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lunes, 27 de julio de 2015

El viaje no ha terminado.


Geoffrey O'Brien (2015) Tiempo de soñar. Episodios de los sesenta. Barcelona: Alpha-Decay. Traducción de Albert Fuentes.
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En 1988, para celebrar el vigésimo aniversario del 68, el poeta, ensayista, literato O'Brien publicaba esta original obra, especie de explicación del espíritu y la contracultura de los sesenta desde dentro. Se edita ahora en castellano, a más de un cuarto de siglo de su aparición, lo que demuestra que tiene vigencia. Es un conjunto de impresiones, mejor o peor agrupadas en cuadros, escritas en un lenguaje poético, a veces alambicado y con un ritmo muy rápido. Muy en el espíritu de la literatura on the road, con toques de H. Miller, Ginsberg o Hoffman. Realmente, el traductor ha hecho un trabajo encomiable dada la gran dificultad del texto.

Lo lei a poco de su publicación y creo que lo tomé como una especie de canto del cisne de aquellos años tumultuosos que, sin embargo,  venía a ser la prueba de la pervivencia del espíritu hippy: la carretera, el símbolo de un proceso espiritual consiste en una serie de encuentros ocultos, mensajes escondidos, rituales prohibitivos pero necesarios. El tiempo de soñar se prolongaba. Me he acercado de nuevo a él, otros veinte años más tarde con la curiosidad acrecida de qué quedaría vivo.  Todo.

Guy Debord lo había dicho: es la sociedad del espectáculo. Los políticos eran entonces, como hoy, perfectamente intercambiables y previsibles. Los únicos que sucitaban algo de interés por ofrecer innovación y originalidad eran las estrellas de cine. Al respecto John F. Kennedy tenía cabeza de Jano. Siendo político, era un espectáculo coronado con el de su muerte. No deja de ser irónico que, cuando O'Brien publica su obra estaba ya en su segundo mandato Ronald Reagan, un político que era actor. Tan mal actor como político. De todas formas, es cierto, el asesinato de Kennedy es la sombra, o la luz, según se quiera, que acompaña los años sesenta. Yo añadiría el también asesinato, aunque mucho más previsible, de Patricio Lumumba.
 
Esto es lo que alimentaba la idea muy generalizada de haber nacido en el seno de potentes aparatos de destrucción. Se originaban en ella dos líneas de pensamiento que llevaban, cuando llevaban, a acciones políticas distintas y que aun hoy están separadoas. De un lado, la de que siglos de auto-odio, de represión sexual, de odio a la naturaleza amenazaban ya con la destrucción del planeta, en el que no parecía haber más realidad que el genocidio, la guerra, el crimen. De otro lado, esa sociedad, a la que la razón, la ética y la estética mandaban combatir era la que proporcionaba la conciencia a los de los sesenta de ser los adolescentes y jóvenes más felices de la historia. los privilegiados hijos de la burguesía, los hijos de Marx y la Coca-Cola. 
 
Hay dos elementos esenciales en la constitución de la contracultura hippy, que es de lo que el libro trata y desde una perspectiva exclusivamente estadounidense: la liberación sexual y las drogas. La primera fue casi un estallido provocado por la píldora y se afianzó con las lecturas apropiadas que solían contener fuertes dosis de Wilhelm Reich, aunque sospecho que el Reich del continente no incluía el Reich último, el de la etapa norteamericana, el de El asesinato de Cristo y cosas similares. Pero a ambos lados del Atlántico, la píldora significó que la contraposición entre hacer el amor o la guerra dejaba de ser una opción ilusoria entre un deseo y una realidad posible para convertirse en otra entre dos realidades posibles.
 
 A su vez, las drogas, más que aparecer, reaparecían de la mano de una tradición literaria con una constelación de autores que iban de Coleridge y De Quincey a Leary, pasando por Baudelaire, Rimbaud, Cocteau, Huxley, etc. Una de las aficiones del personal era bucear en la tradición literaria en busca de afinidades electivas: San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús y algún que otro místico. Los que habían derivado hacia otro misticismo de raíz oriental, budista, buscaban su alimento en Hermann Hesse o se aventuraban por los jardines hindúes o se iban directos al Libro de los muertos del Bardo Todol. 
 
