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martes, 3 de diciembre de 2013

La Cina è vicina.

Esto va a estallar por algún sitio. Estábamos acostumbrados a las etiquetas de made in China, en Taiwan, en India, en Bangladesh. Tranquilizaban nuestras no muy inquietas conciencias. Anunciaban condiciones laborales infrahumanas, explotación, salarios de hambre. Pero lejos, muy lejos, a miles de kilómetros del civilizado y cristiano Occidente. Además, eran asiáticos, extranjeros, otros.  Ahora las etiquetas dicen made in Italy. Pero anuncian las mismas condiciones de explotación y esclavitud. Aquí. Ahora. Bueno, pero siguen siendo extranjeros. Chinos, para más señas y, probablemente, "ilegales". (Seguro que algún neoliberal dice que estos chinos han elegido entre ser explotados en China o en Europa. Y prefieren Europa. Libertad de elección). En fin, siguen sin ser de los nuestros.

¿Seguro? Incluso olvidándonos de que los chinos son exactamente igual que nosotros y tienen la misma dignidad, no es cierto que sigan siendo otros. Veamos. La prensa habla de esclavitud. Vale, pero, ¿qué es la esclavitud? ¿En qué se distingue de una reforma laboral que deja a los trabajadores a merced del capricho de los empresarios? Esos chinos que han muerto achicharrados en Italia vivían en condiciones inhumanas, sin ningún tipo de seguridad laboral. Pero eso pasa entre nosotros y, sin duda, en más países de la próspera Europa: inmigrantes de todo tipo, gentes reducidas a la más extrema necesidad, dependientes de la arbitrariedad de mafias (recuérdese otra forma de esclavitud como la sexual) o de empresarios sin escrúpulos.

¿Será en la jornada laboral? Siete días a 16 horas diarias. Vale. ¿No dicen los empresarios que hay que trabajar más y ganar menos, abolir las vacaciones pagadas, suprimir el descanso dominical? La diferencia es meramente cuantitativa y camino llevamos de reducirla a cero.

¿Será en la paga? ¿Un euro la hora es esclavitud? ¿Y cuatro euros la hora? ¿O dos?

La globalización provocó la llamada deslocalización de las empresas, en busca de mano de obra barata. Ahora los países receptores, a su vez, deslocalizan aquello que les rinde más beneficio: mano de obra esclava. De esta forma, los empresarios que producían en el exterior explotando mano de obra nativa, pueden ahorrarse los costes del transporte. Tienen mano de obra esclava que acabará contagiando al conjunto de la fuerza de trabajo.

La tendencia a la esclavización del trabajo es inherente al capitalismo. A no ser que se le ponga freno mediante una política de justicia social que parece haber abandonado el escenario, substituida por un cálculo de beneficio propio en el contexto de sálvese quien pueda.

domingo, 19 de mayo de 2013

La vida en un paraíso fiscal.


Los paraísos fiscales son las válvulas de seguridad del capitalismo. Si la pequeña Suiza pudo mantener su neutralidad durante la segunda guerra mundial no fue gracias al poder de su ejército. Los alemanes, que habían engullido Francia y estaban haciendo lo propio con la Unión Soviética, hubieran tardado horas en invadir y controlar el país. Suiza salvaguardó su neutralidad escudándose en el poder invisible del dinero. El capitalismo necesita un punto de seguridad en mitad de la vorágine que provoca su propensión actuar sobre bases crediticias. Cuando dos Estados se enfrentan en guerra tratan de destruirse mutuamente pero hay algo en lo que ambos están interesados para garantizar sus transacciones y sus suministros y aprovisionamiento, que es el valor del dinero. La independencia de la banca es el aspecto fundamental. Es la doctrina alemana en materia de bancos centrales que, en el orden internacional, adquiere su manifestación en la existencia de un pequeño país alpino que en realidad, es un banco.

Al poco tiempo se haría evidente que la base del éxito no radica en el hecho de ser o no un banco, sino en cómo se maneje. El negocio está en el secreto bancario. A partir de aquí, el mundo se ha llenado de Suizas. Solo en Europa ha de haber más de una veintena. Debido a su carácter abstracto y su intangibilidad, las mayores cantidades de dinero caben en los espacios más angostos. En un disco duro, que hasta puede ser portátil. Dadas las circunstancias, es extraño que nadie haya inventado todavía el paraíso fiscal ambulante, por ejemplo, una furgoneta VW, al estilo de las de los hippies de los setenta, que recorra los países del viejo continente ofreciendo secreto bancario a quien pueda interesarle.

Los paraísos fiscales absorben cantidades astronómicas de dinero que, invertido en sus países de origen, garantizarían su avance. Un billón de euros acumulan los europeos, esto es, el PIB de España. En todo el mundo, al parecer, se escamotean 23 billones de euros. Cantidades ingentes. Pero lo que no se ve con claridad es cómo pueda ponerse coto a esta situación, por mucho que pública y reiteradamente se comprometan a hacerlo el G-20, la UE o el sursum corda. ¿Cómo va a hacerse? ¿Suprimiendo la libertad de circulación de capitales? No suele proponerse porque se considera un gran avance y, sobre todo, porque el propio capital sanciona a quien no la respeta privándole de su presencia. Lo primero que exige el capital en esas a modo de cartas internacionales para garantizar las inversiones mundo adelante es, precisamente, la seguridad de repatriación de beneficios o del principal de la inversión, incluso en condiciones leoninas.

Parece como si el único modo real de combatir los paraísos fiscales fuera convertirse en uno.  Si no puedes combatirlos, únete a ellos, reza el viejo proverbio. Y, al final, prácticamente todos los Estados recurren a los paraísos fiscales. Pues ¿qué otra cosa son esos fondos, esos bonos de bajísima rentabilidad que todos ofrecen y cuyo máximo atractivo es el hecho de ser opacos al fisco? Efectivamente, si se quiere combatir la fuga de capitales en un país, una de las formas es garantizarles la misma intangibilidad e inmunidad que si no estuvieran. Esa voluntad, tan reiteradamente expuesta como escasamente aplicada, de combatir los paraísos fiscales parece cumplir la función de una jaculatoria. 

La única forma real de combatir los paraísos fiscales es eliminar el secreto bancario, implantar una autoridad internacional capaz de obligar a terceros a hacer diáfanas sus transacciones financieras. Cosa que será muy difícil cuando los mismos Estados que quieren eliminar los paraísos fiscales acogen y amparan el secreto bancario en su jurisdicción. Entre otras cosas, porque suelen estar gobernados por gentes y organizaciones que suelen ser buenos clientes de los paraísos fiscales. Y sobre todo porque es muy difícil, si no imposible, combatir la esencia misma del sistema, consistente en la búsqueda de beneficios privados al coste que sea, y querer que el sistema siga intacto.

miércoles, 10 de abril de 2013

Los paraísos fiscales.


La lista de 130.000 grandes evasores fiscales del mundo entero revelada por un consorcio internacional de periodistas contiene la clave de la presente crisis y la fórmula para resolverla si se tiene voluntad política. El "Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación" ha accedido a la información por un procedimiento similar al de la "lista de Falciani", solo que ahora la evasión es planetaria, hay documentadas millones de fichas y, según parece, el dinero que los ricos del mundo tienen oculto oscila entre 16 y 24 billones de euros, equivalentes a la suma de los PIB de los Estados Unidos y el Japón. En Alemania en concreto, como se ve en la imagen, casi el equivalente al 18% del PIB está en paraísos fiscales y el 1% en paraísos fiscales con los que hay tratados de intercambio de información.  Con ese dinero en circulación en sus países probablemente no habría crisis.


A este extremo hemos llegado a través de una curiosa paradoja. Hace unos 175 años, en los primeros tiempos de la revolución industrial, se lanzó la consigna de proletarios del mundo, uníos, pues se creía que el proletariado era una clase internacional y en su lucha contra el capital debía organizarse internacionalmente para evitar que se le dividiera y enfrentara con discursos nacionalistas. 175 años después lo que verdaderamente se ha internacionalizado ha sido el capital. El proletariado sigue tan dividido y enfrentado como siempre. En lugar del internacionalismo proletario tenemos el internacionalismo del capital. El nombre técnico es "libertad de circulación de capitales" que hoy, con la globalización, es prácticamente irrestricta en casi todo el mundo, mientras que no hay libre circulación de personas, salvo en algunos puntos, como la UE y en esta demediada.

Esa libertad de circulación es la fuerza del capital. Este ahueca el ala cuando la legislación de un Estado le incomoda, y desaparece de la noche a la mañana, refugiándose en países mejor avenidos o en los paraísos fiscales. Estos son, en realidad, como islas de bucaneros desde las cuales el capital especula en la economía mundial, arruina a los países y pone de rodillas a los gobiernos que, limitados al ámbito de la soberanía territorial carecen de armas para combatir los ataques del capital. A más de 40 años del lanzamiento de la idea de la tasa Tobin, todavía no se ha implantado impuesto alguno sobre las transacciones financieras (ITF), como propone Attac. Hay un tímido proyecto en la UE de establecer uno mediante un sistema de cooperación reforzada de un modesto 0,1%. Eso es todo.

Pero los paraísos fiscales, los masivos fraudes a las haciendas de los países, recuérdese, no son solamente causas de la crisis sino verdaderos delitos que deben ser perseguidos en los tribunales. El SPD propone en Alemania una bateria de ocho medidas concretas para luchar contra el fraude fiscal en la esperanza de que sirvan de acicate para otros Estados. Son dos cuestiones muy claras: 1ª) la lucha contra los Oasis fiscales (es el nombre alemán) es prioritaria; 2ª) además, es internacional. La lucha contra los abusos del capital internacional solo puede hacerse con instrumentos internacionales. Es una tarea inmensa, pero si hay voluntad política, puede ser decisiva para poner orden en un planeta desquiciado.

Entre tanto y mientras ese momento llega, debe hacerse justicia como hasta la fecha, en el ámbito estatal o nacional. El Consorcio famoso debe entregar sus listas a los tribunales de justicia (en todo caso, muchos de los 270 periódicos coordinados en el proyecto ya están publicándolas) para que estos procedan. Entre esos 130.000 nombres hay, al parecer, una cantidad de españoles. Sería el momento de cotejarlos con los de la lista Falciani y hacerlos públicos todos. Hay que recuperar el dinero defraudado y castigar a los culpables. Y dejarse de amnistías fiscales, "regularizaciones" y otras triquiñuelas que solo benefician a los evasores.

