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jueves, 30 de julio de 2015

¿Hay censura en Facebook?

Ayer me hackearon la cuenta de FB. Los hackers se hicieron con el control de mi muro y de mi página y empezaron a mandar pornografía en mi nombre. Algunos amigos me avisaron por email. Corrí a comprobarlo, pero ya no pude entrar en el muro. Supuse que FB, alertada por otros usuarios, lo habría bloqueado. Intenté desbloquearlo y no pude. Traté de cambiar la contraseña y tampoco me dejó. Alguien me comentó que podía tratarse de una censura de FB, a quien no habría gustado nada la carta abierta a Felipe VI, publicada en Palinuro y subida a FB el 24 de julio y mucho menos que la convirtiera en vídeo y la subiera asimismo a Face el 29 de julio, así como a You Tube. Entra dentro de lo posible, pensaba yo, pero no probable. ¿Qué le importa a FB que un correoso republicano largue una critica al monarca, por dura que sea? Seguí pensando que la cuenta habia sido hackeada, el bloqueo era una medida protectora de FB y yo solo tenía que esperar 24 horas para recuperar el control de mi página, tranquilizado, por lo demás de que el sinvergüenza que la hackeó no pudiera seguir distribuyendo su ñorda en mi nombre.

Decidí esperar. Incidentalmente, sin embargo, pude comprobar con desconsuelo que los usuarios de FB no tenemos ninguna posibilidad de contactar directamente con nadie de la plataforma. Hay una serie de casos resueltos y preguntas más frecuentes que tratan con las situaciones y problemas más habituales, así como un foro en donde unos facebuqueros debaten con otros e intercambian información sobre sus cuitas. Pero nada de explicar a quienes dirigen la red lo que nos pasa. Cuando, transcurridas las 24 horas, comprobé que seguía sin poder entrar en mi muro ni en mi página de comunidad, decidí abrir otra cuenta de FB también a mi nombre, con mi perfil, pero con otra cuenta de correo. Pude hacerlo entonces, muy contento, lo comuniqué en Twitter y en Palinuro, dando la dirección URL de la cuenta por si alguien quería migrar a mi nueva página que, por cierto, lucía una preciosa bandera republicana. Mucha gente lo hizo. Pero, para mi sorpresa mayúscula, un par de horas después, también esta cuenta desaparecía y quedaba bloqueada. Todos mis intentos por entrar en mi muro fueron inútiles. Bloqueado por segunda vez y sin hackers ni pornografía, por nada. Simplemente porque sí

Ahora ya no estoy tan seguro de que FB no censure en cuestiones políticas.Por mi parte, de momento, he decidido abandonar esa red porque no estoy dispuesto a perder horas en los bucles de indentificación que no sirven para nada porque está todo hackeado y/o bloqueado. Si puedo volver a la red sin necesidad de perder tiempo y nervios lo haré. De momento, me quedo con Palinuro y seguiré subiéndolo a Twitter.

sábado, 25 de mayo de 2013

De la ceca a la Meca.


Está muy bien puesto el nombre de la crisis actual: crisis financiera; no mera crisis económica, sino específicamente financiera, de finanzas, presupuestos, déficit, cotizaciones, tipos, crédito; en definitiva, de dinero. El dinero se ha soliviantado y como los tornados del desierto o los tifones de la mar, volatiliza lo que encuentra en su camino. El dinero se ha alzado como déspota universal de comportamiento imprevisible. El dinero que se cuenta en varias monedas existentes o inexistentes (euros, dólares, pesetas); que toma todos los colores, blanco, negro; que se consigna en A, en B y en todas las letras del alfabeto; que se presenta en sobres, en maletines, en cuentas opacas; que viaja a la velocidad de la luz, se ingresa, se transfiere, se malversa, se declara, se oculta, se evade. De cada diez noticias, ocho tienen que ver con el dinero.

En una sociedad que ha perdido de vista otros valores, religiosos, culturales, sociales, ecológicos, el dinero se ha erguido como faro único y justificación de todos los anhelos, capaces de llevar a los seres humanos a verdaderos extravíos. El dinero impera absoluto, y no por delegación de derecho divino, ya que él mismo es Dios, el becerro de oro, Mamón. Y lo es en su característica esencial: la cantidad. Hay una contradicción siniestra entre la persistente escasez de dinero real, la sequía de crédito y liquidez que está ahogando la economía y la sobreabundancia de dinero nominal, las cifras astronómicas que se manejan al hablar de pérdidas bancarias, rescates a la banca, ahorros por los recortes, subvenciones en favor de instituciones privilegiadas, como la Iglesia. La cantidad desata la codicia, cuyo carácter irrefrenable es en parte culpable de la crisis. Basta con recordar las pensiones y compensaciones que se autoasignan los gestores de las cajas en quiebra.

