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lunes, 27 de julio de 2015

El viaje no ha terminado.


Geoffrey O'Brien (2015) Tiempo de soñar. Episodios de los sesenta. Barcelona: Alpha-Decay. Traducción de Albert Fuentes.
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En 1988, para celebrar el vigésimo aniversario del 68, el poeta, ensayista, literato O'Brien publicaba esta original obra, especie de explicación del espíritu y la contracultura de los sesenta desde dentro. Se edita ahora en castellano, a más de un cuarto de siglo de su aparición, lo que demuestra que tiene vigencia. Es un conjunto de impresiones, mejor o peor agrupadas en cuadros, escritas en un lenguaje poético, a veces alambicado y con un ritmo muy rápido. Muy en el espíritu de la literatura on the road, con toques de H. Miller, Ginsberg o Hoffman. Realmente, el traductor ha hecho un trabajo encomiable dada la gran dificultad del texto.

Lo lei a poco de su publicación y creo que lo tomé como una especie de canto del cisne de aquellos años tumultuosos que, sin embargo,  venía a ser la prueba de la pervivencia del espíritu hippy: la carretera, el símbolo de un proceso espiritual consiste en una serie de encuentros ocultos, mensajes escondidos, rituales prohibitivos pero necesarios. El tiempo de soñar se prolongaba. Me he acercado de nuevo a él, otros veinte años más tarde con la curiosidad acrecida de qué quedaría vivo.  Todo.

Guy Debord lo había dicho: es la sociedad del espectáculo. Los políticos eran entonces, como hoy, perfectamente intercambiables y previsibles. Los únicos que sucitaban algo de interés por ofrecer innovación y originalidad eran las estrellas de cine. Al respecto John F. Kennedy tenía cabeza de Jano. Siendo político, era un espectáculo coronado con el de su muerte. No deja de ser irónico que, cuando O'Brien publica su obra estaba ya en su segundo mandato Ronald Reagan, un político que era actor. Tan mal actor como político. De todas formas, es cierto, el asesinato de Kennedy es la sombra, o la luz, según se quiera, que acompaña los años sesenta. Yo añadiría el también asesinato, aunque mucho más previsible, de Patricio Lumumba.
 
Esto es lo que alimentaba la idea muy generalizada de haber nacido en el seno de potentes aparatos de destrucción. Se originaban en ella dos líneas de pensamiento que llevaban, cuando llevaban, a acciones políticas distintas y que aun hoy están separadoas. De un lado, la de que siglos de auto-odio, de represión sexual, de odio a la naturaleza amenazaban ya con la destrucción del planeta, en el que no parecía haber más realidad que el genocidio, la guerra, el crimen. De otro lado, esa sociedad, a la que la razón, la ética y la estética mandaban combatir era la que proporcionaba la conciencia a los de los sesenta de ser los adolescentes y jóvenes más felices de la historia. los privilegiados hijos de la burguesía, los hijos de Marx y la Coca-Cola. 
 
Hay dos elementos esenciales en la constitución de la contracultura hippy, que es de lo que el libro trata y desde una perspectiva exclusivamente estadounidense: la liberación sexual y las drogas. La primera fue casi un estallido provocado por la píldora y se afianzó con las lecturas apropiadas que solían contener fuertes dosis de Wilhelm Reich, aunque sospecho que el Reich del continente no incluía el Reich último, el de la etapa norteamericana, el de El asesinato de Cristo y cosas similares. Pero a ambos lados del Atlántico, la píldora significó que la contraposición entre hacer el amor o la guerra dejaba de ser una opción ilusoria entre un deseo y una realidad posible para convertirse en otra entre dos realidades posibles.
 