En todo caso, los nombres deben ser públicos. Aunque solo sea para comprobar cuántos de estos evasores fiscales acostumbran a largar discursos a la peña sobre el patriotismo y la nación, sea esta española, catalana, vasca, etc. Más que nada, para saber de qué va cada uno. A ver si resulta que el nacionalismo consiste en hablar aquí de la Patria y de darlo todo por ella pero de llevarse luego los dineros a Suiza. Es decir, a ver en qué medida los nacionalistas (todos, por supuesto, los españoles los primeros) hacen como escépticamente dictamina Martín Fierro:

De los males que sufrimos
hablan mucho los puebleros,
pero hacen como los teros
para esconder sus niditos:
en un lao pegan los gritos
y en otro tienen los güevos.

(La imagen es una foto de Wikimedia Commons en el dominio público).

viernes, 29 de marzo de 2013

El barco de los locos.

Espero no ser el único que sospecha que todos estos organismos, instituciones, fondos, gobernantes, gabinetes, políticos, asesores, consejeros no tienen ni idea de lo que no paran de hablar sin ponerse antes de acuerdo o, cuando menos, sin contrastar los datos, tan poseídos están de su razón. Así, un organismo vaticina la recuperación a la vuelta de la esquina y el otro dice que a la vuelta de la esquina hay más hundimiento y más quebranto general postergando la recuperación a un brumoso 2015. En cuanto a lo que propongan, no hay cuidado, no habrá discrepancia alguna: rebajar los salarios. Pero tiene gracia que eso proceda de presupuestos absolutamente contrarios y a los que, va de suyo, se ha llegado mediante cálculos objetivos, científicos.

Las distintas autoridades o analistas, en realidad, hablan con un criterio de probablidades en el que también juegan los intereses y los deseos. El gobierno anuncia un déficit y la Comisión europea lo corrige de inmediato al alza. El gobierno argumenta que la discrepancia se debe a un cambio en la metodología del cálculo de la Comisión y esta responde que no hay tal. Han pillado al gobierno haciendo trampa. Y no vale decir, como hace un portavoz del PP, que el criterio de cálculo del gobierno vale tanto como cualquier otro porque eso es ponerse gallito pero el que vale es el cualquier otro.

Pero no es solamente en estos casos especiales. En conjunto, el comportamiento del personal de la obra recuerda mucho el cuento del barco de los locos, el Narrenschiff, de Sebastian Brant porque, aunque la historia va loco por loco, obviamente, viajan todos en el mismo barco, más o menos como lo pinta el Bosco, aunque algo más numeroso. Pero todos locos, verdaderos orates.

¿Qué me dicen de esa señora profesora de Doctrina Social de la Iglesia en el CEU que afirma que de la violación se obtiene un bien, como es la bendición de un hijo? Es la misma que recomienda a las esposas amar al que las maltrata. Como ha habido un clamor de las redes, que son la plaza pública, la superioridad se ha visto obligada a hacer una declaración en la que declaran mucho pero aclaran poco pues se limitan a condenar las interpretaciones extremas de la doctrina. Y ahí está el quid de la cuestión, en si lo que dice la enseñante es una exageración o no. Puede que no, que sea la doctrina misma expresada con mayor realismo. Porque es la nave de los locos.

Supongo que hoy habrá imágenes de procesiones, de pasos del Santísimo de la Merced o la Virgen de los Dolores o los Hermanos penitenciarios. Veremos a los dirigentes ataviados para la ocasión para simbolizar la unidad de acción del poder político y el altar. Cuando veo a Cospedal con su peineta y mantilla, qué quieren ustedes, me recuerda esas imágenes de los jefes de tribus de la Polinesia en los documentales de los años treinta, tan graves, tan ceremoniosos. Y, detrás vienen los costaleros con los pasos y los encapachudos y, en algunos lugares, unos exaltados que van azotándose o arrastrando cadenas. Pura antropología cultural. .

Creo que la asociación de ateos había pedido permiso para una manifa atea para el jueves santo y que la autoridad lo denegó. A lo mejor fue por velar por su integridad física, porque, la verdad, esos que van por la calles con cirios encendidos y marcando el paso al redoble del tambor en marcha fúnebre no son muy de fiar.

El barco se ha animado mucho con la llegada del nuevo Papa, quien ha mostrado tener un sentido mediático muy superior a sus predecesores. Esa imagen del Sumo Pontífice besando los pies de un recluso menor de edad tiene su impacto. Y su comentario inmediato: este Papa viene a cambiar las cosas; a ver cuánto dura, etc. Curiosamente, la foto es tan reveladora por lo que muestra como por lo que oculta. En la que yo conozco el chaval no sale, ni siquiera borrándole el rostro. La historia, qué caramba, la hacen los papas, no los menores presos.

Es un momento tan válido como otro cualquiera para desencadenar la tercera guerra mundial, debe de pensar el líder supremo, camarada Kim Jong-un, tercero de la dinastía de Kim Jong. Y así puede ser. En un navío repleto de locos cualquier cosa es posible.En cuanto un hombre se siente miembro de una dinastía, entronca directamente con el sol y es capaz de cualquier locura.

viernes, 18 de mayo de 2012

La gran depresión del siglo XXI.

Dentro de cien años los estudiosos de la historia probablemente hablarán de este segundo decenio del siglo XXI como el de la "Gran depresión". Si no lo hacen será porque, tras estos quizá vengan tiempos más aciagos. El destino del hombre está abierto y el resultado de sus actos no suele ser previsible y muchas veces es contraproducente. O quizá porque, para entonces, ya no sea costumbre en la historia identificar la de Europa con la del mundo, bien porque la historiografía se haya hecho universal, bien porque Europa sea en esos tiempos una magnitud desdeñable, un non-entity, que todo puede pasar.
Estaban los occidentales en general y los europeos en particular muy contentos con la marcha general de la civilización mundial que los tenía a ellos como pináculo del progreso, dueños y señores de los destinos ajenos. Tan contentos y satisfechos que se permitían el lujo de aleccionar a los demás (una confusa mezcolanza de países del Tercer Mundo, en vías de desarrollo, en desarrollo, emergentes) acerca de la superioridad de sus pautas morales, el valor del individuo, los derechos humanos, etc. Sostenían asimismo que había alguna relación (si bien jamás estuvo muy clara) entre desarrollo económico, bienestar material y altas pautas morales de convivencia social.
Europa, Occidente, vivía rodeada de sus antiguas colonias y dependencias, luchando todas por sobrevivir, frente a las cuales podía darse la satisfacción de reconocer una deuda moral por los tiempos del colonialismo que ahora se pagaba dignamente por medio de la Ayuda Oficial al Desarrollo.
De repente, en un quinquenio -lo que viene durando la actual crisis cuyo fin nadie se atreve a vaticinar- estas imágenes de la realidad han saltado por los aires. La crisis es occidental, específicamente europea. Las antiguas colonias no la padecen; al contrario crecen a ojos vistas y en su seno apuntan ya verdaderas potencias económicas como la China, la India, el Brasil, etc que suponen una competencia literalmente ruinosa para Europa. Esta no puede hacer frente al nuevo peligro en una situación de postración económica y de ella solamente cree poder salir aumentando la productividad, compitiendo con unos países que prácticamente no tienen gasto social. Este es el porqué del ataque al Estado del bienestar europeo como único modo de restablecer el crecimiento. Hay que recortar gastos superfluos.
El problema es si son superfluos. Desde un punto de vista estrechamente económico (también hay una economía humanista) indudablemente sí. Desde un punto de vista moral no menos indudablemente no. El Estado del bienestar es la cristalización institucional de la conciencia jurídico-moral europea y su desmantelamiento significaría despojar a Europa del fundamento filosófico de su pretensión civilizatoria. Unas sociedades en donde la idea dominante es que los individuos son en realidad mercancías no pueden ir luego a predicar a casa del prójimo la doctrina del valor supremo del individuo y los derechos humanos.
Igual que el movimiento 15-M no es un problema de orden público, sino un estado de ánimo de sectores muy amplios de la sociedad que se manifiesta mediante la oposición en función de criterios morales, quienes defienden el Estado del bienestar defienden la idea del valor supremo del individuo y la función de los derechos. Los dos enfoques pueden mezclarse en uno, la del combate por una sociedad justa. En ese combate las posiciones están muy claras y las fuerzas muy desequilibradas a favor del mantenimiento de una política neoliberal de predominio de los mercados y desaparición del Estado social con absoluta despreocupación por la justicia social, concepto que Hayek considera una aberración incluso moral. Los partidos mayoritarios, las grandes organizaciones financieras, las grandes empresas, las instituciones ideológicas, como las iglesias, los medios de comunicación, las universidades, las fundaciones, todos coadyuvan a esa finalidad. Enfrente aparece un movimiento difuso, desestructurado, espontáneo, horizontal, multitudinario, apoyado por algunas fuerzas minoritarias de izquierda y en parte los sindicatos, los sectores marginales de los medios y en buena medida, la red. Esa lucha está perdida de antemano en términos electorales, en especial porque sus protagonistas no siendo partidistas, no se presentan a las alecciones, así que tendrán que insistir en el camino de la fundamentación moral de su oposición. Es decir, tendrán que recurrir a la desobediencia civil.
A todo esto, Europa sigue siendo un territorio muy peculiar, un ámbito de efervescencia permanente, en el que la historia está siempre pasando tumultuosamente, destruyendo Estados, haciendo nacer otros, cambiando regímenes, alterando sus fronteras. Es también un terreno de debate y experimentación, uno en el que quizá quepan sistemas políticos, equilibrados por una acción multitudinaria inspirada en el recurso a la desobediencia civil. 
(La imagen es un grabado de Paul Klee titulado Encuentro de dos hombres que conjeturan (1903).

jueves, 15 de marzo de 2012

¿Quién gobierna el mundo?

Al hablar de desastres, los especialistas hacen una distinción entre los naturales y los provocados por la acción del ser humano. Muchos sostienen que la distinción es borrosa. Los desastres naturales, en principio, son los producidos por meteoros y fenómenos fuera del nuestro control, inundaciones, huracanes, terremotos, etc. Pero su impacto en la vida de las personas, a igualdad de fuerza del elemento, suele ser muy distinto según la condición socioeconómica de aquella. Las poblaciones pobres, muchas veces construidas en zonas de riesgo sísmico o en torrenteras y con malos materiales sufren las consecuencias en mayor medida que las acomodadas, más sólidas y más seguras. De esta forma, se dice, la catástrofe natural se intensifica selectivamente por la acción humana. Los pobres están más expuestos a la furia de los elementos.