Por supuesto todo ello  en un clima de corrupción generalizada que, por fin, ha escalado un segundo puesto en las preocupaciones de los españoles. Ha tardado porque el país está acostumbrado a la corrupción desde tiempo inmemorial. Prácticamente toda la dinastía de los Borbones ha convivido con ella: Fernando VII, Isabel II, la Restauración y la regencia del turnismo, la dictadura de Primo. En cuanto al franquismo, la época apacible, pura corrupción. Esa noticia de que el MI6 británico, que era un nido de espías soviéticos, tenía sobornados a los generales de Franco para que España no entrara en la guerra del lado del Eje prueba que el franquismo estuvo corrompido desde el inicio.

La corrupción es endémica y tradicional en España, de acuerdo. Y está bien señalar cómo la sociedad que la padece también incurre en ella. El tema del con IVA o sin IVA, para simplificar. Está bien, pero no es enteramente justo. La sociedad recurre a las corruptelas en muchos casos para sobrevivir y, en otros, porque carece de aliciente para comportarse otro modo y, por supuesto, de capacidad material para cambiar las cosas. Ese aliciente tiene que venir dado por la autoridad y los medios que, sin embargo, suelen ostentar comportamientos corruptos.

Por paradójico que pueda parecer, el gobierno de una democracia debe ser siempre una aristocracia, en el sentido etimológico del término. Debe ser el gobierno de los mejores, los que dan ejemplo de integridad, clarividencia y altura intelectual. ¿Sobre qué, si no, va a fundamentarse la función de liderazgo? Una sociedad no puede estar gobernada por unos pícaros, en cuya palabra y honradez no cree nadie, rehuyendo las explicaciones a la ciudadanía, abroncándola cuando las cosas se ponen feas y haciendo juegos malabares con sus declaraciones de la renta, -ahora la muestro; ahora, no- en medio de confusas pero muy engoladas declaraciones sobre la licitud de sus ingresos.

Y lo mismo sucede con los medios. En principio, al ser estos empresas privadas, no tienen por qué ajustarse a ningún código ético que no sea el marco legal. En este sentido no hay nada que decir de la decisión de Cebrián de autoasignarse un salario de un millón de euros al mes en PRISA. Es obvio que se encuentra en la franja alta del escalafón de codiciosos del país, pero ese es un asunto suyo de él con su conciencia. Al mismo tiempo, no puede olvidarse que los medios y especialmente El País, se ven en buena medida como censores, conciencias críticas de la sociedad y vigilantes del gobierno. Su función ejemplificadora es aquí bien clara. Sin embargo, también ellos se han plegado al predominio de dinero.

viernes, 19 de abril de 2013

¿Con qué dinero se paga todo esto?


Hay un viejo principio en economía que conocemos por sus pintorescas siglas en inglés: principio TANSTAAFL (con alguna variante, como TINSTAAFL), esto es, There Ain't Such a Thing As a Free Lunch, "No existe el almuerzo gratis". Sentido palmario: nadie da algo por nada. Es lógico que muchos economistas neoclásicos y, desde luego, neoliberales, en la escuela de Milton Friedman, lo consideren el núcleo de la ciencia económica. Era, desde luego, el faro de la vida de Margaret Thatcher quien no solo se rigió por su otro principio, también famoso, llamado TINA (There Is No Alternative), "No hay alternativa", como siempre sostienen los políticos conservadores sino también por el TANSTAAFL. No hay alternativa y no hay almuerzos gratis. Por todo hay que pagar. Muy bien.

Pero ¿quién?

Y ahí está el asunto, el busilis de la economía y de la política, así como de la ética y de otras ciencias y saberes adyacentes. ¿Quién paga? El gran éxito de la llamada revolución neoliberal consistió en convencer a la opinión de que el Estado del bienestar era un desastre y un despilfarro, además de tremendamente injusto porque se financiaba esquilmando a las clases medias (y altas; pero de esas se hablaba poco). Además de injusto, ese Estado era incompetente y retardatario porque al detraer recursos del sector privado para financiar el ruinoso régimen asistencial, se refrenaba la capacidad de crecimiento y acumulación de riqueza que es siempre el sector privado. Es decir, el Estado del bienestar, que pagaban las clases medias y altas, debía desaparecer porque era despilfarrador, injusto, inútil y contradictorio. Los recursos debían volver al sector privado por el bien de todos.