 A su vez, las drogas, más que aparecer, reaparecían de la mano de una tradición literaria con una constelación de autores que iban de Coleridge y De Quincey a Leary, pasando por Baudelaire, Rimbaud, Cocteau, Huxley, etc. Una de las aficiones del personal era bucear en la tradición literaria en busca de afinidades electivas: San Juan de la Cruz, Teresa de Jesús y algún que otro místico. Los que habían derivado hacia otro misticismo de raíz oriental, budista, buscaban su alimento en Hermann Hesse o se aventuraban por los jardines hindúes o se iban directos al Libro de los muertos del Bardo Todol. 
 
Pero la liberación sexual o, cuando menos, la ruptura de las pautas morales sexuales burguesas, heredadas de la revolución industrial y la sociedad victoriana y la popularización del consumo de drogas, por sí solos, no llevarían a los hippies a ningún tipo de acción colectiva digna de mención. De buscar alguna inspiración irían a las doctrinas anarquistas de la acción directa y la propaganda por el hecho. Si acaso, algún happening que, por las razones que fueran, tuvo especial resonancia, como el festival de Woodstock. No siendo eso, lo más colectivo que llegaron a hacer fueron comunas. De esas, sí, hubo y hay muchas.
 
De las drogas convencionales, tradicionales, los hippies pasaron a las químicas y se abrió la experiencia psicodélica, cuyos gurús fueron Timothy Leary y Abbie Hoffman, de quienes hay mucha huella en el libro. La reflexión de O'Brien está muy en su punto. La experiencia psicodélica es un umbral de iniciación cuya esencia es incomunicable e indescriptible. Lo cual no obsta para que sean frecuentes los deseos de comunicarla y describirla, cosa que también intenta O'Brien cuando dice algo muy común en la época, esto es, que nada tiene sentido hasta que se toma ácido.  Hay un eco de esta cuestión en términos trascendentales en la famosa pregunta que lanzaba el East Village Other ¿puede considerarse ser humano a quien no tenga experiencia psicodélica?

Gracias a esta iniciación, el rebelde sin causa, el  aficionado al chicken run, lleva su audacia a dotarse de su propia religión, como recomendaba Allen Ginsberg y, como buena religión, provista de un catálogo de observancias y mandamientos. Recojo varios que me parecen  decisivos de los años sesenta, de hoy y, quién sabe, para siempre: mirar el reloj es un acto de destruye la vida. Tienes miedo de la verdad. No vamos a llegar a ningún sitio. No hay destino. Este tránsito perpetuo es nuestra morada. No intentes ocultarte. Quizá me parezcan decisivos porque ya me lo parecieron entonces.
 
No habrá destino, pero el viaje no ha terminado. 

jueves, 9 de julio de 2015

A la sombra de su sombra.

Juan Maestre Alfonso (2015) Persiguiendo mi sombra. Pecado, culpa y sociedad en la España de Franco. Salamanca: Comunicación social (297 págs.)
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He leído de un tirón el libro de Juan Maestre. Me atraparon los dos primeros párrafos, en los que cuenta cómo un cura abusaba de él con prudencia jesuítica cuando era niño. El hermano Z. (casi todos los nombres en la obra vienen en iniciales) le metía mano. No a fondo, pero sí lo suficiente para que el chaval tardara veinte años en contárselo a alguien y, además, a un compañero de colegio, que es un contar a medias, y unos sesenta en explayarse sobre ello en público.
 
Es un libro de memorias, pero tan original y personal que se lee como una novela. Porque viene novelizado. Maestre, con toda una larga trayectoria de sociología cualitativa a la espalda, influido por Jesús Ibáñez y sus grupos de discusión, por Ángel de Lucas y, sobre todo, por la técnica de las historias de vida, en la que tiene reconocida reputación, ha pasado a contar la suya pero a través de las de los demás. Incluso cuando habla de sí mismo (capítulos primero y último) lo hace distanciado, en los momentos de apertura y cierre, por así decirlo, de su ciclo vital. Verse a sí mismo en el recuerdo como otro y verse a sí mismo en el retrato de hoy pero como un tercero, introduce una visión literaria. Las historias de vida son cruces de caminos en que se encuentran varias ciencias sociales y la literatura. De hecho las memorias están siempre, obligatoriamente, realizadas desde la perspectiva que los novelistas llaman "narrador omnisciente".  Y eso sucede en persiguiendo mi sombra, en dos capítulos habla de sí mismo a través de sí mismo y en cuatro de sí mismo a través de otros, y en todos prevalece la figura del narrador, punto al que se refieren las historias propias y las de los demás.
 