Cualquiera diría que la actual crisis económica es un desastre exclusivamente humano porque es de índole financiera y económica. Sin embargo contiene un rasgo típico de desastre natural en el hecho de que parece fuera del alcance de los remedios humanos. Ni siquiera damos la impresión de entenderla. No hay una explicación generalmente admitida de la crisis. Hay una descripción del curso seguido hasta la fecha con una explicación ex post facto que carece de todo valor porque no tiene efectos predictivos. Las autoridades de la más diversa índole (políticas, financieras, empresariales) toman decisiones y se sientan a ver qué efectos producen porque los barruntan pero no los conocen de antemano. No hay una teoría válida. El capitalismo es un sistema que funciona (o deja de funcionar) con independencia de la voluntad de quienes viven en él. Es decir, el capitalismo es un fenómeno natural. Pero esto es absurdo ya que el capitalismo es una forma de organización social hecha por los seres humanos del principio al final. Determinados fenómenos naturales o meteoros pueden afectarlo aquí o allá (una prolongada sequía, un terremoto) pero él mismo no es un fenómeno natural.

Y sin embargo se comporta como si lo fuera. Incluyendo el impacto discriminatorio de todos los desastres naturales: la mayor parte del daño recae sobre los sectores más pobres, más débiles, más desprotegidos de la población, los trabajadores, los jóvenes, las mujeres, las clases medias... Pero como el capitalismo no es ni puede ser un meteoro o un fenómeno natural, debe entenderse que ese daño que sufren los sectores menos favorecidos en forma de desempleo masivo, desahucios, quiebras, impagos, ruinas, pobreza, se debe a las decisiones que toman otros. En concreto, ¿quienes?

Entre la humana tendencia a buscar explicaciones según la teoría de la conspiración y la no menos humana tendencia a conspirar, contamos hoy con docena y media por lo bajo de órganos, clubes, organismos que aspiran al marchamo de ser el gobierno del mundo, desde los más obvios (pero no por ello más eficaces) como la ONU o alguna de sus hijuelas, por ejemplo la Organización Mundial del Comercio, hasta los borrosos, ocultos o secretos, como el Club Bilderberg, la sociedad Mont Pélérin, el Foro de Davos o la Trilateral, pasando por los más vistosos, como el G-20 y los más legendarios o alucinados como los Sabios de Sión, los Rosacruces o la Internacional Rosa. Hay incluso quien da este carácter a los que son meros brazos ejecutivos de los designios de otros, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. Es como si tuviéramos la necesidad de saber que en algún lugar hay alguien o algo que controla la situación, aunque sea para hacernos daño.

Pues, en efecto, el planeta, con sus casi 7.000 millones de habitantes, es un lugar extraordinariamente complejo y asusta pensar que funciona por sí solo sin que nadie tenga capacidad real de orientar ese funcionamiento. Y es algo que va más allá de la famosa anarquía del mercado de que hablaban los marxistas y que a lo mejor entra en la clasificación de sistemas autopoiéticos de que habla Luhmann, pero eso es escaso consuelo. Con razón o sin ella, alguno de los organismos citados se considera a sí mismo, y muchos así lo admiten, como el gobierno de hecho del mundo, en concreto, el G-20, si bien está claro que las decisiones que toma tienen valor meramente indicativo sin fuerza coactiva alguna, lo cual no quiere decir que no sean eficaces. Así parecen admitirlo también los grupos alternativos de otro mundo es posible cuando organizan las cumbres alternativas en los encuentros del G-20..

Por no poder, el G-20 no puede ni controlar su composición. En la foto hay 33 personas. Por cierto solo tres mujeres, esto es, el 0,9%. Si el G-20 (o 33) es el gobierno del mundo es claro que el gobierno del mundo es cosa de hombres. Esta y otras cuestiones salen de un examen detenido de la foto. Por ejemplo, está el bueno de Strauss-Kahn, sin duda como baranda del FMI y muestra de cuán vanas son las glorias terrenales. Pero lo importante es ver que tampoco el G-20 es el gobierno del mundo pues el mundo no tiene gobierno. Es uno de los lugares, uno de los más importantes, en los que se adoptan las decisiones que afectan a la vida de miles de millones de personas. Nadie los ha elegido para este menester y los miles de millones carecen de toda posibilidad de controlarlos. Sin embargo eso no quiere decir que no sean responsables de ellas. Toda decisión implica una responsabilidad. Y si las decisiones del G-20, de la UE, del Banco Mundial, etc son ineficaces o incluso contraproducentes, los que las adoptan deben responder por ellas. No es así porque el mundo no lo gobierna nadie.

(La imagen es una foto de Presidencia de la Nación argentina, bajo licencia de Creative Commons).

sábado, 17 de diciembre de 2011

Indignación y/o resignación.

La crisis está sacando a luz las miserias, las vergüenzas, las canalladas de un sistema mundial que prácticamente todos rechazan pero nadie cree que pueda cambiar. La humanidad ha avanzado mucho en general y todo tiempo pasado fue peor. Pero lo actual enciende la sangre y encrespa el ánimo. Africa es el continente de los horrores para millones de seres humanos. En América Latina están algo mejor pero son millones igualmente los que padecen las consecuencias del subdesarrollo. En la China mil millones viven bajo un régimen tiránico productivista que no respeta sus derechos humanos. En la India es el sistema económico el que hace que esos derechos sean papel mojado para otros casi mil millones que viven en una sociedad de castas. En Europa son cientos de millones que viven un proceso de empobrecimiento galopante y miran con miedo un futuro que amenaza con ser mucho peor. De Rusia no hace falta hablar y en los Estados Unidos las cosas no habian estado tan mal desde 1929.

De pronto se oye un grito: ¡indignaos! Surge la indignación y se propaga como la pólvora. Primavera árabe, spanishrevolution, la ocupación de Wall Street. Todo manifestación callejera que sólo en los países árabes ha dado lugar a alteraciones institucionales. En el resto, la cuestión es si la indignación del 15-M que, en parte, es una indignación contra la resignación, puede ir más allá de ésta. En el futuro no se descarta nada; pero las indicaciones del presente no son halagüeñas. La misma aparición de los Anonymous apunta al carácter del movimiento y sus limitaciones. La idea es que la resistencia al sistema surge espontáneamente, es anónima, no tiene estructura, no se puede reprimir y golpea en donde duele. Pero esa es la idea. La realidad es que un movimiento anónimo está abierto a todo, incluso al contramovimiento. Que sea además un fenómeno de la red deja el problema en donde estaba al principio. Actuar en la red es hacerlo en los nervios del sistema. Pero éste es muy complejo. Nada hace tanto daño a Anonymous como ese vídeo en Youtube en el que anuncia que aniquilará Facebook el 5 de noviembre... pasado.

Es la complejidad lo que cuenta. La complejidad de la globalización que no es una palabra, sino una realidad. El mundo está metido en sí mismo como nunca antes. Así descubre que los actores mundiales ya no son sólo los Estados nacionales (y, de estos sólo algunos, pues los demás eran "actuados") sino que se añade todo tipo de entes, religiones, empresas privadas, organizaciones internacionales, delictivas, terroristas o de socorro humanitario. A veces los más importantes Estados muestran su impotencia, por ejemplo cuando Sarkozy pierde los nervios porque las agencias de rating bajan la calificación de la deuda francesa. La globalización es un campo de batalla con fuego cruzado en el que no se respeta nada.

Entre tanto, la política, la actividad de los partidos, los debates, las opciones electorales siguen planteándose en términos domésticos que son ficticios pues en los Estados no rige hoy el principio de soberanía interna. Grecia e Italia tienen gobiernos directamente nombrados por los mercados. Portugal y España también, aunque por intermedio de los electorados que han entendido perfectamente el mensaje de la resignación. La soberanía siempre fue una ficción; pero ahora es una quimera.

En la divisoria izquierda/derecha en las políticas nacionales la derecha lleva las de ganar porque es ella la que gestiona la globalización según sus criterios neoliberales. La izquierda, enredada en la ficción de las políticas nacionales, no tiene discurso para la globalización que considera un proceso objetivo, ajeno ante el que hay que pronunciarse, no como algo que pueda hacer ella misma, gestionar ella misma. Por eso se desdobla en dos grupos: los partidarios de adaptarse, como uno se adapta al tiempo y los partidarios de combatirla, como uno lucha contra una plaga. No es dificil de entender que la izquierda es parte de la globalización misma; que ella no lo vea es otra cuestión. La que explica porqué no tiene discurso sobre ella. Y, sin embargo, es el que hay que construir porque es en ese terreno en el que se juega el porvenir de sus ideales.

Ahí tiene que darse el debate de las ideas que todos reclaman. Pero, para que suceda, hay que empezar por organizarlo. El Partido Socialista Europeo, la organización más amplia de la izquierda europea, podía convocar un congreso para debatir un programa común para Europa, primero aoordado por los socialistas y puesto luego de nuevo en debate en otro congreso al que acudan las demás izquierdas que lo estimen pertinente. Si eso se hace, seguro que salen propuestas alternativas a la gestión de la crisis en el orden europeo y global.

(La imagen es una foto de tasteful_tn, bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 20 de octubre de 2011

¿Puede la política?

Magnífica iniciativa la de la Fundación Ideas de celebrar la III Conferencia Progreso global en Madrid. Dicen los participantes que la política, si quiere, puede. Es verdad. Pero no es toda la verdad. Porque, ¿de qué política se habla? Si es la política habitual, la interna, la de los Estados más o menos nacionales, la afirmación no es cierta. En un mundo globalizado, con una crisis global, los Estados han perdido capacidad de maniobra, autonomía, soberanía. La política nacional/estatal no puede. Ni siquiera puede la política regional. La advertencia de Angela Merkel de que si cae el euro, cae la UE no es solamente la habitual agorería de esta doña Virtudes, sino una probabilidad desagradable. La crisis no es estatal y tampoco es europea; es global.

Por eso tiene importancia que esta conferencia haya reunido a políticos progresistas de varios continentes. Que haya sido global y progresista y no, como suele suceder, global y neoliberal. El mundo tiene que ver que hay un programa socialdemócrata concreto para vencer la crisis. No ayuda mucho el que casi todos los políticos que participan estén en la oposición y, por tanto, carezcan de posibilidades reales de aplicar en sus países las recomendaciones que hagan en la conferencia, aunque esta situación puede cambiar y, de hecho, está cambiando.

Lo esencial es que esas recomendaciones se hagan, que ese programa tome cuerpo. Entonces la política, llegado el momento, sí podrá. Pero, para que esto suceda, es preciso que las medidas propugnadas sean claras y factibles y las conclusiones que presente Rubalcaba en la clausura también lo sean y no se limiten a consideraciones generales del tipo de "establecer un nuevo liderazgo que sea capaz de construir y promover un futuro progresista, sin dejar a un lado los principales éxitos del pasado".¡Oh, dioses, ya está aquí la "construcción del futuro", como si fuera un chalet! Eso es lenguaje del G-20.

