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martes, 26 de mayo de 2015

Mira cómo me muevo.

Efusivas felicitaciones a la Fundación Canal (Madrid) por traer esta originalísima, cautivadora, fascinante exposición largamente esperada en estas tierras. En 2011, alguien en la Barbican Art Gallery, de Londres, tuvo la genial idea de hacer una exposición de películas de animación. No solo películas de dibujos animados, esto es, lo que en inglés llaman animation 2D, sino también con volúmenes ya que, siendo una exposición completa, que abarca 150 años, tiene muestras de las primeras películas, de los hermanos Lumière o de Mèliés, que incluían objetos, muñecos, maquetas y también de las últimas en las que, además, se mezclan dibujos con seres humanos o se hacen a base de CGI (imágenes producidas por computadoras), es decir, animation 3D. La exposición anduvo por el mundo, recaló en varios lugares, como el Detroit Institute of Arts y de ahí parece haber llegado por fin a España. Pues es un acontecimiento de primera.
 
La exposición está montada con gusto, con paneles, pantallas de proyección y espejos que le dan cierto aire inquietante. Consiste en una serie de metrajes de duración variable de más de cien películas de animación, desde Hotel eléctrico (1908), del español Segundo de Chomón, hasta Vals con Bahir (2008), del israelí Ari Folman. Quien quiera verla como merece, mirando todas las películas, necesitará por lo menos cuatro horas. Es decir, la mayoría tenemos que ir en varias ocasiones, lo cual no es gravoso económicamente porque, por fortuna, la entrada es gratuita.
 
Pero merece la pena verla. Me atrevo a decir que todos los seres humanos hoy vivos hemos nacido y crecido en un mundo en el que el cine de animación es esencial. No se trata solamente de que todos los seres humanos (vivos, muertos y requetemuertos) hayan contemplado imágenes en movimiento. Ya se sabe que en el último tercio del siglo XIX, gracias a los avances de la fotografía, se aceleró la carrera por proyectar imágenes animadas en una tradición que venía ya de las sombras chinescas de la Ilustración. Hay quien dice, incluso, que las pinturas rupestres de Altamira y Lascaux también estaban animadas porque parecían moverse a las titilaciones de la luz de las antorchas. Puede ser. Pero la experiencia de los vivos, de todos los vivos, es el cine. En el mundo occidental, prácticamente todas las personas (excluidos casos como los que se vieron en las misiones pedagógicas) tienen recuerdos infantiles de dibujos animados y animaciones en general y la inmensa mayoría, hoy, a través de la televisión, es decir, cercanos, inmediatos, domésticos. En muchas casas, los Simpsons son como si fueran de la familia.
 
El cine de animación es una especie de nervio de la cultura contemporánea. Está oculto, pero la mantiene viva. Una mentalidad patriarcal nos hace a veces menospreciar estos productos por infantiles. Otras, nos ponemos críticos y los escudriñamos en busca de los mensajes ideológicos ocultos o no tan ocultos que acarrean. Suele haber acuerdo en que Bambi o Dumbo son  una ñoñería que, con probable injusticia, adjudicamos a los niños. Pero no es raro que alguien nos coloque una teórica sobre la sospechosa sexualidad del Pato Donald, que tiene una novia, Daisy, con la que no se casa y tres sobrinos que nadie sabe de dónde han salido. Son visiones negativas. Pero, si escarbamos en nuestros recuerdos de infancia y adolescencia, encontraremos héroes, heroinas y situaciones y aventuras mucho más presentes en nuestras memorias que parientes tampoco tan lejanos.
 