Una obra así concebida, escrita en un castellano fluido, elegante, sobrio, sincero, encandila. No se lee; se devora o se bebe. Fui posponiendo otros quehaceres, sacando tiempo de donde no lo había, hasta concluir la lectura, fascinado por el despliegue de una vida que, en su mayor parte, ha transcurrido bajo el franquismo, como se hace notar en el subtítulo de Pecado, culpa y sociedad en la España de Franco. Concluido el leer, llegó la perplejidad. Ese libro narra también mi vida. No solamente porque sea más o menos coetáneo del autor sino porque algunos de los personajes de que trata también los traté yo, porque los lugares de su infancia en Madrid son los míos en mi adolescencia. El cuadrilátero urbano que dibuja, Bilbao, Quevedo, Argüelles y Dos de mayo (p. 257) me es tan familiar (ampliando el límite sur del Dos de Mayo hasta el metro de Noviciado) como mi cuarto. Y porque fui partícipe de algunas de las peripecias que cuenta, no en los episodios narrados, pero sí en otros.
 
 Mi primera reacción fue ponerme al teclado y escribir un ditirambo. Yo también publiqué hace unos años una especie de memorias, igualmente mezcladas con consideraciones sociales y políticas que, en el fondo, nos sirven a los académicos para no ir demasiado a lo privado, (Rompiendo amarras. La izquierda entre dos siglos. Una visión personal. Madrid: Akal, 2013). En la medida en que eran memoria, también recreé esos paísajes urbanos, incluidos los bulevares, de cuya desaparición se lamenta Maestre. Sí, preciosos aquellos paseos centrales arbolados por cuyas veras subía y bajaba el tranvía que iba a Rosales, pero absolutamente incompatibles con la densidad de tráfico que hoy soportan los cinco tramos de Marqués de Urquijo, Alberto Aguilera, Carranza, Sagasta y Génova. Cinco nombres de calles de Madrid sin  ningún militar ni santo ni cura. Un milagro. El resultado hubiera sido una crítica laudatoria, hablando de los viejos tiempos, que no tiene mayor interés.
 
Luego reparé en que las coincidencias de lugares, hechos y personas, dan pie a muchas discrepancias también. Juicios sobre las personas, valoraciones de los hechos, interpretaciones de las relaciones. Mi segunda reacción fue de nuevo saltar sobre el teclado a dejar constancia de mis objeciones, críticas, reproches, a meterme en donde no me llaman y enjuiciar al autor. La crítica podía convertirse en una controversia, en una diatriba. Pero no por ello tendría mayor interés si bien, quizá, mayor audiencia, por cuanto siempre atrae más la riña que la concordia, aunque lo correcto sea decir lo contrario.
 
Me llevó más decidirme a comentar el libro que leerlo. Al final me puse a hacerlo adoptando como guía el huir de los dos extremos, el ditirambo y la diatriba, pues ambas actitudes obscurecen y acartonan el relato. Basta con que este se componga de observaciones espontáneas, surgidas al paso de una lectura que tiene muchos registros pero aparece unificada por un hilo conductor: el de un hombre que intenta exponerse como se ve. Con otro paralelo: el de un lector que trata de entender cómo se ve el autor y, de paso, verse a sí mismo como punto de referencia. Y ese es a mi juicio el mayor mérito del libro de Maestre, que nos interpela personalmente. 
 
