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jueves, 7 de julio de 2016

El arte y el género

El festival anual de Photo España, que sigo de modo intermitente, organiza exposiciones individuales o colectivas en distintos puntos del país y en muy diverso tipo de establecimientos e instituciones. Gracias a ese criterio de descentralización, Palinuro ha puesto sus pies por primera vez en su vida en una tienda de Loewe, en concreto, la de la Gran Vía de Madrid, nº 4. El motivo: una exposición retrospectiva de la obra de la fotógrafa Lucia Moholy (Praga, 1894- Zurich 1989). La tienda en sí misma ya es digna de verse por su descarada excentricidad decorativa, hecha de culto al lujo, sublimado como exquisito buen gusto minimalista. Los espacios son de tonalidad cálida y los objetos, bolsos, guantes, maletines, pierden su condición de mercancías, convertidos casi en piezas de museo que combinan la apariencia de originalidad y exclusividad con el hecho de que tienen precio. El interiorismo de Loewe confunde el mercado de la ilusión con la ilusión del mercado. Y el personal que atiende, de trato refinado, parece compuesto por extraterrestres por la indumentaria.

Supongo que Palinuro carece de especial competencia para valorar los méritos estéticos de la empresa. Además, no fue a ver Loewe, sino la obra de Lucia Moholy que allí se expone. Está en el sótano,con una cuidada iluminación, una buena muestra comisariada por María Millán que reúne medio centenar de fotografías de la autora durante unos quince años de su vida y con relativa variedad de temas siendo el más importante la Bauhaus y las personas con las que allí convivió.

La Bauhaus es el episodio decisivo en la vida de Moholy (nacida Lucia Schulz, judía checa germanohablante), el que decidió su destino. Había estudiado Filosofía e Historia del Arte en la Universidad, una de las escasas mujeres con acceso a estudios superiores a primeros de siglo XX. Sin duda, una personalidad. Pronto desarrolló vocación libresca y, aparte de escribir libros (publicando bajo el pseudónimo de Ulrich Steffen), los editaba, trabajando para importantes editoriales como Hyperion o Rowohlt. Su matrimonio con Laszlo Moholy-Nagy le cambió la vida. Contratado el marido en la Bauhaus como maestro, la pareja se instaló en la escuela, primero en Weimar y luego en Dessau. Durante aquellos años, Lucia cursó concienzudos estudios de fotografía, artes plásticas, diseño (lo habitual en la Bauhaus) y se convirtió en la fotógrafa de la institución. Muchas de las fotos en la exposición vienen de esa época: algún autorretrato; uno con su marido y una técnica que no conozco y me recuerda la solarización de Man Ray, aunque sin mucha fuerza; retratos de Kandinsky, de Paul Klee, de Walter Gropius; fotografías del exterior y los interiores de la Bauhaus que, además servían como medios para variar la decoración; objetos creados por los artistas que convivieron en aquella curiosa experiencia de una especie de comunidad, empeñada en fundir el arte con la tecnología y el diseño. Su integración en la vida de la Bauhaus y en la carrera de su marido fue total.

Llegaron los nazis, el matrimonio se separó y ambos emigraron por vías separadas a Inglaterra. Allí, Lucia se establecíó como artista gráfica, crítica de arte, y trabajó en diversos proyectos internacionales como fotógrafa y cineasta, alguno de los cuales, de la UNESCO, le permitió viajar frecuentemente a lugares apartados. Esto abrió mucho su temática sin pérdida de interés ni calidad. La parte de la obra de Moholy que más me gusta, aparte de la iconografía de la Bauhaus, es la de los retratos, unos primeros planos tan nítidos y profundos, que suelen considerarse como unos de los iniciadores de la nueva objetividad, un movimiento revolucionario en su tiempo.

Esta exposición debe contribuir, según palabras de la comisaria, a re-evaluar la obra de una artista injustamente olvidada. Sea. Pero llama la atención esa circunstancia de que haya sido olvidada. Lógico, se dirá, ella misma, al casarse con Moholy-Nagy y sacrificarle su carrera, quedó ensombrecida por el brillo del cónyuge. Sí y no. En primer lugar, tampoco Moholy-Nagy brillaba tanto y, en segundo, ella misma había interiorizado ya antes esa posición de subalternidad. Tal debe de ser la razón por la que firmaba sus libros con pseudónimo masculino. Es una situación que da que pensar acerca de lo mucho que queda para vivir en sociedades con igualdad verdadera de géneros. Si se consigue alguna vez.

viernes, 30 de octubre de 2015

Estética del artesano.


