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sábado, 28 de noviembre de 2015

El señor de las moscas.

En el teatro del Centro Conde Duque de Madrid, la Joven Compañía trae la adaptación que en su día hiciera Nigel Williams de la novela de William Golding El señor de las moscas (1954). La he pillado de milagro, pues acaba hoy, sábado, pero estoy seguro de que se repondrá pronto pues tanto la adaptación como la dirección de José Luis Arellano y la interpretación son espléndidas.

Como se sabe, Golding escribió su novela en respuesta a otra de R. M. Ballantyne, la isla de coral, publicada a mediados del siglo XIX, un relato de la saga Robinsón, con tres adolescentes náufragos en una isla deshabitada, una historia de propaganda jingoísta, que sigue teniendo bastante éxito ciento cincuenta años después. Los adolescentes no solo sobreviven en una situación casi idílica, sino que  hacen el bien en torno suyo: impiden crímenes, actos de canibalismo, liberan prisioneros, ganan almas para Dios y civilizan lejanas tierras. El objetivo es ensalzar la superioridad del hombre blanco, civilizado, cristiano e... inglés.

La novela de Golding es lo contrario. Como una distopía es lo contrario de una eutopía. Allí donde Ballantyne proseguía la leyenda de la antropología optimista del buen salvaje, al estilo de Pablo y Virginia, Golding se apunta a la antropología pesimista, más al  de Hobbes cuando dice que, en el estado de naturaleza, la vida del hombre es  solitary, poor, nasty, brutish and short.

Los diez o doce adolescentes de El señor de las moscas, tratan en un principio de sobrevivir en las condiciones extremas en que se hallan en una isla desierta del Mar del Sur a la que han llegado después de que se accidentara el avión que los evacuaba de Inglaterra en la guerra mundial. Intentan establecer los fundamentos de un orden social civilizado, basado en normas consensuadas por medios democráticos y decisión de la mayoría pero, poco a poco, van retrocediendo en su disciplina social, cayendo en comportamientos más y más conflictivos, agresivos, hasta que se produce una involución total y los muchachos escolares de diversos colegios ingleses se convierten en una horda de salvajes, crueles, criminales, dominados por el miedo, la superstición y el fanatismo enajenador. Toda traza de civilización se pierde, los personajes están movidos por pasiones y bajos instintos, renuncian al juicio, se dejan someter por el terror a puras imaginaciones e invenciones. Se entrematan.

El señor de las moscas es un verdadero tratado de filosofía moral y política en forma de relato literario y teatral. Nada garantiza el mantenimiento de la condición humana civilizada pues el factor de destrucción anida en el interior de las personas. Nuestros personajes viven aterrorizados porque dan en imaginar que la isla está habitada por una bestia cruel. Y el momento culminante es cuando el Señor de las Moscas (por cierto, el nombre de Belcebú en la Biblia) les advierte que, en realidad habita dentro de ellos mismos.

La historia está narrada con mucha maestría (que se recoge en la versión teatral), conjugando elementos simbólicos con relato realista y profundidad en el análisis psicológico de los personales. Entre los muchachos encontramos los tipos habituales de la convivencia humana en un mundo ordenado: el intelectual con juicio crítico pero sin empuje de acción; el líder de base democrática; el de base autocrática o dictador; el contemplativo con imaginaciones místicas; el de temperamento de sicario; el dubitativo e inseguro; el incrédulo, el cínico y los fervoroso y "auténticos" creyentes, dispuestos a no pensar y hacer lo que se les ordena.

El señor de las moscas es una magnífica parábola de la vida del hombre como animal racional en condiciones extremas que años más tarde algún necio convirtió en programas de televisión en los que se simulan situaciones parecidas. Como si el hecho de que la gente sepa que es objeto de espectáculo en millones de casas no falseara su comportamiento y convirtiera todo el montaje en una pura mamarrachada.

