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domingo, 26 de junio de 2016

La brexit ha ganado las elecciones en España

Ha sido un doble aldabonazo en la conciencia de los electores, adormecida por la sarta de mentiras y vulgaridades que los cuatro líderes fracasados el 20 de diciembre han salmodiado por los rincones del Estado.

Una campaña átona, vista con indiferencia por la ciudadanía a la que se le pide que cambie el voto sin aportarle razón alguna para hacerlo. Un solo y raquítico debate televisado en el  que los líderes no tenían nada nuevo que decir pero lo llevaban todo pactado para no pillarse los dedos. Consigna: no digáis nada que haga perder votos. Abundancia de mítines con enfervorecidos seguidores tratando de trasmitir un clima de alegría y optimismo que nadie siente. Todos temen una repetición de los resultados de las elecciones anteriores. Y nada autoriza a pensar que este cuarteto de hombres -de hombres- del montón sea capaz de mejorar su actuación pasada.

Solo en Cataluña, el único lugar del Estado en que se mueve algo de verdad, hay iniciativa y se proponen novedades de nivel europeo, el resultado suscita inquietud e interés. Se trata de saber si se reafirma y avanza el impulso independentista o, por el contrario, hace mella la ambigüedad de Podemos, lo cual, a su vez, influirá en la cuestión de confianza planteada el próximo septiembre.

El resto, la resignación habitual y la confusión de unas propuestas deslavazadas, inconexas, sin justificar y carentes de contexto y apoyo en algún proyecto político concreto y tangible para las próximos cuatro años. Se prevé una alta participación, lo que significa que el electorado no quiere una situación de bloqueo como la anterior. Pero eso no es nada seguro y, en todo caso, al no estar en su mano cambiarla, es probable que el bloqueo se reproduzca. Ningún miembro del cuarteto ha dicho nada que incite al cambio de voto. Pero los hemos tenido día tras día en las pantallas, haciendo gansadas por falta de ideas. Cada uno de ellos absorbido en su supervivencia política personal: Rajoy, el principal responsable de este marasmo, dispuesto a rechazar de nuevo el posible encargo de formar gobierno; Sánchez, luchando con denuedo por una honroso segundo puesto que le dé la vitola de ser el primero de los perdedores; Iglesias, recién converso a la socialdemocracia, obsesionado por justificarse con un sorpasso que no parece producirse; Rivera tratando de mantener la cabeza sobre el agua y conseguir que se le distinga del chico de los recados.

Una nube de palabras que hiciera algún alma caritativa nos pondría ante la realidad de estos discursos sin interés, sin empuje, sin retos: cambio, reformas, la gran nación, la unidad de España, la igualdad de los españoles, la Patria, ilusión, sonrisas, moderación, populismo, Europa, trasparencia, equilibrio, pactos. O sea, nada.

Y, de pronto, los dos aldabonazos: el primero, la inesperada brexit; el segundo, el arrepentimiento veinticuatro horas después. Dos millones de firmas en el Reino Unido pidiendo la repetición del referéndum, aduciendo engaño en el primero. ¿Suena? Los pelos de punta. Ojo con lo que se elige, que podemos vernos votando por tercera vez antes de que termine este año perdido para todos.  

Un panorama angustioso. Los españoles descubren acongojados que el referéndum británico es más decisivo en su país que sus propios votos.  Que son europeos de segunda. En unos días, alemanes, franceses e italianos se reunirán para ver qué hacen con la salida británica. No invitan al español, ni falta que hace. La hipótesis más esgrimida es la de Europa de varias velocidades. Lo que se decida hoy en España no le importa a nadie. 

Y, a pesar de todo, hay que ir a votar. Para tratar de poner fin a esta vergüenza de cuatro años y medio de un gobierno corrupto, autocrático, neofranquista que ha desmantelado el Estado del bienestar, consolidado la precariedad laboral, arruinado la hucha de las pensiones, disparado la deuda pública, politizado y pervertido todas las instituciones del Estado y destruido la unidad de España que dice defender. Un gobierno cuya expectativa de voto, incomprensiblemente, sigue siendo la más alta. Frente a él, una izquierda dividida, enfrentada y, por lo tanto, inoperante. 

