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lunes, 5 de septiembre de 2016

El burkini y los valores

Esto del burkini ha sido el tema del verano y a su cuenta se han intercambiado fogosos argumentos en un sentido u otro. Resulta curioso que el debate no sea tanto sobre el hecho en sí (que unas mujeres vayan a bañarse vestidas) como sobre su significado latente; no sobre un comportamiento que pudiera ser vituperable (y que, de hecho, no lo es) como sobre su intencionalidad o presumible propósito. Dicho en plata: si no hubiera habido los atentados recientes en Francia, Bélgica y otros países europeos, a nadie hubiera llamado la atención que unas personas fueran a las playas ataviadas más o menos como nuestras abuelas en sus tiempos. 

Vivimos en sociedades libres en las que el avance de las concepción de los derechos de la persona he hecho retroceder hasta su casi desaparición comportamientos no hace mucho penados como delitos en función de criterios muy elásticos que se prestan a interpretaciones arbitrarias, como la moralidad, el decoro, la decencia públicas. En nuestros días cada cual viste y se comporta como le place. Esta concepción amplia de los derechos solo conoce como límites el interés público y los derechos de los demás. Por supuesto, vuelven a ser límites en el fondo imprecisos. Pero, para llegar a ellos es preciso referirse a casos extremos y por tanto excepcionales. Y la indumentaria de los/las bañistas no suele contarse entre ellos.

En una sociedad democrática-liberal ordinaria la indumentaria y apariencia exterior es libre, carece de sentido y fundamento y es ilegal obligar a la ciudadanía a llevar o dejar de llevar ciertas prendas. Por tanto, la reciente prohibición del burkini en la Costa Azul francesa es una evidente extralimitación que el Consejo Constitucional ha dejado felizmente sin efecto. Es ridículo que la autoridad se arrogue facultades para decidir cómo deben o no deben vestir las personas.

La justificación de la prohibición del burkini, sin embargo, invoca otros argumentos. El más frecuente es el que va más allá de lo puramente fáctico para entrar en el campo de lo semiótico. El burkini debe prohibirse no por lo que es de hecho sino por lo que significa, por el mundo de representaciones mentales, ideológicas, religiosas y, en último término políticas que conlleva. Está claro, dicen, que nadie quiere interferir  en el ejercicio personal de los derechos de las mujeres musulmanas. Aunque tampoco es extraño escuchar observaciones acerca de si estas mujeres son verdaderamente libres o están coaccionadas por usos, creencias, comunitarias y colectivas de las que en el fondo son víctimas. Es algo que merece la pena considerar, sin duda, pero sin olvidar que lo mismo puede decirse y sospecharse de otros comportamientos sociales que pasan incuestionados en la sociedad, singularmente, muchos de los usos y costumbres (y no solo en la indumentaria) de los católicos y sus curas y monjas. La autoridad debe velar porque nadie se vea obligado a actuar en contra de su voluntad por imposición exterior, pero no tiene nada que decir cuando el comportamiento -por muy servil y denigrante que pueda parecer- es libremente consentido por la persona.

Pero el argumento de los prohibicionistas tampoco acaba aquí. Señalan el mencionado hecho del aspecto simbólico de la indumentaria en cuestión, considerando que su importancia radica en su carácter premonitorio. El burkini es una provocación consciente a los valores occidentales y lleva en su seno una amenaza totalitaria de islamización de nuestras sociedades. Estas acogen a los musulmanes, pero no tienen por qué aceptar sus pautas culturales ni sus valores. Cierto. Pero no parece que el burkini en sí mismo encierre esa pontencialidad del mal. Más bien se trata de una sobrerreacción producto del nerviosismo por la sórdida presencia del terrorismo y que, paradójicamente, da la razón a la actitud que quiere combatir a base de cebarse en el sector más débill del conflicto: las mujeres.

La prohibición del burkini es una prueba de debilidad de nuestras sociedades y justifcarla con un razonamiento de carácter preventivo, un evidente abuso de autoridad. Que cada cual vista como quiera, siga los usos que quiera es una pequeña pero muy significativa parte de nuestra idea de la libertad. Admitir la injerencia de la autoridad pública en la vida privada de la gente por oscuros motivos de moralidad  o previsiones de seguridad pública basadas en meras suposiciones es lo que verdaderamente ataca los valores de la tradición liberal y tolerante de nuestros Estados.

sábado, 30 de julio de 2016

El primer panopticón: Ramon Llull

Estupenda exposición en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona sobre Ramon Llull, comisariada con gran competencia por Amador Vega Esquerra y titulada con evidente intencionalidad La màquina de pensar. Digo intencionalidad porque orienta y acota la profusa, desconcertante, exuberante, a veces fantástica capacidad de reflexión y producción intelectual de este laico asimilado a franciscano y filósofo del siglo XIII/XIV a su implícito proyecto de fabricar lo que hoy llamaríamos una regla universal del pensar, un lenguaje planetario y a las huellas que esta pretensión ha dejado en distintas manifestaciones artísticas a la largo de la historia y en el siglo XX. Al respecto, la exposición aporta pruebas y elementos contundentes y muy reveladores de los que me quedo en especial con los documentos sobre las referencias de Juan-Eduardo Cirlot, el del Dau al Set y el diccionario de símbolos y Arnold Schönberg, quien pudo haber caído en la idea del dodecafonismo por influencia de la visión integral de la escala de los seres llulliana.

No estoy muy seguro de que, en conjunto, la exposición resulte del todo convincente en establecer un puente entre la obra de Llull y el pensamiento/realidad reticular contemporánea. Probablemente por mi falta de capacidad. Me propongo asistir a alguna de las visitas guiadas que realiza el comisario cuando regrese a Barcelona y estoy seguro de me ilustraré mucho más. Tengo una imagen tridimensional de Ramon Llull que, probablemente, esté llena de lagunas. La exposición documenta por vía de curiosas recreaciones en vídeo la biografía al uso del sabio "catalán de Mallorca", como él mismo se llamaba, y que descansa esencialmente en el relato autobiográfico que  hizo a unos frailes predicadores que lo recogieron para nosotros. Esa historia, necesariamente incompleta, nos presenta una biografía de resonancias paulinas:

En primer lugar, el joven noble aficionado a las trovas galantes, la vida cortesana y ligera, experimenta repentinamente hacia la treintena una súbita conversión que ya lo orienta el resto de su larga vida (más de cincuenta años más) a la elaboración de su doctrina, su obra evangelizadora y su teoría de integración de los saberes. De ahí resalta sobre todo la famosa historia con el moro que Llull compró (como él mismo dice) para que le enseñara la lengua arábiga y lo que pasó después, que es una verdadera lección de usos y mores de la época.

En segundo lugar, el doctor sutil, experto en saberes medievales y filosofías aristotélicas, heredadas (y combatidas) a través de Averroes, con las preocupaciones propias de la época de la baja Edad Media y albores del pensamiento renacentista, específicamente las relaciones entre razón y fe y su síntesis a través de esa ars combinatoria. El sabio la fue perfeccionando, arreglando, retocando a lo largo de su vida con la finalidad de expansión de la "verdadera fe" mediante razones necesarias, esto es, incontrovertibles. En esa expansión a todos los horizontes de un saber integral, Llull ocupa un lugar intermedio en la gran trilogía medieval del pensamiento catalán: Ramon de Penyafort (de quien Llull recibió algún consejo) y Arnau de Vilanova, a quien no parece que llegara a tratar pero en cuyo misticismo muy probablemente influyó.

En tercer lugar, el reformador de reglas, viajero incansable, hombre de acción, que pasa su vida de corte en corte y ciudad en ciudad y no solamente Roma, Montepellier, París, Génova, sino también lugares más peligrosos in partibus infidelium, a donde se sentía llamado con fines de predicación y evangelización, igual que otro famoso tocayo suyo (y de palinuro), Ramon Nonato, iba a la conversión de los gentiles. Me atrevería a considerar a Llull en este capítulo no tanto un adelantado del pensamiento de redes como un verdadero especialista en comunicación y, sin empacho alguno, quizá el primer propagandista de la historia si tenemos en cuenta que la propaganda aparece, precisamente en el seno de la iglesia católica, para propagar la fe

La idea de que la conjunción de las tres culturas, cristiana, musulmana y hebrea debe articularse en un lenguaje universal en el que los cristianos puedan definitivamente convencer a los otros pueblos de sus verdades "necesarias", pertenecen al mismo propósito: una combinación de signos, figuras, números en una máquina de razonamiento general. Ese que también lo llevó a embarcarse para pasar al Irán cuando se enteró de que el Gran Kan tártaro lo había conquistado, solo para interrumpir su viaje a la altura de Chipre, al comprobar que la noticia era falsa. Allí, sin duda, aprovechó para hacer amistad con el gran maestre del Temple, con lo que ya estaría servido que la leyenda posteriormente vinculara su nombre con el incalificable proceso que el Papa y Felipe el Hermoso hicieron a los templarios con fines expoliatorios.

Bienvenida sea esta exposición para completar la fragmentaria visión que solemos tener de Llull, deudora sobre todo del hecho de que sus obras más leídas, si muy felices, desde luego, poco tienen que ver con el ars combinatoria, esto es, Blanquerna, Felix y el libro del amado y el amigo que ya se anuncia en Blanquerna. Palinuro siente, además, una especial devoción por el libro del orden de caballería, uno de los primeros de su producción y del género, por cierto, en donde se aprende grandemente sobre la moral caballeresca.

miércoles, 15 de junio de 2016

Más sobre el debate del lunes

He leído todo tipo de comentarios sobre el esperado debate a cuatro, único de esta campaña electoral. Declaraciones, artículos, columnas. Me he enterado de cómo sonreía fulano, de si mengano tenía el gesto adusto, de cómo vestían todos y cuáles eran sus gestos más y menos favorables. He leído sobre los gustos, filias y fobias de unos u otros, sobre si iban bien documentados o no y sobre su manejo de las cifras y datos. Y, por supuesto, de si "ganó" este o aquel o aquel otro o de si el que "ganó" lo hizo porque no "perdió" y observaciones tan inteligentes como estas.

Pero lo que no he visto en parte alguna ha sido un juicio sobre el conjunto del debate, una valoración de su categoría, del peso de los argumentos, de la forma de exponerlos, de sus distintas facetas y mucho menos he leído alguna reflexión sobre la pertinencia o impertinencia de los razonamientos y los temas abordados. Posiblemente porque la categoría de los analistas y expertos comunicólogos sea aun inferior a la de los políticos, que ya es decir.

Lo más llamativo del debate y lo que al menos algún análisis habría de señalar fue su pavorosa falta de nivel intelectual. Ni una idea nueva, ni un juicio o conceptos audaces, inesperados, sobre asuntos de los que habla todo el mundo en la barra de los bares con más conocimiento de causa, más familiaridad y más perspicacia que estos líderes de pacotilla. 