Fue un relato muy exitoso que caló en la sociedad. Lo cual ha permitido que gobiernen partidos de la derecha en Europa que aplican este criterio a través de un programa de privatizaciones y recortes del gasto público. Y lo que han conseguido, a primera vista, es borrar los límites entre lo privado y lo público, poniendo lo segundo al servicio de lo primero con toda claridad y financiándolo con los dineros del común.

El escándalo de Aznar que trae hoy en portada El País es descomunal. Va a significar un antes y un después en el asunto de la corrupción del PP. En los años más duros de la oposición al felipismo, la cúpula del PP, con Aznar a la cabeza, cobraba supuestamente suculentos sobresueldos por conceptos nebulosos y tortuosos. El mismo Aznar que se erigía en campeón de la lucha contra la corrupción socialista. Todavía resuenan sus "¡Váyase, señor González!" con la solemnidad de un puritano condenando el boato de una corte dispendiosa.

Breve digresión. Se recordará a Palinuro diciendo que, escandalosos como eran los papeles de Bárcenas, lo más gordo, la traca, debía de estar en los de los años de 1993 a 1997, que faltaban en una primera entrega. Ahí estarían los nombres. Ya ha aparecido el de Aznar. Pero sin duda habrá más y ahí puede estar la clave del silencio de La Moncloa. Y más nombres aun, algunos de los cuales asoman en el runrún de los artículos de Raúl del Pozo, quien dice haberlos visto. Fin de la digresión.

También se recordará que Aznar se querelló con la rapiudez del rayo contra El País por vincularlo con el cobro en negro. Con el titular de hoy, la cuestión ya no es si el irritable expresidente cobraba o no sino si lo que cobraba puede llamarse "negro" o "marrón" o lo que sea.

Por lo demás, TANSTAAFL. Esos dineros de "gastos de representación" estratosféricos salen de los dineros públicos. Porque, aunque según dice Bárcenas, él hacia contabilidad creativa con donativos de los empresarios a "título individual", esos dineros permitían destinar los otros con comodidad a otros fines del partido y, por tanto, pueden considerarse financiación ilegal. Financiación ilegal con fondos públicos para el partido que, según Aznar, era incompatible con la corrupción.

Con fondos públicos paga la Casa Real sus gastos en la defensa de la infanta Cristina, gastos que debieran salir de su bolsillo personal o del de su amantísimo padre. Pero el bolso personal del Rey está provisto igualmente con fondos públicos. Es decir, los contribuyentes tenemos que pagar los gastos de defensa de una persona a la que se acusa de haberse apropiado indebidamente de fondos públicos. Al parecer, el TANSTAAFL no funciona siempre o, para ciertos justiciables, no funciona nunca simplemente por ser ellos quienes son.

Los obispos han lanzado una campaña tremenda en contra de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo. Algunos prelados, como Reig Pla, recordando otras épocas, más acordes a su mentalidad, atribuye el aborto en España a una conjura internacional contra la humanidad, la conspiración judeo-masónica. Y el obispo Munilla, no menos inspirado, atribuye el aborto a un perverso designio del PSOE de acabar con los pobres. Para propalar esas agudas doctrinas, la jerarquía ha presupuestado una millonada  en cartelería, spots televisivos, cuñas de radio, panfletos, estampitas y lo que se tercie. ¿De dónde sale ese dinero? Del caudal de la Iglesia. Pero este es lo que, hasta la Segunda República, vino llamándose el presupuesto de culto y clero, consistente en trasferencias netas de fondos de las arcas del Estado a la Iglesia católica y que se mantiene al día de hoy con otros nombres, como asignación estatal a los gastos de esta confesión. El hecho es que la Iglesia financia sus campañas en contra del aborto con el dinero de los impuestos de muchos partidarios no del aborto (pues partidarios del aborto no hay) sino de que las mujeres puedan abortar.