Añádese a ello que la propia arte/industria de la animación ha roto las barreras biográficas colectivas. Las "historias para adultos" saltaron de la literatura al comic y de este al cine repetidas veces y  contribuyeron a eso que se llama la cultura popular, apocopada después en pop cuando, a su vez, pasaron a la pintura. Basta ver la obra de Andy Warhol o Roy Lichtenstein. O del comic a la política. Basta ver las publicaciones de la Internacional Situacionista. Un ejemplo que puede seguirse en la exposición: la leyenda judía del Golem, del siglo XVI, se recoge y reinterpreta en la novela de Gustav Meyrink en 1914 y pasa al cine en la trilogía Der Golem, de Paul Wegener (1915-1920), si bien no está basada en la novela del checo, influye sin duda en la versión de Frankenstein que hizo James Whale en 1930,  tiene otra versión de Julien Duvivier en 1936, rueda por varios comics  y algún corto reciente que se exhibe en esta esposición y  emerge finalmente en la figura arrasadora del Incredible Hulk (1962), de Stan Lee y Jack Kirby que, desde entonces, ha conquistado el cine y las series de televisión.
 
Se presta mucha atención a la genealogía de las figuras, los procedimientos, las técnicas. Algunas de estas son muestras habituales en exposiciones de fotografía histórica o los orígenes del cinematógrafo, como las famosas secuencias fotográficas de Etienne-Jules Marey o Eadweard Muybridge, o los balbuceos de las imágenes en movimiento, como las Fantasmagories (1908), de Emil Cohl o las cerillas de Melbourne-Cooper, por no hablar del baile de los esqueletos de los Lumière. Pero lo más llamativo, al menos para Palinuro, son los antecesores del Parque Jurásico (1993), de Steven Spielberg. El primer ejemplo de dinosario en la pantalla, manifiestamente el antecesor del de Spielberg, es Gertie the Dinosaur (1914), de Winsor McCay, que es quien dio con el título de la exposición, usado en una de sus producciones: Watch Me Move ("Mira cómo me muevo"). Luego vinieron otros en la línea como "el dinosaurio y el eslabón perdido" (1917), de Willis O'Brien y "el mundo perdido", del mismo autor en 1925. Igualmente, el primer King Kong, de Cooper/Schoedsack (1933) se convierte en la digitalizada criatura de Jackson en 2005 pero el mensaje es el mismo: la bella y la bestia.

Este mensaje está apenas insinuado, pero la historia sigue idéntica pauta: el contraste entre la naturaleza ciega y brutal y el mundo civilizado, hecho de codicia, lujo y falsedad y en el que hasta los sentimientos más nobles son objeto de mercadeo pero se mantienen puros en los seres irracionales. De seres irracionales que "sienten" o "razonan" está plagado el reino literario de las fábulas, que constituyen una puntal esencial del saber convencional contemporáneo: la hormiga hacendosa, el astuto zorro, el lobo taimado, el cuervo vanidoso, todos ellos tienen acomodo en el cine de animación que cuenta con series enteras de ratones, gatos, osos, perros, pájaros, conejos, leones y hasta leones cobardes, como en El mago de oz que, por cierto, no estaba en la exposición. 
 
Habiendo ya vencido a  mitad de ella el prejuicio de que la animación es cosa de críos, a lo que ayuda la contemplación de algunas piezas de Jan Svankmajer (1983) o de los inquietantes hermanos Quay (2000), de esos que se encuentran en las exposiciones de arte contemporáneo más rompedor, puede uno ir picoteando aquí y allá en busca de las figuras o las imágenes  que lo hayan impresionado a lo largo de la vida, y reexaminarlas.  
 
Predomina la producción estadounidense y de factura comercial, como en la vida real. Pero también se atiende a otras manifestaciones. Hay metraje de "Rebelión en la granja" (Animal Farm), de Halas y Batchelor (1954), la primera peli inglesa de animación que tanto contribuyó a popularizar el nombre de Orwell durante la guerra fría. No sigo porque hay cientos de personajes y no terminaría. Y eso sin haber entrado en el jardín japonés que empieza con Godzilla, sigue con Mazinger Z y se multiplica hoy en una infinidad de figuras humanas, androides y ciborgs de refinadas tecnologías cuyos nombres no puedo retener. Como colofón me planteé dos preguntas en un alarde de autoexamen: 1ª) ¿qué nombre de animación me viene hoy el primero a la cabeza? 2ª) ¿qué figura de animación siento como más cercana, más mía?
 
