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jueves, 4 de agosto de 2016

Born to be Franco

La memoria histórica de la guerra civil y la dictadura de Franco sigue siendo materia muy sensible, comprometida, de muy difícil gestión. No debiera ser así si hubiera un acuerdo de fondo en el juicio sobre aquellos hechos. Pero no lo hay. Muy amplios sectores de la población, el partido del gobierno, las derechas en su conjunto, la Iglesia católica, el ejército, una abrumadora mayoría de los medios de comunicación la han interpretado durante casi ochenta años con una absoluta parcialidad, por entero favorable a los vencedores en aquel enfrentamiento e ignorancia de los vencidos. Las víctimas, sobre todo las victimas de los largos años de la dictadura, no han recibido compensación alguna, ni justicia, ni reconocimiento siquiera de su existencia. La historia la han escrito los victimarios y sus herederos hasta el día de hoy. Para ellos esa memoria es pasado y debe olvidarse cuanto antes. Pero para las víctimas y sus allegados, que se cuentan por cientos de miles, es un doloroso presente. No solo porque sus muertos siguen enterrados en fosas comunes y miles de sus hijos desaparecidos, sino porque al día de hoy, todavía viven en calles y plazas que perpetúan los nombre de los asesinos, residen en pueblos que llevan el nombre del dictador, pasan por delante de sus emblemas y recordatorios, oyen hablar de la Fundación Francisco Franco, saben de actos conmemorativos y de exaltación del golpe de Estado de unos militares sediciosos y de su sangrienta tiranía cuartelaria.

No, para sectores importantes del pueblo, la memoria histórica no es pasado, sino presente continuo. Pasado es para los franquistas, muy interesados en que no se hable de él, que no se recuerde, que se olvide y se sepulte como se sepultó en las cunetas a los cientos de miles de los republicanos asesinados durante la larga posguerra. Esa descompensación temporal entre el pasado y el presente explica por qué es inapropiado un argumento que suele escucharse para señalar la anomalía española: ¿alguien se imagina -dícese- actos de exaltación de los nazis, de Hitler, de los fascistas italianos en sus países? No, claro. ¿Por qué no? Por la razón apuntada. Esos homenajes al franquismo, esas misas solemnes por el alma del dictador, esos actos de autoridades locales de ensalzamiento de la dictadura brazo en alto honran un pasado de partido, guerrero, pero lo hacen en el presente. Son actos de provocación, para demostrar a los vencidos y a las víctimas que siguen siendo víctimas y vencidos. Todos los días salta un ejemplo. Hace unas fechas, un alcalde del PP mandaba construir un urinario de perros sobre la mayor zona de fosas comunes de asesinados por los franquistas en Málaga.

En días pasados el equipo municipal de Barcelona ha decidido abrir una exposición callejera de la memoria histórica enfrente del no menos histórico Born barcelonés. Se inaugurará en septiembre y una de sus piezas consistirá en una estatua ecuestre de Franco, que está medio oculta en los almacenes municipales desde que fuera retirada del castillo de Montjuich, en cuyos fosos se ha fusilado a mucha gente, señaladamente Lluís Companys. De inmediato se han formulado críticas (Alfred Bosch y Joan Tardà, de ERC, han pedido que se reconsidere el propósito), se han alzado voces airadas poniendo en duda la integridad de las convicciones izquierdistas de los regidores municipales y hasta tachado a estos de franquistas. Las acusaciones e insultos han arreciado cuando se ha sabido que, además, el consistorio se oponía al desfile de la Coronela de este año. Franco, sí; la Coronela, no.

Son acusaciones desmesuradas a juicio de Palinuro, si bien es cierto que la izquierda suele tener cierto síndrome de Estocolmo con la derecha y, muy afanosa de que no se la juzgue excesivamente radical, acaba haciendo concesiones a los usos simbólicos de sus adversarios. Quizá no sea este el caso por cuanto parece que la exposición quiere señalar la impunidad de los crímenes hasta la fecha. El primer teniente de alcaldesa, Gerardo Pisarello, ha publicado una explicación en Twitter en la que insiste en el valor pedagógico de la exposicion, para ilustrar del mal de la impunidad y la estatua del condottiero, con su caballo decapitado no tiene funcionalidad simbólica alguna sino puramente instrumental pues, razona Pisarello, está "descontextualizada".

