea de que los legisladores, como los demás ciudadanos que desempeñan funciones vitales para la sociedad no pueden hacer huelga es errónea. Todos los trabajadores por cuenta ajena deben tener derecho de huelga. Otra cosa es que lo ejerzan civilizadamente, tratando de mitigar los perjuicios que se ocasionen a terceros. Por eso el debate más encendido siempre es acerca del alcance de los servicios mínimos.

Con esta idea de los servicios mínimos, la izquierda puede proponer al Congreso que deje la Diputación permanente en su lugar. Pero eso es algo que la derecha no admitirá. La izquierda no tiene en tal caso más opción que la huelga. Desde luego, si la izquierda huelga, la derecha podrá sacar adelante en sus términos normativa muy importante, como le Ley de Estabilidad Presupuestaria y cinco decretos-leyes de recortes y ajustes. La cuestión, la realidad es, sin embargo, que, con su aplastante mayoría parlamentaria, la derecha podrá sacar adelante su normativa en todo caso. Siendo esto así la izquierda no tiene excusa para hacer coincidir la realidad con la ficción y encabezar la huelga, como es su deber.

(La imagen es una captura del vídeo publicado por El País.

martes, 20 de marzo de 2012

El chorizo y su amanuense.

En el mercado de truhanes, sinvergüenzas, apandadores y logreros en que el PP ha conseguido convertir la política nacional, sobre todo la autonómica y municipal, la parte levantina/mediterránea sobresale por méritos propios. Los mangantes de la zona son gente campechana, alegre, popular, muy accesible, lustrosos y bronceados que esquilman las arcas públicas en connivencia con unos u otros empresarios más ladrones que ellos mismos, sin perder la sonrisa ni la afabilidad. Frente a ellos, los maleantes del centro, en Madrid y lugares de Castilla y León, por ejemplo, son gente taciturna, como huraña, en la tradición de la pomposa ostentación borgoñona, granujas disfrazados de funcionarios para perpetrar mejor sus fechorías. No hay ni color. La corrupción levantina es suave como la brisa el mar mientras que en el centro peninsular es bronca, tajante, súbita y no se anda con remilgos y contemplaciones.

A su vez, dentro del chiringuito delictivo levantino, el expresidente Matas es un glorioso ejemplo por sí mismo: avezado político, ejemplo y modelo de bien hacer, según criterio ilustrado de Mariano Rajoy, ministro de Medio Ambiente con José María Aznar, derrochaba simpatía a la par que se apoderaba de caudales y bienes sin cuento que una ingenua población había puesto a su cuidado. ¿Cómo se iba a corromper Francisco Camps por tres tristes trajes? Por eso lo ha absuelto un jurado popular. En el caso de Baleares, mala pata, no se pudo recurrir a tan salvífico expediente y los avinagrados jueces de la zona quieren que Matas pague por sus frustraciones y problemas.

Matas es también un curioso ejemplo por otro lado. No contento con un aparato de agitación y propaganda a su servicio, como el del PP en Valencia (Canal Nou) y Madrid (Telemadrid), Matas alquiló los servicios de uno de esos periodistas que González Ruano llamaba sobrecogedores (o sea, que cogen sobres) para que lo siguiera por doquier, haciendo panegíricos de su persona y obra (y pagándolo con dineros públicos obviamente malversados), como Ovidio con Augusto o atacando y fustigando a sus enemigos como los poetas románticos arremetieron contra los artistas aburguesados. Muy de leer eran las piezas de Antonio Alemany, periodista a sueldo de Matas como los sicarios lo estaban de los señores renacentistas o los hashisin de los effendis de turno. Tan pronto se deshacía en elogios de la clarividencia matasina como destapaba alguna hedionda maniobra de la oposición para debilitar el gobierno legítimo que le daba de comer con generosidad, mediante insidias y traiciones que hubieran merecido mil muertes si mil vida tuviera aquella, como dice el poeta.

Si Matas es el prototipo del político de la derecha, que entiende el servicio público al servicio de su interés privado, el condenado Alemany lo es de lo que se llama su "terminal mediática", una máquina de adular a unos e insultar y difamar a otros a tanto la palabra que se repite a lo largo y ancho de la geografía nacional en la horma de presentadores y tertulianos que dan una monserga monotónica a modo de berreo ininterrumpido en periódicos, radios y televisiones, todos diciendo lo mismo y sin parar y cobrando una pastuqui.

Parte de los enredos delictivos de Matas tuvieron al parecer la colaboración de Iñaki Urdangarin, cuya condición noble (aunque advenediza) impresionaba al plebeyo insular mientras que la habilidad de este para estafar los caudales públicos debía de parecerle al duque prueba viva del ingenio del buen pueblo.