Así que el hermano Z le metía mano. Maestre se educó en los jesuitas de Areneros y eso marca. Elitismo, privilegios, disciplina y mucha hipocresía. Claro que marca. Maestre ve su propia vida como una lucha por librarse de la marca. Y no está muy seguro de haberlo conseguido. Este capítulo autobiográfico lo prueba.  "En materia de castidad no existe pecado venial", le decían. Considera que es algo tremendo que todavía lo obsesiona y le afecta porque entiende que la represión sexual fue una constante de su generación, de la que esta no podía sustraerse y la mayor a que se la ha sometido y lo reitera en la obra (pp. 18, 41, 159). Recordando los ejercicios espirituales, acaba asimilando el colegio a un campo de exterminio, como los de los nazis y los comunistas pero, como a estos, el tiro les salió por la culata pues fueron muchos los que se situaron en las antípodas de lo que los jesuitas querían (p. 52). Los jesuitas sufren a veces esas paradojas. Recuérdese a Voltaire, siete años interno con los jesuitas de Louis-le-Grand. Pero tampoco es el asunto tan drástico. A pesar de irse a las antípodas, reconoce que, aun habiendo roto los lazos institucionales, mantiene relaciones "fluidas, sinceras, distendidas" con los padres (p. 65). Igual que Voltaire, cuya veneración por algunos de sus maestros le duró toda la vida.

De los jesuitas alaba cierto espíritu igualitario que probablemente enlaza con el de las misiones del Paraguay y que se observaba en el hecho de que el colegio tenía también unos internos uniformados de los que, dice, los externos intuían que "no eran de nuestra clase" (p. 59). Es curioso. Yo me eduqué en un colegio de medios pelos, gestionado por el arzobispado de Madrid y también me llamaron la atención aquellos internos uniformados. Eran los contingentes de huérfanos de distintas instituciones que los colegios de Madrid tenían que admitir después de la guerra. Nunca los consideré de "otra clase" y tenía amigos entre ellos, como entre los externos. Claro que, como hijo de republicanos vencidos en la guerra civil, eso no me era difícil. Maestre expone reiteradamente su conciencia de ser de familia de vencedores. Yo crecí en familia de vencidos. Pero de vencidos que se consideraban moralmente vencedores. Algo que muchos vástagos de los vencedores de la generación de Maestre acabaron aceptando, lo cual explica algunos misterios de la historia reciente del país.

Además de ser hijo de vencidos que no aceptaron la derrota y siguieron luchando por la República, en mis años de colegio jamás vi un cura. El único clérigo era uno secular encargado de los frecuentísimos ritos religiosos de la época, misas, rosarios, via crucis. Todo el profesorado era seglar. Hasta el profesor de religión era un cura défroqué y algunos de los enseñantes hasta republicanos a las escondidas, habiendo sobrevivido con argucias a las temibles depuraciones que hicieron los fascistas. La pederastia allí estaba descartada y la represión sexual era parte de la represión general de las ordenanzas hispanas, pero acababa a las puertas del colegio y cada cual se buscaba la vida como podía, algunos con notable éxito.

Profesa Maestre gran admiración por su compañero de curso V. P. D., quien llegó a príncipe, categoría definitiva en el ámbito jesuita. Pero se molesta porque V. P. D. consigna en un libro valoraciones negativas (que él considera superficiales y periféricas) de la labor de los jesuitas en América y del padre Arrupe en concreto (p. 65). Son los misterios de la marca de la casa. Al hermano de Voltaire lo educaron los jansenistas y las conversaciones entre ambos debían de ser asaz curiosas. Por mi parte no comparto en absoluto la admiración de Maestre por la capacidad intelectual de V.P.D. pero sí coincido con este en tener muy pobre opinión de los jesuitas allí en donde se den.