Las elecciones costarán 160 millones de euros (aparte de lo que no se ha podido producir en estos seis meses de desidia y marasmo) por culpa de la incompetencia de estos mismos cuatro individuos, incapaces de ponerse de acuerdo en nada, salvo en repetir la jugada y en que el coste lo paguemos los ciudadanos. Ellos no solamente no pagan sino que se consideran con derecho incuestionable a volver a presentarse y reclamar el voto tras haber fracasado una vez, con orgullo, con soberbia, sin pedir disculpas y todos sosteniendo que tienen la fórmula mágica, el bálsamo de Fierabrás. ¿No es increíble?

Falta de nivel intelectual es, incluso, caritativo. No se trata de pedir a esta gente que esté a la altura de los tribunos, diputados y oradores del pasado, de un Donoso Cortés, un Emilio Castelar o un Manuel Azaña. Al lado de aquellos políticos estos son analfabetos funcionales. Pero sí nos asiste el derecho de que, además de asesorarse sobre el peinado, la corbata y el perfil, esta gente aprenda a hablar en público y no convierta los debates en una aterradora lluvia de lugares comunes, latiguillos, topicazos y meras estupideces, que dejen de decir "Mire usted, señor X...", "oiga usted, que aquí se trabaja", "¿sabe usted lo que le falta , señor Y? Yo se lo diré...", déjeme decirle...", "hay algo importante que quiero decirle...", "nosotros pensamos", "nosotros proponemos", "le digo sinceramente...", "creemos, como no podía ser de otra manera...", etc., etc.

Añado una consideración a la que Palinuro dedicó un párrafo en su post de ayer, sigue el bloqueo, pero no he visto tratado en otros lugares y, sin embargo, merece especial consideración: el patriarcado, el machismo rancio que destiló todo el debate, del principio al final. Ni una sola mujer en el plató para hablar de lo que interesa al 52% de la población. Solo una entre los tres moderadores y no tenía parte en el guión ni palabra en la función. ¿Alguno de los participantes lo hizo observar? Ni uno. Todos tan a gusto en un mundo en el que cuatro machos (y españoles,  blancos, de clase media, edad media, heterosexuales, residentes en capitales y católicos de confesión y práctica o culturales) hablan en nombre del conjunto de la población española cuando, tomando estos datos en consideración representan a menos del 20% la población entre todos ellos

Ninguno de estos machos hizo la menor referencia a las mujeres como no fuera, en algún caso, para tratarlas como objetos y no como sujetos. Salvo una referencia de pasada a que sigue habiendo una brecha salarial considerable entre hombres y mujeres (en el caso de Sánchez quien, creo recordar, se permitió la machada de decir que el PSOE es el "partido de las mujeres") no hubo ninguna otra referencia a cuestiones feministas. Los periodistas hubieron de insistir un par de veces para que se dignaran decir unas breves y desdeñosas palabras sobre la violencia machista. 

Ninguno de ellos introdujo en su discurso una perspectiva de género. Dudo incluso de que sepan lo que es. Incapaces de desglosar las cifras y datos que manejaban (y que están desglosadas por sexos; basta con buscarlas) para explicar que, si el índice de paro es X, el de paro femenino es X x N; si el de pobreza es Y, el de pobreza femenina es Y x N; si el de precariedad es Z, el de precariedad femenina es Z x N, siendo N siempre un número positivo. Ninguno de ellos habló de la prostitución, de la trata de mujeres, de la sobreexplotación, el acoso sexual, el laboral, el trabajo de las empleadas del hogar. Ni una palabra.

Que esto lo haga la derecha, esto es, el Sobresueldos y Rivera está en la naturaleza de las cosas. Que lo hagan los dirigentes del PSOE y de Podemos es intolerable. La próxima vez que alguno de estos dos fantoches diga algo parecido a que "la revolución será feminista o no será", mandadlo a escardar cebollinos. 

Una cuestión, y va en serio. Mucha gente se pregunta cómo es posible que siete millones de personas voten a la derecha. Yo me pregunto cómo es posible que once millones de mujeres voten a estos cuatro machos que no saben hablar porque su capacidad de raciocinio se concentra un palmo por debajo de su ombligo, que es su punto de referencia.

viernes, 30 de enero de 2015

¿Memoria o raíces?

Jeremy Treglown (2014) La cripta de Franco. Viaje por la memoria y la cultura del franquismo. Barcelona: Ariel/Planeta. Traducción de Joan Adreano Weyland.

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Los españoles estamos tan absortos en nuestro tumulto que, cuando alguien llega con una visión desde fuera, paramos un instante para escucharlo y acogemos con simpatía sus opiniones. Agradecemos mucho la mirada del otro, primero porque somos un buen pueblo, consciente de nuestro apasionamiento, siempre necesitado de la ponderación que solo puede proceder de fuera. Y, en segundo lugar, porque esa mirada del exterior suele venir de personas muy competentes, que investigan España y lo español con genuino interés y que, más arriba o más abajo, forman la ya secular dinastía de los hispanistas. Los ingleses y los franceses son legión. Algo menos los estadounidenses y los alemanes, pero también los hay. Muchos de ellos son más conocidos aquí que en sus países. Algunos hasta se nacionalizan españoles o viven en España. Se funden en un abrazo intelectual con los autóctonos y rivalizan con estos en su principal afición, casi obsesión colectiva: el misterioso ser de los españoles. Ya nos gustaría que entre nosotros hubiera gentes que tuvieran el conocimiento de Inglaterra, Francia, Alemania equivalente al que los hispanistas de estos países tienen del nuestro. De hecho, lo que hay es españoles especialistas en el estudio de los ingleses especialistas en España.

Treglown encaja en el esquema. Por su doble condición de literato en su tierra y residente regular en España de espíritu nómada pertenece a las dos corrientes dominantes del inglés viajero, estilo Borrow, aunque con otras aficiones, y el inglés erudito, estilo Balfour, aunque más atento a las cuestiones artísticas que a las históricas. Tiene razón Molina Foix en una brillante reseña en El País, titulada Abrir la cripta de Franco cuando dice que es como si Treglown hubiera intentado fundir dos libros en uno solo: una visión plástica, impresionista de España y otra más de crítica literaria, incluido aquí el cine en su faceta narrativa. El libro responde a la personalidad del autor quien a su vez ya lo divide en dos parte: una primera titulada "lugares y vistas" y otra "narraciones e historias".

¿Tiempo? Básicamente el franquismo (con ocasionales incursiones en la guerra civil) y la transición que, por cierto, sostiene que no ha acabado y sigue viva en los años posteriores a 2010 (p. 227). [Las citas y páginas corresponden a la edición de Farrar, Strauss y Giroux, Nueva York, ya que no dispongo de la edición española. Las traducciones son mías]. Franquismo/Transición o sea, franquismo y lo de después. Lo curioso es que esta cesura temporal lo sea también temática. Aunque haya referencias a la literatura en el franquismo, el estudio se hace propiamente literario en la segunda parte. Y, a la inversa, la exposición plástica se limita al franquismo y, salvo alguna referencia aislada, no hay consideración especial a lo escultórico, lo arquitectónico o incluso lo pictórico. La pintura, ampliamente tratada en la primera parte, acaba con Millares, Zóbel. Pérez Villalta, Barceló, ni aparecen, aunque otros artistas, singularmente literatos vivos, por ejemplo, Javier Marías, acerca de quien se dicen cosas muy interesantes (pp. 251/257) sí lo hace. En resumen, todo esto es para señalar que el libro es sobre la memoria pero, mientras la primera parte es memoria plástica, visual, la segunda es conceptual. Sin duda las dos son simbólicas pero de formas muy distintas y Palinuro confiesa descaradamente su predileción por la primera.

¿Grado de haughtiness? Se trata de la tradicional altanería o desdén que los españoles creen detectar enseguida en los ingleses hispanófilos y los ingleses se desviven por evitar con lo cual suelen enconarlo más, al estilo del círculo vicioso de todo prejuicio que se hace tanto más hondo cuanto más se lucha contra él. Un grado bajísimo, por no decir inexistente, aunque a veces sea inevitable alguna gota. Refiriéndose a la miseria en la España de Franco y la película Los golfos, de Carlos Saura, habla del último plano con los ojos sin vida de un toro muerto sin sentido y, dice, lo que es peor desde un punto de vista español, de un modo chapucero (p. 212). En verdad ¿hay un "punto de vista español" sobre algo? ¿Y, específicamente sobre el modo de matar toros? Sospecho que no.

El autor es increíblemente perspicaz y administra muy bien sus sentimientos. Es una rara habilidad porque, dados los conflictos de los que habla, no puede ocultarlos, pero los justifica muy bien. El libro arranca con un intento de exhumación del cuerpo de un republicano asesinado y enterrado en algún lugar perdido de la provincia de León. Esto nos introduce en el mundo de las fosas comunes y la Ley de la Memoria Histórica, con sus vaivenes y queda pendiente para cerrarse en el epílogo cuando, unos años después, el autor contacta de nuevo con la bisnieta del asesinado para interesarse de cómo iban los trámites y se entera de que acaba de tener un hijo y ha perdido el interés en buscar al bisabuelo. Y con esta nota simbólica se cierra la obra.

El capítulo siguiente es un hallazgo desde el punto de vista plástico: "Los pantanos del caimán". La inauguración de pantanos era un rito. La estética franquista descansaba sobre un modelo cesarista, ciclópeo, de carácter religioso como el conjunto del Valle de los Caídos y su cripta que da título a la obra, y la ingeniería civil, cuyo ejemplo más destacado eran los pantanos. Muchos llamaban a Franco a este propósito Paquito el rana, por andar de embalse en embalse. No falta, claro, la observación de que se trata de planes de obras públicas y desarrollo hidráulico anteriores. Pero lo original del tratamiento es su versión literaria, al poner la atención en el vaciamiento de los pueblos, los cambios de los paisajes, reflejados en la literatura de algunos de los novelistas llamados "leoneses", sigularmente Llamazares con su Lluvia amarilla. Podría coronarse el símbolo con la imagen que el autor evoca de Juan Benet en las largas tardes de invierno a cargo de la construcción de alguno de estos pantanos perdidos en los montes de León escribiendo Volverás a región.

Hay algunas referencias más al legado monumental de la dictadura hasta recaer en el Pazo de Meirás, que tiene especial significación porque pocos puntos concentran con tanta claridad el significado de aquel gobierno basado en la guerra, la victoria, la rapiña, la brutalidad, la arbitrariedad y el despotismo. Especialmente porque sigue siéndolo. El palacio de Meirás, antigua propiedad de Pardo Bazán, pasó a propiedad de Franco. El gobernador de A Coruña y un próspero industrial, Pedro Barrié de la Maza, se lo regalaron al dictador adquiriéndolo mediante una colecta en la que se tomaba buena nota de cuánto tenían que aportar "voluntariamente" los contribuyentes y que el régimen presentó como una suscripción popular. Barrié de la Maza montó luego un emporio energético gracias a los tratos de favor del Estado (Fuerzas Electricas del Norte de España, FENOSA) y el dictador, que no tenía el menor sentido del ridículo, lo nombró Conde de FENOSA.