La señora Cospedal entabla una acción judicial en contra de alguien que ha propalado un supuesto infundio o calumnia contra su marido y, al parecer, moviliza para ello los servicios jurídicos del gobierno autonómico que preside. Es decir, los ciudadanos tenemos que sufragar de nuestros bolsillos las gastos de defensa del marido de la presidenta de Castilla la Mancha por un asunto personal. Para esta gente parece no rezar el principio TANSTAAFL con el que nos infligen a los demás todo tipo de castigos y sacrificios.

El señor Carromero se mete en un lío en Cuba en cumplimiento de unas tareas encomendadas por su partido y hay que repatriarlo ya condenado, a costa ¿de quién? En principio del PP. Pero el PP se financia con dineros públicos. O sea, los ciudadanos tienen que costear la repatriación de un presunto agente del PP en Cuba igual que costean su salario como asesor municipal para lo cual no parece tener la menor capacitación. 

La corrupción es el problema principal de España, como ya certifica el barómetro del CIS, si bien este lo sitúa en segundo lugar, por detrás del paro. Cosa tampoco muy decisiva ya que, en gran medida, el paro es producto de la corrupción. La corrupción es la abolición de los límites entre lo público y lo privado, poniendo lo primero al servicio de lo segundo. 

Mientras esta lacra no se elimine, no se encuentre y castigue a los culpables, España no saldrá de la crisis. Es imposible con un presidente del gobierno que parece estar en los pápeles de Bárcenas, pero se niega a dar explicaciones. 

jueves, 31 de enero de 2013

¿De qué está hecho el capital?

El capital; no el dinero. El pobre dinero no tiene la culpa de nada. Cuando, en mis años mozos, traduje La filosofía del dinero, de Simmel, quedé convencido de que se trata de uno de los más maravillosos inventos de la humanidad. El dinero es la materialización de una idea, de algo que, en sí mismo, carece de consistencia: la idea del valor y la necesidad de medirlo. Por eso al principio la idea estaba adherida a la cosa que era valiosa normalmente por escasa, la moneda (que viene del latín Moneo, de Venus Moneta) era la cosa misma: la sal, la piel, la oveja, la vaca. Luego se descubrió el valor nominal y apareció el papel moneda, el dinero, que ya era rizar el rizo de la segunda abstracción. Pero el valor seguía midiéndose en términos de escasez.

Lo anterior se ve claramente con un ejemplo cotidiano: ¿es hoy el trabajo escaso? No, hay de sobra. El trabajo, por tanto, vale muy poco, casi nada. Y los salarios tienden a cero. Esto, sin duda, es inhumano, dado que el trabajo, la fuerza de trabajo, es todo con lo que cuenta la inmensa mayoría de la humanidad para sobrevivir. Pero la culpa no es del dinero, sino del capital que no son lo mismo, aunque a veces se confundan. No todos los ricos son capitalistas, pero seguramente todos los capitalistas serán ricos.

El capital es el dinero en acción, igual que el viento es el aire en movimiento. El capital es una relación social, como decía Marx. Esa relación se da en una sociedad con una determinada distribución del dinero, de la riqueza, en la que algunos tratan de incrementar la suya a base de cambiar la vida de los demás. Es entonces cuando actúan como capital y pueden hacerlo de modo legal o ilegal, moral o inmoral. El capital tiende a saltarse la legalidad y la moralidad, las que experimenta siempre como enojosas restricciones al logro de su objetivo del máximo lucro. Un ejemplo bien claro y evidente es la noticia de que algunas afamadas empresas españolas o extranjeras pero con presencia en España explotan trabajo infantil en otros continentes. Y, de seguir las cosas así, quizá se haga también en este y en este país.

Le viene de antiguo al capital. Prácticamente todas las empresas capitalistas del mundo comenzaron con eso que los economistas llaman "acumulación primitiva" de capital. Fundamentalmente actividades de robo, saqueo, piratería o rapiña luego consagradas con el paso del tiempo y las leyes y hasta ennoblecidas. El capital tiende al delito como la cabra al monte. Por eso se inventaron las regulaciones, intervenciones, legislaciones que el capital está siempre tratando de sacudirse. Es legítimo preguntarse ¿de qué está hecho el capital?

Pues básicamente de lo que un juez -obligado siempre a hablar de casos y personas concretas- acaba de dictaminar en el de Urdangarin, que este está poseído por un desmedido afán de lucro. Un desmedido afán de lucro lleva a alguien a traspasar la línea de la legalidad y jugarse su buen nombre y el de los suyos en actividades empresariales, de acumulación primitiva, en las que todo vale, el nombre del Rey o de una amiga del Rey.

