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jueves, 27 de agosto de 2015

Las ruinas de las ruinas de Palmira.

Los del Estado islámico siguen con la piqueta en la mano demoliendo lo que pillan en Siria. Acaban de cargarse un templo bimilenario en donde, al parecer, se guardaba prueba en piedra de la visita del emperador Adriano. Tanta barbarie indigna en Occidente, que llama a acabar con los fanáticos antes de que los fanáticos acaben con la historia de la civilización. Palmira es famosa por la obra del Conde de Volney sobre sus ruinas en el sentido de la meditación sobre el ir y venir de la historia, el auge y caída de los imperios, muy típica del Siglo de las luces. Palmira es prueba y muy bella prueba de lo cierto de la nostálgica reflexión. Aunque nunca fue un imperio en el sentido de grandes extensiones de tierra, incluso mares, bajo su dominio, siempre tuvo una destacada presencia en la historia por vigor comercial y cultura. Incluso conoció un momento de esplendor militar, cuando la reina Zenobia se alzó frente al Imperio romano y dominó sobre buena parte de él hasta que Aureliano conquistó la ciudad y la saqueó en el 273. O sea, Palmira ha visto muchas destrucciones en su historia. El tiempo dirá si la que ocasionen estos islamistas es o no superior a la que ocasionó Tamerlán en el siglo XV.

Esto lleva a una reflexión sobre las ruinas de las ruinas de Palmira. Un debate complicado. Pesa sobre el friso del Partenón y, en general los llamados "mármoles de Lord Elgin", que están en el museo británico, la reclamación del gobierno griego de que sean devueltos a Atenas, a la Acrópolis, de donde fueron sustraidos con mejores o peores artes. Es una reclamación según la cual los monumentos arqueológicos, las obras de arte de la antigüedad deben estar en donde se erigieron y no en museos quizá a miles de kilómetros. Afecta a piezas de muchas antigüedades en muchos museos del mundo: la dama de Elche en Madrid, los leones alados de Nínive en Londres, los sarcófagos egipcios también en Londres, la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia en París, los frescos de Pompeya en Nápoles, el penacho de Moctezuma en Viena, el paseo de las procesiones de Babilonia, en Berlín, las mastabas egipcias en Nueva York, etc., etc. Gran parte del patrimonio artístico-arqueológico de la humanidad está en museos occidentales, producto de incontables rapiñas, y lo que no está a veces es porque resultaría muy difícil o imposible su traslado, como la pirámide de Keops.

La cuestión, hasta cierto punto moral, sigue siendo: ¿no deberían estas piezas quedarse en donde fueron halladas? Es dudoso que civilizaciones y culturas posteriores, ajenas al pasado de un territorio que, a veces llegaron allí como invasores con lenguas y religiones distintas, tengan lazos espirituales con estas obras y monumentos. Aun así, suele argumentarse el derecho del Estado a recibir de vuelta estas riquezas por su propiedad de todas las del territorio que domina en el presente y en el pasado.

Tal cosa, sin embargo, no es evidente en sí misma. Y sí lo es, en cambio un argumento práctico, probabilístico, modesto, pero que todo el mundo entiende muy bien. Y al decir todo el mundo se quiere decir eso exactamente, todo el mundo, incluido el Estado perjudicado. El argumento se sigue de una pregunta muy sencilla y fácil de contestar: ¿en dónde estarían más seguras las ruinas de Palmira? ¿En Palmira o en el museo británico? ¿En dónde los frisos del Partenón, en Londres o en Atenas? Es probabilístico, ya que seguros no estarán en parte alguna en el mundo. Al fin y al cabo, los frisos estaban por el suelo en la Acrópolis porque los turcos usaban el Partenón como  polvorín y, en las guerras del siglo XVII, un buque de la Signoria veneciana lo reventó de un cañonazo.

Naturalmente esto no es un argumento  favor de que el emplazamiento de las obras históricas y artísticas se decida exclusivamente por razones de seguridad porque entonces estarían todas en Fort Knox, pero sí para que, a la hora de adoptar decisiones en el mundo práctico, inmediato esas consideraciones cuenten. Al fin y el cabo el patrimonio es de la humanidad.

Y para que no desaparezca Palmira.