Los avatares posteriores de la propiedad y el éxito de la familia Franco en impedir que esta propiedad se administrara según la normativa vigente en materia de Patrimonio Nacional, que obliga a abrirla al público en fechas acordadas, demuestra hasta qué punto sigue presente en España la huella del franquismo (p.80), como lo hace asimismo la abundante estatuística glorificadora de la dictadura y sus episodios más significativos. Quizá sea este el aspecto más concreto en que se concentra la siempre viva cuestión de la memoria histórica. Viva y complicada porque sigue enfrentando dos mentalidades con recuerdos que chocan, tan complicada que el autor advierte que quizá eliminar un pasado incómodo no sea la forma mejor de dar cuenta de él (p. 81) pero sin que tampoco a Treglown se le ocurra nada más positivo ni constructivo. La consideración viene a propósito de la estatuta ecuestre de Franco en El Ferrol, y los problemas que planteó. Y eso que no se ha parado a pensar en la estatua a pie firme del comandante Franco en Melilla y que fue erigida en 1977, dos años después de la muerte del dictador. Es inevitable pensar en las dos Españas, por más que la transición haya traído la fábula de su superación.

El último capítulo de esta primera parte de la memoria plástica está dedicado a la pintura y su contenido trata de probar lo que, por lo demás, viene a ser la tesis general del libro, esto es que, siendo justos, debe reconocerse que, durante el franquismo no se extinguió la actividad creadora en el interior de España, sino que, aun con dificultades esta prosiguió. Ello es en buena parte cierto, efectivamente, tratándose de la artes plásticas y también de la música, a la que el autor no dedica atención alguna. Pero no lo es tanto de la creación literaria, como viene a decir en la segunda parte. Algo que, obviamente, tiene que ver con la muy distinta naturaleza de estas actividades artísticas. El análisis de la pintura en la España franquista (los grupos Pórtico en Zaragoza, Dau al Set en Barcelona, El Paso en Madrid y el Equipo Crónica en Valencia) y el estudio de los creadores concretos, especialmente Chillida (para la escultura), Tàpies, Millares y Saura, muestra familiaridad, conocimiento y apreciación de la obra de estos grandes maestros. Dos de las escasísimas reproducciones en blanco y negro que contiene el libro son El peine de los vientos, (1952/1977) de Chillida y el retrato imaginario de Brigitte Bardot (1958), de Antonio Saura. La extensa referencia a la labor de la Academia Breve, creación de Eugenio D'Ors va en la misma dirección de romper prejuicios y sectarismos en el juicio estético y apuntar a la complejidad de una conciencia que, teniendo una visión ideológica y cerradamente doctrinaria de la sociedad, era capaz de reconocer y fomentar la obra creativa ajena y opuesta a sus cánones (p. 106). Esta visión, conjuntamente con la valoración de la obra de Fernando Zóbel en el empuje del abstracto español y la creación del celebrado Museo de Arte Abstracto de Cuenca en 1966, es lo que le permite suscribir la idea de Juan Benet de que , en realidad, la cultura española había empezado a ser antifranquista mucho antes del fin de la dictadura (p. 112).

Hasta aquí, correcto, aunque optimista en exceso a juicio de este crítico. Pero, ¿sucede lo mismo con las narraciones y las historias, con la "memoria conceptual" del franquismo? Aun con la buena voluntad de tratar amortiguar el efecto del enfrentamiento entre las dos Españas, el autor aborda el campo minado de la historia en el que no se siente muy seguro. Pero tiene el valor de Daniel en la cueva de los leones abordando el Diccionario biográfico español, publicado por la Real Academia de la Historia, obra que, a pesar de sus muchos méritos, pues son miles de voces encomendadas a los más competentes especialistas, muestra su intención legitimatoria de la Dictadura y, por lo tanto, continuadora de la tradición de las dos Españas, al encargar la redacción de la entrada Francisco Franco a un acérrimo franquista, cuya única función es embellecer la figura del dictador. El Diccionario, dice Treglown, es un microcosmos del legado de Franco en la cultura española (p. 130). Es decir, carece de autoridad. No menos interés tiene que el autor dedique considerable atención a la obra de Pío Moa, de quien admite que es cierto que, en algunos aspectos España floreció con el régimen (p. 141). Hablar de Moa es, precisamente, señalar la persistencia de los enfrentamientos de los relatos españoles y, aunque también hay referencia a algún historiador de seria consideración, como Santos Juliá (aunque no estoy seguro de que interprete en su complejidad el pensamiento de este autor) la total ausencia de otros de gran alcance que elaboran relatos contrarios, como Julián Casanova o el británico Preston, debilita mucho la argumentación del capítulo.

Restan otro tres sobre la narrativa española, fundamentalmente novelística y uno intercalado sobre el cine. No hay mención del teatro, tampoco de la poesía y de la música no se dice nada, casi como si la obra careciera de banda sonora. Sin embargo, los dos primeros son los campos en los que más evidente resulta la cesura entre la España del exterior ("el exilio y el llanto") y la del interior. No en cuanto a la calidad sino al de la pura escisión. El teatro de Max Aub, Casona hasta su regreso o el del exiliado posterior Arrabal, tiene su pendant en el de Pemán, pero también Buero o Sastre. Igual que la poesía de Juan Ramón, Cernuda o Guillén, lo tienen en la de Dámaso Alonso, Hierro o Rodríguez. La relación entre una cultura y sus obras es endemoniada, sobre todo si, además, está escindida y es en parte ella contra sí misma. Se añade que la cultura española no solo aparece escindida sino también como desflecada y entreverada de otras. El cosmopolita Aub acabó siendo más mexicano que español y Jorge Semprún, ampliamente tratado como español en el libro y vástago de ilustre familia española, escribìa en francés, jamás renunció a su nacionalidad francesa ni para ser ministro de España. Una de las películas más importantes para entender la cultura española de la resistencia y que aquí no se menciona, La guerra ha terminado, dirigida por Alain Resnais e interpretada por Yves Montand, llevaba guión de Semprún. Para complicar las cosas, en la cultura española del franquismo hay que contar con el "exilio interior", difícil de aquilatar pero que el autor conoce bien como demuestra su consideración de la figura emblemática de este, Julián Marías (pp. 248/251).

El capítulo dedicado al cine tiene mucho interés. Un acierto tratar con detenimiento Raza, sobre la novela de Franco, dirigida por el director del régimen, José Luis Sáenz de Heredia, primo del fundador de la falange e interpretada por Alfredo Mayo cosa que, teniendo en cuenta el carácter autobiográfico de la obra, sí que era embellecer al dictador. Hay luego un tratamiento muy apreciable de los dos directores típicos del franquismo profundo, Berlanga y Bardem y alguna atención a la Viridiana de Buñuel, lo cual pone de manifiesto la ausencia de referencia a su otra filmografía. El resto observaciones penetrantes sobre algunos de los directores más significativos del franquismo tardío y la primera transición, Saura, Patino, Erice, continuados luego con muchas referencias a Almodóvar. Lógicamente, tratamiento abundante de la colección de películas acerca de la guerra civil y la postguerra. El juicio es libre y respetable aunque alguno suscita perplejidad. Encuentro injusto el adjetivo preposterous dedicado a Tierra y libertad, (1995), de Ken Loach (p. 196). Como no se fundamenta habrá que creer que se origina en un conocimiento intuitivo del autor por tratarse de un cineasta británico, pero más parece proceder de falta de familiaridad con el conflicto interno al bando republicano entre anarquistas/poumistas y comunistas.

Finalmente, los tres capítulos de crítica literaria forman la parte más cohesionada del libro y suponen casi un ensayo por derecho propio sobre la literatura española de los últimos 80 años. Es obra de un literato, plena de subjetividad y personalismo. Pero, por eso mismo, tiene un gran interés. Abre con Cela y el olvidado Fernández Flórez (p. 158) y tiene páginas muy acertadas sobre los del exterior, Aub, Sender y Barea, otro casi olvidado, cuya Forja de un rebelde fue muy influyente. Palinuro recuerda haberlo leído emocionado. Del interior so recogen Gironella, Laforet y Sánchez Ferlosio, cuyo El Jarama es puesto en relación con la famosa batalla del sitio y su escuetísimo tratamiento en la obra tomado como símbolo de una memoría "minimalista" del interor (p. 190).

Un grupo formado por Martín Santos, Delibes y Semprún subraya de nuevo la imposibilidad de encontrar elemento unificador común en obras tan dispares. Todo es literatura, claro. Pero es que la literatura es el mundo. En el último capítulo, siendo más amplia la muestra con los autores actuales, es más variada, por supuesto, también más subjetiva y le ofrece la posiblidad de encontrar alguna muestra de obra que apunte más a la tesis del mayor eclecticismo en la memoria de la guerra, como se ve en las observaciones sobre los Soldados de Salamina de Cercas, novela y película. Los demás, todos imprescindibles y tratados con mucho tino: Muñoz Molina (Sefarad), Javier Marías que recibe trato de favor pues su obra viene introducida por la consideración de la biografía paterna que tanto influye en aquella, en las claves de aquella. Juan Marsé irrumpe de forma marsiana, si así puede hablarse y hay unas páginas muy bien puestas sobre la obra mínima/máxima de Alberto Méndez, de quien Palinuro a veces se siente como un heterónimo pessoano. Se cierra con Manuel de Lope y, algo antes con Almudena Grandes y su Corazón helado. Por cierto, si no ando equivocado, la única mujer, junto a Carmen Laforet de las que se habla en este panorama de la cultura española, excepción hecha de Maria Blanchard que solo aparece circunstancialmente al hablar de pintura.

Se agradece una nueva visión fresca y externa de la cultura española del franquismo. Y una visión inteligente e informada. No está de más señalar que española quiere decir castellanohablante pues no hay sino referencias ocasionales a las otras culturas nacionales, gallega, vasca y catalana.

miércoles, 1 de octubre de 2014

El mandarín silencioso.