Respuestas: 1ª) Bob Esponja. 2ª) Charlie Brown. Debo de ser un primitivo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Comic de guerra.

Guy Delisle (2013) Crónicas de Jerusalén. Bilbao: Astiberri, 333 págs.



Guy Delisle es un conocido autor francocanadiense de comics novelados de variada temática, alimentada a veces por viajes a lugares alejados y exóticos. Tiene un dibujo sencillo, nada recargado, muy suelto, con un ojo para sutiles expresiones faciales. Las viñetas utilizan toda la panoplia de recursos, con mucha influencia de la fotografía y el cine en cuanto a los encuadres. Los textos son minimalistas, equilibrados. El conjunto muestra una lejana influencia de Hergé y Tin Tin que aparece expresamente citado en esta historia. Claro que también lo están muchos otros, si bien contemporáneos.

En 2008, la esposa de Delisle, perteneciente a Médicos sin fronteras, aceptó incorporarse a una misión de la ONG de un año en Gaza y el matrimonio, con dos hijos pequeños decidió aceptarla. Mientras ella actuaba en la franja, él residiría en Jerusalén, en el barrio de Beit Hanina, justo enfrente de unos asentamientos israelíes. Él se ocuparía de los niños y del hogar, en una experiencia de amo de casa y emplearía su tiempo libre en visitar el conjunto del país, trabajando en sus dibujos. Al final encontró que había hecho tantos de ellos que podría reunirlos para contar sus aventuras (que fueron muchas) en Israel y el resultado es este libro, el punto de vista de un occidental avanzado, partidario de la igualdad de sexos, en un país (mejor dicho, en dos países superpuestos) en donde esta deja mucho que desear, liberal, vagamente progresista, procedente de otro país democrático, estable, pacífico, en el que, salvo las andanadas independentistas de Quebec, nunca pasa nada. El resultado es este testimonio gráfico, apuntes sobre el terreno de una experiencia en un lugar del planeta en el que, a diferencia del suyo, puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Crónicas de guerra en dibujos de comic y narradas en primera persona. 

Tenía interés por conocer su visión de un lugar que yo también conocí y recorrí, si bien hace ya casi veinte años. Un viaje por Israel/Palestina deja un recuerdo imborrable y un deseo de volver o, cuando menos, de enterarse de cómo han evolucionado las cosas. Delisle, con más tiempo y medios que yo, compró un coche (que, por cierto, dice haber vendido a un español al marcharse) mientras que yo alquilé uno. Pero con él recorrí el país y estuve en casi todos los lugares que visitó el dibujante: Tel-Aviv, Jerusalén, Hebrón, Acre, Masada, el Mar Muerto, Cisjordania y, desde luego, Gaza. No llegué a estar en Ramala, pero me da la impresión de que él tampoco fue a Jericó o Cesárea.

Mi curiosidad era saber, conocer, ver (es lo bueno que tienen los libros gráficos, fotos o comics) permiten visualizar las cosas y cómo cambian. La zona no está jamás en paz y tranquila, especialmente en los territorios ocupados. En verdad, lleva más de 2.000 años siendo escenario de conflictos y guerras, lo cual no está nada mal como signo distintivo de las tres religiones monoteístas del mundo que reconocen aquí sus orígenes. Pero, cuando yo estuve, reinaba una relativa calma: un par de atentados y el estado de sitio permanente con la multiplicidad de check points a lo largo y ancho del país. Durante la estancia de Delisle, sin embargo, se produjo la infausta operación Plomo fundido, al filo de las Navidades de 2008 y comienzos de 2009, durante la cual los aviones israelíes bombardearon repetidamente Gaza, causando más de mil muertos, innumerables heridos y destrozos, habiendo empleado en la operación bombas de fósforo blanco. También entraron los carros de combate y los inevitables bulldozers para los derribos de cientos de viviendas.