Los líderes progresistas mundiales deben ofrecer una refundación del capitalismo, como la que invocó Sarkozy hace dos o tres años sin la menor intención de acometerla. Refundación del capitalismo con medidas concretas que los socialdemócratas deben acordar: eliminación de los paraísos fiscales, regulación del capital financiero con prohibición de las prácticas fraudulentas como las ventas a corto, establecimiento de una tasa Tobin que los bancos no puedan repercutir en los sufridos depositarios, revitalización del comercio mundial, eliminación de proteccionismos, políticas de crecimiento de corte keynesiano hasta donde sea posible (tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario), prioridad a inversiones en industrias medioambientales y energías alternativas, aumento y mejora de la ayuda al desarrollo, drástica reducción de los gastos militares y, en Europa, más unidad, política fiscal única, bonos europeos y establecimiento de un gobierno económico de la Unión.

Esas medidas no son viables en los marcos estatales. Sólo lo son globalmente. Y eso es lo que Rubalcaba debe evidenciar en las conclusiones. Es una ocasión de oro para que el candidato complete su imagen de político capaz en la arena doméstica con una proyección internacional. Pero que no salga hablando de "construir el futuro", de la "generación del milenio" y otras sinsorgadas de este jaez, sino de lo que todos estamos deseando escuchar: que se va a acabar con el latrocinio, que se va a embridar la codicia de los opulentos, que se va a fomentar el comercio y el crecimiento y se va ayudar a quienes lo necesitan.

Obsérvese que la otra parte no pierde el tiempo con fórmulas vagarosas, sino que va derecha a lo que le interesa. Los empresarios no piden "construir el futuro" (y muchos son inmobiliarios) sino rebajar la indemnización por despido. Estos lo tienen claro. Igual de claro han de tenerlo los progresistas. Llevamos más de tres años intentando salir de la crisis por la puerta falsa. Muéstrese la verdadera.

sábado, 15 de octubre de 2011

15 Octubre - Por el cambio global.

Sensacional cómo galopa el caballo de la historia. Retumba el eco de mil rebeliones, alzamientos, sublevaciones, revoluciones, vencidas una y otra vez a lo largo de la historia hasta salpicar de sangre la faz de la tierra. Ahora ésta nos lo devuelve todo en un grito planetario. El mundo entero se pone hoy en pie en la primera jornada de la nueva era, la del gobierno de la especie. Millones, decenas, centenas de millones de muertos jalonan el camino por el que la humanidad como tal toma conciencia de sí misma. Aquí cómo veía Orozco el Canto General de Neruda. Más abajo un sensacional vídeo para resumir el espíritu de la jornada de hoy.


viernes, 16 de septiembre de 2011

El torbellino del capitalismo.

Apenas veinticuatro horas después de que los países emergentes, los BRICs, esto es, el Brasil, Rusia, la India y la China anunciaran que estaban dispuestos a acudir en auxilio de Europa y el euro comprando deuda soberana, sale la división acorazada del capitalismo financiero mundial a anunciar que es ella la que va a salvar a los europeos. El anuncio conjunto de la Reserva Federal de los Estados Unidos y los bancos centrales de Inglaterra, el Japón, Europa y Suiza desató la euforia en las bolsas que se fueron todas al alza, tras las amarguras bajistas de las jornadas anteriores. Probablemente esto no quiera decir nada en sí mismo. En la situación de volatilidad existente, las bolsas suben como cohetes y se desploman acto seguido como castillos de naipes que es lo que en buena parte son.

Al parecer los mercados no tuvieron tiempo de calibrar ambas medidas por su carácter insólito e imprevisto. Pero ya lo harán y caerán en la cuenta de que la oferta de los BRICs no era unitaria (Rusia se desmarca), ni estaba libre de condiciones, ni era una decisión firme sino una especie de amago en busca de una negociación que no está nada clara. La justificación era salvar el euro para evitar el contagio. Lo importante, salvar el euro.

El consorcio de bancos centrales trae otra propuesta. No comprar deuda soberana europea sino posibilitar que pueda seguir comprándose en dólares. En principio más parece una operación para salvar el dólar y, de paso, convertir a esta divisa en triunfante en su pugna con el euro. Es el órdago que lanzan las potencias del viejo orden capitalista frente a los emergentes y la infeliz Europa que tuvo la quimérica idea de dotarse de una moneda única sin un poder político que la respalde. Porque estos bancos centrales (excepción hecha del europeo, que tampoco cuenta porque sus transacciones son en euros) son bancos de los Estados. Más o menos independientes, pero bancos políticos al fin y al cabo. El hecho de que el Reino Unido aparezca una vez más vinculado a los extracomunitarios y desligado de la Unión Europea es una vieja melodía ya muy conocida. ¡Qué ojo tenía De Gaulle cuando se oponía al ingreso de Inglaterra en la Comunidad Europea!

Es un golpe político y parecería como si, por fin, la política se hubiera impuesto a los mercados demostrando quién manda aquí. Parecería. Demos tiempo a los mercados a calibrar a su vez qué crédito merece la división acorazada en el cumplimiento de sus compromisos. Porque de esos países, dos, los Estados Unidos y el Japón, están tan hundidos en la crisis como Europa, a Inglaterra lo ocurre más o menos lo mismo y el único por encima de toda sospecha es Suiza que probablemente no podrá salir garante de los otros, aunque no sea más que por su tamaño. La amenaza de un colapso de las transacciones por falta de dólares en el mercado suena como el efecto de la Ley de Gresham que tendría el euro como "moneda mala". Y, si esto es así, inundar el mercado de dólares a lo mejor no es la solución. Lo sabremos en los próximos días con las sucesivas reacciones de las bolsas y el comportamiento de la deuda. Si la crisis se reproduce todo lo que tendríamos serían más países absorbidos por el torbellino europeo, pateando en el lodazal de la crisis de la deuda soberana. En algunos casos, sangriento. Por ejemplo, en el del Japón, que se enfrenta a posibles catástrofes que ponen los pelos de punta. ¿Qué sucedería si tuvieran que evacuar Tokio a causa de las radiaciones nucleares? No me lo invento; lo he leído: dan la evacuación por imposible. En otros casos más de opereta; por ejemplo, en el de los ingleses que, según The Spectator, debieran abandonar la UE.

En España, el último rugido del torbellino ha sido la aprobación del impuesto sobre el patrimonio que, tras muchos cálculos y recálculos, queda en una previsión de unos 160.000 paganos con patrimonios superiores a los 700.000 euros y una recaudación estimada de mil y poco pico de millones de euros. Después de tres años de andar arañando los ingresos de los más desfavorecidos, los pensionistas, los parados, los trabajadores en general, los hipotecados, de rebajar el sueldo a los funcionarios, de subir los impuestos indirectos, ya era hora de que los más ricos de la comunidad aportaran algo tangible. Aun así, muerto de miedo el gobierno por tocar la bolsa al millonetis, promete que la vigencia del tributo será de un año, 2012. Cuando, en realidad, habría que haberle afeado que sea tal su codicia que no tuvo ni el gesto de los ricos franceses o gringos de pedir que les suban los impuestos.

Al contrario el orfeón ideológico ya ha aireado todos los seudoargumentos, las falacias, las patrañas, los cuentos con que estos lumbreras pretenden demostrar que la clarísima causa de que pague más quien más tiene es falsa, incluso contraproducente pues va, ¡en contra de los pobres! El capital paga bien este tipo de teorías pero, a la vista de los resultados, quizá debiera emplear el dinero en otra cosa. Porque estos argumentos no pueden ser más pobres. Incluso son irrisorios. Los resume muy bien Escolar en cinco falacias fiscales.

viernes, 29 de julio de 2011

El mundo es ancho y ajeno.

Si Spengler llega a ver el mapa mundi de la izquierda en el que la extensión de los Estados está en proporción directa a su población diría que su previsión de la decadencia de Occidente es hoy un hecho. Lo que tan convencional como imprecisamente se llama Occidente ocupa la mitad del planeta, es decir, aparece arrinconado frente al avance de Asia y, dentro de Asia los dos Estados superpoblados de la China y la India. Acostumbrado hasta hace nada a dominar el planeta entero a Occidente el mundo se le hace ancho y ajeno, como a los comuneros de Rumi en la novela de Ciro Alegría. Lo de que es ancho los occidentales ya lo sabían, pues lo conocen bien ya que disponen de las ciencias adecuadas para ello. También sabían que es ajeno, pero les daba igual porque se lo apropiaban por vía de los imperios.

Al haberse acabado aquella situación, al haberse acabado el imperialismo, al que Lenin llamaba el estadio superior y último del capitalismo, que sería ya sustituido por el socialismo, el mundo ha entrado en una fase nueva para la que no parece haber una teoría explicativa, sino muchas y a veces contradictorias. El nombre con que se la ha bautizado, globalización, aparte de un anglicismo que suena extrañamente, quiere ser un mero término descriptivo, no explicativo. Lo que viene a decir es que en el planeta hoy los problemas nacionales están interconectados, por lo demás, como siempre, desde el momento en que la generalización de la navegación dio lugar a la economía-mundo de los postmarxistas. Pero el término quiere decir más; que no hay un centro único, ni siquiera dos. Con el hundimiento de la URSS se acabó el tiempo del llamado "bipolarismo" y se temió se llegara a un mundo "unipolar" siendo así que lo que ha emergido ha sido uno nuevo bipolar (EEUU y la China) con tendencia a la multipolaridad.

En el contexto de la globalización el único modo de producción que funciona es el capitalista, incluso en una antigua potencia comunista como la China. El capitalismo es un sistema del que se entiende fácilmente su principio motor (se produce por afán de lucro), pero nada más. El resto es caótico, está abierto a lo imprevisto y al azar y de vez en cuando se colapsa. Las crisis económicas son en realidad fallos de las teorías que los teóricos, siempre tan soberbios, sobre todo los economistas con sus cálculos, atribuyen a otros y llaman, por ejemplo, "fallos de los mercados" y, últimamente hasta "fallos de los Estados". Los pobres Estados a los que la globalización había acogotado siguen siendo villanos en la obra. ¿Pues no amenazan los EEUU con una suspensión de pagos del Gobierno? A lo mejor resulta que hay que rescatar a los gringos, como si fueran griegos; y a lo mejor también resulta que la principal interesada en rescatar los Estados Unidos sea la China. No es la política la que hace extraños compañeros de cama sino el capitalismo.

No deja de ser chocante que, habiendo sido capaz el hombre de comprender científicamente el funcionamiento del universo, desde lo más pequeño a lo más grande (sin perjuicio de lo que quede por saber), sea al parecer incapaz de entenderse a sí mismo, sus actos, sus obras, sus propias creaciones. La injusticia clamorosa de la desigual distribución de la riqueza en el mundo (más claro, la tensión entre la abundancia en unos sitios y la hambruna en otros) tritura literalmente toda reflexión moral de la especie. La incapacidad para poner orden en la propia casa en los asuntos de la mera intendencia y de resolver la misma injusticia pero de puertas adentro no solamente desmiente todos los valores morales que se pregonan sino que demuestra también la inutilidad de la acción práctica que carece de todo sustento teórico.