Salido del colegio con propósito de no ser monje, Maestre opta por las armas. Será soldado y se prepara para la carrera militar. Esta parte de la historia ya tiene una ajena, la de su compañero Antonio quien, fracasado en el mismo intento castrense, acaba al parecer, suicidándose en Peñíscola. Su propio abandono de la vocación militar se explica a la luz de su juicio actual sobre las fuerzas armadas de entonces (el actual ha mejorado) a las que hace responsables de la  "tibetanización de la nación" (p. 80, 187). El término tiene una claro eco orteguiano. España necesitó 16 años para superar la brecha de la guerra civil y vivía "tibetanizada" en Europa (p. 89). Y el plazo parece desacertado. En 1955 no se superó brecha alguna, salvo que se interprete por tal el ingreso en la ONU, cosa poco convincente. Hoy, además, sabemos que, mientras haya más de 100.000 personas asesinadas en las cunetas de España, esta no habrá superado brecha alguna.

Hay un toque de color en la aventura militar de Maestre al referirse al africanismo de Franco: la "guardia mora" (p. 90), la "guerra de Ifni" (p. 91). El "africanismo" tenía un toque casi tribal. El espectáculo de la guardia mora era de película de Hollywood y, de hecho, lo que la historia gráfica recuerda de aquella guerra semioculta es la visita que hizo Carmen Sevilla a las tropas en Sidi Ifni en la nochevieja de 1957. Una imitación de la que hizo Marilyn Monroe a las tropas yanquies en Corea en 1954. El país es así. Puro plagio.

Por fin Maestre reconoce que tampoco quiere ser soldado y se apunta a las letras. Y ese es el comienzo de su tercera vida, que resulta ser la definitiva. Estudia Derecho, Ciencias Políticas, Graduado Social, se licencia, se doctora y emprende una vida que casi puede caracterizarse de errante por distintas geografías, recala en Lovaina, es becario en Israel, escribe dos libros (luego, llegarán más), es sociólogo del ministerio (p. 96), viaja por América, ejerce docencia y asesoramiento en diversas partes del mundo, hace política en España y finalmente se jubila en la Universidad hispalense en la que es emérito, rodeado del reconocimiento de colegas y discípulos. Atalaya desde la que describe su vida en clave de vidas ajenas

Metafóricamente podríamos asimilar la decisión de Maestre de colgar los futuros hábitos y renunciar a lucir uniforme a una especie de rebelión final contra la figura del Padre. Al fin y al cabo, está muy presente en su ánimo su idea de proceder de una "típica familia de clase media-alta, católica a lo hispano, de derechas y, en consecuencia, de los vencedores de la guerra civil..." (pp. 94/95, 164, 174, 178, 236), en donde esos oficios se verían con buenos ojos. "Padre", llega a firmar Maestre, es la palabra clave en la educación de Antonio, (p. 101), el supuesto suicida de Peñíscola. Porque, añade, el problema del padre es el de su generación, que considero la mía, porque desemboca en el autoritarismo que parte del régimen e invade la familia, sobre todo la familia del régimen. Muchas reacciones antifranquistas eran a veces reacciones contra el padre (p. 105). Sí, el padre suele ser el problema, pero también cuando falta. Mitscherlich, el discípulo de Freud, consideraba que la sociedad alemana de la posguerra era una "sociedad sin padres", lo cual era estrictamente cierto dado que en la guerra habían muerto muchos de los que hubieran podido serlo o ya lo eran. La presencia o la ausencia del padre son siempre problemáticas. En mi caso, por ausencia, dado que mi padre se exilió y yo crecí en un matriarcado.