La exposición de la Fundación Juan March, de Madrid, sobre Max Bill (1908-1994) es la primera que se hace en España sobre este artista, natural de Winterthur (la ciudad en que se fabrican casi todos los relojes suizos) y es, por tanto, una ocasión única para contemplar una muestra muy condensada y completa de su variadísima obra. Una obra que se adentra en la pintura, la escultura (piedra y metal), el grabado, la arquitectura, el dibujo, el interiorismo, el diseño y fabricación de objetos (sobre todo, claro, relojes), muebles, la impresión e ilustración de libros, los carteles, la publicidad. Prácticamente no hay campo de las artes gráficas y plásticas que Bill no haya tocado. En los juicios sobre su persona se repiten expresiones como "hombre universal", "artista del Renacimiento", "personalidad polifacética". Todas ellas, muy ciertas, presentan un creador de gran actividad y capacidad de trabajo, de mucho tesón, digno discípulo de la Bauhaus, en la que se educó artísticamente, bajo la influencia de Walter Gropius y Moholy-Nagy, cuyas concepciones modernistas y decorativas están presentes en su obra.

La exposición, comisariada por su su hijo, Jakob Bill, es muy completa, está muy bien organizada y saca el máximo partido a las 170 obras exhibidas, cosa importante cuando se trata de un arte con una esencia tan fuertemente ornamental. Es un placer pasear por ella, muy bien iluminada y con una sabia repartición de las piezas, generalmente de vivos colores, también combinados con mucho gusto y un notable sentido de la armonía y el equilibrio. Ni una tacha.  No hay duda, Bill es un hombre con gusto refinado que impregna lo que toque o fabrique: relojes, sillas, mesas, taburetes, máquinas de escribir, libros, cuadros, carteles, todo. Tiene una inmensa versatilidad y una casi infinita capacidad para reproducir una gran variedad de estilos.

Lo que no tiene es genio. Su trabajo está muy bien, alcanza un nivel medio alto, pero siempre constante. Es un buen y concienzudo artesano, pero carece de esa chispa, esa lumbre, ese fogonazo que se revela en los cuadros, las esculturas, las obras de los verdaderos creadores. Su grafismo es frío y su ornamentalismo como distanciado. Incluso lo que se presenta como algo rompedor, por ejemplo, unas esculturas de latón brillante muy bonitas especie de cintas de Moebius, parecen sometidas a regularidad y disciplina. Es muy agradable contemplar sus cuadros, composiciones geométricas de colores y en ellas se ve a Kandinsky, a Mondrian, incluso a Matisse en cosa de colores, pero escasa originalidad. De hecho, así se confiesa en el título de uno de sus trabajos más conocidos: Max Bill: obras de arte multiplicadas como originales (1938-1994). Sus esculturas traen ecos de Giacometti y Moore y, por supuesto, los muebles y edificios, de la Bauhaus, su alma mater. La cartelería remite al dadaísmo y el futurismo con tintes modernistas.

El arte no tiene reglas ni fronteras. Y si Morris, Ruskin y otros consiguieron convencer al mundo de que el movimiento de arts and crafts era una corriente artística, con el mismo derecho podían hacerlo la Bauhaus y Max Bill, uno de sus más brillantes alumnos.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

El diseño oculto.


Al dar cuenta de la exposición de González Palma, prometí hablar de otra también albergada en la Fundación Telefónica sobre el conjunto de la obra de Alberto Corazón. Una retrospectiva completa que abarca cincuenta años de diseño gráfico, de fines de los años sesenta a hoy, en la que podemos rastrear indirectamente la evolución del país y directamente la del autor. A lo largo de ella, este, que es también pintor y ocasional escritor que reflexiona sobre su obra y su oficio, tiene un concepto reiteradamente modesto de sí mismo. Dice que el diseñador no es un artista, sino un profesional, subrayando así una visión diríamos artesana de su quehacer que, sin embargo, la realidad se ha encargado de resituar con justicia pues Corazón posee el premio nacional de diseño y es académico de la Real Academia de Bellas Artes, cosa que él mismo interpreta como un espaldarazo a la consideración del diseño como arte.