Y pues el mundo es ancho y ajeno y por lo tanto incomprensible, el debate social y político versa sobre asuntos de la parroquia, caudillismos locales y cuestiones estrictamente personales. No quiero ser agorero pero la enésima bronca en IU a cuenta de supuestos hackeos, acosos y peloteras grupales ya va adoptando el aire ordinario de peleas de corrala. Algo similar sucede en el PSOE, si bien éste lo disimula mejor que IU porque dispone de mayores medios materiales para tranquilizar a las clientelas. El hecho es que, al menos las organizaciones de Madrid y Valencia, con el PSOE en la oposición, están comidas de personalismos, intereses creados y trifulcas.

De la derecha nadie espera, como suele hacerse con la izquierda, aunque con escaso resultado, una teoría que justifique algún tipo de alternativa al orden existente en lo internacional o lo nacional. La derecha está conforme con lo que hay y, si algo quiere cambiar, es retrocediendo a una etapa anterior y "más pura" del capitalismo, libre de la ponzoña de lo público y la socialización. La teoría es un batiburrillo de convicciones tradicionales apoyadas en instituciones intocables, como la Monarquía, la Iglesia, la propiedad privada, la familia (una y única), el orden , la autoridad, con la aceptación del más libre mercado que, por supuesto, contradice todos y cada uno de los anteriores valores y principios. Pero nada de esto importa porque lo esencial aquí también son las personas, los líderes carismáticos en sus feudos autonómicos, Álvarez Cascos, Aguirre. Y, por supuesto, Camps, que es la quintaesencia de una forma de entender la política de campanario, el hombre que se hizo aclamar en votación casi plebiscitaria quien, al parecer, se vestía de regalo, quien presidía un gobierno que supuestamente colaboró con una trama de corrupción y saqueo de las arcas públicas es también el mismo que presuntamente empleó la Caja de Ahorros del Mediterráno para financiar sus delirios en detrimento de miles de impositores. Al extremo de que el Banco de España ha ordenado una auditoria de la CAM. Cuestión de personas, de gestión de los bienes públicos, de la atención a los beneficios privados, las contratas, las recalificaciones. Todo eso es la parroquia, la clientela y no tiene nada que ver con el país y mucho menos, desde luego, con el mundo que es ancho y ajeno.

(La imagen es una foto de upyernoz, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 1 de julio de 2011

El ataque al Estado del bienestar.

Allá por 1984 Palinuro publicó un libro, Del Estado del bienestar al Estado del malestar, (Madrid, Centro de Estudios Constitucionales), que se reeditó en 1991, cuando la Unión Soviética estaba viniéndose abajo. Su contenido era el que preanunciaba el título, que resultó profético. A raíz de la crisis del petróleo de 1973 (precedida por la supresión de la convertibilidad del dólar en 1971) se desencadenó un ataque contra el Estado del bienestar en cuatro frentes: teórico, político, jurídico y económico. En el teórico se argumentaba que el Estado del bienestar era insostenible y que había que volver a la teoría clásica, enterrando el keynesianismo (en esencia, la llamada revolución neoliberal; en el político, el hundimiento del comunismo dejó a la izquierda en los países capitalistas sin su "última razón", sin su apoyo empírico; en el jurídico, se puso freno a la juridificación y constitucionalización de los avances en derechos y políticas sociales, a lo que Elías Díaz llamaba la "juridificación de la transición al socialismo"; en el económico, el proceso de globalización ha fortalecido el capital, que se ha internacionalizado, pero no el trabajo, que no lo ha hecho.

Este dato es más importante de lo que parece y permite al capital, en una posición de fuerza, replantear el pacto social-liberal de la postguerra, el del Estado del bienestar y los acuerdos de Bretton Woods. Desde el momento en que una parte importante del antiguo Tercer Mundo, China y el sudeste asiático, pero no sólo ellos, pasa de ser mercado de productos occidentales a convertirse en productor que invade los mercados de las antiguas metrópolis, éstas están sometidas a una competencia feroz que no pueden resistir porque el viejo recurso del proteccionismo ya no se puede emplear. Ha sido el capital internacionalizado en busca de mayor rentabilidad el que, al deslocalizarse, ha puesto en marcha la maquinaria que trae la crisis a los países en los que se originó.

Para poder sobrevivir en una competencia en la que los antiguos mercados se han convertido en potencias financieras y son las que invierten ahora en los países occidentales, bajo sus condiciones, el capital exige la reducción de costes en todos los órdenes, públicos y privados. Esa exigencia, contra la que los Estados del bienestar están política y jurídicamente desarmados (además de deslegitimados por la tremenda ofensiva teórica neoliberal), puede ser la sacudida definitiva para que el edificio se desmorone.

Lo único que puede parar esta destrucción es la movilización de las poblaciones con los consiguientes riesgos de conflictos, disturbios, trastornos sociales, turbulencias de todo tipo. Lo que sucede es que esa movilización no es muy plausible, habida cuenta de que carece de una clara proyección en el futuro. Ningún partido con relevancia política y parlamentaria en Europa propone la socialización de los medios de producción. De todos. Sin embargo, esa práctica es la única alternativa visible al capitalismo que descansa sobre la propiedad privada de tales medios. Y si alguien quiere calibrar en qué medida el capital está ganando la guerra, que considere cómo la consigna del tiempo es privatización y consiguiente desaparición de cualesquiera sectores publicos.

Sin orientación estratégica, la movilización ciudadana (el 15-M, por ejemplo) se limita a proponer reformas tácticas. Estas pueden ser muy importantes; por ejemplo, pueden plantearse como un control democrático de los mercados y del uso de los medios de producción. Así se soslayaría el inconveniente de la socialización. Pero lo que ésta tenía de erróneo lo tenía de claro mientras que es posible que lo que la democratización tenga de acertado, lo tenga de confuso ya que la democracia es término muy contestado. La prueba: la frecuente crítica de que las democracias representativas no son verdaderas democracias. Razón por la cual, se dice, la democracia está ahora en la calle, en la lucha por el Estado del bienestar.

domingo, 27 de febrero de 2011

El tiempo en que vivimos.

No hace mucho regía el principio incuestionable de la no injerencia en los asuntos internos de otros países. Era emanación del no menos sólido principio de soberanía. Hoy todo ese edificio se cuartea. Hace unos días Manolo Saco dedicó una de sus magníficas columnas a pedir la aplicación del derecho (y el deber) de injerencia. En efecto, hace ya algún tiempo que viene argumentándose en el orden internacional por la eficacia de semejante derecho y deber. Se arguyen razones humanitarias. Por tales entenderemos básicamente el derecho a la vida de los habitantes de los Estados que sus gobiernos no pueden conculcar. El derecho de injerencia se basa en la idea de los derechos humanos; pero la de derechos humanos es una idea occidental. Algunos Estados se excluyen de ese derecho-deber sosteniendo que tienen su propia idea de los derechos humanos. Al final, el derecho de injerencia se aplica, si se aplica, en aquellos Estados que no pueden evitarlo, Serbia, Kosovo, el Irak, el Afganistán. No es pensable en la China, pero algo es algo, como se prueba por el hecho de que ahora se esgrima para Libia, antes de que el criminal que la rige masacre (más) a la población.

Otro asunto muy típico de la época es la creciente tendencia a enjuiciar a los dictadores, a todos los dictadores que sobrevivan a la pérdida del poder. Esa seguridad es la que probablemente lleva a Gadafi a tomar la decisión de morir matando, con el sorprendente argumento de que no tiene nada de que dimitir porque no es nada sino "lider de la revolución", como si no cupiera dimitir del liderazgo de lo que sea.

De todas formas la Jefatura del Estado tampoco es ya garantía de impunidad. Ahí está el Papa denunciado en el Tribunal de La Haya por encubrir la pederastia en la Iglesia y otros supuestos delitos. Los entendidos dicen que el tribunal archivará la querella. Seguramente, desde luego, habrá magistrados católicos a los que resultaría absurdo enjuiciar al representante de su dios en la Tierra; pero también los habrá protestantes para quienes el Papa de Roma es un justiciable como otro cualquiera aunque con alguna peculiaridad. O sea que a lo mejor lo citan a declarar, creando así un problema mucho más difícil de desenredar que el de Gadafi.

El tiempo ha cambiado y está cambiando más rápidamente que el pensamiento sobre él. Las sociedades mutan. Cuando Alemania dice estar dispuesta a emplear a jóvenes trabajadores españoles cualificados, licenciados, etc, hay que animar la idea si de verdad queremos llegar a una Europa que sea una comunidad. La reacción no puede ser darse por ofendidos en el orgullo patrio porque el asunto es un hecho: los alemanes dan ocupación a una fuerza de trabajo que la industria española no es capaz de absorber. Criticar que nosotros costeemos la formación de esos licenciados para que luego se beneficie Alemania indica una miopía intelectual propia de un nacionalista dado que la educación española se ha financiado en buena medida, como el resto del país, de transferencias netas de Alemania en concepto de los fondos comunitarios a los que Alemania contribuye la parte del león.

Por este motivo pienso y creo que este es buen lugar para decirlo que la izquierda, si quiere encontrar un discurso nuevo, tiene que dar un vuelco a su orden actual de prioridades y quizá retornar en mejores condiciones a uno anterior que se perdió. Esto es hay que dejar de priorizar la política en los contextos nacionales y articular las propuestas en un contexto europeo, como mínimo y más adelante, por supuesto global. Se trata de una idea muy extendida, pero solo como idea cuando lo interesante es ponerla en práctica de un modo inequívoco.

Supongo que es pensable convocar una conferencia de la izquierda europea abierta a todas las tendencias de esta orientación política, incluidas las que están enfrentadas. En ella se trataría de ver si es posible articular un programa común europeo de la izquierda. Un programa muy sencillo, concentrado en un punto estratégico último, a cuyo logro se articulará la acción política: el de la desaparición de los Estados nacionales europeos y la constitución de unos Estados Unidos Europeos que no tienen por qué consistir en los veintisiete Estados, sino en una cantidad de ellos a la que se pueda ir agregando otros, como sucedió con los EEUU.

El ritmo de crecimiento de la población (visible en este gráfico extraído de Martínez Coll, Juan Carlos (2001): "Demografía" en La Economía de Mercado, virtudes e inconvenientes) es tan espeluznante que debiera ser el objetivo número uno de las autoridades mundiales controlarlo. Mil seiscientos millones en 1900, tres mil millones en 1960, seis mil millones en 2000 obligan a pensar qué pinta tendrá el rancho cuando haya diez mil millones. A ese ritmo, habrá que colonizar el espacio. Pero, en el ínterin, conviene saber cómo va administrarse un mundo en el todos los graves problemas -exceso de población, agotamiento de recursos, deterioro de la biosfera- no solo son globales sino que ya afectan de modo directo y palpable a la gente. Con seis mil millones de habitantes es absurdo que el mundo haya de gobernarse por el equilibrio general de casi dos centenares de entes soberanos que pueden estar regidos por orates y muchas veces lo están.