En momentos como estos, en que se da una fractura profunda en España con formas disonantes de entender la convivencia en el viejo solar hispano, conviene hacer acopio de opiniones y pareceres. Cuando se enfrentan concepciones distintas y opuestas del Estado y de la nación, suele recabarse el consejo de colectividades que, por su dedicación profesional, parecen adecuadas para pronunciarse en asuntos complejos que superan al común de los mortales. Una costumbre tan arraigada que, a veces, algunas de ellas, lo hacían por iniciativa propia. Los militares han solido pronunciarse sobre los más diversos problemas en la historia de España. Y los curas se  han inmiscuido tradicionalmente en lo que les competía y lo que no. Y, por supuesto, los intelectuales que en toda Europa han venido ejerciendo de gurús de la conciencia colectiva desde los inicios de la dominación burguesa. El famoso Yo acuso de Zola no hizo más que unir el nombre preexistente a una nueva forma de pronunciamiento a través de los medios de comunicación. Es lo que en el siglo XX se llamó el compromiso de los intelectuales, una especie de fielato moral por el que estos publicaban en medios de gran tirada e, incluso, convertían sus creaciones en cauces de difusión de sus opiniones acerca de las cuestiones sociales, políticas, nacionales, internacionales, de su época. Eran influyentes. ¿Como es posible que los intelectuales parezcan ausentes en la recrudescencia de un conflicto nacional en España que esta lleva siglos arrastrando?

La cuestión de la diversidad nacional española viene siendo objeto de preocupación principal, casi obsesiva, de los intelectuales, historiadores, ensayistas, escritores españoles desde finales del XIX. El regeneracionismo, los del 98, los del 14, algo menos los del 27,  los intelectuales franquistas,  los de la España del exilio y el llanto y los de la transición, se han ocupado tan intensamente de este asunto que aspira a la condición de género ensayístico: el ser de España. Por eso llama la atención que, cuando este conflicto nacional se agudiza, sobre él haya caído un manto de silencio. Y ello a pesar de la afición de los intelectuales españoles a recurrir al manifiesto como forma de influir en la opinión pública, según documenta Santos Juliá en su último libro, Nosotros, los abajo firmantes / Una historia de España a través de manifiestos y protestas (1896-2013) Galaxia Gutenberg, 2014. Sin duda ha habido algunas reflexiones de intelectuales aislados y muchas veces a consecuencia de alguna trifulca por acusaciones personales de nacionalismo de aquí o allí, o antinacionalismo; son excepciones. En cuanto a los manifiestos, solo conozco dos, de  reducidos peso y difusión, uno abiertamente anticatalanista y el otro no tanto, más suavizado, pero tampoco simpatizante ni de lejos con la causa del nacionalismo catalán.

Es raro tan espeso silencio. Entre otras cosas, los asuntos hoy en el centro del conflicto, la soberanía, la democracia, la legalidad, el Estado, la nación, el patriotismo, etc, son justamente los que apasionan a los intelectuales. ¿Cómo no hay encuentros, debates, confrontaciones para dirimir cuestiones de tanto calado? Los intelectuales catalanistas sí parecen muy activos y, a la contra, los intelectuales catalanes no catalanistas. Pero los españoles mantienen un sorprendente silencio.

Hay un dato que no puede pasarse por alto: los dos partidos dinásticos, columnas del templo de la transición, están unidos sin fisuras, en expresión de Pedro Sánchez, en su concepción de la nación española única e indisoluble y la soberanía indivisible del pueblo que la sustenta. Esta unidad  política crea un campo de acción social que afecta al conjunto de las administraciones y sus actividades, los medios de comunicación, las iniciativas empresariales, el quehacer de la llamada sociedad civil. En esas tupidas redes de oportunidades vitales los intelectuales pueden ser más o menos próximos a uno de los dos partidos dinásticos, pero han de compartir la visión de la unicidad de la nación española. Sin fisuras. Así que la falta de apoyo a las reivindicaciones catalanas ha de achacarse en un primer momento a una integración de los intelectuales, incluidos los comprometidos, si este término aún significa algo, en un sistema cultural basado en principios incuestionables. Quizá eso no sea muy propio de los intelectuales o de la imagen idealizada de estos, pero es lo que se da.

En la muy comentada entrevista de Ana Pastor a Artur Mas hay un momento en la conversación previa con Julia Otero en que Pastor advierte a su interlocutora más o menos que manifestar en público su intención de voto puede traerle problemas, supongo que profesionales. Lo que eso quiere decir es evidente. Por otro lado, la profesión de periodistas consagradas de ambas las incluye en una concepción lata de intelectuales y, en todo caso, de comunicadoras, una condición más reciente y amplia.

En el agudizado conflicto entre España y Cataluña, al enmudecer, al desertar de su tradicional implicación comprometida, los intelectuales españoles dan por buena la versión que los políticos fabulan en defensa de sus posiciones en asuntos como la nación, el derecho de autodeterminación, la desobediencia civil y que, según puede verse en la acción cotidiana del gobierno, consiste en imponer la visión más retardataria del nacionalcatolicismo. La adhesión incondicional de los socialistas a la Covadonga conservadora no abre siquiera la perspectiva de un replanteamiento de la nación española y no hablemos ya de un reconocimiento de la condición plurinacional de España que algunos intelectuales reconocen en privado pero no osan defender en público.

Termino con una consideración que tiene algo de personal. Durante la lucha contra el franquismo, la cultura catalana tuvo una influencia enorme. No hago de menos la aportaciones vascas o gallegas pero, por razones conocidas, la cultura catalana, en todas sus manifestaciones, impactó mucho y fue decisiva para la elaboración de una cultura española antifranquista. No es solamente la ingeniosa obviedad de Vázquez Montalbán de que "contra Franco vivíamos mejor"; es algo más profundo. El franquismo trató de asimilar todas las manifestaciones culturales y hacer una amalgama, enseñoreada por los rasgos de una cultura andaluza que, fiel a su condición señoritil, la oligarquía había convertido en emblema de España nación. No lo consiguió en Galicia y en el País Vasco; pero en donde fracasó más rotundamente fue en Cataluña, en donde se desarrolló una poderosa cultura de resistencia alimentada por artistas, escritores, músicos, poetas, pintores, arquitectos, científicos, etc., que fueron decisivos en la formación de los intelectuales españoles, al menos los de mi generación.

Esa es la cultura de resistencia que ha resurgido ahora en Cataluña. ¿Por qué no atenderla, entenderla, dialogar con ella, incluso colaborar con ella? ¿Porque creemos ser el objeto contra el que se dirige esa resistencia? Es un error. Esa resistencia se dirige contra los mismos poderes que oprimen a los españoles.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Curso de anticomunicación política.

La próxima vez que alguien elabore una teoría de la comunicación, tómese la molestia de contrastar empíricamente sus hipotesis en España. Si saca una teoría, será a prueba de bomba, una teoría pegada a la tierra. Ya está bien de filosofías y logomaquias. Verdades como puños, lógica, precisión, qué se sepa a qué atenerse.
En España hay un criterio de certidumbre absoluta. Si Rajoy niega algo, por ejemplo, que este año se haya destruido empleo, es porque se ha destruido. Y, a la inversa, sabemos que algo no se da cuando Rajoy afirma que se da; por ejemplo, los brotes verdes, la luz al final del túnel, el fin de la crisis. Se trata de un criterio simple, por cierto, pero tan válido como su contrario (incluso más), según el cual, si la autoridad se pronuncia sobre algo, dice la verdad o algo aproximado. Aquí es al revés: un modo de entender la comunicación que tiene tres etapas: 1ª) bajo ningún concepto se dice nada; 2ª) si, por casualidad (por ejemplo, la siempre fastidiosa presencia de algún mandatario extranjero) hay que decir algo, sea ello cualquier cosa lo más alejada posible del asunto en trato; 3ª) si hay que referirse al asunto por imperativo legal, bajo ningún concepto se dice la verdad.

Una buena teoría de la comunicación es flexible, capaz de adaptarse con agilidad a las reacciones del auditorio. Ha de tener todas las opciones abiertas, incluso la del ridículo. La cúpula de orates enemigos de las libertades públicas que ha ocupado el ministerio del Interior, pasó la semana agitando sádicamente el espantajo de una ley monstruosa que multa con 600.000€ (casi tanto como la media de sobresueldos presuntamente pillados por los dirigentes del PP) el hecho de manifestarse frente al Parlamento. Vista la indignación generalizada, propone ahora rebajar la multa a 30.000€. Del programa máximo, al programa mínimo, como en los tiempos de la socialdemocracia revolucionaria. 30.000 € sigue siendo una cantidad absurda, desmesurada. Pero es bueno que se discuta de la cartera, así el personal no repara en que lo más intolerable de la ley mordaza, lo más anticonstitucional, es la prohibición de que los ciudadanos puedan grabar la actuación de la policía cuando hace su trabajo. Porque su trabajo bien puede ser matar a otro ciudadano indefenso a patadas y puñetazos como, al parecer, acaban de hacer los mossos catalanes y de lo que la opinión se ha enterado gracias a las grabaciones de los vecinos. Máxima de la nueva teoría de la comunicación: no se pueden difundir las pruebas de posibles delitos cometidos por la autoridad. El éxito de la anticomunicación es aquí total, prueba de la demencia absoluta de los redactores de este bodrio, porque lo que se está haciendo con esa prohibición es obligar a los ciudadanos a no cumplir con el deber de denunciar los posibles delitos de que fueran testigos, un deber de alcance discutido pero indudable en sí mismo.

La calidad de la nueva teoría de la comunicación se mide por su impacto directo, completo, fulminante. El mensaje se coloca de inmediato y obtiene un resultado indiscutible. Apenas propone el ministro de Educación, Cultura y Deporte otorgar una distinción a un importante músico catalán que este la rechaza y se la devuelve apuntándole al cogote. Es un triunfo rotundo de la empatía y la sensibilidad. Siendo el agraciado catalán, razonaba sin duda el ministro con su modestia habitual, se sentirá agradecido con una distinción española, de esas que españolizan. Así que, ¿para qué molestarse en sondear antes si la medalla sería bien recibida? ¿Cabía alguna duda? Y no se crea que se trata de un caso aislado. Ni hablar. Este es ya el ministro al que más feos han hecho en público los estamentos bajo su mando, al que más saludos se han negado, más se ha abucheado y pitado, más espaldas se han vuelto, más veces se le ha dicho a la cara que no es persona grata; el que más actos ha tenido que interrumpir y más veces se ha visto obligado a entrar o salir por la puerta de servicio. Un éxito universal de la anticomunicación. Todos los dichos estamentos lo detestan, alumnos, profesores, padres, investigadores, becarios, artistas, cineastas, actores, bibliotecarios, archiveros. El mensaje ha calado desde el primer momento. Así ha conseguido también ser el ministro peor valorado por la opinión pública de la historia de España desde los tiempos de Calomarde, como diría don Jacinto Benavente. 

¿La comunicación en España? Un éxito rotundo que nos envidian las naciones civilizadas de la tierra. 

(La imagen es una foto de La Moncloa aquí reproducida según su aviso legal).

miércoles, 13 de febrero de 2013

Una victoria en toda regla.



Vídeo de Bg Vázquez,colgado enYou Tube).