La vida política de Maestre parece haber sido tan moderada como radical su doctrina. En otro capítulo pergeña la vida de otro personaje, Fernando, un elemento pocedente del frente de juventudes (p.141) que se pasa a la izquierda y se enamora de una señorita bien, Gloria, quien le correspondía. Lo grueso del relato -que las nuevas generaciones harán bien en calibrar, tratándose de la España de los años sesenta o setenta del siglo XX- es que la familia no aceptó la situación y metió a la niña en un hospital psiquiátrico en Santander durante cinco años (p. 148). Fernando no pudo sacarla de allí y acabó casándose con otra. Su izquierdismo lo llevó al PSOE y el autor, que reconoce haber militado cierto tiempo en el PCE, lo juzga como "visceralmente anticomunista" (p. 154) pero aun así, capaz de hacer campaña en contra de la permanencia de España en la OTAN. Siempre me ha llamado la atención esa expresión de "visceralmente anticomunista" con la que los militantes del PCE daban por perdidos los casos de determinados interlocutores. Y la verdad es que, los breves meses que yo estuve en el PCE, tambén encontré muchos comunistas que eran "visceralmente antisocialistas". En realidad, entre el PCE y el PSOE siempre ha habido muchas vísceras. Maestre parece haberse movido más cómodamente en la esfera del PSOE que izquierda es, al fin y al cabo. Ignoro qué actitud adoptaría frente a la cuestión de la OTAN, que fue muy reñida. De mí puedo decir que me pronuncié por el sí sin ser ni haber sido nunca militante del PSOE, únicamente empujado por mi convicción de que España debía dejar de ser "singular" y estar en todos los organismos y organizaciones en que estuvieran los llamado "países de nuestro entorno". No hace falta señalar que hube de aguantar entonces y aun ahora, mucha "visceralidad".

El capítulo dedicado a un tal José Luis A. trata de un episodio que también me toca muy de cerca. En los años 60, la guardia civil detuvo a tiros a dos miembros del Partido Comunista de España (m-l), cuyo dirigente por entonces era mi padre y en el que no milité jamás. Uno de los detenidos, Riccardo G., un italiano, recibió un tiro en la boca (p. 164). Riccardo era amigo mío. Habíamos estado juntos en el PCE y, luego, mientras yo abandoné  toda militancia partidista, él se hizo prochino. Desde entonces nos hemos visto ocasionalmente. Curioso destino el suyo. Maestre actuó como su abogado el juicio que se le siguió en el Tribunal de Orden Público, pero la historia que le interesa es la de José Luis A., el copiloto de Riccardo en el momento del disparo. Igualmente un ejemplo de buena familia, muy católica y muy derechas, exmiembro del Frente de Juventudes (p. 173), admirador del Tercer Reich y también militar frustrado. Un caso similar al del autor que confiesa haberlo perdido de vista cuando salió de la cárcel (p. 195) y no sabe que haya hecho nada. Con algo de resignación viene a decir que, en definitiva, la Transición la hicieron los "reformistas del franquismo", Suárez, Rosón, Martín Villa, Aparicio Bernal, Gabriel Cisneros (p. 172), en realidad, los que habían hecho la carrera a la que  José Luis A. se destinaba a sí mismo y de la que se desvió.  

Hay un curioso capitulo dedicado a Tomasa, la sirvienta que estuvo prácticamente toda la vida con su familia, a la que llama "asistenta" y que luego heredó él. "Una más de la familia". En casa de mis abuelos paternos siempre había un par de criadas y una cocinera, generalmente chicas jóvenes que mi abuela traía de la aldea y a las que renovaba según volvían a ella para casarse o porque las familias las reclamaban. Es decir, ninguna duraba. En casa de mis padres hubo en ocasiones alguna interna pero que también cambiaba con frecuencia, según dictaban las oscilantes circunstancia económicas de la familia, nunca muy boyantes y, a veces, angustiosas. Es decir, no he conocido esa experiencia de la sirvienta "de la famila", que ve crecer a los hijos y acaba siendo como una especie de madre para ellos. En todo caso, al autor le sirve no solo para dedicarle un recuerdo sentimental sino también para asomarse al mundo de la gente más pobre y desasistida. Tomasa era hija de un peón caminero que tuvo abundante descendencia. Casó con uno de su condición y tuvo la mala suerte de montar la casa en Brunete, el de la famosa batalla. Al terminar esta, ya no tenía casa y pasado poco tiempo, quedó viuda y, luego perdió a su hijo. Las observaciones de Maestre sobre la resignación y el fatalismo con los que Tomasa vivió su duro destino son de las más ilustrativas de un libro en el que hay muchas otras, pero no sé si tan sentidas. (p. 220).

