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viernes, 4 de octubre de 2013

La política de la muerte.


Los muertos nos acechan, nos asaltan, llegan a cientos a nuestras playas. Los muertos que hemos matado con nuestra indiferencia, nuestro egoísmo, nuestra insolidaridad. Los muertos llueven. Caen en Siria, en Afganistán, en México, en Palestina, en los colegios de los Estados Unidos, los balnearios noruegos o los trenes españoles. Y sus muertes son siempre un escándalo. Pero estos doscientos africanos que se han ahogado ante Lampedusa, mujeres, hombres, niños, tienen algo especial. Se nos echan encima, nos amargan la existencia. Hasta el Papa dice sentirse avergonzado. Un sentimiento que compartimos muchos. Un sentimiento noble engastado en otro menos noble, en otro de perversa autocomplacencia: somos unos privilegiados. La gente se juega la vida por entrar en nuestra casa. Y la pierde a puñados. Es, desde luego, escandaloso, una vergüenza. Hay que arreglarlo pero, por favor, no podemos abrir nuestras fronteras. Pereceríamos todos. Definitivamente, menos noble.

Porque la vergüenza nos la inspiramos nosotros mismos. Nosotros somos la vergüenza. Y parece como si, al sentirla, y confesarla en público, cuando los africanos perecen a puñados ante nuestras costas víctimas de la codicia de los traficantes y de la incompetencia o la indiferencia de las autoridades, pudiéramos olvidarnos de nuestros propios muertos, de los que matamos en esa casa por entrar en la cual pierden la vida tantos desgraciados de fuera.

La muerte no es cosa de cantidades. Ese indigente muerto de inanición en Sevilla vale por todos los africanos del mundo. Por todo el mundo en realidad. Plantea una cuestión bien terrible: ¿cómo hemos llegado a esta situación en la que, en mitad de la abundancia, la gente pasa hambre y alguna, a la vista está, muere de ella?

Pero también puede ser de cantidad. ¿Cuántos suicidios por desahucio llevamos? Formalmente son suicidios. Materialmente son asesinatos. Ninguna madre de cinco críos se suicida así porque sí.

Son asesinatos. Todos. Los de fuera y los de dentro. Asesinatos perpetrados por un orden basado en la violencia estructural más extrema, esa de la que no tiene ni idea el ministro de Justicia, pero la usa para sus torcidos fines. Porque él, tan creyente, es parte de una política de partido que, profesando de boquilla el individualismo cristiano, carece de toda consideración por la dignidad de la persona. Más aun: considera a las personas mercancías. Rajoy sigue su periplo vendiendo la Marca España. Ahora, en el Japón, ha expuesto claramente esa visión mercantilizada de los seres humanos propia de estos neoliberales. Quiere convencer a los inversores japoneses de que es una buena ocasión para meter dinero  porque él ha bajado los salarios en España.

La política de la derecha neoliberal es política de muerte. Los seres humanos son mercancías; las mercancías se deterioran, se echan a perder, se hacen obsoletas, envejecen; hay que deshacerse de ellas y, las que resten, ponerlas a buen precio. Lo dijo hace unos meses una de esas responsables de sanidad del PP (madrileño, creo) con aire de experta en master de administración de la salud o cosa parecida ¿Tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema? Ándele, pregunte al cargo qué entiende por sentido. Las bocas inútiles. La política de la muerte. Es ya más que la biopolítica foucaultiana. Es directamente la tanatopolítica.

Rajoy considera la Marca España como una especie de empresa. España es una empresa; los españoles somos los trabajadores y la empresa siempre quiere rebajar los salarios para aumentar los beneficios. Siempre. Y como, según el catón económico que alguien ha metido en la cabeza al presidente, son los empresarios los que generan empleo, hay que garantizarles los beneficios. Si para ello es necesario despojar a los compatriotas de sus derechos y entregarlos en condiciones de servidumbre, se hace. Y, además, se dice. Rebajar los salarios, reducir las pensiones, eliminar subvenciones, subsidios, prestaciones, becas, ayudas. La política de la muerte va precedida del expolio.

Aun así, no pasa nada y todo el mundo se pregunta por qué. ¿Por qué? Miren Lampedusa. Miren los restos de quienes han muerto por llegar aquí a que los exploten, los maltraten, los prostituyan, los encarcelen o los maten. ¿Lo ven? Es una vergüenza, sí, pero son ustedes unos privilegiados. Y estar peor es solo cuestión de proponérselo.

miércoles, 26 de junio de 2013

Variaciones moscovitas.