Pero la liberación sexual o, cuando menos, la ruptura de las pautas morales sexuales burguesas, heredadas de la revolución industrial y la sociedad victoriana y la popularización del consumo de drogas, por sí solos, no llevarían a los hippies a ningún tipo de acción colectiva digna de mención. De buscar alguna inspiración irían a las doctrinas anarquistas de la acción directa y la propaganda por el hecho. Si acaso, algún happening que, por las razones que fueran, tuvo especial resonancia, como el festival de Woodstock. No siendo eso, lo más colectivo que llegaron a hacer fueron comunas. De esas, sí, hubo y hay muchas.
 
De las drogas convencionales, tradicionales, los hippies pasaron a las químicas y se abrió la experiencia psicodélica, cuyos gurús fueron Timothy Leary y Abbie Hoffman, de quienes hay mucha huella en el libro. La reflexión de O'Brien está muy en su punto. La experiencia psicodélica es un umbral de iniciación cuya esencia es incomunicable e indescriptible. Lo cual no obsta para que sean frecuentes los deseos de comunicarla y describirla, cosa que también intenta O'Brien cuando dice algo muy común en la época, esto es, que nada tiene sentido hasta que se toma ácido.  Hay un eco de esta cuestión en términos trascendentales en la famosa pregunta que lanzaba el East Village Other ¿puede considerarse ser humano a quien no tenga experiencia psicodélica?

Gracias a esta iniciación, el rebelde sin causa, el  aficionado al chicken run, lleva su audacia a dotarse de su propia religión, como recomendaba Allen Ginsberg y, como buena religión, provista de un catálogo de observancias y mandamientos. Recojo varios que me parecen  decisivos de los años sesenta, de hoy y, quién sabe, para siempre: mirar el reloj es un acto de destruye la vida. Tienes miedo de la verdad. No vamos a llegar a ningún sitio. No hay destino. Este tránsito perpetuo es nuestra morada. No intentes ocultarte. Quizá me parezcan decisivos porque ya me lo parecieron entonces.
 
No habrá destino, pero el viaje no ha terminado. 

lunes, 10 de noviembre de 2008

Literatura y canibalismo.

Ya está en la calle el número cuatro de Vacaciones en Polonia (una publicación en cuarto mayor de 167 páginas) dedicada más que a lo que reza su título, a la cuestión del canibalismo antropófago en términos fundamentalmente (pero no sólo) literarios. Como siempre trae un diseño, impresión, maquetado, montaje, ilustración muy cuidados y provocativos y obliga a una lectura cuidadosa para no perderse en una ordenación de los textos más dictada por razones estéticas que de comodidad del lector.

El tema escogido es tan provocativo como el formato de la publicación y está tratado normalmente sin convencionalismo alguno, con tal acumulación de material, riqueza gráfica, multiplicidad de planos, noticias de todo tipo que resulta apabullante y uno sale de la lectura como si estuviera uno digiriendo al vecino o planeando comerse al cobrador del gas. En lo esencial, el número tiene tres tipos de trabajos (tiene más y, en el fondo, es inclasificable, pero si no se hace así, no hay modo de hablar de él): unos en forma de ensayos o dossieres monográficos (como la cuestión del canibalismo en la conquista de América, el movimiento antropófago en el modernismo en Brasil y la primera parte de un interesante trabajo sobre el misterioso escritor B. Traven), otros trabajos literarios originales de diversos autores actuales con el canibalismo como tema central y otros por fin textos clásicos, selecciones y/o antologías de autores célebres.

De los dossieres, el del canibalismo en la conquista de América, de Davamesk de Zakopane, es una investigación apoyada básicamente en textos muy críticos del comportamiento de los españoles en las Indias de Rafael Sánchez Ferlosio, Alberto Cardín, Roger Bartra, etc que sostienen que la acusación de canibalismo hecha por los españoles, Colón, Cortés, Díaz del Castillo, Pizarro, era una forma de legitimar sus actos de depredación, saqueo y crimen. Creo haber entendido que no se niega que los aztecas hicieran sacrificios humanos pero sí que fueran caníbales en tanto que hay testimonios suficientes de los propios conquistadores (Alvar Núñez Cabeza de Vaca, por ejemplo) acerca de cómo los españoles sí practicaban el canibalismo en condiciones de necesidad. Paralelamente a este trabajo hay otro también sobre América aunque con relatos posteriores que da la impresión de ser del mismo autor (a veces es difícil identificar la autoría de los trabajos), dando cuenta de dos relatos de viajes al Brasil, en las tierras de los indios Tupinambá, en concreto los de los viajes del alemán Hans Staden y del francés Jean de Léry en el sglo XVI en los que ambos autores testifican de la existencia del canibalismo entre los citados indios, si bien en el caso del alemán éste salva el pellejo porque, a diferencia de un valeroso prelado portugués que vio devorar él muestra tales signos de miedo que los indios deciden no comérselo para no acobardarse a su vez. El autor enlaza estos relatos con el testimonio de Léry sobre la noche de San Bartolomé, que le permite dar a entender que esas prácticas caníbales también se dieron en las guerras de religión en Francia y con la reflexión de Montaigne en su ensayo De los caníbales en el que muestra un relativismo similar. Inserto en este trabajo general se encuentra también una interesante reseña bibliográfica de la obra de Roberto Fernández Retamar que recoge la tradición de la etimología de caníbal, derivado del nombre "caribe" que los indios se daban a sí mismos al llegar allí Colón y su interesante derivación en el Caliban de la Tempestad de Shakespeare.