La brexit influirá en los indecisos, legitimará las opciones independentistas en Cataluña y, en el resto del Estado, aumentará los votos de los dos partidos dinásticos. Nadie quiere despertarse mañana arrepentido de su voto como los británicos.  Muchos están ya pensando que acabar con el bipartidismo no fue una buena idea y, para no tener que arrepentirse el lunes, depositarán hoy un voto ya arrepentido..

sábado, 25 de junio de 2016

Lecciones de la Brexit para España y Cataluña

Europa es una joven y hermosa doncella, hija del Rey de Tiro, Agènor. O sea, da nombre al continente, pero nace fuera de él, en Fenicia. Su rasgo fundamental, aparte de la belleza, parece haber sido su candor. Estando un día en la playa, con sus damas de compañía, fue avistada por el concupiscente Zeus quien se metamorfoseó en blanco y manso toro para atraerla. La princesa le acarició el lomo y, pensando que sus intenciones serían tan puras como su apariencia, montose confiada sobre él, momento que aprovechó el fogoso dios para raptarla, surcando veloz los mares es, decir, con la complicidad de su hermano, Poseidón, cosa importante para entender el posterior desarrollo de este mito, esencial en la conciencia europa. Así la llevó a Creta en donde, recobrando su forma veraz (cosa que, en otro momento, le costó la vida a Sémele, la madre de Dionisos; la mitología lleva "logos", pero no es lógica) la hizo madre de tres personajes: Minos, Radamanto y Sarpedón. Y por ahí aparecen otros relatos que no hacen aquí al caso. Lo esencial es que el rasgo esencial de Europa es la candidez, la ingenuidad.

Y así sigue siendo. El continente debe de resumir el 70% de la historia de la humanidad (si tal cálculo puede hacerse), dejando el otro 30% para los espacios no europeos, singularmente Asia. Esa historia es la de un ámbito político, cultural, económico, étnico, en perpetua mudanza. Anda por ahí un vídeo en YouTube en que se muestra la evolución de Europa en los últimos 2.000 años a base de superponer sus mapas a toda velocidad y acaba uno mareado. Monarquías, repúblicas, ciudades-Estado, imperios ultramarinos, imperios continentales, federaciones, confederaciones, teocracias, microestados, alianzas, guerras, anexiones, paces, tratados, escisiones, revoluciones, invasiones, magnicidios, genocidios, explosiones anarquistas, comercio, industria, megalópolis, conurbaciones. Prácticamente no debe de haber pasado año alguno sin que se hayan producido modificaciones de fronteras. Estados que se agrandan o empequeñecen, regiones que se asocian o disocian.Y todo eso sigue haciéndose ingenuamente a la auropea, esto es, pensando que eran mansos toros blancos que estarían ahí para siempre. Todo lo que Europa fabrica bajo formas jurídico-políticas lo hace subspecie aeternitatis. Carlomagno -que presta nombre a un premio europeo- quería restaurar el imperio romano de Occidente; el de Oriente iba ya por su lado y duró 1.000 años, lo que algunos, en el colmo del delirio, han tomado como la unidad de duración imperial. El primer Reich duró eso, otros mil años pero con tantos altibajos que no parecía una unidad; Hitler fundó el III Reich de los 1.000 años y duró doce, más o menos. Napoleón iba a llenar europa de napoleónidas y, al final, no mantuvo la dinastía ni en su propio país.

Justamente, lo que más fastidiaba de la buena conciencia comunitaria era su implícita confianza en que, sin tener ni idea de su exacta naturaleza, duraría quién sabe cuánto. La confianza en que la "construcción europea" era irreversible. Otra prueba de ingenuidad bordeando ya el papanatismo. En cuanto se ponen teóricos y abstractos, los europeos se piensan irreversibles. Irreversible se juzgaba el comunismo, tanto dentro como fuera, y por eso nadie se había ocupado en pensar cómo, por qué, cuándo, se hundiría. Y se hundió, volviendo al punto moral y político de partida más o menos autocrático (aunque disimulado), pero con un desarrollo tecnológico de primera potencia. Con la UE la actitud era la misma: en la UE se entra (de hecho, se siguen protocolos muy refinados), pero no se sale. No hay protocolos de salida. No importa porque el pragmatismo europeo los elaborará en un abrir y cerrar de ojos. Pero no los había. La hipótesis de la secesión no se consideraba. Todo aquello de que el acquis communautaire, el derecho europeo, eran vías civilizatorias de no retorno. Tratándose de Europa, francamente asombroso.

Muy asombroso porque nadie creía que pudiera salir la Brexit y Zeus se llevara la ingenua doncella no a Creta sino a Londres. Sí, Cameron había convocado un referéndum, pero era experto en ganarlos, como probó en Escocia. Sabría lo que hacía, estaría bien informado, saldría el "no" y su liderazgo se consolidaría, frente al nuevo frente de políticos frikies, como Boris Johnson o el líder del UKIP, Nigel Farage, que será friky, pero no tonto, como demostró cuando ya en 2012 calificó a Rajoy en el Europarlamento como el "lider más incompetente de Europa". Había un referéndum, sí, pero los referéndums en Europa, se ganan. Y, si no se ganan, se repiten. La democracia es un arma de dos tiempos.