Un punto de vista muy digno de tenerse en cuenta, pero nada convincente. La estatua no está "descontextualizada". El país, de Norte a Sur, reverbera de símbolos de la dictadura. En Tortosa, por ejemplo, el alcalde -referéndum mediante- acaba de salvar la vida a un monumento franquista que se alza en mitad del Ebro, en conmemoración de la batalla de ese río. En Melilla todavía está en pie una estatua del Comandante Franco, erigida en 1977, dos años después de su muerte.

La estatua estará "descontextualizada" en los estrechos límites de la exposición, pero no en el conjunto del país, Aquí sigue estando muy en contexto. Y muy mal, por cierto. Cosa tanto más llamativa cuanto la exposición se hace amparada en un programa más amplio que lleva el significatvo título de Pasado y Presente. O sea, como decía Palinuro más arriba, una memoria histórica que no es memoria ni es histórica, sino muy cruel e injusto presente.

Es buena la idea de que todos nos distanciemos del pasado, lo veamos con ecuanimidad, que procedamos como un país normal, capaz de compartir una común visión de nuestra historia. Es buena, pero impacticable porque España no es un país normal, en absoluto compartimos una común visión del pasado y ese enfrentamiento se traslada al presente. Las víctimas no quieren olvidar, sobre todo porque siguen esperando justicia. Y los victimarios no quieren recordar porque no están dispuestos a reconocer la injusticia cometida.

En esta situación de perpetuación del abuso no es una buena idea exponer esa estatua ecuestre, sobre todo porque, con el jaleo que se ha armado (y viene bien como publicidad) el recordatorio se convertirá en un foco de conflictos.

lunes, 16 de mayo de 2016

El franquismo sigue

Esa comisión de la memoria histórica que ha nombrado el Ayuntamiento de Madrid con la misión de expurgar la arquitectura capitalina de homenajes y recuerdos  a los golpistas del 36 es un buen ejemplo de las contradicciones, ambigüedades y vergüenzas de la España de hoy. Es una comisión moderada, equidistante, levantada sobre el consenso. Un consenso que la izquierda busca siempre afanosamente, mientras la derecha, afín a los golpistas, solo lo acepta cuando no tiene otro remedio. Nunca pondría en marcha una comisión así un ayuntamiento del PP. Y, en efecto, no lo hizo. Esa es la gran desigualdad en lo referente a la memoria histórica.

Los herederos ideológicos y biológicos de aquellos golpistas están en todas partes, en puestos políticos, ministerios, cargos de designación, gobiernos de todos los niveles, dando órdenes y boicoteando todo intento ajustar cuentas con el pasado y hacer justicia a las víctimas. A los cuarenta años de la muerte del dictador, en cuya honra funciona una Fundación Nacional Francisco Franco que se mantiene con dineros públicos. No condenan la dictadura, obstaculizan la acción de los tribunales y aceptan a regañadientes estas comisiones y siempre que se hagan por consenso. Y la izquierda timorata cede por miedo a la reacción que puedan tener los descendientes de aquellos energúmenos, que trajeron a España la paz de los cementerios y se pasaron luego 40 años inscribiendo sus hazañas en piedra para que quede memoria. Y queda. Y no quieren que se borre porque, aparte de que desaparecerían sus recuerdos personales y de familia, se perderían sus efectos amedrentadores. Pues  que tal o cual calle lleve el nombre de un militar criminal no solo reconforta a sus sucesores sino que sirve de advertencia y recuerdo de qué sucede cuando la gente se arroga derechos inadmisibles como la libertad y la seguridad.

Están en el gobierno. Los casos de García Margallo y Morenés son los más evidentes, pero todos los ministros son franquistas. El presidente del Consejo de Estado, Romay Beccaria es un ejemplo típico de carrera política hecha en el franquismo.  Y franquistas hay en todos los escalones del PP, ese partido fundado por un ministro de Franco que los jueces consideran hoy una presunta asociación de malhechores. Están en todas partes, incluso más o menos ocultos: franquistas y de extrema derecha resultan ser los animadores de la Societat Civil Catalana, una asociación que lucha contra el independentismo catalán aparentando ser lo que no es. Son los descendientes de la clase político-militar franquista. Han heredado el país, que sus antecesores se ganaron por derecho de conquista, expolio y terror. Lo creen suyo. Y en buen parte, lo es.