Notable jornada la de ayer en el Congreso. En una sola sesión ejerció de héroe y villano, según cada observador. Fue majestuoso templo donde los patricios reciben magnánimos la humilde solicitud de los plebeyos de que reconozca interés cultural a un espectáculo más bien sangriento. Y fue bastión de las libertades asediado por las enfurecidas masas (unmillóncuatrocientasmil firmas) que llegaron a colarse por las gradas profiriendo gritos e insultos. Un visionado del breve vídeo de Bg Vázquez da una idea de cómo está la política española. L@s de las PAH, con Ana Colau entre ell@s, armando alboroto y vociferando a voz en cuello, sabedores de que la voz de 1.400.000 personas tiene que hacerse oír. Y oír con la mala conciencia que muestran sus señorías, tod@s acurrucad@s en sus asientos sin atreverse a rechistar. Solo los diputados de IU se levantaron para aplaudir el comportamiento de los revoltosos, frente a los cuales, al parecer, el presidente Posadas exigió a los ujieres ¡échenlos, coño!, no muy lejano de aquel otro célebre de "¡se sienten, coño!". Estos autoritarios tienen siempre el coño en la boca cuando están de malas. Cuando están de buenas te dicen mireusté. Los diputados del PP, habitualmente amigos de la chocarrería, estaban mohínos por haber tenido que retractarse antes de haber hablado. Ya se sabe que la pelea simplemente se ha postpuesto y empezarán las bofetadas cuando haya que convertir en Ley las peticiones de las PAH, en resumen, la dación en pago, que la banca presenta como el Apocalipsis. En cuanto a l@s diputad@s socialistas, de comparsas silentes, el espectáctáculo pareciera no ir con ell@s. Sin embargo son ell@s quienes no van con el espectáculo, acerca de cuyo contenido ya no tienen mucha idea.

El evento de ayer, una victoria rotunda de un movimiento social horizontal, apartidista, extraparlamentario, tiene un enorme significado. La gente, la multitud, ha ascendido en protagonismo político, ha tomado la acción en sus propias manos, se ha valido de los cauces institucionales y ha llevado el problema a la sede parlamentaria misma en un tiempo brevísimo pero con un inmenso apoyo social. Lo ha llevado a la sede de la soberanía y ha puesto a sus señorías en el dilema de votar dación en pago, como manda la justicia más elemental o el mantenimiento de una situación que causa la ruina y el sufrimiento de muchos y hasta la muerte por suicidio. Así lo plantea Ada Colau; así es. Los recursos dilatorios de los acuerdos, las negociaciones, los pactos quedan arrumbados en la política de la marrullería.Y los diputados no saben qué hacer. Se verán presionados por ese denso movimiento social cuya fuerza radica en su número y su organización en red. Es una prueba evidente de que esta tiene capacidad para catalizar y coordinar un movimiento virtual con un impacto real.

Muchos se remitirán a la historia parlamentaria europea, a la necesidad de resguardar el legislativo del chantaje de las masas callejeras, por más que ahora no se dejen etiquetar de tales y se consideren a sí mismas "multitudes inteligentes" (smart mobs). Nada de admitir presiones del populacho. Son los mismos que admiten de buena gana las presiones de los bancos y hasta llegan a actuar como delegados de ellos. Como ese diputado del PP que ha votado en contra de admitir la ILP de dación en pago y que tiene un plan de pensiones o algo así con el BBVA. No seré yo quien dude de que ese diputado ha votado en conciencia. Pero no hay ninguna razón para preferir las presiones de los bancos a las de la ciudadanía. Por supuesto, los repertorios son distintos, unos mas refinados y solemnes y otros más tumultuosos pero no menos solemnes.

Los socialistas están obligados por las cirscunstancias a replantearse su actitud. Van a remolque de los hechos, no atinan con un discurso votan a regañadientes y tras pedir disculpas por su indiferencia de siete años en un asunto tan explosivo como la dación en pago. Y no solo en la dacíón en pago. En la lamentable decisión sobre los toros se abstuvieron. La abstención es la opción más estéril en política. El PSOE está out. Los toros tienen menos defensores que los desahuciados, aunque hubo algunos animalistas protestando fuera de la cámara. Y la ILP reunía 500.000 firmas, aproximadamente un tercio de la dación en pago. Pero con los cornúpetas la cantidad no importa porque es un asunto de principios. Uno de UPyD, que ha votado a favor de considerar de interés cultural las corridas, niega los derechos de los animales porque, dice, estos no tienen deberes. Como los niños. Luego los niños no tienen derechos. A torearlos. No merece la pena seguir para explicar a este representante popular que somos nosotros quienes tenemos deberes hacia los animales. La abstención del PSOE pasa de ser irrelevante a directamente vergonzosa. No reconocer interés cultural a la españolísima fiesta no es prohibirla. Es, simplemente, ser fiel a una idea distinta de cultura y, además, estar en contra de que esas actividades se beneficien de un denso y opaco sistema de subvenciones públicas negociadas entre copas de Magnum y Cohíbas de Vuelta Abajo.

El PSOE tiene un problema de indefinición, lo cual es problemático en momentos de polarización social. Esa indefinición, esa ambigüedad es particularmente evidente en el modo de enfocar el recrudecimiento del nacionalismo catalán que ahora se soliviantará más por entender, con razón, que la mamarrachada de los toros es un enésimo trágala que se les hace luego de que ellos los desterraran de Catauña. El cerrado centralismo del PSOE, con la negativa a toda propuesta autodeterminista empuja al PSC a un callejón sin salida y, al mismo tiempo, es suicida para el propio PSOE porque, si no gana las elecciones en Cataluña, difícilmente las ganará en España. También aquí puede decirse que se trata de una cuestión de principios. Puede. Pero, así como en el caso de los derechos de los animales el asunto es bastante claro a favor de estos, no lo es en el de los principios nacionales y por qué haya de ser mejor para España no reconocer el derecho de autodeterminación que reconocerlo.

martes, 21 de agosto de 2012

El odio a las mujeres.

No sé cómo andarán las cuentas de las casos de asesinatos de mujeres a manos de sus compañeros, amantes, novios, maridos o lo que sean. Con darse más de uno ya es escandalosamente alto; pero no es uno; será una cincuentena. Las mujeres están sometidas a una agresión permanente en nuestra sociedad que fácilmente deriva a violencia de género (eso que Ana Mato, en una alarde de ingenio, quería suavizar llamándolo "violencia en el entorno doméstico" o alguna cursilada así) y llega al extremo en el asesinato.
Y aun parece que hayamos de darnos con un canto en los dientes porque hay países en los que se las lapida. En Sudán, por ejemplo, es práctica legal y reiterada. La próxima en lista de espera es Layla Ibrahim Issa Jumul, una joven de 23 años condenada por adulterio. Condenada por lo que sea. Nadie tiene derecho a infligir tal sufrimiento a un semejante. La sola idea de que alguien pueda morir lapidado subleva el ánimo. Las redes sociales han comenzado a movilizarse para impedir esta atrocidad. Eso está bien pero, si nos paramos a pensar un poco, resulta insuficiente. La comunidad internacional (ese ente vagaroso que suele invocarse para bombardear algún lejano país) debe hacerse presente para bien por una vez e intervenir con toda claridad en el proceso. Hay que llevar el asunto a la ONU y solicitar un pronunciamiento de la Asamblea General en el sentido de expulsar a Sudán si comete tal fechoría. Expulsarlo y someterlo a sanciones económicas. Palinuro sería incluso partidario de medidas más drásticas. Ni Sharia, ni soberanía, ni idiosincrasias culturales. Hay que acabar con este feminicido universal que toma formas muy diversas, cultural y religiosamente condicionadas pero siempre acaban en lo mismo, en violar y asesinar a las mujeres; en el comedor del hogar; en mitad de un descampado a pedradas; en un poblado en el Congo, previa violación en masa; o en un prostíbulo en Ciudad Juárez.
Hay países en los que la ley prevé pena de muerte por lapidación para los delitos de adulterio y homosexualidad. El odio a los homosexuales es tan oscuro, irracional, viscoso y ancestral como el odio a las mujeres y lo que se dice respecto a estas vale también para los otros: ni una lapidación más, se ponga Alá como se ponga y el que lo haga, que se atenga a las consecuencias. Los países occidentales o la famosa comunidad internacional deberíamos romper relaciones diplomáticas con Estados homófobos y misóginos.
Claro que, a la hora de ponerse a dar lecciones a los demás sobre respeto a los derechos humanos, conviene que sepamos cómo tenemos nuestra propia casa. En España, el asesinato de mujeres corre a cargo de particulares y las instituciones luchan contra esta lacra o, al menos, no se solidarizan con ella. Ni la iglesia. Sin embargo, los curas siguen cargando contra los homosexuales y las autoridades pretenden negarles el derecho a contraer matrimonio. Cada voz que se alza aquí en contra de los homosexuales, cada vez que se les niegan sus derechos, se arroja una piedra en alguna lapidación en algún otro lugar.
En los Estados Unidos, un candidato republicano al Senado al que debe de faltarle algún tornillo, firme enemigo de todo aborto, ni siquiera lo admite en caso de violación porque, dice el menda, en la mayoría de las violaciones legítimas la agresión no termina en embarazo. En mi vida he leído muchos disparates pero este de la violación legítima supera los más absurdos. Claro que a lo mejor no es tanto disparate. ¿En dónde puede ser legítima una violación? Sencillo: en un mundo de violadores. En este. Al congresista Akin lo ha traicionado el subconsciente. El dice que se ha expresado mal. En absoluto, los republicanos están indignados con él porque ha dicho lo que muchos piensan pero saben que no conviene decir, esto es, que las mujeres pueden ser objeto de legítima violación, como el que habla de la legítima defensa. El amigo Akin hizo sus declaraciones en presencia de su esposa. Esto es lo que hay y no sirve de nada ocultarlo. 
Se debe impedir el crimen del Sudán y contestar como se merece al retrógrado Akin.

miércoles, 23 de mayo de 2012

El peor ministro de Educación de la historia.