Que la justicia haya por fin condenado al político "ejemplar" y su agudo plumilla a sueldo es un parcial desquite por todo el bochorno que hay que pasar con las actividades de los Matas, Costas, Campses, Gonzáleces, Zaplanas, Bárcenas, Fabras, Galeotes, Campos, Crespos, Paneros, Sepúlvedas, etc, etc.

martes, 10 de enero de 2012

La pasarela de los modelos políticos.

Los dos presidentes "modélicos", según Mariano Rajoy, se sientan en el banquillo de los acusados para responder por diversos presuntos delitos de corrupción. En sí mismo esto es ya una lección de un modo de entender la política despilfarrador, caciquil, clientelar y, en definitiva, delictivo. Una forma, no de servir a los ciudadanos sino de estafarlos y esquilmarlos, algo que afecta directamente al Partido Popular (Matas fue ministro con Aznar y Camps, un punto de referencia esencial en el PP) y frente a lo cual éste guarda un silencio denso, sentado sobre su flamante código de buenas prácticas que, obviamente, no ha aplicado ni, según se ve, piensa aplicar. También es una lección de la independencia de la Justicia en España que es lenta, tiene defectos, pero al final funciona con la seguridad y la inmutabilidad de un antiguo batán.

Hay quien dice que el caso de Camps es "de cuantía menor", clasificándolo como los delitos y, en efecto, en concreto se trata de unos cuantos trajes y unos miles de euros. Pero ese argumento tiene dos respuestas: 1ª) aunque fueran cientos de euros y unos calcetines, tratándose de un político, no es un asunto menor; 2ª) no se trata sólo de los trajes sino que, detrás de los trajes hay un increíble gatuperio en que unos sinvergüenzas, en connivencia con cargos del PP de la Comunidad valenciana, se han apropiado presuntamente de cientos de miles, millones de euros a base de prácticas corruptas, para enriquecerse personalmente y/o financiar ilegalmente al PP, mientras se esquilman las arcas públicas.

Para darse cuenta de algo tan elemental basta conectar dos hechos: el sistemático y supuesto saqueo de los caudales públicos en Valencia a través de la trama Gürtel cuyos señuelos eran los trajecitos y la ruina de la Comunidad que ha obligado a su presidente actual a subir el IRPF y la gasolina para salir del paso como sea. Y ese es el comienzo. Cuando los valencianos echen gasolina en el depósito o paguen sus impuestos sabrán que están sufragando la estatua de Fabra (el de Castellón) su aeropuerto fantasma, las inexistentes torres de Calatrava, la visita del Papa y... los trajes de Camps. Un consuelo.

Por cierto, el comportamiento de Camps en el juicio está siendo tan típico, histriónico y estrambótico, en compañía de la claque que lo jalea, gesticulando y haciendo caretas que Palinuro se afirma en su suposición de que este hombre tiene trastornado el juicio. Ayer, por ejemplo, creyó ver agentes de la Stasi, de la policia comunista alemana, en dos funcionarios del cuerpo nacional de polícía. ¿No convendría que lo examinara un psiquiatra?

Al lado del caso Matas, la Gürtel valenciana es un tejemaneje de quinquis. Siempre hay clases. Matas parece ser el acorazado de la corrupción. Los millones de euros de su fianza lo sitúan entre los olímpicos de guante blanco y todo lo que de él depende adquiere la misma tonalidad titánica. Según las noticias, la fianza que el juez puede imponer a Urdangarin, el presunto socio de Matas en Marivent será de otros tres millones de euros porque parece que los dos iban a lo grande. "Del Rey abajo", debía de pensar Matas, "yo mismo". Quizá pueda decirse de él, como del duque de Villamediana, que "picaba bien, pero picaba muy alto".

Pero tampoco el asunto Matas es únicamente él solo. Comparece el ex-presidente a responder por un presunto delito de contratación ilegal de un plumilla, cargado de años y de experiencias quien, al parecer le escribía los discursos con ígnea oratoria ciceroniana y luego se los alababa en sus columnas periodísticas haciendo, en consecuencia, un lucrativo doblete. ¿Creíamos pasados los tiempos en los que los plumíferos mendigaban las mercedes de los señores a los que dedicaban sus ditirambos a cambio de un plato caliente y una yacija? Pues no es así. Claro que ahora parece que el plato cuesta medio millón de euros que salen del bolsillo de los contribuyentes, incluidos aquellos a los que el plumífero insulta. Hasta en la corrupción hay burbujas.