Ese es el punto esencial de la izquierda, la clave sobre la que cabrá ir construyendo un discurso europeo, preludio de uno mundial que abogue por un órgano de gobierno europeo (y luego mundial) no sometido a las erráticas, contradictorias y despilfarradoras decisiones de los Estados nacionales. La izquierda tiene que volver a un discurso internacionalista, cosmopolita gradual: primero ponemos orden en nuestra casa Europa y luego podemos colaborar en la construcción de otra mayor. Desde luego, hay que estar presentes en la política de los Estados y tratar de ganar las elecciones, que es la única forma de hacer cambios. Pero la izquierda debe trabajar asimismo en su objetivo estratégico de los Estados Unidos europeos y debe hacer propuestas siempre encaminadas a conseguirlo. La crisis, por ejemplo, debe servir para respaldar la unión monetaria con una única política fiscal de la UE y una mayor integración económica y financiera. Carece de sentido que se hayan fusionado las bolsas de Frankfurt y Nueva York y no lo hayan hecho las de París, Londres, Frankfurt, Madrid, Milán, etc.

(La imagen es una foto de BlantantNews.com, bajo licencia de Creative Commons). El gráfico pertenece a Martínez Coll, Juan Carlos (2001): "Demografía" en La Economía de Mercado, virtudes e inconvenientes , edición del 23 de mayo de 2007.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Meditación sobre la crisis.

El capitalismo es un modo de producción que se caracteriza por sus crisis periódicas; que sean o no cíclicas es asunto discutible; pero, desde luego, son recurrentes. Es uno de los aspectos en que la historia ha dado la razón a Marx. Esas crisis, seguía diciendo Marx, son de exceso de producción. Algo que ya había él intuido cuando se hacía lenguas de la capacidad productiva del capitalismo en El manifiesto del partido comunista. El exceso de producción obliga a recortar gastos, entre otros, los salarios. Los salarios más bajos contraen más la demanda y ahí comienza el vértice del tifón contra el que sólo Keynes encontró una solución duradera.

De esas crisis solía salirse por el expediente de una guerra, en aplicación extrema de la doctrina de la destrucción creativa que se asocia normalmente a Schumpeter aunque la cosa viene de antes, por ejemplo de la obra de Werner Sombart, La guerra y el capitalismo y en general del marxismo. Al principio eso era relativamente fácil porque la guerra se usaba para abrir mercados que daban salida a los excedentes de las metrópolis. Inglaterra conquistaba la India y los Estados Unidos abrían a cañonazos el mercado del Japón para que sus respectivas poblaciones pudieran mantener altos niveles de vida, albergaran lo que los marxistas llamaban "aristocracia obrera".

Pero este expediente bélico ya no puede emplearse al menos en las proporciones que serían necesarias. Sin duda el mundo está sembrado de guerras, pero son de baja intensidad. Hoy todo lo que no sea nuclear es de baja intensidad. En todo caso no se puede recurrir al expediente bélico por dos razones: En primer lugar la guerra extrema es imposible debido al overkill existente en unos silos nucleares que abrigan una cantidad de bombas atómicas capaz de destruir el planeta varias veces. Ya lo era durante la guerra fría que precisamente se llamó fría porque no podía ser guerra. Hoy con más razón cuando las armas nucleares han proliferado.

Además, aunque la guerra fuera posible, no cumpliría satisfactoriamente la tarea de destruir para volver a crear porque el excedente contemporáneo es inmaterial ya que es dinero. La crisis es financiera (la industrial es su reflejo, no su causa) porque lo que el capitalismo ha producido en demasía es dinero, valor nominal, no de uso. Y eso no se puede bombardear. El dinero es indestructible por la vía material. Hay que destruirlo en la simbólica. Por eso el elemento definitorio de la crisis actual gira en torno al crédito, a la confianza, que son elementos morales, extraordinariamente subjetivos. Porque ¿qué juzga la confianza? El grado de creencia que se tenga en la capacidad de alguien de cumplir sus compromisos. Es decir, no es un juicio de hecho sino de futuro. Si se le aumentan los tipos de interés de la deuda se le crean dificultades que a su vez debilitan su capacidad de cumplir los compromisos lo que es también el comienzo de otra espiral.

La segunda razón de la imposibilidad del expediente de la guerra es la globalización. Lo más obvio de ella es que ya no quedan mercados cerrados por abrir o vírgenes por descubrir y conquistar. El mundo entero es un mercado, un libre mercado, sin fronteras, sin límites, sin barreras. Aunque sobrevivan aquí o allí prácticas proteccionistas, el comercio mundial está arbitrado por la Organización Mundial del Comercio, firme partidaria del libre cambio.

La globalización hace añicos las teorías de la conspiración del tipo de "ataque de los mercados contra el euro" o contra España, o lo que sea. No hay ataques concertados. No hay un centro mundial de operaciones. El mundo es un sistema en el sentido de Luhmann, autopoiético, esto es, que se crea a sí mismo, no está dirigido desde parte alguna. El orden (o desorden) mundial es el resultado espontáneo de la confluencia de trillones de trillones de decisiones que se toman en todo el planeta de modo autónomo e independiente. Eso no hay quien lo controle. Nadie puede prever nada (y mucho menos prevenir) cuando las decisiones, todas (las de previsión también), se toman al unísono en virtud de una información en tiempo real y que llega a todas partes en el mismo instante y en la misma cantidad. Es decir, no hay nadie más o mejor informado que otro si el otro no quiere. La carrera por la información es frenética y de ahí que no se opere sobre los datos que hay sino sobre las expectativas. Son los mercados de futuros.

Por estas razones esta crisis financiera es una crisis capitalista, sin duda, pero no tiene precedentes. Además el capitalismo carece de alternativas. El socialismo fracasó y todo indica que, si se reprodujera, fracasaría de nuevo si cometiera el mismo error de suprimir el mercado. Y, si no se suprime el mercado, el modo resultante podrá llamarse socialismo pero seguirá siendo capitalismo. Por eso había sido tan ingeniosa la fórmula socialdemócrata de intervenir en los mercados sin abolirlos, esto es, de domesticar a la fiera. Pero ahora, en esta crisis, la fiera se ha soltado y se ha comido al domador puesto que los partidos socialdemócratas se han convertido todos, más o menos declaradamente, al evangelio neoliberal. Ya puede Alfonso Guerra pedir a la izquierda respuestas a la crisis. Ni siquiera se atreve esa izquierda a defender el Estado del bienestar porque se ha tragado el dogma neoliberal de que es un cobijo de vagos y defraudadores. ¿Cuándo no han dicho los ricos que los pobres lo que son es unos vagos y unos delincuentes? Así que esta crisis lo es del Estado del bienestar. También lo es del euro y, por extensión, de la Unión Euopea, pero ese es rollo aparte. Aquí lo importante es el ataque al Estado del bienestar que viene a ser un bocatto di cardinale como la galera capitana en la flota de las Indias, una nao cargada de tesoros: los ahorros presentes y futuros de nuestras sociedades.

Y la cosa es complicada porque, siendo la crisis global, las medidas que se toman son de carácter nacional, lo cual es perfectamente inútil, dicho sea sin desdoro de las meritorias pero harto insuficientes decisiones de la Unión Europea de alcance colectivo. Tomar medidas de alcance nacional para atajar una crisis global es algo inútil salvo que sean las medidas que precismente exige esa crisis global interpretada por los organismos financieros internacionales. Sólo un dato para la memoria: ¿nadie se acuerda de la dureza de las medidas impuestas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a los países latinoamericanos con motivo de la crisis de la deuda de los años ochenta? ¿Quién iba a decir a los países europeos que a ellos se les aplicaría la misma medicina por el mismo motivo: la deuda?

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¡Qué tiempos!

El País del domingo pasado traía un brillante artículo de Daniel Innerarity, titulado El miedo global. Es una sucinta y certera reflexión filosófica sobre nuestra época, aquejada de eso, de "miedo global". Miedo porque vivimos en un mundo de peligros y riesgos que no controlamos, que es también lo que dice Beck. Es verdad que el miedo parece habernos acompañado desde el origen de los tiempos e Innerarity invoca a Hobbes muy oportunamente ya que éste fundaba el Estado en el miedo, mejor dicho, en el interés de los humanos por evitarse ese miedo difuso que nos tenemos unos a otros, concentrándolo en el que tenemos al Estado, a quien transferimos esa condición de ser temido que la tradición mosaica, por cierto, también atribuye a Dios como bien recuerda la Biblia, insuflando continuamente el "temor de Dios". Dios también está fundado en el miedo, el miedo a la muerte; es decir, en la necesidad de librarse del miedo a la muerte, transfiriéndolo al Creador. Pues quien te crea, puede destruirte. Igual que el Estado puede aniquilarte y por eso Hobbes lo llamaba Leviatán, un "hombre artificial".

Lo que sucede con el miedo actual, viene a decir Innerarity, es que no tenemos manera de librarnos de él porque, a diferencia de tiempos pasados, vivimos en la incertidumbre. Tengo la impresión de que eso le haya sucedido al hombre desde siempre, que su destino ha sido incierto y él lo sabe, lo ha sabido siempre; a lo mejor por eso es hombre. El grabado de más arriba, Michael Wogelmut, "La danza de la muerte", es de 1493 y uno se queda pensando qué podrían tener en la cabeza gentes que se imaginaban cosas así. Se suele decir que lo especial de nuestro miedo es que lo es a la posibilidad de la autodestrucción. Pero esa idea tampoco es nueva: el diluvio universal, Sodoma y Gomorra, la torre de Babel son ejemplos de la conciencia de la destrucción de la humanidad a causa de sus pecados. En todo caso, asuntos menores. Lo importante es reconocer que el miedo viene dado por la incertidumbre y lo único que encuentro de nuevo en esto es el hecho de que seamos nosotros quienes tengamos que pechar con la situación, igual que otros lo hicieron antes y otros, es de suponer, lo harán después.

Enfrentados a la incertidumbre los seres humanos tendemos, al parecer, a aferrarnos a lo que nos dé seguridad. Aquí tiene su origen, probablemente, ese escoramiento del mundo occidental a la derecha. Ver a los neonazis en el parlamento sueco ha sido un aldabonazo en la conciencia europea. De repente el viejo continente se ha llenado de matachines xenófobos y ultrapatrióticos, jefes de la jauría, y los primeros que han sufrido el endurecimiento de la situación han sido los gitanos. Detrás vendrán los supuestamente responsables de la "islamización" de Europa y ya veremos qué sucede. De momento está garantizado el auge de la derecha porque es la que siempre propone como solución dejar las cosas como están o, según algunos, mejor, llevarlas hacia atrás. Lo malo conocido...muy tranquilizador.