Más o menos lo mismo que impulsa a Bárcenas. Sus actividades empresariales parecen ser muy variadas, desde el sector agropecuario al comercio de obras de arte. Pero están fundamentadas en un dinero acumulado de modo presuntamente ilícito. El capitalista, ya se sabe, tiende a ignorar las barreras legales y, cuando estas se levantan, a aprovecharse de ello. Por eso Bárcenas se acogió a la amnistía fiscal de su compañero de partido, el ministro Montoro. Y, de paso, ha creado un nuevo problema político al gobierno. Sin duda por orden de este, Hacienda se columpió negando en declaración pública que Bárcenas se hubiera acogido a la amnistía fiscal. Bárcenas ha probado ante el juez que, en efecto, "blanqueó" casi once millones de euros. Es decir: ahí, señoría, están once milloncejos del ala, "regularizados", como dice la ley y no "blanqueados", como dice la chusma. De los otros once hasta los veintidós que había en un principio, aquí nadie sabe nada.

¿De qué está hecho el capital? De lo que dice el juez, "el desmedido afán de lucro". Y otro día hablamos de la Iglesia.

miércoles, 9 de mayo de 2012

La banca o la vida.

La economía en general y las finanzas en particular son territorios de números, la base misma de las matemáticas, la única ciencia exacta que hay. Parecería que los conocimientos que tengamos sobre ellas debieran ser ciertos. Nada más lejos de la realidad. Resulta imposible decir a primera vista si un banco es una institución robusta, saneada, con energía y planes de expansión como dice Rato que es Bankia o si, por el contrario, se trata de una entidad quebrada que no puede hacer frente a sus compromisos por unas u otras razones. Obsérvese que no se trata de una discrepancia de matiz, sino de dos interpretaciones antagónicas y excluyentes, lo cual produce necesariamente perplejidad, desconcierto y temor entre la gente. La banca es el sector de la economía más afectado por las cuestiones del buen nombre. Una sombra de una duda puede desencadenar un pánico bancario, la peor de las hipótesis. Si todavía no se ha producido no será por falta de irresponsabilidad de los gobernantes que dan la impresión de creer que el cuarto banco del país es como la concesión de un kiosco. Si no se ha producido es porque la población es madura, fía en las promesas del anterior gobierno de garantizar las imposiciones y, además, está ya acostumbrada a estos sobresaltos inexplicables, estos tumbos misteriosos de los ciclos que recuerdan la atribución clásica que se hacía de ella al carácter caprichoso y tornadizo de la diosa Fortuna. Y no muy lejos de esta creencia andamos ahora cuando atribuimos de antemano a una medida un efecto determinado que no solamente no se produce sino que da lugar al contrario.
Al comienzo de la crisis, Zapatero tomó un día el escenario para tranquilizar a los españoles asegurándoles que el sistema financiero patrio era sólido como una roca porque ya se había purgado de los famosos activos tóxicos que daban entonces problemas en la banca de ambas orillas del Atlántico. Lo que Zapatero probablemente no sabía, lo cual es casi tan imperdonable como si lo sabía aunque por otros motivos, era que la banca española había generado sus propios activos y tóxicos y estaba en peor situación que las demás, con unas cantidades de morosos, impagos y ejecuciones que habían superado la capacidad de las instituciones de asimilarlas.
Así que la habilidad de la banca ha consistido en convencer a los gobiernos de que la única forma de salir de la crisis es socializando sus pérdidas por el ladrillo. Solo así se sanearán, el mercado interbancario se calmará y los bancos abrirán de nuevo el grifo del crédito. Y ¿de dónde saldrá el dinero para hacer frente a esas obligaciones? De todos los demás capítulos, preferentemente los del Estado del bienestar que, como los gastos en cultura, nunca han sido prioritarios para los banqueros.
La moraleja de esta crisis es que la banca, concretamente la banca estadounidense provocó la crisis al exportar al mundo entero los activos tóxicos que se habían generado en su burbuja inmobiliaria. La crisis se extiende a todo el sistema bancario y los Estados (muchos de ellos convencidos neoliberales) tienen que intervenir de un modo u otro para estabilizar el sistema financiero. La misma banca que ha provocado la crisis se postula ahora para resolverla siempre que antes se la libere de la necesidad de hacer frente a las consecuencias de sus errores e, incluso, presuntos delitos. Y es así cómo, si los gobiernos aceptan el dictado de estas condiciones, se convierten en agentes de la exacción universal a que la banca pretende someter a las sociedades, en colaboradores de una situación en la que la gente sacrifica su vida a la banca y vive únicamente para saciar la insaciable sed de beneficios de los bancos.
Es una opción difícil de formular políticamente, pero es preciso hacerlo para que la expresión del retorno al humanismo, que empieza a oírse por ahí tenga algún sentido. Y tampoco lo será tanto teniendo en cuenta que consiste en recordar lo obvio: que los mercados y los bancos se hicieron para las personas pero no al revés. En España esto podría pensarse si el PSOE se decidiera a acometer lo que ya le han pedido muchos, empezando por Palinuro hace unos días: traducir al español el programa de Hollande, ya que no puede hacer uno mejor, adaptarlo al casticismo hispánico, pronunciándose claramente respecto a la monarquía y la iglesia y hacerlo suyo en las próximas elecciones.