Y ha salido el "no". Los columnistas están ya buscando en la hemeroteca de la historia, hurgando en la Magna Charta, la flema británica, la manía de conducir por la izquierda, la de llamar escuelas "públicas" a las privadas, la de considerar castle a la vivienda familiar, el humor seco, la de quemar viva a Juana de Arco por bruja. Los políticos, con menos tiempo para documentarse dicen lo primero que se les ocurre que, lógicamente, es lo que les preocupa. En concreto, no que Gran Bretaña se haya largado de esta maravilla de Unión Europea teniendo en cuenta que ya venía y se va como Reino Unido, sino que se haya hecho un referéndum. Para Rajoy, los referéndums solo sirven producen división; para Sánchez, "esto" es lo que pasa cuando se permite que la gente decida por su cuenta, en lugar de dejar la solución a gente tan lista como él; y Felipe González hace metáfora: Cameron quiso salvar los muebles y quemó la casa. Probablemente haya sido al revés; quiso salvar la casa pegando fuego a los muebles. Pero eso es indiferente.

La culpa, según los políticos, la tiene el referéndum. Algo tan inteligente como echar la culpa del martillazo que me he dado en el dedo al martillo. Las ordenanzas militares antaño culpaban a los fusiles o las mulas; pero eran militares. La culpa es del referéndum. Y eso se ve claramente en los mapas que muestran la concentración del voto brexit en la Inglaterra profunda y en los sectores de más edad de la sociedad. Como si las razones de quienes viven en el campo y son mayores fueran menos valiosas que las de los urbanos más jóvenes. Ya se sabe que quienes votan lo contrario a mis convicciones son unos necios. No hace falta tratar de demostrarlo científicamente.

Es obvio: la inquina al referéndum se debe a la cuestión catalana. Y es tanto más profunda cuanto se comprueba que no tiene futuro. El referéndum se ha producido y tiene un efecto catalizador sobre la legitimidad del referéndum catalán . Y no solamente sobre el catalán sino también sobre la repetición del referéndum escocés de autodeterminación.

Aquí es donde los publicistas partidarios de que nada se mueva proponen el argumento que consideran más poderoso contra el referéndum, el de la asimetría: si el resultado es "sí", ya no habrá posteriores peticiones de repetición: pero si es "no", estas se plantearán al día siguiente. Quizá no al día siguiente, pero sí en cuanto se pueda. La respuesta es sencilla: bueno, ¿y qué? En primer lugar, si no hay repetición de referéndum cuando gana el sí no es un efecto mecánico, ya que depende de la voluntad de la gente y si la gente lo quiere, lo habrá. Igual que en el caso del "no". Si hay porciones de la sociedad que quieren replantearlo, habrá que hacerlo. Muchos escoceses que votaron "no" a la independencia lo hicieron por el argumento de que así se quedaban en la UE, que les parece un lugar delicioso, visto lo que han votado en el Brexit. Esos se siente estafados. Con cierta razón. Lo mismo pasa con los llanitos. Pero esos están peor porque solo pueden patalear. La posibilidad de repetición del referéndum no es un argumento contra el referéndum.

No hay argumentos contra el referéndum.

Los ingleses se han ido. ¿Por qué no pueden irse los catalanes? Ya, ya, que la UE no es España ni el Reino Unido, Cataluña. Cierto, cierto, pero, exactamente, ¿qué es la UE? No lo sabe nadie. Se teme el efecto "contagio" de la mano de los partidos de extrema derecha en Dinamarca, Francia, Italia. Puede darse, desde luego. La UE es algo en donde se entra y se sale. Parece bastante razonable: ni fortín, ni cárcel. Que la pertenencia sea voluntaria. A nadie le gusta que no lo dejen entrar en un club o que no le permitan marcharse. Se pueden aducir razones de todo tipo, incluso invocar la voluntad de los dioses (España, toda España, está bajo la protección de Santiago Matamoros y la Virgen del Pilar, ¿entendido?), pero, en definitiva es algo sencillo: tú aquí no entras o de aquí no te vas porque no. Ese "no" se llama ordenamiento jurídico vigente y está respaldado por el monopolio de la violencia. La fuerza. Es la última razón del Estado y así, si nadie sabe qué sea la UE, todos saben lo que son los Estados, cuya soberanía sigue intacta.

Detrás del "no" al referéndum no hay argumentos. Hay un ordenamiento jurídico respaldado por la fuerza.

Los ingleses, fuera; los catalanes, dentro.