Al día siguiente de que toda la educación española en todos sus niveles, y estamentos le haya hecho una huelga sin precedentes y haya salido a la calle en manifestación en el país entero, el ministro de Educación, José Ignacio Wert, se encuentra con un plante de los rectores de las Universidades españolas que se niegan a ir a una reunión de ordeno y mando típica de la mentalidad autoritaria y prepotente de aquel. ¿La razón? Que en ella, por mandato ministerial, no se puede hablar del contenido del decreto-ley recién aprobado y por el que se abre el camino a la destrucción de la educación en España. Bien por los rectores, que han demostrado estar a la altura de las graves circunstancias, cosa que ha quedado clara al decir Wert lo contrario, esto es, que no han estado a dicha altura pues sabido es que quien no lo está, ni a esta ni a ninguna por baja que sea, es el propio Wert.
Los sucesos reseñados ponen en claro el talante de este tertuliano de Intereconomía metido a gobernante. Ultramontano, meapilas, pedante, petulante y botarate, es obvio que, con su comportamiento pone de relieve que carece de los dos requisitos que debieran ser básicos en su ministerio: educación y cultura. Subvenciona los toros mientras suprime ayudas a la cultura de verdad y  excluye de la enseñanza a los sectores sociales que más la necesitan y a los que más podía beneficiar. 
Su comportamiento arrogante y suficiente, producto de su convicción de valer más que sus conciudadanos cuando tanto intelectual como moralmente, vale menos que el último de ellos y, si está en donde está, es por enchufe y maniobra política, lo acreditan de lo que es, un tertuliano todólogo de tres al cuarto acostumbrado a hablar para los suyos y que los suyos lo jaleen; nada más. Su razonamiento de que no es que las familias no puedan pagar los estudios de los hijos que él ha encarecido y dificultado sino que hacen un cálculo de costes beneficios por el que deciden dedicar sus recursos a otros fines refleja, de un lado, su espíritu clasista y de desprecio hacia la gente del común y, de otro, su servil admiración por los sofismas de la teoría de la decisión racional que solo un badulaque como él aplicaría a este caso.
Hay un hashtag en Twitter pidiendo la dimisión de Wert. Me parece de sentido común. El país no tiene por qué soportar a un individuo que no sabe hablar sin insultar y provocar a la mayoría de sus ciudadanos. Y así se lo han hecho ver la calle por un lado y los más cualificados representantes de la cultura y la educación por otro.
(La imagen es una foto de Irekia, bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 29 de febrero de 2012

El ministro gárrulo.

Empieza a convertirse ya en aburrida costumbre. Al comenzar el día de los sufridos ciudadanos del país, lo primero que encuentran es alguna de esas declaraciones del ministro de Cultura en las que, con la petulancia, suficiencia e impudicia que lo caracterizan, lanza algún disparate con el obvio deseo de llamar la atención y hacer titulares. La garrulería de este hombre empieza a ser insoportable. Ayer sobre el sistema educativo en su conjunto, con las habituales soflamas reaccionarias de la derecha; antes de ayer sobre los toros.

Justamente ayer también me hizo llegar mi amigo Miguel Ángel Quintanilla, colega en el extinto Consejo Editorial de Público el ultimo artículo que ha escrito y no sabe si se publicará o no en Público.es. Es estupendo, ágil e inteligente y, como me gustó mucho, le pedí permiso para publicarlo en Palinuro cosa que hago raramente. Me lo dio de inmediato y he aquí la brillante pieza que Palinuro suscribe de la cruz a la fecha:


PROVOCADOR


Miguel Ángel Quintanilla Fisac


No conozco ningún ministro de ningún gobierno de España, desde la instauración de la democracia, que haya conseguido, en tan poco tiempo, hacer tantas declaraciones desafortunadas como las que ha hecho el ministro de educación del actual gobierno de Rajoy.

Recién estrenado, ya anunció que desaparecía la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que sería sustituida por otra de Educación Cívica. ¿Puro virtuosismo léxico? No, una simple provocación, que torpemente pretendió justificar con engañifas.

También se ha apresurado a suspender los temarios que están estudiando miles de opositores a plazas de profesor en la escuela pública. No le gustaban al señor ministro los temas recientemente introducidos y decidió acabar con tanta modernidad: volvamos a los temarios de hace veinte años. Mucho mejor. ¿Un error, una imprudencia, una improvisación? No, una simple provocación.

Pero no es bastante. El ministro también ha decidido en estos días que el sistema de becas para estudiantes debe ser revisado profundamente: menos becas a los pobres y más a los listos. ¿Nadie le ha explicado que sin un sistema público de ayudas para compensar las desigualdades sociales, no puede prosperar una sociedad moderna? ¿Otra ligereza de alguien acostumbrado a la banalidad de una tertulia? No, otra provocación.

Igual que la de negar la financiación de los campus de excelencia de las universidades. Sólo eran préstamos blandos, pero de ellos dependían importantes proyectos de mejora del sistema universitario público. Lo que pasa es que seguramente el señor ministro no lo sabe y, si lo sabe, le da igual.

Y la guinda, el otro día en el Parlamento. Contestando a una pregunta de la oposición, al señor ministro debió entrarle un calentón y acusó a los socialistas de ponerse del lado, no de los estudiantes que protestaban en Valencia contra los recortes en educación, sino del de los agitadores violentos. Y se quedó tan pancho. Hay quien pretende que pida disculpas por lo que ha dicho e incluso que tal ofensa a una fuerza política democrática se borre de las actas del Congreso. No estoy de acuerdo. Es mejor que quede constancia para la historia. De lo contrario dentro de unos años nadie creerá que hubo una vez en nuestro país un ministro como este, del que lo único que se puede esperar ya es que le cesen pronto.

(La imagen es una foto de La Moncloa, en el dominio público.Commons).

miércoles, 15 de febrero de 2012

La mirada de fuera.

En los años setenta del siglo pasado el Nepal y su capital, Katmandú, eran lugares de peregrinación preferida de la tribu psicodélica. Los jóvenes occidentales de clase media, atiborrados de contracultura y misticismo, tenían que llegar como fuera a aquel remoto y atrasado reino del Himalaya entre la China y la India, pasar allí una temporada, tener algún tipo de revelación interior y retornar a casa vestidos como hare krishnas, con los atuendos védicos de la "kurta" y el "dhoti" y un zurrón de vasta tela con algún abalorio y unos rábanos frescos. Lo importante era la purificación. Los peregrinos vivían de lo que podían, aprendían habilidades manuales, se buscaban a sí mismos, rompían el velo Maya, despertaban del sueño platónico o eso creían. Pero no veían nada del país que habitaban, no veían que aquel silencioso aislamiento, presidido por la serenidad de las montañas, ocultaba el atraso y la miseria de un pueblo sometido a un régimen feudal y de castas.

Las cosas han cambiado. En la peli recién estrenada de Iciar Bollaín (que, al parecer relata un hecho real aunque libérrimamente interpretado, según reconoce la directora), la mirada de fuera está representada por una joven voluntaria y voluntariosa maestra catalana, imbuida del espíritu de solidaridad, sacrificio y entrega a los demás que trata de sacar adelante una escuela en un zona de chabolas en Katmandú y entre intocables. También será una experiencia de introspección (incluso hay un personaje que actúa como un gurú) pero no a través del aislamiento, como los hippies de los setenta, sino de la implicación directa y personal. A través de esta la protagonista, Laia, descubre los recovecos de la sociedad nepalí, toma conciencia del abismo cultural que hay entre una occidental emancipada y una gentes sujetas a costumbres y prejuicios tradicionales que las mantienen en la misería, el analfabetismo y la discriminación por razón de casta o sexo. Por cierto, por el tiempo de rodaje de la película, este debio de coincidir con el mandato del primer ministro Madhav Kumar Nepal, que había sido Secretario General del Partido Comunista nepalí (marxista-leninista, es decir, maoísta) luego de la conversión de Nepal en una República. Pero, extrañamente, no se habla de política en la peli. Si de la corrupción, la venalidad de los cargos públicos, la burocracia y la arbitrariedad, pero nada más.

Si esta historia se hubiera quedado aquí, habría sido una peli simpática, un poco como un documental con espíritu de ONG y de las dificultades de llevar el desarrollo, los derechos humanos, a las zonas más atrasadas del mundo, aunque estén gobernadas por comunistas o quizá por eso mismo. Pero no se queda ahí. Al fin y al cabo, es Katmandú y la leyenda de lo trascendental. Así que también se pretende ir más al fondo de las cosas y exponer el choque de dos culturas, de dos sistemas de creencias, de dos morales, una que se piensa más avanzada y que trata de ayudar a la atrasada, al tiempo que la comprende.

Esto de los encuentros de culturas los ingleses lo bordan. Llevan decenios haciéndolo. Un pasaje a la India, de E. M. Forster, es la obra más lograda a mi juicio, pero ha habido muchísimas otras, desde las bohemias de Orwell hasta las jingoístas de Kipling. Y lo han hecho con muchas culturas; con la española también. Basta recordar al Borrow de La Biblia en España en el siglo XIX o al Brenan de Al Sur de Granada en el xx, libros que los españoles jamás podrán escribir de Gran Bretaña.

A partir del momento en que la peli toma este derrotero se hace falsa y acartonada. No hay en verdad un encuentro de dos culturas sino de tres ya que la acción de Laia se hace en inglés, una tercera cultura que tiene relaciones propias con las otras dos. Esa perplejidad que a veces muestra la protagonista frente a la irracionalidad de los usos y costumbres nepalíes (sin ir más lejos, la discriminación femenina) resulta algo impostada cuenta habida de su origen. Y eso que Laia es catalana, si llega a proceder de otra zona más atrasada de la Península resultaría hasta cómico. Ese intento de crear una especie de clase "universal" occidental, haciendo caso omiso del hecho de que, en muchas cosas, la distancia cultural entre la española y los nepalíes puede ser menor que entre ella misma y la cultura inglesa en cuya lengua se ve obligada a expresarse convierte la película en una imitación de un género en el que los españoles no pueden sobresalir por razones obvias.

sábado, 23 de abril de 2011

Al paso de la vida.

Es frecuente que los escritores, los filósofos, los ensayistas, hasta los literatos y los mismísimos poetas, publiquen recopilaciones de artículos, prólogos, críticas, piezas menores que han ido dejando a su paso por la vida y que, de interesarse alguien por ellas, tendría difícil encontrarlas. Los académicos suelen justificarlas sosteniendo que, aunque sean aportaciones independientes, las recorre un hilo común que a veces no es un hilo sino toda la estameña porque los trabajos se repiten y la obra acaba pareciendo un vademécum. Los literatos, en cambio, son más libertarios, no se sienten obligados a dar justificación alguna y el resultado se parece más a los jardines floridos del Siglo de Oro.

José Antonio González Alcantud (Deber de lucidez. Fragmentos de radicalidad democrática en la edad del imperio, Barcelona, Anthropos, 2011, 172 págs.) se encuentra en un punto intermedio entre las dos opciones. Su dedicación a la antropología cultural y otra más de creación literaria. Hay cierto prurito académico pero el jardín es muy variado pues recoge artículos (algunos en Ajoblanco, lo que es un puntazo; otros prensa granadina), catálogos, inéditos y hasta una especie de ajuste de cuentas de uno de esos líos de envidias y rencillas burocráticas en el desempeño de cargos oficiales. No hay hilo conductor si no es la cultura y la inteligencia que derrocha Alcantud y hace que la obra se lea con delectación.