La peripecia de Edward Snowden recuerda, con todas las variantes, la de Julian Asange. Ambos son muy distintos por carácter, dedicación y posición en la vida y, sobre todo, por el contenido concreto de los secretos que han revelado. Pero, al final, se encuentran en situación muy parecida: dos hombres jóvenes, prácticamente apátridas, perseguidos por la mayor potencia mundial. Cuando al final de su vida Herbert Spencer, en la cumbre de la gloria, escribió El hombre frente (o contra) el Estado, dejó el legado del que ha bebido todo el pensamiento liberal y neoliberal, desde Ludwig von Mises y Hayek hasta la señora Thatcher y su discípula, la señora Aguirre. Había que parar los pies al Estado y, a ser posible, disminuirlo hasta aniquilarlo en nombre de la libertad irrestricta del individuo. Esa propuesta en el terreno de las ideas tiene ahora su plasmación gráfica en la aventura de Asange y Snowden, dos hombres enfrentados cada uno de ellos por separado al Estado más poderoso del mundo y, en el caso de Snowden, el suyo propio. El primero es perseguido bajo la acusación de un delito de revelación de secretos; pero al segundo le alcanza ya un reproche más grave: traición a la Patria, que tiene registros muy profundos en la política.

No sé qué hubiera dicho Spencer de esta situación porque, aunque era muy conservador, era más liberal y consecuente (no como los neoliberales de hoy) y detestaba el patriotismo. Pero esto es indiferente ahora. Se trata de dos seres humanos en busca y captura por la primera potencia del mundo que ya va desarrollando experiencia en esta práctica piratesca de dar caza a personas consideradas delincuentes o peligrosas fuera de sus fronteras. Manda aquella fuerzas expedicionarias al extranjero a capturar su objetivo (por ejemplo, Noriega en Panamá) o a asesinarlo (por ejemplo, Bin Laden en algún lugar remoto del Afganistán). Pero estos dos, en lugar de esconderse, plantean la lucha contra el Estado yanqui en términos jurídicos abiertos que este se ve forzado a observar: el asilo político, la condición de extraterritorialidad, la soberanía de los Estados. Son principios que los EEUU tienen que respetar quieran o no. No se puede enviar una Task Force a Londres ni a Moscú.

De Asange y WikiLeaks se ha escrito mucho. Palinuro simpatizó con la acción desde el primer minuto, considerando que WikiLeaks es un paso decisivo en el empleo de internet en favor de la transparencia y publicidad de los gobiernos, como corresponde al espíritu democrático, según el cual gobernantes y gobernados son lo mismo y no puede haber secretos de unos hacia los otros. El secreto como razón de Estado, que viene de tiempo inmemorial pero se consagra con la paz de Westfalia, en donde nace el Estado moderno, ya no es admisible. WikiLeaks es una conquista en defensa de los derechos e intereses de los individuos frente a la expansión permanente del Estado en nuestras vidas, espiándonos y engañándonos al mismo tiempo.

Esa es la peculiaridad de la acción de Snowden, que ha revelado a la luz pública la existencia de un potente programa de espionaje universal de la CIA. Espionaje de correos, de perfiles, de conversaciones privadas, de claves, asuntos personales, de millones y millones de personas en todo el mundo, incluidos los países "amigos". Por supuesto, Snowden es un peligro para la "seguridad" de estas operaciones ilegales de los EEUU mucho mayor que Assange. Por eso, los gringos lo persiguen con más saña, llamándolo "traidor". Querrían verlo comparado con Alcibíades, el condestable de Borbón, Clausewitz, etc., ejemplos de militares traidores que se pasaron al enemigo para luchar contra su patria. Pero en este caso los modelos no son aplicables ya que aquí no hay "enemigo". El supuesto "traidor" no ha cambiado de bando sino que simplemente ha informado a la opinión mundial de los tejemanejes ilegales de su gobierno en materia de espionaje.

Si hay que buscar un ejemplo que ilustre la situación de estos dos prófugos de las iras de ese gigantesco aparato, ese monstruo que todo lo vigila y lo manipula, es preciso acudir a la figura de Prometeo, el que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, el padre de la civilización. A Assange le han cambiado la roca del Cáucaso por un par de habitaciones en la embajada del Ecuador en Londres. Quitando el águila y su molesta costumbre, no sé qué será peor.