Frente al avance de la derecha, la izquierda está literalmente en la inopia. Se ha quedado sin discurso. No sabe qué proponer que garantice la seguridad al tiempo que la justicia. No puede planear el futuro porque el que tenía se le hundió estrepitosamente y para el presente y el pasado ya están los otros. Así que la izquierda, para sobrevivir, se suicida imitándolos: se apoyan las deportaciones de gitanos, se mete mano a los trabajadores, los jubilados, los inmigrantes, se desguarnece el derecho del trabajo (no al trabajo que ese ya se sabe que ni se espera), se suben los impuestos que más perjudican a los que menos tienen, se mima la banca, el capital financiero y se atiende a las pretensiones de la patronal. Y luego va uno a Nueva York y se confiesa ante el cogollo mismo de ese capital financiero global. ¿Qué estaría pensando George Soros mientras hablaba Zapatero, Soros, ese hombre que predice con toda lucidez que si la gente como él puede seguir haciendo las cosas a su manera vamos de cabeza al desastre?

Innerarity propone que racionalicemos el miedo, cosa en verdad extrema y que no sé si es realizable. El miedo es producto del predominio de lo irracional. Si predomina lo racional, no hay miedo. Pero eso ya lo sabíamos desde Epicuro. La cuestión es cómo se administra prácticamente esa racionalización del miedo. Y aquí es donde la razón práctica impera (pues no en balde el concepto actual de racionalidad, que está por definir, en buena medida identifica lo racional con el cálculo de costes-beneficios) y adquiere sus formulaciones concretas, mostrando las miserias humanas. Por ejemplo, esa renuncia del PSOE a legislar sobre la libertad religiosa en España indica que el Gobierno tiene miedo a la Iglesia, quiere contemporizar, reducir la incertidumbre. Muy racional en un sentido y muy irracional en otro, aquel que lleva a impulsar la extensión de la razón a costa de la fe porque, diga lo que diga el Papa, la razón y la fe no son compatibles. A no ser que el miedo nos haga decir que lo más razonable es refugiarse en la fe. Con lo que, ya se sabe, nada de abortos, nada de células madre, nada de partos aliviados, nada de cuidados paliativos ni de eutanasia, nada de control de la natalidad; en fin, no sigo: nada de nada.

lunes, 17 de agosto de 2009

¡Que vienen los chinos!

La foto quita el hipo. Se queda uno atónito. Pero no haya cuidado; no va uno a defender la superioridad china por su mejor forma física; estaríamos buenos. Además los dos retratados no son chinos. Pero la China está experimentando un desarrollo y crecimiento económicos que maravillan no menos que la foto. Para ella la crisis ha consistido en bajar de un nueve por ciento al seis por ciento de crecimiento en el PIB. Ahora anuncia la salida del túnel que es causa y efecto al mismo tiempo de la recuperación mundial. Francia y Alemania entran en positivo y en Gringolandia las cosas parecen moverse en la buena dirección. Los indicadores económicos señalan la salida de la crisis. Los indicadores económicos. Los mismos indicadores económicos que no supieron, quisieron o pudieron prever su inicio.

Hay algún tipo de enseñanza, supongo, en el hecho de que sea un Estado autoritario no democrático de partido único (los otros son comparsas) el que dirija la salida de todos de la crisis. Esta situación contradice el saber convencional político establecido mayoritario que requiere una democracia liberal como correlato político del desarrollo económico. Y contradice también el discurso político comunista revolucionario por cuanto ese partido único ha promovido un desarrollo económico basado ampliamente en el mercado y no en su abolición ni una exclusiva planificación económica centralizada, habiéndolo hecho a tal extremo que muchos dicen que la economía china es la primera economía neoliberal del mundo, con el Estado-partido como un actor más en el conjunto de las fuerzas del mercado. Es más, el propio Partido Comunista Chino ha permitido el ingreso en sus filas de elementos burgueses, esto es, propietarios.

¿Quiere ello decir que la legitimidad de los sistemas políticos depende más del rendimiento económico que de su forma de gobierno? En principio tal parece. Los países occidentales suelen señalar de común acuerdo la falta de respeto del régimen chino por los derechos humanos, y la ausencia de democracia, pero todos toman posiciones en el mercado chino y no quieren enemistarse con el régimen que, luego de haber sido comunista, es hoy profundamente nacionalista y rechaza airado las críticas. El hecho es, por otro lado, que aunque China conoce ciertos movimientos de oposición democrática en el interior, estos carecen de la fuerza mínima necesaria para ser un peligro a la estabilidad política, basada en una población desmovilizada políticamente y enfocada hacia el aumento del nivel de vida a través de la adaptación a las condiciones del mercado. Muchos comparan a China con España en los años sesenta del siglo XX.

Queda el asunto de la globalización. Porque el mundo está globalizado puede suceder este fenómeno de que la tercera economía del mundo, camino de ser la primera en poco tiempo, tire del conjunto para superar la crisis. Pero a la vez esto se consigue con un modelo productivo basado en salarios muy bajos, largas jornadas laborales y falta de derechos de los trabajadores, en una situación que en Occidente no se toleraría. Pero que hace muy competitiva la economía china, debilitando a la occidental cuyos empresarios localizan sus fábricas en la República Popular y vienen a Occidente a vender sus productos. Un tipo de división internacional del trabajo con la globalización que lleva en su seno el germen del desmantelamiento del Estado del biestar en Occidente, incapaz de defenderse de la invasión de productos chinos (e indios en medida cada vez mayor) a precios muy bajos. Y no sólo quincallería, sino todo tipo de productos y hasta servicios. He aquí un factor de crisis internacional al que Occidente no ha sabido de momento encontrar solución fuera de confiar en que, con el aumento del nivel de vida en la China se irán imponiendo formas democrático-liberales, lo que no pasa de ser una esperanza basada en un piadoso deseo.



(La imagen es una foto de ceronne, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 13 de julio de 2009

La política del terror.

Un libro este (Alejandro García (Ed.), 2009, Los crímenes de Estado y su gestión. Dos experiencias postraumáticas y una aproximación a la justicia penal internacional, Madrid, Ediciones La Catarata, 198 págs.) compuesto por tres trabajos de muy desigual longitud, concepción, materia y metodología, pero todos ellos interesantes por la temática que abordan.

Alejandro García (Colombia y sus guerras) traza un cuadro de la evolución del país al que algunos bromistas llaman "Locombia" desde los orígenes de la llamada La Violencia, que siguió al Bogotazo del 9 de abril de 1948, cuando cayó asesinado el dirigente liberal Jorge Eliezer Gaitán, una especie de apóstol de los pobres. Este crimen disparó una oleada de violencia, la conocida como La Violencia y en diferentes etapas, llega hasta nuestros días. La Violencia sacudió al país en muchos aspectos. Muchos liberales que no estaban seguros si seguían viviendo donde siempre constituyeron guerrillas y empezó una guerra de guerrillas. Al final de la dictadura militar de Rojas Pinilla (1953-1957) conservadores y liberales se pusieron de acuerdo en Sitges en un pacto de alternancia, también llamado Frente Nacional (1958-1974). Este Frente Nacional fue un cierre en falso de La Violencia. Los asesinatos y crímenes siguieron y enlazaron con la siguiente ola de violencia en 1980 hasta hoy. Habla el autor de una "nueva frontera" para los que se ven obligados a desaparecer de las ciudades y se organizan en movimientos de resistencia en una zona del Magdalena Medio, centro geográfico de Colombia. En esa zona será donde surjan las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Los guerrilleros pusieron orden de gobierno en la zona y la situación enraizó en la población campesina y así vino funcionando hasta los años ochenta. En 1982, en Puerto Boyacá se crea la primera organización de Autodefensa. Ya el ejército había luchado contra las FARC, pero no era capaz de arradicarlas. Los grupos paramilitares de autodefensa se reunieron en Medellín en 1982 y pusieron en marcha el mecanismo para acabar con las FARC. Lo que hicieron con la ayuda del ejército fue una especie de "solución final" con exterminio de la población campesina planeado a conciencia. En esta tarea de exterminio resultaron de gran utilidad los jefes de las FARC que desertaban y se pasaban al enemigo, siendo muy conveniente la información que facilitaban. El momento álgido de las masacres se dio en 1985. En 1987 algo empezó a cambiar con la creación de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC), que no querían saber nada de la violencia y se enfrentaban por igual a guerrilleros y a paramilitares, intentando superar la Ley del silencio que los autedefensas habían impuesto en el Magdalena Medio. Hasta que unos pistoleros asesinaron a tiros a su dirigente, Josué Vargas juntamente con el secretario general Saúl Castañeda, el ingeniero y asesor Miguel Ángel Barajas y la periodista Silvia Duzán, que iba a contar la verdad de lo que pasaba. A partir de este momento, la guerra se hizo global (de todos contra todos) y surgió el narcotráfico como otro escalón en el camino. Sin embargo, en 1990 las guerrillas estaban más fuertes que nunca. Con la elección de Álvaro Uribe (que recibió muchos votos de los paramilitares) comenzaron las negociaciones. En junio de 2005 se promulga la Ley de Justicia y Paz que legitima a la impunidad y olvida a las víctimas. Todo el sistema está podrido. Más de la mitad de los senadores y diputados deben su escaño a la AUC. A ello se ha añadido el narcotráfico, ya mencionado. Recordando la novela de José Eustasio Rivera, La vorágine el autor llega a la conclusión de que en Colombia se impone la vorágine.

Gabriela Águila y Laura Luciani (Argentina: crímenes de Estado y memoria) presentan un trabajo que es el único que hace honor al título. Los crímenes en la Argentina, en efecto, lo fueron de Estado, de gobierno. Los de Colombia, en su mayor parte, son de los paramilitares que sólo indirectamente cabe considerar Estado. En la Argentina, sí, vino de la mano de la "nueva dictadura" de 1976 a 1983, una dictadura que planifica y lleva a cabo el exterminio de sus oponentes políticos y de mucha gente corriente y moliente. Aunque comenzó contando con cierto apoyo tácito de la población, hacia 1981 ya empezó a organizarse la oposición a través de la Multipartidaria, a la que se unieron la Unión Cívica Rdical y el Partido Justicialista. La junta del General Galtieri (los sucesivos generales de esta siniestra Junta fueron Videla, Viola, Galtieri y Bignone) declara la guerra de Las Malvinas, que pierde. La Multipartidaria convoca en septiembre de 1983 una marcha por la Democracia y la Reconstrucción Nacional a la que acuden 100.000 personas. Las fuerzas armadas deciden abandonar el poder pero antes promulgan una Ley de Pacificación por la que intentan garantizar la impunidad de quienes participaron en la represión. La dictadura cae en diciembre de 1983. Sigue el gobierno radical de Raúl Alfonsín (1983-1989), el breve período radical de Fernando de la Rúa hasta 2003 en que se elige a Néstor Kirchner y en la actualidad, su mujer gobierna. En un primer momento Alfonsín hizo derogar la ley de autoamnistía de los militares y creó la comisión de la verdad, presidida por Ernesto Sábato con el título oficial de Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). El informe Sábato documenta el caso de nueve mil. En la segunda mitad del gobierno de Alfonsín este empezó a ceder a las presiones de los militares con lo que en 1986 se promulga la Ley de Punto Final y en 1987 la Ley de Obediencia Debida (llamadas "leyes de impunidad"). Finalmente en 2001 el juez Cavallo decretó la inconstitucionalidad de las dos citadas leyes y el Congreso las anuló en 2003.