Por descontado, el oficial de marina que aparece al final (aquí convertido en un aviador) es un anticlimax. De pronto, aquellos salvajes sanguinarios y brutales, retornan el estado de la infancia en el que en realidad se encuentran. Y queda claro que, cuando desaparecen las normas de convivencia y la autoridad que las respalda, el individuo retorna al más brutal estado de naturaleza... aunque sea inglés. 

viernes, 22 de mayo de 2015

Que mujeres y criados pueden revolver a España
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Descubierta en 2010 en la biblioteca nacional, en donde yacía olvidada desde los dioses sabrán cuándo, esta comedia de enredo, escrita por Lope en 1610, llevaba más de cuatrocientos años sin asomarse a los escenarios, si es que se representó alguna vez.

Comprenderá el lector que no íbamos a perdernos una ocasión de este calibre, una première en diferido del siglo de Oro en el Teatro Español. De milagro que no nos presentamos tocados con chambergos de vistosos plumajes. Y fue un acierto. La obra es magnífica dentro de su simpleza. "Años de madurez" del fénix de los ingenios, dicen los cronistas. Con sobrada razón. Oficio tenía el maestro hasta escribiendo al tresbolillo. Los versos fluyen encadenados, solapados, invaden la imaginación y la zarandean, se entretienen, filosofan y trazan la genealogía del genio poético de la humanidad con la obvia intención de insertarse en el Parnaso. Todo eso sin esfuerzo y casi sin argumento, dejando hablar a los personajes que dibujan un cuadro cómico de la España de entonces (y ahora) entre nobles afectados, hidalgos ridículos, y gentilhombres más cercanos a la Commedia dell'Arte que a la recia tradición del teatro español.

La obra contiene elementos de mucho interés en diferentes campos perfectamente tratados en la estupenda crónica de Ernesto Castro. Coincido con él en el pasmo que produce el cartel elegido para anunciar la obra, pues no tiene nada que ver con ella. El actor negro en primer plano es el que menos pinta luego y las dos mujeres aparecen siempre entera y elegantemente ataviadas. Coincido también en que la banda sonora es un desatino pero a lo mejor está hecha por eso, porque la discordancia tampoco permite aletargarse. En cambio no coincido en la valoración del ejercicio de esgrima entre los protagonistas. Brillaron los aceros y atacaron y se defendieron sin mucho estilo pero con destreza y decisión. O eso me pareció a mí que soy lego en el arte.
 
Añado un par de consideraciones de cosecha propia. El lema de la obra es que mujeres y criados pueden revolver a España. Los criados y las mujeres tienen un poderoso elemento común en el teatro del siglo de oro en España, en el francés de Molière, en el isabelino inglés: son dos grupos subalternos y tienen que sobrevivir con mañas e ingenio. Ellos pasan por graciosos, impertinentes, pícaros y aprovechados; ellas por intrigantes, caprichosas, inconstantes y encizañadoras. Ellos solo piensan en cómo beneficiarse de la necedad de los amos; ellas de cómo hacerlo de su vanidad. Son los intersticios de la sociedad patriarcal.
 
En la obra estos personajes tienen esas funciones pero Lope los mira con otros ojos-. Las dos mujeres y los dos criados, que, para acortar algo las distancias, convierte en secretarios, reservando un papel aun más gracioso para el verdadero criado, son personajes enteros, vivos, reales. Los otros, el Conde, el hidalgo, el ricohombre y el mequetrefe de su hijo son caricaturas. Pero también reales. Los cuatro primeros se mueven por sentimientos nobles; por amor, el más noble de los sentimientos. Y luchan por su autonomía, por su derecho a vivir sus vidas según sus decisiones y para ello despliegan inteligentes estratagemas. Los otros cuatro se mueven por pasiones bajas, la vanidad, la egolatría, la presunción, la soberbia. Quieren someter a los otros. Representan el poder. Pero son incapaces de idear procedimiento alguno para atraérselos que no sea el mando y la jerarquía. Y, al final, fracasan.
 
De ahí el lema enunciado casi como programa de regeneración que mujeres y criados pueden revolver a España. Por entonces, España calzaba Imperio. No lo consiguieron.