El dossier sobre el movimiento antropófago en el modernismo brasileño es obra de Juan María Sánchez Arteaga y se organiza fundamentalmente en torno a una noticia biográfica del soprendente escritor, hacendado, aristócrata y agitador político Oswald de Andrade que, inspirado en un cuadro (célebre por lo demás si no por su calidad estética sí por su simbología) de una de sus mujeres Tarsila do Amaral, lanza una Revista de Antropofagia a seguidas de un Manifiesto antropófago (hacia 1928) en el que se conjugan varias influencias, el psicoanálisis, el marxismo, el Manifeste Canibale de Francis Picabia en 1920 y el conjunto del surrealismo. La antropofagia sería el descubrimiento del alma filosófica del Brasil que atiende a las raíces aborígenes al tiempo que devora todas las influencias venidas de Europa, del exterior en general. Es interesante que este modernista antropófago de Andrade siguiera luego los pasos de muchos otros surrealistas europeos, se integrara en el Partido Comunista y pusiera su talento al servicio de la agitación revolucionaria. Acompañan al estudio una serie de textos de gran interés, como la declaración Tupí or not Tupí o la explicitación que del llamado "relatorio de Juliano Paixaroli" hicieron Tarsila do Amaral y Oswald de Andrade. Este Paixaroli era un camarero negro que en 1919 asesinó y en parte devoró a la bailariana rusa Kristina Seligman-Vogdanovskaia suicidándose después de un disparo en la cabeza en la misma habitación donde estaba el cadáver semidevorado y en la que la policía encontró los dos cuerpos entre excrementos y vómitos, así como una especie de confesión en diez sucintos puntos que luego ampliaron y explicitaron nuestros revolucionarios modernistas Tarsila y Oswald. También se reproduce el muy original Manifiesto antropófago de De Andrade (pp. 92/93).

El tercer ensayo monográfico es una minuciosa y documentada investigación sobre el escritor B. Traven que me ha interesado especialmente dado que siempre he sido lector de su obra, El tesoro de Sierra Madre, El barco de la muerte, Gobierno, etc y, como a todo el mundo, siempre también me ha intrigado que se tratara de un hombre tan misterioso, al extremo de que seguimos sin saber prácticamente nada sobre él, ni siquiera en qué idioma escribía, si en inglés o en alemán, aunque es casi seguro que era en alemán. Sabemos que se refugió en México probablemente a comienzos los años veinte y tengo idea de que gozaba de protección oficial porque, si no recuerdo mal, su primera traductora al español fue Esperanza López Mateos, la esposa del que fue presidente de la República. Había llegado allí tras vagar por diferentes latitudes y tener numerosas aventuras escapando de la represión después del fin de la República consejista bávara en 1919, en la que tuvo un participación destacada como Ret Marut que parece ser uno de sus numerosos seudónimos. El autor del trabajo, Raj Kuter, da por buena la identidad de Marut, siguiendo un criterio que tiende a extenderse, y relata sus andanzas en un verdadero "barco de la muerte", al tiempo que expone las convicciones anarquistas del autor y en otros trabajos complementarios, como añadidos al principal, traza un cuadro de los principales personajes y hechos de la revolución alemana de 1918/1919, Georg Grosz, Otto Gross, Franz Jung, el dadaísmo, etc que permiten hacerse una idea del contexto histórico y literario en que se gestaron las primeras obras de ¿Bruno? ¿Bernhard? Traven.