(La imagen es una foto de bsterling, bajo licencia de Creative Commons. En ella, según la leyenda, se encuentran los tres bancos emisores: Bank of China, HSBC (Hongkong and Shanghai Banking Corporation), y Standard Chartered Bank.- Eso sí que es un nuevo mundo).

viernes, 2 de marzo de 2012

El dinero y el tiempo.

La Unión Europea no flexibiliza el objetivo del déficit que se queda en ese asfixiante 4,4% del PIB hasta mayo. Rajoy se vuelve por donde se fue. Si esto le pasa a Rodríguez Zapatero, al llegar, lo hubieran recibido a pedradas. Rajoy no tiene detrás un Aznar diciendo a quien quiera oírle que España no puede pagar ni el recibo de la funeraria.

Igual que hace con Grecia, la Unión no da dinero; da tiempo. "El tiempo es oro" decía, al parecer, Franklin y de ahí sacó mucha punta Max Weber. Pero, además de oro, el tiempo puede ser plomo; plomo en las alas. En realidad, la Unión no rebaja el importe de la deuda sino que lo "renegocia" y, por ende, lo encarece. Con eso el país no podrá remontar el vuelo y, si lo remonta, no será como reina en el vuelo nupcial sino como zángano.

El tiempo, el tiempo comprado, es además exasperante y no va a apaciguar los ánimos cada vez más encendidos. Y cada vez lo están más según se ve que, mientras la mayoría de la gente lo pasa mal, unos cuantos se llevan fortunas por las buenas o por la no tan buenas. Del fondo común.

(La imagen es una foto en el dominio público.)

jueves, 27 de octubre de 2011

El baile de los millones.

Hacia 1975 traduje al español La filosofía del dinero (*), de Georg Simmel, su obra principal, junto a la Sociología. En ella, el ilustre filósofo, a quien la Universidad guillermina negó el acceso a la cátedra hasta poco antes de su muerte por ser judío, estudiaba el dinero desde el punto de vista histórico, filosófico, psicológico y sociológico. Todos menos el económico. Me consideré entonces suficientemente informado para seguir averiguando sobre tan abstruso tema y pronto descubrí que, cuanto más aprendía, menos sabía. El dinero es algo especialmente incomprensible. Por un lado es una realidad, una sustancia, tiene forma. Es más, puede tener todas las formas, desde un puñado de sal hasta un doblón castellano de a ocho, desde una vaca a una letra de cambio o una tarjeta de plástico. El dinero es proteico, tiene todas las formas y, por lo tanto, no tiene ninguna. Algo que resultaba fascinante para Simmel, el maestro del formalismo.

Se da además la circunstancia de que las formas dinerarias, en sí mismas, pueden ser insignificantes. Lo que vale en un billete de quinientos euros no es el papel en que están impresos sino esos quinientos euros que no son otra cosa que un enunciado, un titulo; es decir, el valor nominal que, para más lío, puede no coincidir con el valor real.

La indagación sobre el dinero es también problemática porque, a diferencia de otros objetos de estudio, se pega al estudioso como si fuera su piel y no permite el distanciamiento de otras investigaciones. El botánico sólo entra en contacto con sus plantas cuando va su laboratorio o sus cultivos; el que estudia el dinero lo lleva todo el día en el bolsillo y, mientras calcula millones, paga el colegio de los niños o compra una camisa. Y no solamente es como la piel del investigador; también incide en su mundo interior, levanta pasiones, ciega, impulsa a la locura o al crimen. Su objetividad es nada comparada con su subjetividad y no hablemos de su intersubjetividad.