Por lo demás, si hubiera duda alguna, el subtítulo ilustra mucho sobre el juicio que merece al autor: son fragmentos, cosa que, además de empíricamente cierta, encaja con el espíritu postmoderno que se quiere fragmentario. Lo de que también sean radicales y democráticos, al carecer de base empírica, es más opinable. Y, desde luego, el premio se lo lleva lo de la edad del imperio. Tan cierto es que, si no me equivoco, no se habla de ello ni una vez en el libro. Porque se da por supuesta. El autor habla de Nueva York como lo hacemos todos, como asombrados habitantes de la periférica Hispania (¿no nos sentimos incluidos cuando los gringos se refieren a los hispanics?) después de una visita a Roma. Tiene gracia el artículo inédito sobre el famoso apagón de Nueva York en el verano de 2003. Alcantud se arranca hablando de "signos apocalípticos" (p. 66). Yo también estaba allí. El apagón se produjo sobre las dos de la tarde de un día de muchísimo calor. Como tenía varias horas de luz bajé andando por la Vª Avenida desde la calle 42 hasta hasta pasado el Soho. En Canal Str. los chinos estaban haciendo negocio vendiendo velas, pilas y todo tipo de baterías. A mi regreso vi que el alcalde había armado a los cops con subfusiles ametralladores y estaba muy visibles. No hubo incidentes. Y sí, la avería se había producido en algún generador en la frontera con el Canadá, cerca del Niagara, cuya contemplación despierta hondas emociones en Alcantud, de las que forma parte el recuerdo de la peli con Marilyn Monroe tratando de asesinar a su marido. Desde esa visión de Nueva York, entiendo, cuestiona el autor la de Lorca en Poeta en Nueva York (p. 76). Hace bien aunque lo que me llama la atención es que haga extensivo el juicio crítico negativo a toda la obra de García Lorca que, dice, le interesaba menos de joven que la de los simbolistas franceses. No por ser granadino tiene uno que ser lorquiano, supongo.

Hay muchos momentos estupendos en el libro que es un ejercicio, en efecto, de lucidez con una notable variedad de objetos y circunstancias. Los autores más mencionados son Gaston Bachelard y Georg Simmel. Como traductor que soy del filósofo alemán, lo entiendo muy bien y he de decir que Alcantud alcanza niveles simmelianos en su capacidad para presentar los asuntos cotidianos bajo perspectivas nuevas y seductoras. Merece la pena leer lo que dice sobre el metro, Ganivet (al fin y al cabo, Granada), el cine, el flamenco, el Sacromonte, las cartujas (por cierto, en la de Granada hay un puñado de cuadros de Sánchez Cotán bien curiosos) o la crítica a lo que llama con intención previsible, la tierra de los fabores. Es excelente la anécdota de Lévy-Strauss (p. 79) quien, a una pregunta de por qué no lo llamaban a la televisión, respondió que porque la televisión es un "medio muy primitivo". Y tanto. Es como las sombras chinescas.

La última parte del libro trata de escritores y libros en relación con Granada. Las observaciones sobre Pierre Loti (p. 138) están bien y la foto del autor de Aziyadé en el patio de los leones, ahora que en la Alhambra suele haber más gente que en el McDonalds, vale un potosí. El capítulo sobre los hermanos Tharaud (143-146) cuya relación con España fue realmente reticente se justifica por el análisis que hace del tipo de creación literaria de estos tomando como ejemplo Quand Israël est roi que me ha resultado muy interesante porque no lo conocía.

En el capítulo sobre Gitanismo y antigitanismo en el mundo lorquiano (151-154) emergen las reservas de Alcantud frente a Lorca, reservas en cuanto a la sinceridad, el conocimiento o experiencia directa del poeta. Da la impresión de que quien aquí habla es el antropólogo profesional que no admite que haya conocimiento de un otro colectivo si no es directo y de primera mano. Conviene, sin embargo, recordar que el conocimiento poético se nutre de otros veneros y lo que propone no es una explicación científica de un fenómeno étnico o cultural sino una visión artística, para lo cual la experiencia directa puede no ser necesaria. Al escribir el ciclo de novelas sobre el Oeste norteamericano que tanto éxito tuvieron, Karl May no había pisado América.

El último capítulo, La historia y el drama local en Andalucía cuenta retazos muy interesantes de ese expatriado inglés que residió toda su vida en la Alpujarra y al que los lugareños llamaban "don Gerardo", el autor de El laberinto español, una interpretación del "ser de España" con ojos de británico, pero también de South from Granada y alguna otra obra. La verdad es que estas simbiosis son muy curiosas. Y los ingleses las bordan desde George Borrow a George Apperley, otro expatriado.

El final del libro está consagrado a Julian Pitt-Rivers, deber de lealtad, padre de la antropología moderna, discípulo del gran Evans-Pritchard y autor de People of the Sierra, el libro canónico de la disciplina sobre Grazalema, sierra de Cádiz.

Alcantud cumple su deber sobradamente.

jueves, 14 de octubre de 2010

A la cultura le ponen los cuernos.

El mundo entero ha contemplado en suspenso esa proeza de Chile de arrancar a una muerte segura a treinta y tres hombres (cosa que muchos seguimos al minuto) en una operación que ha sido un verdadero canto a la vida. En ese mismo momento el ministerio español del Interior anuncia que transfiere las competencias en materia de corridas de toros, ese canto a la muerte (muerte segura del toro y posible del torero), al ministerio de Cultura. De este modo, se dice, se devuelve a las corridas (ellos las llaman "Fiesta Nacional", igual que el doce de octubre, ahí es nada), el trato noble que merecen: son cultura. Nada de cuestión de Interior o de Gobernación al recio estilo de Franco, sino de creatividad, que no es lo mismo.

No sé si la ministra de Cultura está al tanto de lo que se le viene encima y lo defiende por estar convencida de que, en efecto, las corridas son cultura o va de florero y nadie la consulta sobre decisiones que la conciernen, que la empitonan, por ponernos taurinos. Lo que está claro es que el ministro Rubalcaba se ha quitado de encima lo que se llama una "patata caliente", un ascua en realidad, evitándose lidiar (ya que estamos en ello) a un movimiento animalista cada vez más extendido y con mayor resonancia mediática, y que tiene mucho apoyo en su propio partido.

La decisión puede entenderse también como una especie de puñalada trapera al tripartito catalán y hasta a Cataluña en su conjunto al facilitar el camino para que el PP interponga recurso de inconstitucionalidad por la prohibición de las corridas en Cataluña decidida por el Parlament. El Parlament se ha extralimitado, se escandaliza la derecha; ha ido más allá de sus competencias. No sé cómo pueda decirse que se haya extralimitado cuando la cultura es competencia autonómica; pero por decir que no quede. Por lo demás, los catalanes, que tienen sus debilidades, podrían argumentar que, puestos a defender la cultura, ellos más que nadie: expulsan las corridas por oscurantistas pero blindan a los correbous que, como puede verse, consisten en hacer al toro portador del símbolo mismo de la cultura, la civilización y hasta la libertad: la luz. Que no sea luz sino fuego es cuestion de escasa relevancia. Lo importante es que aquí está el feliz astado catalán convertido en soporte de la luz del espíritu frente a las escabechinas de los españoles.

Cultura es la palabra. Si las corridas lo son o no. Si por "cultura" se entiende, como quieren los arqueólogos y los antropólogos, todo aquello que hace el ser humano, no hay duda de que los toros son cultura con el mismo derecho que las palanganas, los chupa-chups y las Matrioschkas. Pero nadie subvenciona las palanganas, los chupa chups o las Matrioschkas. Claro, no es ésta la cultura de que hablan los corridófilos. Es de la otra, de la cultura en sentido filosófico, del arte. La tauromaquia es un arte.

Pero esto no es verdad. Las corridas pueden ser objeto de obras de arte, pero no son arte en sí mismas, si es que esto quiere decir algo. Todas las epopeyas cantan la batalla, la guerra, pero la guerra en sí misma no es arte (el concepto de "arte de la guerra" se refiere más a la "técnica") ni cultura, sino barbarie. Aunque el arte, soberana como es, puede hacer algo sublime de lo más odioso y detestable, ese es el camino que empezó a andar el Marqués de Sade, en el que tampoco llegó muy lejos en comparación con el siglo XX. El arte contemporánea ha sacado mucho partido al Holocausto; el arte, la poesía, el pensamiento filosófico. Considérese tan sólo la kilométrica Shoah, de Claude Lanzman:



Bellísimo, sin duda. Pero el Holocausto no es cultura y, digo yo, estaremos todos de acuerdo en que hubiera sido mejor que no se hubiera producido, aunque nos perdiéramos quintales de obras de arte. Así que dejen en paz a Goya, Picasso y tutti quanti. Por lo demás, si arte ha de ser, necesita una musa y, como no la hay, no se me ocurre nada mejor que adjudicarle a Pasifae, cuya leyenda es la que origina el Minotauro. Bingo.

Todas las manifestaciones artísticas son valiosas en principio, pero ese valor es un activo que se adquiere en función de lo que se aporta a la mejora de la especie, no sólo a la material, que es la más evidente, sino a la espiritual y/o moral. Y bajo ningún punto de vista civilizado es una mejora complacerse en la contemplación del sufrimiento y la muerte de ningún ser vivo, la contemplación de ese misterio que es la esencia de la naturaleza humana. La muerte. Según nos desbastamos vamos siendo más y más pudorosos con la muerte. Ya no exhibimos los cadáveres de nuestros enemigos ni hacemos ejecuciones públicas, salvo las excepciones de todos conocidas y por todos condenadas en países considerados "atrasados" y algunas también en los países considerados "avanzados". Pero la tendencia es clara: hurtamos la presencia de la muerte de la vida cotidiana: ya casi no hay sepelios y los coches fúnebres parecen limousines para clases medias-bajas. Lo primero que se hace con un cadáver es cubrirle el rostro. La humanidad busca la negación de la muerte y todas sus religiones y filosofías llevan a ese punto, incluso aquellas que, como el cristianismo, nacen del culto a la muerte pues solo la muerte de Dios en la cruz es el vínculo que lo liga con los creyentes. No siendo eso, la tendencia general es a ocultar la muerte. El arte, sobre todo el cine, la representa con harta frecuencia; pero eso es lo que hace, representarla, simularla, fingirla. En el ruedo no está representada; está presente. No siempre la relación entre poesía/ficción y verdad es tan alegre y optimista como en la autobiografía de Goethe.

¿Qué tiene de cultura una ceremonia pública cuya esencia es contradecir el sentido de la evolución moral de la humanidad, convertir la muerte en espectáculo invocando para ello la fuerza de la tradición, cómo no, y la creatividad del arte de Cúchares?

(La primera imagen es una foto de C Manuel; la segunda, de mikedangeR; la tercera, de alexisbellido, todas bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 15 de abril de 2009

Balance y perspectivas.

El señor Rodríguez Zapatero hizo ayer balance de su primer año de gobierno en su segunda legislatura ante los suyos y aprovechó también para desgranar sus intenciones inmediatas. Era un público entregado y todos, el presentador y el auditorio, acabaron encantados de sí mismos y optimistas frente al futuro. Estaría bueno.