Entre los trabajos más livianos y de creación directa destaco El día que Robinson se comió a Viernes, de Guillermo el Viejo, una ingeniosa idea bien escrita que no requiere comentario. Caca y metamorfosis, de Jan Zapiekanka es una especie de agria crítica de la contemporaneidad con toques apocalípticos que arranca del hundimiento del comunismo y el triunfo del "capitalismo caníbal" (caca), con el domino del Fondo Mafioso Internacional (FMI), los abusos de las ONGs, las privatización de todo, incluida la tortura y, en definitiva, la generalización de la ubuesca mierdra: "El mundo entero tiene ahora sabor y olor a mierdra" (p. 30), a lo que se añadirá la prevalencia del sida, las fechorías del lobby nuclear, los treinta millones de estadounidenses que, víctimas de la neurosis de la seguridad, viven en ciudades privadas. Termina con una especie de metáfora parabólica: Gregorio Samsa trasmutado en Gregario Samsa, un "borrego que se cree lobo" (p. 34), que vive descerebrado y manipulado entre Google y Yahoo, cuyo epítome artístico es la negación del arte por su infame mercadeo en la obra de Andy Warhol y que se constituye en una especie de lamentable individualismo gregario. Uuuuufff. Siempre que leo estas cosas tan extremas me pregunto qué piensan de sí mismos sus autores. Francisco Socas escribe una noticia condensada sobre canibalismo en la mitología griega y la tradición clásica que titula con una expresión de Agamemnon del Tiestes de Séneca y arranca de la misma Teogonía, cuando Cronos devoraba a sus hijos, pasando por la leyenda de Procne y Filomela hasta la maldición de los tantálidas y en especial de las relaciones entre Tiestes y Atreo, que tendrán su repercusión, andando el tiempo en el nostoi de la guerra de Troya.

Por último, el número cuatro de VP trae una gran cantidad de referencias textuales, citas, noticias concretas, antologías y textos de numerosos autores, desde la famosísima y macabra recomendación del clérigo Jonathan Swift de comerse a los niños pobres de Irlanda para aliviar el problema de la miseria y reducir la cantidad de papistas en el país hasta la obra de Jardiel Poncela en 1947 Como mejor están las rubias es con patatas, pasando por el Marqués de Sade, Herman Melville, H. P. Lovecraft, Alfred Jarry (dios lar de la revista), Giovanni Papini y Witold Gombrowicz sin olvidar un interesante e incisivo trabajo sobre Georges Perec de R. Vetusto titulado Crêpe de Perec que es en realidad una especie de minucioso análisis, casi una autopsia de la obra completa del autor de La vida instrucciones de uso con referencia a la larga lista de autores por él canibalizados y a la escuela del Oulipo (el Taller de Literatura Potencial) en cuyo espíritu Perec llenó el panorama de pangramas, heterogramas, crucigramas, palíndromos y lipogramas.

Por supuesto, el número tiene más aportaciones puesto que debe de ser el ensayo más completo de que se disponga por ahora de las relaciones entre la literatura y la antropofagia, pero no puedo reseñarlas todas no porque sean de menor valor sino por no prolongar demasiado la entrada. Quien quiera completarla hará bien en procurarse la revista. Haciendo honor a su espíritu no integrado en los circuitos mercantiles, ésta es difícil de encontrar. Me consta no obstante (porque me lo dijeron los autores) que está en la librería El bandido doblemente armado que regenta mi amigo Diego Pita en la madrileña calle de Apodaca, 3 que, además, tiene güebpeich: El bandido doblemente armado. Por quince urillos merece la pena. De nada.

lunes, 11 de agosto de 2008

Suicidiofilia.