Teresa Vicente (La justicia universal como justicia reparativa postconflicto) sostiene que hasta la fecha hay tres formas de materializar la jurisdicción penal universal: la Corte Penal Internacional (CPI), la creación de tribunales ad hoc como órganos subsidiarios del Consejo de Seguridad y los Tribunales Penales mixtos. La CPI se crea en la Conferencia diplomática de Roma el 17 de julio de 1998 y el tratado entró en vigor en julio de 2002 mientras que la Corte quedó constituida en 2003, ratificada por 106 países. La más firme oposición a cualquier forma de ejercicio del derecho a la justicia universal son los Estados Unidos, cosa que hacen a través de tres vías: a) presionar al Consejo de Seguridad de la ONU para obtener resoluciones que garanticen que la Corte se abstendrá de actuar sobre sus nacionales; b) la conclusión de tratados bilaterales de no extradición o entrega a la CPI; y c) establecimiento de una legislación interna (p. 179). El derecho internacional atribuye a los estados competencias extraterritoriales que sólo son obligatorias si los presuntos criminales se encuentran en el territorio del Estado. Analiza luego la autora el caso de España con los llamados "juicios de Madrid" y su impacto sobre la Argentina. No obstante el trabajo se redactó antes de que el Congreso aprobara una modificación de la normativa restringiendo mucho el alcance de la jurisdicción universal en el caso de España. Igualmente hace una valoración sucinta de la situación en Colombia y la Argentina. A ella añado yo la idea de que se trata de casos contrapuestos: en Argentina, aunque de modo tortuoso y con ayuda exterior, se siguió el camino de la ley y, al final, se ha podido arbitrar una solución razonable para los problemas de la restitución de las víctimas, la recuperación de la memoria, el castigo de los culpables. En Colombia nada de eso ha sucedido. Al contrario, gracias a la estrecha connivencia entre los paramilitares, el narcotráfico y las instancias institucionales, la situación es de legitimación y perpetuación de la injusticia.

viernes, 26 de junio de 2009

Eso de la jurisdicción universal.

El Congreso acaba de aprobar una enmienda a la vigente Ley Orgánica del Poder Judicial que limita drásticamente la jurisdicción de la justicia española en el extranjero a los casos en que estén implicados ciudadanos españoles. Se acabó perseguir presuntos delitos de genocidio a lo larcho y ancho del planeta, proteger los derechos humanos en otras latitudes y hacer la vida imposible a los torturadores y asesinos allí en donde se encuentren. Frente a esta decisión parlamentaria lo sencillo es poner el grito en el cielo, protestar de que los derechos humanos queden abadonados en muchos puntos del mundo al capricho de cualquier sátrapa o tirano y lamentarse de que la reforma sea un paso atrás en el progreso de la conciencia jurídica de nuestro tiempo. Una vez más, para nuestra vergüenza, se ha impuesto la sórdida razón de Estado frente al bello proyecto de una justicia universal.

Lo sencillo y lo tópico. Porque el asunto es más complicado de lo que parece. Desde luego, el ideal de una jurisdicción universal es irrenunciable. Pero es un ideal, no una realidad. La realidad es que el derecho sigue atado al principio de territorialidad, lo que quiere decir, crudamente, que las normas jurídicas valen lo que vale la fuerza que lleven detrás capaz de imponerlas. Si no hay tal fuerza coactiva, no hay normas jurídicas, ni jurisdicción, ni nada. Habrá moral, si se quiere, pero no derecho porque el derecho se apoya en la fuerza. Por supuesto que España ha firmado tratados, acuerdos y convenciones internacionales comprometiéndose al principio de jurisdicción universal y que está obligada a tratarlos como derecho positivo. Pero que los trate como tal no quiere decir que lo sean. Porque el derecho positivo se llama así porque se aplica en la realidad a la fuerza.

Sólo existe una posibilidad de que se dé una jurisdicción universal: que haya un Gobierno universal. A su vez, esta idea del Gobierno universal se puede entender de dos modos al menos desde el Proyecto de paz perpetua de Kant: el primero como un Gobierno mundial único; el segundo como una confederación de gobiernos nacionales que acordaran un régimen común. El primer caso, obviamente, excluye el hecho de que un único gobierno nacional, por razón de su poderío, se erija en Gobierno mundial de hecho, en una especie de sheriff del condado. El Gobierno mundial único habría de ser una estructura cosmopolita, no nacional, esto es, de momento al menos, una quimera. Hasta Kant lo vio así y por eso se apuntó a su "programa mínimo": la confederación de repúblicas nacionales. Éstas tendrían que establecer el gobierno mundial por una especie de acuerdo o pacto entre ellas. Lo cual significa, a los efectos de nuestra jurisdicción universal, que ésta podría darse si todos los gobiernos confederados aceptaran someterse a ella voluntariamente. Pero no es el caso. Bien se ve en el proyecto de una Corte Internacional de Justicia Penal que no todo el mundo admite. Por ejemplo, no la aceptan los Estados Unidos y la República Popular China, entre otros Estados. Al no darse esta aceptación, la hipotética jurisdicción universal de los tribunales de un tercer país (España en este caso) es inexistente porque sólo podría realizarse si pudieran obligar a la China o los Estados Unidos al cumplimiento de sus decisiones incluso en contra de ciudadanos suyos, seguramente juzgados en España "en rebeldía". Y no es probable que, en el futuro previsible los tribunales españoles puedan imponer sus sentencias en los Estados Unidos o llevar a la cárcel a los dirigentes chinos responsables de la represión en el Tibet.

Se dirá que esto no obsta y que la objeción realista no es un argumento en contra de la jurisdicción universal sino en contra de quienes no permiten que se aplique. Y es cierto. Pero no hay nada que hacer. Sin fuerza de obligar, las decisiones de los tribunales no son actos jurídicos sino morales. Todo lo resplandecientes que se quiera, pero ineficaces salvo, claro es, en el terreno de los principios y los respetos humanos. Lo que sucede es que ese capítulo de las condenas mundiales a responsables concretos de delitos especialmente odiosos, ya lo teníamos cubierto hace muchos años con ejemplos como el Tribunal Russell, que condenó repetidamente a los Estados Unidos por su política de agresión y guerra en el Vietnam pero sin que ninguna sentencia llegara a ejecutarse. Ni siquiera la hubo. Lo que se pretende aquí es evitar esta vía porque, al ser dichos "tribunales" órganos políticos son fácilmente atacables por vía política. Por eso se prefieren los tribunales ordinarios ya que aportan el marchamo de la imparcialidad. Pero eso se paga al precio de la coactividad garantizada de sus decisiones y, si ésta no se da, es mejor volver a la fórmula anterior.

Sin embargo, la insistencia en que la jurisdicción universal la ejerciten los tribunales ordinarios de justicia también trata de mantener la ilusión de que existe un ordenamiento jurídico mundial en el que las sentencias de esos tribunales, en ciertos casos, tienen fuerza de obligar allende las fronteras de los Estados en los que se formulan. Pero eso es justamente lo que no se da ni lleva visos de darse en un futuro inmediato. Dichas decisiones tienen un indudable valor moral, como se puso de manifiesto cuando el juez Garzón reclamó al ex-dictador Augusto Pinochet, por entonces de viaje en Gran Bretaña, pero no cabe imponerlas coactivamente y, además, pueden ser objeto de conflictos sin cuento. Imagínese qué pasaría si un ciudadano estadounidense o chino, condenado en rebeldía por genocida por un tribunal español, pasa unas vacaciones en un tercer país que sí reconoce la tal jurisdicción universal y decide extraditarlo para que cumpla su sentencia en España. En el límite, esta situación podría dar lugar a un casus belli que dejaría pocas dudas en el supuesto de un enfrentamiento entre los Estados Unidos o la China y España respecto al resultado que quepa esperar. Por lo demás, nada daña más a la justicia que el hecho de que sus sentencias no se cumplan.

El Congreso no ha hecho, pues, otra cosa, que evitar situaciones embarazosas en el futuro o insostenibles o, incluso, conflictos de desastrosas consecuencias. Hasta el portillo que ha dejado abierto de autorizar la actuación en el caso de que estén implicados ciudadanos españoles me parece problemático. Cuando el mando militar estadounidense tuvo conocimiento de que un tribunal español pedía la comparecencia de los soldados gringos presuntamenre responsables de la muerte del cámara José Couso, una alta jerarquía comentó cínicamente que "nevará en el infierno antes de que un soldado estadounidense comparezca ante un tribunal penal español". Esto es lamentable y condenable. Pero ¿merece la pena insistir en la jurisdicción universal a instancia de parte -en este caso española- para obtener un fin de resarcimiento moral?

Todo lo cual plantea asimismo el problema de qué sucede cuando un Estado dispone de la fuerza para imponer las decisiones de sus tribunales saltándose el principio de territorialidad, como hicieron, por ejemplo -y no es un caso único- los Estados Unidos en Panamá cuando invadieron el país, detuvieron a su presidente, se lo llevaron a Gringolandia, lo juzgaron, lo condenaron y en la cárcel sigue. Pero esto sería objeto de una segunda -y melancólica- meditación.

Por último menciono otro asunto que podría poner el problema de que aquí se trata en unas dimensiones francamente ridículas sino afrentosas: ¿qué crédito merece el principio de jurisdicción universal invocado por los españoles que, después de setenta años, no han conseguido hacer justicia en un crimen de genocidio continuado que se cometió en España durante cerca de cuarenta años y en el que hay numerosas víctimas (no todas) identificadas así como numerosos victimarios, empezando por el responsable de todos ellos, el general felón, traidor y genocida Francisco Franco? Y ¿qué crédito recordando además, que la imposibilidad de investigar dicho genocidio y hacer justicia en consecuencia, la amparan y sostienen precisamente los tribunales de justicia en España?

(La imagen es una foto de woodleywonderworks, bajo licencia de Creative Commons).