Por eso el gobierno en funciones nombra a una funcionaria, nieta de franquistas de postín, Cristina de Ysasi-Ysasmendi y Pemán, junto a una diplomática para que, a modo de una task-force, vayan por el mundo laudando el orden constitucional español. Su función es neutralizar el relato que la Generalitat hace en el extranjero. Que el gobierno recurra a una descendiente de franquistas (uno militar y el otro un vate del régimen al que los tribunales permiten llamar fascista), muestra el respeto que tiene por el orden constitucional que dice defender. 

Así pues, el franquismo desembocó pacíficamente en este orden constitucional y a los franquistas corresponde explicar sus merecimientos, según los franquistas del gobierno. 

Y, mientras tanto, la izquierda sigue buscando el consenso que, en efecto, como se ve hoy mismo, los otros solo aceptan si no tienen otro remedio. 

lunes, 25 de abril de 2016

El refugi de la Plaça del Diamant

Al día siguiente del de Sant Jordi nos despedimos de Barcelona visitando el refugi de la Plaça del Diamant, número 232 de los 1400 que hay en Barcelona, construidos, prácticamente desde el comienzo de la guerra civil. Porque la ciudad ostenta el honor de ser la primera de la historia en sufrir bombardeos sistemáticos desde el aire. La aviación italiana y alemana estacionadas en Palma de Mallorca, utilizaban la isla como un portaaviones y lanzaban oleadas de bombarderos de modo sistemático, aunque con pautas variables para causar el mayor destrozo material y desmoralización posibles. En Barcelona la población excavó con pico y mala miles de metros en toda la ciudad para protegerse de las bombas, pues no había otro procedimiento. Los ciudadanos se convirtieron en topos. La República no tenía aviación y la poca que tenía estaba en el frente. Y tampoco había baterías antiéreas, de forma que la ciudad estaba abierta a los bombardeos.

En Madrid que también fue muy bombardeada por los fascistas, se hicieron muchos refugios igualmente. Pero tengo la impresión de que fueron construidos por las instituciones públicas, no por los propios ciudadanos. Tienen mejor acabado. Una de ls consecuencias de ser centro o periferia.

El refugio de la Plaça del Diamant, que se descubrió a fines de los noventa y se abrió al público en 2006, es el que aparece en la novela de Mercè Rodoreda, así que el Ayuntamiento, supongo, mandó erigir al lado de una de las entradas un bronce de Xavier Medina Campeny con la figura de la Colometa en una alegoría de un bombardeo. Aparecen unas palomas y la explicación oficial por doquier es que la Colometa se llama así por las palomas. Y eso no es cierto. Casi desde el momento de conocerla, Quimet decide que su novia Natàlia se llamará la Colometa. Las palomas aparecerán en la historia mucho después, cuando aquel monta un palomar con fines comerciales, creo recordar.

Abrir al público el refugio de la Plaça del Diamant y ponerle una estatua de la Colometa apunta a una política urbanística de relativo buen gusto. La ciudad lleva la huella de su historia. Y si Gràcia es un distrito con personalidad propia, la Plaça del Diamant es un ámbito único dentro de él.Y el refugio, ya ni cuento. Ahí estamos el amic Bernat i jo mateixo al mig d'un des túnels, a mes de 12 metres de profundidat. Donde esperaban doscientas y pico personas en condiciones bastante más duras e inseguras, hasta que sonara el fin de la alarma y pudieran salir a ver qué destrozos habían hecho los facciosos.

miércoles, 29 de abril de 2015

Otra obra de la canalla franquista.


Solo para ver sobre qué barbarie, que crueldad, qué ignominia, qué inhumanidad está construido nuestro presente. Para escuchar, ver de primera mano, contado por los/las protagonistas cómo los curas, las monjas, los falangistas, los funcionarios y resto de perros guardianes de aquella atrocidad que fue el franquismo trató a los niños y niñas desde 1939 hasta bien entrada la democracia, hasta los años ochenta. Niños y niñas abandonadas, huérfanos de guerra, hijas de presos políticos, pero también hijos de madres solteras o padres divorciados. Cualquier menor que tuviera la desgracia de caer en las garras de aquellos delincuentes y criminales vestidos de sotanas, hábitos, uniformes, togas judiciales o cualquier otro disfraz que mancillaron con su hipocresía y profunda inhumanidad.