El otro día recibí un mail de mi amigo Euclides Perdomo (obviamente un seudónimo con el que firma el blog Amanadunu) dando cuenta de que tiene otros amigos viviendo en una casa de un pueblín cercano al nuestro en Guadalajara como a treinta kilómetros, y que debíamos ir a visitarlos por dos razones: primera porque son gente muy simpática y segunda porque no tienen coche. Además, editan la revista que se ve a la izquierda. Dije que sí a Euclides y me puse a fisgar en la red a ver qué encontraba sobre Vacaciones en Polonia. Se encuentra poca cosa: un blog de blogger (Vacaciones en Polonia con los índices y portadas de los tres números de la revista hasta la fecha, unas fotos de actos de presentación, unas críticas muy favorables y una relación de librerías en que cabe adquirir VP.
Así que metimos a los niños en el coche y nos fuimos a visitar a la pareja que vive en una casa singular en el pueblo en cuestión y desde la cual montan VP. El varón es el que firma en la revista como Râo Cuter; la mujer traduce alguna pieza del portugués, pero no sé si escribe algo. La casa había pertenecido a un indiano y ellos se la compraron al hermano a la muerte de aquel. Muy amables, nos regalaron un ejemplar del número tres, que es un obsequio porque cuesta doce pavos.
Vacaciones en Polonia, nº 3, Suicidios y literaturas (191 págs.) no tiene pie de imprenta, ni ciudad, ni ISSN; tampoco tiene periodicidad. No hace falta decir que esta hecha con mucho primor y un alarde de fotocomposición alternativa y posmoderna que juega con diversos elementos, textos que varían en tipo, tamaño y color de letra, empleo de colores y mucho montaje con imágenes. El formato ancho y alto hace que cada página doble sea una experiencia. Un lujo de revista que recuerda la estética vanguardista, singularmente la surrealista y más en concreto, la de la Internacional Situacionista, a la que se dedica un trabajo en este número. Innecesario decir por lo demás la curiosa sensación que lo embarga a uno al leer una revista sin publicidad, sin un miserable anuncio.

El número es monográfico sobre el suicidio y la literatura y consta de algunos trabajos de reflexion sobre la práctica de poner fin a los propios días en aspectos generales o concretos y referencias directas o a través de terceros a la obra de insignes creadores suicidas.
Entre los trabajos destaca en primer lugar el de Jerzy Montanowicz (imposible saber en toda la revista si los nombres son seudónimos o no, pues no se da información alguna sobre los autores) acerca de Debord y Beatriz que no solamente es un excelente ensayo sobre el pensador de la sociedad del espectáculo sino sobre el conjunto del movimiento de la Internacional Situacionista, sus ideas, sus interpretaciones, su influencia sobre los acontecimientos de los años sesenta, especialmente del sesenta y ocho. Resultan de especial interés a mi entender las referencias a las actividades cinematográficas de Debord.
Hay dos trabajos de Davamek de Zakopane, Suicidio, modo de usar y Tratando de atrapar científicamente una comprensión del suicidio por métodos sociológicos. Imagino que el nombre también es un seudónimo, pero no lo sé. El primero es una interesante reflexión sobre la forma en que se ha abordado el suicidio a lo largo de la historia, la condena, la represión, etc (excepción hecha de la antigüedad clásica) y el concepto en que cabe tenerlo hoy en un horizonte libertario. El otro trabajo es una burla sobre los intentos académicos de elaborar una teoría "científica" del suicidio; aunque el autor se pasa: dando cuenta de una conferencia del profesor R. Álvarez de Toledo en la Asamblea de la Liga de Higiene Mental en España, titulada El suicidio en España en su aspecto social dice que el autor destaca que en los países católicos hay menos suicidas que en los protestantes sin que De Zakopane sepa a qué viene la observación que, sin embargo es evidente: trata de corroborar una de las más conocidas conclusiones de Durkheim, padre de la suicidología.
En este tipo de trabajos "generales" se encuadraría el de Nuno Vertigem, Saudade y Ansia de Alem. Suicidio y Renacimiento en la literatura portuguesa en el que se dicen cosas interesantes sobre los poetas y literatos portugueses suicidas más conocidos: Antero de Quental, Camilo Castelo-Branco, Trindade Coelho, Manuel Laranjeira, Florbela Espança y Mário de Sá-Carneiro, que se mató en París a los veintiséis años, dejando tras de sí una obra muy recorrida por la idea del suicidio.

