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jueves, 5 de noviembre de 2015

Caminos de hierro.


Mi Universidad, la UNED, inauguró ayer una exposición sobre el tren en España en el edificio de la biblioteca. Es modesta, cabe en una parte de una sala, pero está muy bien. Las exposiciones y ciclos que organiza la biblioteca generalmente son estupendos. Esta, en concreto, es muy ilustrativa. Narrada en una serie de paneles muy bien redactados y con abundante información gráfica, el visitante sale de allí con una visión bastante completa de la evolución de las líneas férreas en España desde los orígenes, en 1848, hasta el comienzo de la guerra civil. Se enfoca desde varias facetas: técnica, comercial, política, cultural, social, tratadas de forma sistemática, aséptica y muy positiva. Es un criterio pedagógico y científico, como corresponde a la Universidad y viene acompañada e diversos objetos, como maquetas, planos, utensilios ferroviarios, banderines, documentación administrativa, fotos y fotos de algunos de los prototipos que empezaron a funcionar en España a partir de la primera línea, Barcelona-Mataró. Hasta la nacionalización de la red y la creación de la RENFE, en 1941, el trazado de las líneas tanto de vía ancha (ancho ibérico) como de vía estrecha era un galimatías. Luego siguió siendo un galimatías, pero ordenado. Lo más visible es el carácter radial del tendido ferroviario, igual al francés, opuesto al alemán.

En fin, magnífica exposición. Sale uno enterado de bastantes cosas. Por ejemplo, la explicación de que el ancho ibérico no es un complot militar sino el resultado de un cálculo de ingeniería en el que entraba en consideración la mayor potencia que necesitaban las locomotoras para trepar por la generosa orografía hispana. Eso está muy presente. La exposición ilustra y disipa mitos. Pero también apunta en un par de referencias, como al desgaire, que los ferrocarriles están muy presentes en la literatura española y, por supuesto, en la pintura; basta con recordar al bueno de Darío de Regoyos.

Así que, la visita terminada, el visitante sale al desapacible día madrileño y va embarcado en recuerdos y referencias ferroviarias. Algunos impresionistas se pasaron media vida pintando trenes y estaciones. Esas estaciones construidas de hierro y cristal, pensadas para albergar las grandes locomotoras de vapor, que parecían todas de Eiffel. En el cine, los trenes están en la pila bautismal del arte. La primera película, creo, que los hermanos Lumière proyectaron en una sala fue una entrada de tren en una estación. La máquina avanzaba hacia los espectadores y estos solían huir despavoridos de sus sillas. Ahora eso no se consigue ni con 3D.

Por supuesto, la exposición aclara que los trenes han sido decisivos en la expansión de la civilización. Y el visitante se queda pensando en cuántos ejemplos concretos podría citar de trenes singulares en la historia. La lista que elabora es la siguiente y seguramente se deja bastantes fuera:
  • Orient Express, un convoy misterioso que salía de Estambul y terminaba en París, en la Gare de l'Est, atravesando las llanuras heladas de Europa por la noche.
  • El Transiberiano, la línea más larga del mundo, que nace en Moscú y termina en Vladivostok, pasando por Ekaterinburg, en donde los soviéticos asesinaron al Zar Nicolás y su familia, y Novosibirsk.
  • El tren de la Proletkultur que puso en marcha el comisariado soviético de cultura que llevaba cine a las aldeas más alejadas del Imperio. Algo como las misiones pedagógicas de la República solo que aquí el cine solía ir en camionetas o a lomos de mula.
  • El inevitable tren de la revolución mexicana cargado de soldados carrancistas que cae en una emboscada de los zapatistas o de villistas y que tanto luce en las películas gringas.
  • El ferrocarril transcontinental que unió el Este con el Oeste en los EEUU con el enlace entre el Union Pacific y el Central Pacific, y domesticó el wild West, como se atestigua en El hombre que mató a Liberty Valance.
  • Los trenes de la India británica, como el de East Indian Raylway Co., que llegaba a Calcuta, pasando por Benarés y otros trayectos que aparecen en las películas inglesas sobre el Raj, esos que se paran cuando una vaca se cruza en la vía.
  • Los trenes de la solución final, convoyes interminables de vagones de ganado cargados de seres humanos bei Nacht und Nebel, un horror que la especie no podrá olvidar, aunque quizá sí superar.
  • Los trenes de transporte de tropa a los campos de batalla de la primera guerra mundial, aquella que se declaró con la intención de acabar con todas las guerras.

Desde luego, los ferrocarriles han sido decisivos en la civilización. Y no tienen la culpa de que, a veces, a civilización avance a fuerza de guerras. Lo que más parece aguzar el ingenio es la tendencia de los seres humanos a exterminarse mutuamente.