A su vez, el destino de Snowden está por determinar. De momento Putin afirma que se encuentra en la sección de tránsito del aeropuerto internacional de Moscú. Pero nadie lo ha visto. Lo que los periodistas han tuiteado del vuelo regular Moscú-La Habana, en el que debería haber embarcado el ex-agente de la CIA, es un asiento vacío. Assange, que coordina en parte la operación, dice que Snowden está en "lugar seguro". ¿Es el tránsito de Sheremetyevo un "lugar seguro"? Depende, supongo, de cómo les dé a los rusos. El razonamiento de Putin es perfecto: Snowden está en tránsito, por lo tanto, no está en Rusia. La complejidad de la historia se sigue de ese contrainfinitivo de "no estar": no está en el asiento, no está en Rusia. ¿En dónde está? En un limbo legal, en una burbuja, término hoy frecuente. Los estadounidenses no parecen sensibles a los argumentos legales. Quieren a su hombre ya. Volvemos a la política del garrote. "Speak softly and carry a big stick"  ("habla suavemente y blande una gran estaca") decía Teddy Roosevelt. Pero no parece que la amenaza vaya a hacer mella en los rusos. Así que ¿qué puede suceder?

La imaginación es libre. Supongamos que se acumulan problemas legales, trabas administrativas y que la estancia de Snowden en la zona de tránsito se prolonga. Podría quedarse ahí una buena temporada. Sería como un cuento de Cortázar, cuya Rayuela anda de celebración. Pero el tránsito no es zona especialmente segura. Alguien desconocido podría secuestrar al ex-agente, quien desaparecería sin dejar rastro. Las sospechas recaerían sobre los rusos. Pero estos podrían decir que no saben nada y, si acaso, castigar a un policía de guardia por haberse dormido.

¿Y qué sucede si, por fin, Snowden embarca en un vuelo? Solo podría hacerlo en uno con destino a un país que no fuera a extraditarlo acto seguido a los EEUU. Y seguramente solo habrá dos o tres en el mundo. Los EEUU podrían vigilar ese vuelo y, ¿por qué no?, salirle al paso, interceptarlo y obligarlo a desviarse a Washington. Por supuesto, sería un acto de piratería aérea inaudito pero encontraría gran apoyo en la opinión estadounidense, para que se vea quién manda aquí. Cierto, es improbable. Pero no imposible ¿verdad? Supuesto el despegue, los cazas rusos podían escoltar el vuelo en el espacio aéreo ruso, pero ya no en el internacional. Y los aviones yanquis podrían dar caza a su presa sobre el Atlántico que esta no tiene más remedio que cruzar pues la ruta del polo la lleva directamente al espacio aéreo estadounidense.

En la nueva aventura de Prometeo nos jugamos mucho. El premio Nobel de la paz, Obama, ha resultado uno de los presidentes más agresivos y belicosos en tiempos de paz, no ha cerrado Guantánamo, ordena asesinatos extrajudiciales y espía a todo el mundo. ¿Por qué no se embarcaría en una locura de este tipo? Recuérdese: a big stick.

(La imagen es una foto de thierry Ehrman. Abode of Chaos, bajo licencia Creative Commons).

miércoles, 31 de octubre de 2012

La dignidad del hombre.