Para que, al ir a votar, todos recordemos que los Rajoys, Cospedales, Aguirres, Aznares y demás tropa de mangantes y corruptos, además,  son los descendientes ideológicos (y, en muchos casos biológicos) y defensores de los canallas que perpetraron estas atrocidades y que, por todo cuanto sabemos, les gustaría repetirlas. Que las pías y devotas damas de buena sociedad, las Aguirres y Botellas de ayer y de hoy, son las mismas sádicas hipócritas que condenaban a niños y niñas a vidas de sufrimiento y humillación en nombre de su beatería y su repugnante dios, como hoy quieren acabar con los mendigos, los sin techo o las putas y putos a base de multarlos, reprimirlos, humillarlos y escarnecerlos.  Que los caballeros hoy neoliberales y nacional católicos de comunión diaria son los mismos o parecidos granujas que cometieron todo tipo de excesos, incluidos los abusos sexuales con los niños huérfanos, abandonados.


lunes, 16 de marzo de 2015

El conferenciante desdoblado.


Nunca he tenido muy claro lo de la identidad y la dualidad, por no decir la multiplicidad. Por eso frecuento la tertulia de Luigi Pirandello, en donde suelo encontrar a Italo Calvino y Franz Kafka tomando café y charlando animadamente sobre esa nueva promesa de Paul Auster. Son magos del "yo" que te ayudan a no tomarte muy en serio el tuyo.
 
Es el caso que el proper dijous 19 de març, doy dos conferencias el mismo día en dos lugares distintos pero cercanos de Barcelona. En uno, el centro de la UNED, Av. Río de Janeiro 56-58, a las 17:00, sobre el tema del cartel de la izquierda. La otra, sobre la pervivencia del franquismo en España en la Biblioteca de Singuerlin-Salvador Cabré, Plaça de la Sagrada Familia s/n en Santa Coloma de Gramenet, sobre el tema del cartel de la derecha.
 
Todavía no he conseguido estar en los dos sitios al mismo tiempo, que es lo que mola. Tengo que frecuentar más la tertulia, a ver si aprendo cómo se hace.

Estaré encantado de encontrar a l@s amig@s que quieran asistir y de firmar mi último libro, La desnacionalización de España .

miércoles, 11 de marzo de 2015

La paz de Franco.

Pues sí, parece que la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre ha sacado dos monedas conmemorativas, una de plata (de 10 €) y otra de oro (de 200 €) con la efigie de Felipe VI y la leyenda 70 años de paz que ha puesto las redes en ebullición. Señalan el innegable eco del lema franquista, tan lejano que muchos lo recuerdan mal. Unos como "35 años de paz"; otros como "25 años de paz española". No no. Fue en 1964 y se llamó XXV Años de Paz, con numeros romanos y sin añadir el "española". No hacía falta. Aquí era española hasta el hambre.

¡Qué mal pensadas las redes! ¡Qué ignorantes! Claro, están infestadas de rojos. Lo que se conmemora son los 70 años de paz en Europa. De 1945, fin de la contienda, hasta hoy. ¿Comprendido, beocios?

No saben ni mentir. España no pertenecía a esa Europa de 1945 que hoy se conmemora. Al contrario, era su enemiga. Aquella, esta Europa, se edificó sobre las ruinas de sus aliados. España estuvo fuera hasta 1986 y siendo generosos. La FNMT no tiene 70 años de paz europea que conmemorar sino, todo lo más, 39. Los otros 41 fueron la paz de Franco. Pero como esta en 1945 contaba ya seis años triunfales, los 70 que conmemora la FNMT debieran ser 76. No solo no saben mentir. Tampoco saben sumar ni restar, como ha demostrado palmariamente el candidato andaluz, Moreno Bonilla, en la tele.

En todo estos años, una de las disciplinas políticas que más se han desarrollado es la Polemología o estudio científico de las guerras. Los nórdicos han hecho grandes avances y también los franceses y los alemanes. No es cosa de entretenerse, pero parece haber acuerdo en una definición de paz que supera la vieja mentalidad mecanicista que la considera ausencia de guerra, cese de hostilidades, de conflicto armado. No basta. La paz requiere determinadas condiciones sociales, económicas, políticas: justicia, desarrollo equilibrado, democracia. Una dictadura no es paz, sino un estado de guerra latente, permanente, hasta el final. El muy católico dictador español murió fusilando. En medio de su paz, que es la de estos.

La paz solo es posible en democracia. Y aun así, si es una democracia vigilante.