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domingo, 11 de enero de 2009

La nieve, el caos y la autoridad competente.

Nadie estaba preparado para la que se vino encima el viernes pasado: Barajas cerrado, decenas de miles de viajeros en tierra, atascos de horas en todas las vías de acceso a Madrid, accidentes, salidas de emergencia de los bomberos que no daban abasto. Nadie estaba preparado excepto los medios de comunicación que se echaron a la calle más veloces que los niños a los parques a hacer muñecos de nieve. Tal es el primer efecto que tienen estos fenómenos en la era de la aldea global: que todos accedemos a la información de modo directo e inmediato con lo cual ésta, además de agigantarse, parece hacerse más grave. No es lo mismo leer uno o dos días después en un periódico que el aeropuerto se cerró y se cancelaron tropecientos vuelos que verlo en directo y escuchar a la gente desorientada y desesperada que lleva horas esperando o le han cancelado los vuelos sin más información, allí tirada, con las maletas, los niños, en medio de la confusión. Parece como si nos compenetráramos más con la catástrofe que se ha abatido sobre ellas.

Como tampoco es lo mismo leer una crónica sobre cómo el temporal de nieve afectó al tráfico en las entradas de la capital que acompañar al reportero y al cámara a entrevistar a los conductores parados en mitad del monumental atasco en el que llevan horas resoplando de ira y de frío. No, no es lo mismo. Los medios amplifican estos desastres y nos los hacen patentes con toda crudeza, de forma que nos formamos una idea cabal del monumental lío en que está metida la gente que los padece. Y nos identificamos con ella porque quien más quien menos ha pasado por circunstancias similares y guarda memorias.

Conocida la magnitud del follón fue un espectáculo ver a las autoridades repartiéndose las culpas como en una competición de ver quién escupe más lejos. La conclusión que puede obtener cualquier observador imparcial es que todas estaban en la inopia, no se esperaban lo que se les vino encima, no reaccionaron a tiempo y, encima, no estaban coordinadas. En fin, que son todas culpables y quizá lo mejor que pueden hacer es pedir disculpas y procurar que no vuelva a suceder. Y digo que son culpables porque si bien no es muy justo acusarlas por falta de reacción ante un fenómeno que no esperaban lo es y mucho ponerlas a bajar de un burro por no estar coordinadas porque la coordinación debía estar establecida en todo caso, fuera o no previsible el fenómeno.

Algo más respecto a la ministra de Fomento, la señora Magdalena Álvarez. Por supuesto, escuchar al señor Rajoy, el de los "hilillos de plastilina" hablar de incompetencia, de desastre y pedir la dimisión de la ministra mueve algo a risa. Oír que la señora Monserrat Nebrera llama "cosa" a la misma ministra y se mofa de su acento andaluz no mueve tanto a risa y sí a irritación. Alguien debiera explicar a esta arrogante ignara que todo el mundo tiene acento hablando cualquier lengua y que del de los catalanes alguien con la misma falta de entendederas que ella podría decir algo muy similar.

Al margen de todo ello está claro que a la señora Álvarez le ha tocado la mota negra de los infortunios y sus combativas comparecencias empiezan a ser un poco estridentes. Sin duda no tiene la culpa de cuantas desgracias se han cebado con ella en su mandato pero las reglas no escritas de la democracia mandan que a veces uno piense en dimitir aunque no sea personalmente responsable de los desastres que se producen en su jurisdicción.

(La imagen es una foto de Alejandro Espinosa, bajo licencia de Creative Commons).

miércoles, 15 de agosto de 2007

Si Zapatero me lo pide.

En su atribulada comparecencia de ayer, la señora ministra de Fomento expuso claramente su criterio de no dimitir, a no ser que el señor Rodríguez Zapatero, su jefe inmediato, se lo pida. Debe de ser el único que quede por hacerlo porque todos los grupos parlamentarios, excepción hecha de los del PNV, BNG y, claro, PSOE, pidieron a la señora Álvarez con toda contundencia que se fuera, desde el del PP hasta el de IU. Hacía tiempo que no se veía tan apiñada unanimidad en sede parlamentaria y para el PP tiene que haber sido un alivio ver que no siempre está solo.

La Ministra llevaba escritos unos folios que leyó de cabo a rabo, y se negó a dimitir. La explicación que dio es que el Gobierno del PP descuidó lamentablemente las inversiones en las dos anteriores legislaturas. Se hace cuesta arriba creer que Jordi Pujol todavía presidente de la Generalitat entre 1996 y 2000 se dejara burlar en esto de las inversiones en su amada Cataluña siendo así que tenía trincado al Gobierno de Aznar quien no disponía de mayoría absoluta. En la siguiente legislatura de 2000 a 2004 es posible que se produjera el abandono que denuncia la señora ministra. Pero a su vez ella y su Gobierno han tenido tres años y medio prácticamente para remediar la situación y tampoco parece que hayan hecho mucho. No sé si la señora Álvarez es la "peor ministra de Fomento" de la democracia como proclama el PP y no lo sé porque, habiendo pasado por el cargo el señor Álvarez Cascos, es poco probable que alguien lo haya hecho peor. Pero lo cierto es que la ministra no ha dado un resultado óptimo y el caos que llevan los barceloneses aguantando requiere que, en lugar de recomendarles paciencia, alguien tenga un gesto digno y, digamos, dimita. La señora ministra, a ser posible.

La democracia tiene estas cosas: los jefes (que están ahí voluntariamente y no a la fuerza, aunque a ellos les guste decir que "se sacrifican") tienen que asumir muchas veces responsabilidades que no son suyas y saber marcharse, aunque no sean personalmente responsables de algún desaguisado. Es una regla no escrita: cuando se causa tanto trastorno a decenas, cientos de miles de personas, además de la (siempre escasa) compensación material, aquellas tienen el derecho a una compensación moral, por ejemplo, a ver que el responsable del servicio que ha fallado coge las de Villadiego. Son prácticas democráticas que, si no son muy tiernas con los políticos en apuros, salvaguardan unas normas de bien hacer que no deben perderse. Cuando los griegos inventaron el ostracismo, se lo aplicaron de vez en cuando hasta a los ciudadanos más sobresalientes. ¿Qué no harían con los incompetentes?

Por lo demás, el razonamiento de la señora Álvarez no es de recibo. Que sólo se irá cuando se lo diga el señor Rodríguez Zapatero. Estaría bueno que, diciéndoselo el señor Rodríguez Zapatero, considerara la posibilidad de no irse. Es una típica falacia de opciones inexistentes. Si el presidente del Gobierno le pide la dimisión, la señora ministra no puede no dimitir. Por eso, esa pintoresca afirmación (equivalente, en el fondo, a decir "no dimito porque no me da la gana") me recuerda tanto aquella ilógica canción de Nat King Cole: "¿Para qué quiero tus besos si tus labios no me quieren ya besar?" Igualito que la señora Álvarez, cuyo camino lógico, a la vista de la cuasi unanimidad parlamentaria en su contra, es presentar la dimisión al presidente del Gobierno.

Claro que si eso no sucede, la oposición tiene otra vía para evidenciar su descontento: pedir la reprobación de la Ministra en el primer pleno a la vuelta de vacaciones. Está por ver si osa hacerlo.

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