Conocí en Alberto Corazón en los años sesenta en la Facultad de Ciencias Políticas, que era la nuestra, pero no lo traté porque, siendo él un año y pico o dos mayor que yo, pertenecía a un círculo en el que destacaban otras gentes que admiraba y admiro, como el fallecido Alberto Méndez, el autor de los girasoles ciegos y otros seniors para mí, que era por entonces un mocoso. Pero, aun sin tratarlo directamente, me lo he ido encontrando a lo largo de la vida, como todos los de mi generación y aficiones estéticas y orientaciones políticas. Desde fines de los años sesenta, todavía en la Dictadura, Alberto Corazón dominaba el diseño de los libros que los rojos leíamos y en muchos casos, seguimos leyendo. Comenzó la aventura con la editorial Ciencia Nueva. Siempre he supuesto que la referencia a Vico vendría de los hermanos Méndez. Sobre unas portadas sobrias, elegantes, serias y muy innovadoras, umbral de obras como Ciencia y Política en el mundo antiguo, de Benjamin Farrington, Thomas Münzer, teólogo de la revolucion, de Ernst Bloch, hemos discutido a veces tardes y hasta noches enteras. Autores más o menos marxistas que, en lugar de dar vueltas autocomplacientes al propio marxismo, lo empleaban como verdadero instrumento para la elucidación de otras cuestiones, filosóficas (Avicena y la izquierda aristotélica), arqueológicas (La evolución de la sociedad, de Gordon Childe) etc. La colección de "clasicos" (Larra, Lucrecio, Herzen, Marx) también tuvo muy buena acogida. Conservo muchos de estos títulos, bastante manoseados, por cierto.

La censura franquista obligó a cerrar la editorial, pero no puso fin a la relación de Corazón con los libros y con determinados libros. Él mismo se convirtió en editor. Comunicación Alberto Corazón Editor  tenía un contenido mucho más actual y más especializado en los campos de la comunicación, la semiótica, el lenguaje en los que el vanguardismo del contenido corría parejo con la originalidad de la presentación. Aún hoy puedo reconocer cualquier libro de esa editorial con los ojos cerrados, al tacto. Más tarde, otras empresas editoriales recurrieron a él, Ariel, Castellote, Morata, de forma que Corazón siguió ampliando su presencia en nuestros anaqueles, repletos de obras de intencionalidad política, crítica, revolucionaria. Después, en su desarrollo profesional, dio el paso a ilustrar libros de carácter más comercial, de texto, etc, para Anaya y, a través de ella, la fundación Sánchez Rupérez para la que siguió trabajando.

Al tiempo que realizaba su obra propia y publicaba ensayo sobre su vocación y actividad profesional amplió esta al diseño de revistas (Nuestra Bandera, el órgano teórico del PCE, partido al que imagino, aunque no lo sé de cierto, se sentía cercano) y sobre todo la cartelería, singularmente para representaciones de teatro clásico (Lope, Calderón, etc) o de vanguardia (Weiss, Handke, Kafka, etc) obras que los rojos íbamos a ver no diré que religiosamente porque sería un contrasentido pero con pasión.

Alberto Corazón ha sido, pues, una presencia gráfica, colorida pero innominada,en la vida de mucha gente y, desde luego, en la mía. Lo he encontrado en una especie de diálogo con el pop, lo he podido comparar en algún momento con productos como los del Equipo Crónica y, desde luego, lo he visto muy relacionado con las propuestas gráficas de los situacionistas, cuando utiliza imágenes de publicaciones gráficas populares, comics, etc., reformulando las leyendas.

Luego, su actividad ha conocido una insólita expansión, casi industrial y ese es el verdadero hallazgo de esta exposición. El diseño gráfico se pone al servicio de las identidades corporativas y la propuesta de logos comerciales y aquí es donde el visitante, de pronto descubre que no solamente hay un Alberto Corazón audaz diseñador instalado en la memoria, sino otro, una verdadera empresa comercial que condiciona el horizonte visual cotidiano de millones de personas. No exagero. Una lista expurgada de las instituciones y empresas cuyas identidades corporativas, marcas y logos son obra de Alberto Corazón no me dejará mentir: el MOPU, la Universidad Autónoma de Madrid, la empresa DAGU, la Fundación Germán Sánchez Rupérez, Paradores Nacionales, Ferrovial, la Junta de Andalucía, la ONCE, MAPFRE, FEVE, etc. Raro será el día en que no nos topemos con algún producto del trabajo de este hombre cuya fuerza creadora es tan elegante como inagotable. ¡Hasta resulta haber diseñado el logo de mi Universidad, la UNED, y el de mi Facultad, que es la suya!

Todo un descubrimiento de pasado y presente esta retrospectiva de la obra de Alberto Corazón, gran creador del diseño gráfico y nieto de hortelano, como él mismo gusta de calificarse.