A mi entender, el Gobierno perdió mucho tiempo negando la crisis y si bien es cierto que, cuando la admitió, reaccionó con relativa contundencia y rapidez, no está bien pasar por alto que aquellos meses de abril a octubre (más o menos) que se perdieron por la inepta obcecación en negar lo evidente no dan para muchos alardes. Igualmente es cierto que, una vez caídos del guindo, los gobernantes actuaron con rapidez y eficacia; pero también lo es que lo hacían sobre un terreno menos minado que en los demás países porque aquí la crisis no ha sido tanto financiera como industrial y laboral. Hasta la fecha no ha hecho falta intervenir más que una entidad de crédito relativamente modesta (y, probablemente, por razones que no tengan nada que ver con la crisis) y ningún banco ha sufrido los problemas que se han dado en otros lugares. En cambio, la destrucción de empresas y puestos de trabajo no admite parangón y, aunque las medidas del Gobierno han sido céleres, en particular ese Plan de Estímulo a la Economía y el Empleo dotado con 40.000 millones de euros, todavía no han dado resultados tangibles. Es de esperar que las nuevas ministras encargadas de la tarea tengan mayor éxito.

En el campo exterior, me parece, los gobernantes han cosechado merecidos éxitos por su tenacidad. La presencia del señor Rodríguez Zapatero en las tres cumbres de hace unos días y no como mera comparsa sino con peso en las decisiones ha significado mucho para el prestigio de España, en especial la recomposición de las relaciones con los EEUU al más alto nivel con el señor Obama quien, afortunadamente para el mundo, no tiene nada que ver con el sujeto sin categoría alguna que lo precedió en el mando.

Por último, el Gobierno se apunta como éxito el "mantenimiento y mejora de las políticas sociales". Mantenimiento es cierto y no es nada desdeñable con lo que está cayendo, pero lo de "mejora" no me lo parece tanto. A las pruebas me remito: la aplicación de la emblemática Ley de Dependencia ya ha pasado por tres departamentos ministeriales distintos y su grado de aplicación deja tanto que desear que muchos creen que sólo se aprobó cara a la galería pero que no se aplica y lo mismo sucede con otras políticas sociales.

En fin, si uno tiene que hacer un balance del balance del Gobierno uno lo califica de razonable y porque tiene uno cierta parcialidad que no va a ocultar a estas alturas. Por supuesto, la oposición dice que el balance es un desastre y de eso sabe mucho porque ella, la oposición, lleva cinco años instalada en otro mucho mayor al que ahora ha venido a añadirse una fabulosa saga de corrupción y mangancia que afecta ya a una retahíla de políticos del PP y parece que afectará a bastantes más sin que, de momento, se sepa a qué niveles y jerarquías llegará la riada del escándalo.

El señor Rodríguez Zapatero hizo resumen de perspectivas y sonó bastante bien. Claro que en esos trinos al futuro hace falta ser merluzo para deslizar una nota falsa, de forma que, en cosa de semanas, tendremos financiación autonómica, el plan de choque de infraestructuras en marcha, la TVE en regla y sin publicidad y una batería de leyes muy necesarias en el Congreso para que el señor Rajoy pueda decir eso tan ingenioso de que el Gobierno oculta su inacción en asuntos graves ocupándose de otros que "no interesan a nadie", como el aborto, la violencia de género, etc. Bueno, ya veremos cómo pinta todo a la vuelta del verano.

De momento este comentarista sólo quisiera señalar las anomalías de la ministra de Cultura, señora González Sinde, que no parece estar encontrando el tono adecuado a su alta responsabilidad. Fastidiado ministerio ese de Cultura que mucha gente no enteramente desinformada cree que debiera desaparecer; fastidiado porque tiene que tratar con personal de colmillo muy retorcido. Y no da la impresión de que esta señora sepa en dónde se ha metido. Imagino que medio país encontrará muy simpático que la ministra haya hecho hace poco o ahora o no sé cuando, pública profesión de su pasión por las corridas de toros. Para otro medio país, en el que Palinuro se encuentra tan a gusto, eso la descalifica como ministra y precisamente de cultura, igual que su afición a la caza, a mi entender, descalificaba al señor Bermejo como ministro... de Justicia. En un caso y en el otro no entiendo cómo se puede ser de izquierda y entretenerse en matar o ver cómo matan a animales indefensos y en el caso de los toros con tortura incluida para regodeo de muchedumbres cuyo silencio en expectación de alguna barbaridad a esta señora parece antojársele tan sublime como el cielo estrellado a Kant.

Pero hay más en el caso de la señora González Sinde: su respuesta a la oposición radical de los internautas ha sido bochornosa porque les ha perdonado la vida diciendo que no se preocupen, que internet seguirá siendo el medio principal de difusión de la cultura. ¡Cáspita! ¿Cree esta señora que podría impedirlo? Exactamente ¿quién cree que es? En fin, no hay que calentarse; tenga la señora cien días para mostrar de lo que es capaz pero, por favor, que mida sus palabras o se asesore de alguien que sepa de qué va esto.

(La imagen es una foto de El Enigma, bajo licencia de Creative Commons).

sábado, 3 de mayo de 2008

El arte y el poder.

La revista de mi Facultad en la Universidad Complutense acaba de sacar un interesante número monográfico dedicado a las relaciones entre el arte y el poder político (VV.AA., Arte y poder, vol. 44, nº 3, 2007, Madrid, 228 págs.) desde una perspectiva sociológica. Es una recopilación de trabajos de variado alcance y, dentro de las naturales diferencias, con un tono medio bastante decoroso.

El primero es un ensayo de Roberto Goycoolea Prado sobre "Papel y significación urbana de los espacios para la música en la ciudad occidental" en el que se analiza la evolución desde los teatros cortesanos en régimen de mecenazgo, hasta las construcciones actuales, pasando por los primeros teatros públicos (el de San Cassiano, en Italia, que fue el que empezó cobrar entrada en 1637), las aulas de música de las monarquías y los teatros concebidos como monumentos, ya en la época de hegemonía burguesa, integrados en una nueva concepción de los espacios urbanos. Las actuales construcciones, dice el autor, se caracterizan por a) recuperar teatros históricos, b) constituir espacios multifuncionales, c) ser elementos mediáticos de revalorización urbana. En su opinión (que no comparto por entero) así como hasta los primeros decenios del siglo XX se construían teatros para satisfacer una demanda, ahora se pretende generar la demanda construyendo auditorios espectaculares. Que los auditorios sean espectaculares a la vista está, pero más me parece se deben a una política de boato y representación urbana que a otra que podríamos llamar de "keynesianismo artístico".

Sendos trabajos de Xan Bouzada y Emmanuel Grénier exploran la siempre problemática cuestión de las políticas públicas culturales. Bouzada toma tres ejemplos: la política cultural de la II República española, con especial referencia a las Misiones Pedagógicas, la creación del muy original y dinámico Arts Council londinense, a propuesta de John Maynard Keynes (precisamente) y del grupo de Bloomsbury y la del Ministerio de Cultura francés, obra del General De Gaulle, bajo gestión de André Malraux. Por su parte, Grénier compara las políticas culturales de España, Portugal, Italia y Grecia con Francia, prestando especial atención a las cuestiones de centralización/descentralización.

Manuel Trenzado Romero, que es un reconocido especialista en cuestiones cinematográficas, publica un trabajo sobre el cine español de la transición con interesantes datos y observaciones acerca de cómo se resistió la Iglesia católica a perder su hegemonía en la censura.

Hay un muy interesante (aunque algo desorganizado) trabajo de Juan A. Roche Cárcel, "A la conquista de la tierra y el cielo: rascacielos y poder tecno-económico" que, en síntesis viene a decir que los rascacielos, de los que hay contabilizados unos 65.000 en el mundo (el autor trae unas interesantes relaciones de cómo se llaman y en donde están los más altos de ellos) simbolizan el poder económico y empresarial. Según él, los más recientes reflejan el nuevo espíritu capitalista que se caracteriza por: "a) la globalización, la externalización y la extraterritorialidad; b) el individualismo y la competitividad; c) el carácter especulativo, conexionista y en red; d) la virtualidad, la flexibilidad, la ligereza, la fluidez, el desarraigo, el azar, el caos, la inestabilidad, el nomadismo y la movilidad; e) la invisibilidad; y f) finalmente la disminución de la jerarquía y la carencia de signos tangibles de poder." (p. 96) Encuentro ilustrativa su explicación sobre cómo los modernos rascacielos reproducen la estructura y figura de los antiquísimos zigurats mesopotámicos y, a lo largo del trabajo, me ha venido a la memoria en varias ocasiones la glorificación de los rascacielos que hay en la famosa novela de Ayn Rand, El manantial, al punto incluso de que puede decirse, con algo de exageración, que son ellos, los rascacielos, los verdaderos protagonistas de la obra.

Hay dos trabajos sobre música. Uno de Antonio Ariño Villaroya sobre "Música, democratización y omnivoridad" y otro de Michèle Dufour sobre Glenn Gould. El primero, en la línea de las apreciaciones de Bourdieu sobre el gusto, trata de desglosar qué sectores sociales se caracterizan por la "omnivoridad" en gustos musicales y llega a la conclusión de que son los amantes de la música clásica los que son más omnívoros puesto que hasta un 34% dice combinar la audición de clásica con música moderna. El perfil es de joven, con nivel educativo elevado y estatus socioprofesional alto. No obstante, este grupo es minoritario pues sólo representa al 5,5% del conjunto de la población. El trabajo de Dufour sobre Glenn Gould viene a ser como una especie de análisis de una variación de la idea de Benjamin sobre la reproducibilidad mecánica de la obra de arte. Gould lo ejemplifica muy bien pues se retiró de los escenarios en 1964, con treinta y dos años y ya no volvió a interpretar en público, sino que se concentró en las grabaciones de su repertorio.

Por último, Irene Martínez Sahuquillo presenta un trabajo llamado "El literato frente a la política: entre el repudio aristocrático, el compromiso militante y la crítica al poder", que está dentro de los estudios sobre la función social de los intelectuales si bien aquí se restringe a siete conocidos novelistas (D. H. Lawrence, Hermann Hesse, Ernst Jünger, Thomas Mann, Arthur Koestler, George Orwell y Jean-Paul Sartre) y se concentra en la cuestión específica del compromiso político del autor, desde el antipoliticismo de Lawrence y Hesse a la idea sartriana del compromiso del intelectual. El caso de Koestler es representativo de los intelectuales arrepentidos del comunismo (y de los que Sartre se reía, como se ve en su pieza teatral Nekrasov), mientras que el de Sartre es el del mantenimiento de compromiso hasta las últimas consecuencias. Me parece muy interesante la inclusión de Lawrence, de quien casi nadie se acuerda hoy y no estoy muy seguro de que la autora haga justicia a la complejidad del pensamiento de Jünger.

Una iniciativa la de la revista Política y Sociedad que supone una buena aportación a un campo de estudio muy poco desarrollado en España.