El dinero no tiene definición porque decir, como hace el DRAE, que es la "moneda corriente" es tocar el agua con la punta del dedo. El dinero es un medio de cambio, el medio de cambio universal, el que permite comparar los valores de las cosas por lo que, en principio, no debiera añadirles ni restarles nada, igual que sucede con el número uno, que es divisor y multiplicador universal y no añade ni resta nada. Cualquier número multiplicado o dividido por uno sigue siendo él mismo. Con el dinero, sin embargo, eso no sucede. Por muchas veces que se multiplique un número por uno sigue siendo ese número, pero, por utilizar un estupendo ejemplo de Simmel, si subo el precio del billete de unos vagones de un ferrocarril sin que haya diferencia alguna con los otros, esos vagones pasan a ser "de primera" y tienen más valor y valor real, por ejemplo, el hecho que señala Simmel de que quien compra ese billete sabe que el vagón no estará abarrotado. ¿Qué ocurre? Que, además de una realidad sin forma, de la moneda corriente y del medio de cambio, el dinero es también una relación social.

El dinero, como la distancia, puede ser infinito y, por lo tanto, incomprensible. Todos vivimos en un mundo de magnitudes inteligibles. Sabemos la distancia de casa al trabajo; de Madrid a Segovia; de Pekín a California. Pero si un astrónomo dice que una estrella está a tres mil millones de años luz, la magnitud deja de tener sentido. Lo mismo que cuando los políticos dicen que el fondo de rescate tendrá un billón de euros, algo tan difícil de entender como las distancias siderales. Pero con una diferencia sustancial: las distancias están ahí; no van ni vienen, pero los billones sí, vienen de algún sitio y van a alguna parte. En ese momento la incapacidad de comprender se convierte en un abuso, un latrocinio, una injusticia.

La inmensa mayoría de la gente calcula el dinero en cientos o miles de euros, ni sueñan con hacerlo en millones y los billones supera lo imaginable. Pero todos barruntan que esos miles de millones, billones, salen de la riqueza de las sociedades, de los sueldos, los ahorros, las pensiones, los seguros de todos y desaparecen en el torbellino de una inacabable crisis bancaria en la que quienes han causado las mayores catástrofes se llevan sueldos y pensiones estratosféricos mientras más y más familias se hunden por debajo de la línea de la pobreza y la gente pierde sus casas a miles. Ese frenesí recapitalizador de la banca muestra la intención de los gobernantes europeos de socializar las pérdidas de Grecia haciendo que la quita de su deuda la financien los impositores de los bancos. La incompetencia y la codicia de estos los ha llevado a convertirse en lo contrario de lo que debieran ser porque los bancos están para financiar y hacer crecer la economía, no para estrangularla.

De ahí ese incomprensible baile de miles de millones que penden sobre los europeos con la amenaza de colapso del euro, ese dinero artificial que quizá tenga tantas posibilidades de consolidarse como el esperanto de ser la lengua universal.



Adjunto un vínculo a un interesante artículo/reportaje sobre esta crisis devastadora y aparentemente incomprensible, aparecido en Periodismo humano, bajo el titulo ¿Quién entiende esta crisis y quién se la explica a Europa?, del que es autora Luna Bolívar. En él Palinuro larga en abundancia en compañía de otros académicos que valen más que él. Lectura provechosa.



(*) George Simmel (1975) Filosofía del dinero, Madrid, Instituto de Estudios Políticos. Hay una reimpresión más reciente, Georg Simmel (2003) Filosofía del dinero, Granada, Comares.



(La imagen es una foto de Howard Lake, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 10 de octubre de 2011

El precio del dinero.

Hay algo obsceno, inmoral, inhumano en el modo en que se reciben e interiorizan las noticias sobre el dinero que cada vez con más bestialidad, como si fueran los jinetes del Apocalipsis, van jalonando esta crisis que todos consideran financiera, es decir, del dinero. Algo que debiera considerarse antes de que la absurda conversión de un medio en un fin en sí mismo acabe llevando el mundo a una situación sin salida.