También de mucho horizonte es para mí el ensayo de Blas Pacheko Grandezas y miserias de El Viaducto a través de una sucinta cronología de sus avatares mundanos y su leyenda de suicidadero popular. Es como un trabajo metonímico porque se habla no del suicidio sino de aquello que se emplea para el suicidio, no del fin sino del medio. Y con este hilo conductor, Pacheko cuenta con gracia y conocimiento de causa el mundo literario y bohemio en torno al Viaducto (tras haber trazado una historia de su construcción, su substitución y sus otras variaciones), el paso de Corpus Barga, Alonso Zamora Vicente, César González Ruano, Ramón J. Sender y, cómo no, lo que Umbral llamó "la generación del Viaducto", con la rivalidad entre Ramón Gómez de la Serna y Rafael Cansinos Asséns. Borges tomaría partido por éste y reconocería su magisterio. Pacheko trae su análisis al Viaducto de hoy, hasta Juan Manuel de Prada (a quien llama "Este prematuro señor gordo, escritor de derechas...") y lo que considera su aprovechamiento de las biografías peculiarísimas del Viaducto, como la de Armando Buscarini. El influjo del Viaducto le lleva también a hablar de Pedro de Répide, el cronista de las calles de Madrid y de Jardiel Poncela, cuya literatura ensalza de forma desproporcionada a mi modesto entender.
Entre estos trabajos podría incluirse también el de Tadea Culculita Lctura subversiva de un manuscrito herético sobre el Manuscrito encontrado en Zaragoza del también suicida conde Jan Potocki en el que queda bien claro que la lectura es subversiva porque el texto es subversivo.

El resto de esta interesante revista son biografías, relatos, referencias a muchos otros suicidas y algunos escritos notables sobre el suicidio por autores que no fueron suicidas ellos mismos, como Hume (un interesante fragmento racionalista sobre el suicido), Ramón Gómez de la Serna (de quien se reproduce un trabajo en el que se dice que el suicidio es un "momento de adolescencia superior" y una breve referencia al suicidio de Gérard de Nerval), Marinetti, o Camus, con el fragmento Lo absurdo y el suicidio, pertenciente a El mito de sísifo y en el que se entiende al suicida como el único que da respuesta a la cuestión esencial, fundamental, de la filosofía (p. 63).
El resto, lo dicho, suicidas ilustres. Unos más simpáticos que otros. Por ejemplo, el caso de Raúl Barón Biza, ensalzado aquí, como se suele, hasta el ditirambo. Con él me pasa como con el Marqués de Sade (por quien estaba influido) que maldita la gracia que le veo a sostener punto de vista moral filosófico alguno sobre el dolor y el sufrimiento ajenos. Este Barón Biza, capaz de arrojar un frasco de ácido cianhídrico a su ex-esposa a la cara no es un poeta maldito ni un escritor incomprendido ni un pensador proscrito sino un puñetero maltratador. El hecho de haber escrito una obra con el dudoso título de El derecho de matar no lo hace más simpático, y quienes le ríen la fechoría, que se lo piensen dos veces. Que se pongan en lugar de Rosa Clotilde Sabattini, desfigurada por mano ajena, que la propiedad de la mano que hace el hecho es lo que diferencia a un suicida de un asesino. De los demás suicidas llaman la atención Óscar Dominguez, cómo no, siempre con esa cuestión abierta de cómo un hombre de tanta actividad y pasión pudo suicidarse. Especial interés las páginas destinadas a Justo Alejo y la duda sobre si se suicidó o lo arrojaron por la ventana y Víctor Mira.
Culmina la revista una lista suicipédica, de "suicidas ejemplares" (ignoro por qué sean ejemplares) muy completa, con 355 entradas, la última la de Stefan Zweig que nos mira con su mirada inteligente. No tengo nada que objetar salvo, quizá, que no está nada claro que Arthur Cravan se suicidara. Al contrario, había conseguido sobrevivir a situaciones difíciles y se aprestaba a unirse con su mujer, Mina Loy, en Venezuela, para lo que se embarcó en un velero tripulado por él en Salina Cruz, México. Desapareció en aguas del golfo de México. No consta que fuera versado en el arte de la navegación.
Vacaciones en Polonia, cuyo título hace referencia, según me contó Râo Cuter a Alfred Jarry, al hecho de que quienes lo hacen son muy aficionados a la litertura polaca y a que les da la gana, es una magnífica publicación. Un tema monográfico tratado desde una multiplicidad de puntos de vista trabados por una convicción libertaria y un deseo de provocar y agitar la tranquila superficie del estanque literario. El número cuatro, que está al salir y del que también daré cuenta, versa sobre "literaturas antropófagas". Prometedor. Se ve que la voluntad de provocación va a más. Pues nada, a ver si se lanzan a hacer uno sobre un tema espinoso, el incesto.
(Las imágenes son sendos cuadros de Antoine Wiertz, Le suicide, 1854, Museo de Dinant, Bégica y Leonardo Alenza Sátira del suicidio romántico, 1830, Museo Romántico, Madrid).