En el resto, Palestina sigue más o menos como hace veinte años, pero con todos los conflictos exacerbados y alguna que otra barbaridad nueva, como ese muro de hormigón de ocho metros de alto y (hasta la fecha) unos 500 kms que, cuando esté terminado, rodeará completamente Cisjordania con unos 700 kms. En cuanto a la convivencia de las dos comunidades, israelíes y palestinos (o árabes)  las cosas también están como antaño pero mucho peor. Allí donde coexisten, los israelíes abusan y tiranizan a los árabes. Especialmente los colonos, amparados por el ejército. El caso paradigmático es Hebrón, la ciudad con la tumba de los cuatro patriarcas (dos del lado israelí y dos del árabe). Un exiguo puñado de unos 600 colonos, que viven en el centro en un barrio fortificado guardado por los militares, condiciona de tal manera la vida de una ciudad de más de 200.000 habitantes que partes de ella son zonas intransitables y otras están abandonadas. Quien visite Hebrón se habrá hecho una idea de lo que sucede en Israel. En los territorios ocupados, muchísimo peor.

La situación de los palestinos es desesperada y, con todo, resisten. Los echan de sus casas, les destruyen sus medios, les retsringen sus movimientos, dejan sus instalaciones desabastecidas. Pero ellos resisten. Delisle cuenta entrevistas con los soldados israelíes de la organización Breaking silence, esto es, militares israelíes dedicados a denunciar los abusos de los otros militares. Hace veinte años tal cosa era impensable. A lo mejor vamos avanzando.

Cuando no trata del omnipresente conflicto, Delisle narra el día a día de la población judía, sus fiestas, Purim, Pesaj, la memoria de la Shoah, el sábado, el Yom Kippur, etc. Da cuenta de las infinitas divisiones de sus sectas, ultraortodoxos (en el barrio de Mea Sheakim), los mesiánicos (los que creen que Cristo es el Mesías), los jasídicos, etc. Aunque la ONG de su mujer lo emplea para relaciones con los palestinos, su observación se dirige más a los israelíes, dejando constancia de algo que muy poca gente conoce: hay más libertad en Israel a la hora de informar sin pelos en la lengua sobre las operaciones militares y de denunciar los abusos de las FID (Fuerzas Israelíes de Defensa) de la que hay fuera, por ejemplo en Europa. El supuesto es claro: Israel es una democracia rodeada de países que no lo son y, en su política interna, tiene una mácula que es infringir los derechos humanos de la población palestina en los territorios ocupados, si bien los árabes asentados en territorio israelí son reconocidos como ciudadanos y ejercen sus derechos políticos.

Pero el país se considera  en guerra, incumple las resoluciones de la ONU, desoye los consejos de sus aliados y persigue una deliberada campaña de segregación y apatheid en el interior, mientras que extrema sus medidas de seguridad en el exterior, muchas veces violando normas y principios del derecho internacional. Cualquiera que haya pasado por los controles israelíes en los aeropuertos de embarque lo ha experimentado. Delisle hubo de sufrirlos dos veces y parecen haber agotado, sino su flema británica, porque es de origen francés, sí su cachaza bretona.

Otro elemento que hace el libro de muy grata lectura. Al ser la crónica ilustrada de un viaje, contiene abundante información sobre el día a día de un dibujante de comics que tiene que hacer de amo de casa en territorio extraño, a veces hostil. Son experiencias de trato cotidiano que nos hacen ver cómo funciona una sociedad que lleva medio siglo militarizada, pero conserva los mecanismos de producción y reproducción del poder civil, bajo una presión del elemento religioso al lado de la cual la de los católicos en España parece el reinado del librepensamiento.