No se hablará aquí de lo que está pasando en Europa, en donde los poderes públicos corren prestos en auxilio de un banco que habrá cometido todo tipo de fechorías, mientras permiten que países enteros, como Grecia, se hundan en la ruina y su población en la miseria, con ser ello ya bastante repugnante. Tampoco se hablará de que, a su vez, estos mismos países, de nuevo Grecia, empobrezcan a sus habitantes mientras emplean el dinero que no tienen en comprar cuatrocientos carros de combate a los Estados Unidos con el único fin pensable de emplearlos contra sus propios ciudadanos si elevan el tono de sus protestas; cosa no menos repugnante que la anterior.

Este post se limitará a España, lugar en el que se dan máximos ejemplos de obscenidad en las injusticias del dinero sin que sea necesario ir a buscarlos fuera. En un país en el que el salario mínimo interprofesional es de 641,40 euros (y eso los que lo cobran) hay cajas de ahorros al borde del desastre, mal gestionadas, si no delictivamente, y cuyos directivos pueden llevarse, por ejemplo, cuatro millones de euros de indemnización por barba, es decir, más de seis mil veces el salario mínimo interprofesional. Como el dinero es un medio de cambio y el cambio se hace siempre cuantificando, resulta que cada uno de estos inútiles que han arruinado algunas cajas, vale por seis mil ciudadanos, muchos de los cuales, a su vez, si no todos, valen bastante más que él. Una catarata de dinero para premiar la incompetencia cuando no el fraude y la corrupción y que en realidad es una deslegitimación radical del sistema que lo tolera.

Porque es el sistema. Los beneficiados no hacen otra cosa que aprovecharse de las posibilidades que éste ofrece. Ninguna autoridad monetaria, financiera, económica del país ha salido al paso de semejante gatuperio. Estas autoridades, en el fondo, son cómplices. Hierve la sangre al escuchar al gobernador del Banco de España insistir en que hay que bajar los sueldos cuando el suyo el año pasado, después de una rebaja del quince por ciento "para dar ejemplo" era de 165.026 euros brutos, un 111 por ciento más que el del presidente del Gobierno. 165.000 euros brutos al año por no saber gestionar una crisis y permitir que las cajas parezcan cuevas de ladrones. Porque ¿qué hace falta para estar al frente de una de esas cuevas y forrarse el riñón para siempre? Enchufe y sólo enchufe, como siempre en el país.

Y del rey abajo, todos. No menos obscenos son los salarios, prebendas y bicocas de cientos, si no miles de consejeros, asesores, personas de confianza y altos cargos digitales. Camps, a punto de comparecer ante el juez acusado de un delito de cohecho, cobra un sueldo público de 57.586 euros anuales como miembro del Consell Consultiu y cuenta con coche oficial y secretaria. Los miembros del Consejo de Administración de RTVE, que hace una fechas pretendían imponer la censura en el medio cobran cantidades astronómicas y cuentan con numerosos privilegios a cambio de atentar contra el derecho a la información de los españoles. Un espectáculo bochornoso. Una caterva de asesores se forra literalmente a cambio de aconsejar a un político sin escrúpulos cómo burlar la ley en su gestión.

La clase política en su conjunto contribuye al espectáculo con fervor. Los diputados tienen un régimen de retribuciones, privilegios, pensiones y gajes varios al que debieran renunciar, ajustándolo a lo que moralmente puede defenderse en España hoy dadas las circunstancias. Esos alcaldes de poblaciones de veinte o treinta mil habitantes que se adjudican sueldos estratosféricos también superiores al del presidente del Gobierno son ejemplos de esta situación general de inmoralidad y abuso.

Después, los más demagogos entre ellos fingen asombrarse de la indignación que estas costumbres provocan cuando lo asombroso es que tal indignación no se haya transformado ya en un estallido social. Porque el asunto es muy sencillo. No es necesario poseer grandes conocimientos de la ciencia económica ni discutir sobre alambicadas fórmulas y políticas económicas de uno u otro tipo, que si la demanda, la oferta, el ahorro o el gasto. Basta con adoptar una regla muy simple que todo el mundo entiende y, generalmente, aprueba. Basta con que sólo cobren del erario público quienes realicen un trabajo real y útil y que lo hagan de acuerdo con su productividad, esto es, que se apliquen el criterio que pretenden imponer al sector privado. Y, ya en éste, que ese criterio se aplique no solamente a los salarios sino también a los beneficios.

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