El otro día, en una intervención parlamentaria, el ministro de Asuntos Exteriores, García Margallo, se soltó la melena en un alegato filosófico en contra del colectivismo en el que sostenía que la base antropológica de su partido, el PP, su principio mismo, era el individualismo, entendiendo por tal aquella actitud que pone al individuo en el centro de la acción social. El individuo, el sacrosanto individuo, es el alfa y omega de la acción del PP.
Es una doctrina acrisolada que, el ministro lo sabrá, echa raíces profundas en el pensamiento occidental. Es parecer general que el Renacimiento, el espíritu moderno, tiene uno de sus orígenes en la Oración por la dignidad del hombre, escrita en 1486 por Giovanni Pico della Mirandola, Conde de la Concordia. La historia viene de mucho más atrás, de los griegos, desde luego y, con reservas, de los caldeos. Pico recoge la tradición de Hermes Trismegisto y Alá sarraceno cuando hablan de la maravilla que es el hombre. En algún lugar Sófocles hace decir a uno de sus héroes que el mundo está lleno de maravillas pero la más maravillosa de todas es el hombre. La dignidad del hombre radica en su ser maravilloso. Por el camino hacia Pico, Tomás de Aquino precisaría que esa maravilla del hombre residía en su carácter divino, en ser obra de Dios, uno con Dios. Pico, sin embargo, gran padre del humanismo, atribuye esa maravilla a la facultad que tiene el hombre de hacerse a sí mismo en uso de su libertad. Esa es su dignidad. Viene luego Kant y redondea la jugada al afirmar que la humanidad es santa en cada uno de sus individuos. La Declaración de derechos del hombre y del ciudadano respira kantismo en la universalización de la dignidad del hombre que constituye su mismo meollo. Cuando más tarde Nietzsche irrumpe impulsando al hombre a llegar a ser el que es, en realidad, cierra el círculo pues eso era lo que decía Pico: ¿Quién no admirará al hombre? (...) Pues es así que él mismo se forja.
Efectivamente, aunque un tanto tosco en su exposición, el alegato de García Margallo descansa sobre la sólida, pétrea, roca del humanismo y, probablemente, dada su adscripción ideológica, del humanismo cristiano. La dignidad del hombre. La supremacía del individuo, templo de Dios y titular de derechos.
Pero eso es la teoría. Después viene la práctica. No lo que García Margallo dice sino lo que García Margallo hace y, con él, sus compañeros de gobierno. El modo en que están gestionando la crisis no es ni por asomo compatible con ese individualismo humanista sino, en todo caso, con el individualismo darwiniano del lobo solitario. Todas las medidas del gobierno han ido en detrimento de los sectores más desfavorecidos, que provocan, desahucios, suicidios, emigración, exclusión, xenofobia. No es cosa de detallar aquí las injusticias del gobierno en términos económicos y las posibles alternativas pues es asunto suficientemente analizado. Las medidas son de rapiña. Se sustrae a los pobres para favorecer a unos ricos insacibles. El rasgo más característico de la crisis es la codicia y la codicia solo sobrevive expoliando a sus semejantes.
Esa es la práctica que atenta contra la dignidad del hombre y que deslegitima por entero la acción del gobierno porque va acompañada por una actitud de desprecio por los derechos del individuo. Lo más palmario, a la vista de todo el mundo, es que la represión policial de la disidencia política conculca sistemáticamente derechos de los individuos. Tan a la vista de todo el mundo que el director general de la policía pretende prohibir la difusión de imágenes privadas en la red que muestren las fuerzas de represión haciendo su trabajo. Los más vulnerables y débiles: jóvenes, parados, funcionarios, mujeres, dependientes, jubilados sufren directamente las consecuencias de esa acción de gobierno basada en favorecer los privilegios de los ricos, despojar de lo necesario a los pobres y reprimirlos brutalmente cuando protestan, con desprecio absoluto a los dramas individuales. Un intento descarado de imponer la censura. Un soberano desprecio a la integridad física y moral de las personas.
Pero lo más palmario no es lo más grave necesariamente. Lo más grave es el firme propósito del gobierno de imponer por ley al conjunto de la sociedad sus convicciones ideológicas partidistas y de secta religiosa como si fueran evidencias, sus prejuicios y puros delirios como si fueran verdades científicas. Más grave porque implica un intento de control de las creencias de los individuos, acompañado de otro de manipulación a través del monopolio de los medios públicos de comunicación, dedicados al adoctrinamiento de la opinión.
En la teoría todos los gatos son pardos. La práctica real es el desprecio a los derechos del individuo. El ataque a la dignidad del hombre revela  su clave profunda en la existencia de cinco a seis millones de parados. Ahí es donde el capital y la derecha sitúan la dignidad del individuo, en una condición de inseguridad y humillación, en su condición de dependencia. La derecha no quiere tratar con individuos conscientes de su dignidad sino con seres mermados, acobardados, sometidos a la arbitrariedad del capital. No quiere derechos de las personas, sino esclavos sin derechos. De ahí que su acción vaya siempre en contra de la dignidad del individuo de la que García Margallo ignora todo excepto la vacía retórica. Y de esa oposición al desprecio a la dignidad del individuo viene el movimiento de los indignados, esto es, quienes actúan en pro de su dignidad humana y, con ella, de la de todos los demás.
NB: no he considerado necesario advertir desde el comienzo que la dignidad del hombre incluye a la mujer, admitiendo de mala gana la excusa de que la forma masculina ya engloba la femenina. Pero no está de más recordar que el título correcto debiera ser la dignidad de la persona.
(Las imágen son fotos encontradas en Twitter y sin atribución de autoría. Se emplea aquí bajo presumida licencia Creative Commons. De no ser así, un aviso a Palinuro bastará para eliminarlas.