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lunes, 23 de noviembre de 2015

Hace miles de años.

El Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, el más antiguo del mundo, que se encuentra como incrustado en la Escuela Superior de Ingeniería Industrial, tiene una interesantísima exposición de calcografías de su colección. Son reproducciones de las pinturas rupestres de decenas y decenas de cuevas situadas en el norte de España (las más antiguas, del paleolítico y transición al neolítico), las del levante (la llamada pintura esquemática que se había considerado con anterioridad como jerogífica) y las de la parte sur.

Entre 1912, fecha de la creación de la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas, y 1936, fecha en que esta cesó en sus actividades con el comienzo de la guerra civil, para no reanudarlas más, los investigadores y estudiosos calcaron y reprodujeron con sumo cuidado cientos, miles de imágenes en las paredes de las más apartadas cuevas y grutas de la geografía española. La Comisión estaba patrocinada por el Duque de Alba y presidida por el Marqués de Cerralbo, un carlistón, consumado arqueólogo y cuyo palacio cabe visitar como museo en Madrid. Sus miembros y expertos viajaron muchas veces a lomos de mula por los más escarpados senderos y las zonas más inhóspitas en busca de las imágenes que querían reproducir y conservar. Y tan es así que, en alguna ocasión, la erosión, los accidentes o los depredadores han hecho desaparecer los originales y solo conservamos ahora los calcos. La actividad, la finalidad, su espíritu y su modus operandi recuerdan mucho los de las Misiones Pedagógicas. La Comisión dependía de la Junta para la Ampliación de Estudios, a la que la República dio tanta importancia y que es la antecesora del CSIC. Lo que pretendía era inventariar la pintura rupestre y troglodita española. Y en buena medida lo consiguió.

El museo, que tiene una clara vocación pedagógica ha montado la exposición tratando de ambientarla en cuevas imaginarias hechas artificialmente  y con una iluminación prudencial, para no dañar las reproducciones. Son estas en su mayoría escenas caza, aunque no solo de ella, con multitud de animales, especialmente cabras, ciervos, jabalíes, toros, caballos, conejos, pero también elefantes, mamuts y camellos pues en paleolítico, la fauna de la península era más variada que ahora. También seres humanos en distintos quehaceres, cazadores, hombres con arcos y picas.

Las pinturas, grabadas en la piedra o no, rojas o negras están estilizadas, son de trazo seguro y simple, tienen fuerza y mueven la imaginación a intentar trasladarse como con una máquina del tiempo a aquellos albores de la humanidad. Es la fuerza, la vis atractiva del arte, del de hoy y el de entonces, tan arte como el de ahora.  Los trogloditas que habitaban en las cavernas, recogían en las paredes lo que veían, los animales que convivían con ellos y ellos mismos. Representaban lo que veían, como hoy.   Se observa la dualidad interpretativa que plantean estas pinturas: si tenían un valor meramente ilustrativo, para pintar lo que se veía o se alcanza otro de carácter mágico. Por eso aparecen las figuras de brujos o chamanes: para traer la prosperidad y la buena fortuna en la cacería. La doble función de la pintura hasta el día de hoy: reflejar lo que se ve o invocar lo que se quiere ver.

Es curiosa nuestra familiaridad con el arte rupestre, aun a la distancia de treinta mil años. Los hombres y mujeres que lo hicieron no nos resultan ni siquiera imaginables. No sabemos nada de ellos pero sí de su arte. Y a través del arte. La pintura rupestre, como en la naïf africana nos resulta familiar porque sus temas y visiones están en la pintura contemporáena. Muchas de estas imágenes se entienden mejor tras haber visto obra de Picasso y de otros artistas a fines del siglo XIX y XX, cuando algunos descubrimientos de este arte del paleolítico sirvieron para inspirar motivos de vanguardia.