Los capítulos centrales nos llevan por otros vericuetos al trozo autobiográfico del final en el que Maestre despliega sus tres nombres, Juan Mariano Julián, y da las últimas pero muy significativas pinceladas al cuadro. Matiza el autor la imagen de "familia privilegiada de vencedores", situándola, al menos en parte entre los "desertores del arado", si bien añade que eso pasa a casi todo el mundo excepto a la Familia Real y a Romero de Solís (p. 238), uno de los pocos que no está oculto tras unas siglas y, por probable afinidad profesional,  se tratará de Perico. Me siento hermanado con el autor. Mi familia paterna es de desertores del arado en sentido estricto. Mi abuelos paternos, labrantines poseedores de una herrería en un pueblo de Cuenca. Sus hijos, comunistas. Mi abuela materna, rica terrateniente gallega (que ya es difícil), casada con prestigioso vástago de linaje de letras y naturalmente del régimen, aunque tibios a fuer de tradición liberal. Esas mezclas, transgresiones de clase, las trajo la guerra.

Casi al final del libro, el autor señala que fue hace poco tiempo cuando su mujer le informó del origen ilegítimo de su padre, cuestión que no le preocupa. Pero de nuevo se viene a la memoria Voltaire, con quien empezó esta crónica, cuando decía, lleno de orgullo, no que su padre fuera ilegítimo, sino que lo era él mismo y siempre dijo admirar grandemente a su madre por haberlo concebido del señor de Rocabrune, "mosquetero, oficial, autor y hombre de espíritu" y no del vulgar notario Arouet. Hablando de padres...

 

viernes, 8 de noviembre de 2013

Los jarrones chinos parlantes.


El símil es de Felipe González (FG), cuando dejó de ser presidente. Todavía muy impresionado por un viaje a la China, en donde aprendió la sabiduría confuciana de la indiferencia hacia el color de los gatos, concluyó que los expresidentes son como los jarrones chinos, muy apreciados por todos, pero verdaderos estorbos. Venía a aconsejar a los de su género moderación, discreción y, en definitiva, silencio. Por entonces, los únicos expresidentes eran Suárez y Calvo Sotelo y los dos, uno hasta su muerte y el otro hasta caer gravemente enfermo, supieron ajustarse al modelo sin que se les pidiera. Suárez jamás fue por ahí impartiendo lecciones de nada a nadie y todos sabemos que acumulaba un tesoro de experiencias.

Han sido los ex-presidentes posteriores quienes han roto esa regla de oro. En primer lugar, el propio FG y, en segundo, el ubicuo José María Aznar (JMA), quien no pierde ocasión de regañar a su sucesor en sus permanentes comparecencias en los medios con los más diversos motivos; de regañar al sucesor y pronunciarse a su modo y según su Minerva sobre los más graves problemas de España. Ayer estaba presentando el segundo tomo de sus memorias en compañía de su señora, Josep Piqué y un buen puñado de ex-ministros suyos, Zaplana, Acebes, Tocino, Mayor Oreja, Aguirre. Estaba también Ignacio González. El toque plural lo ponía José María Fidalgo que, de secretario general de CCOO ha pasado a doctrino de la FAES. El caso es encontrar unas siglas. La ausencia de miembros del gobierno fue clamorosa: ni un mal ministro; ni Wert; y tampoco Rajoy. Nadie. Mandaron a un oscuro secretario de Estado que ni sale en las fotos y al director general de la policía, seguramente no por razón del cargo, aunque nunca se sabe.

Tiempo habrá de hablar del libro, pomposamente titulado El compromiso del poder. Los trozos que van filtrándose a través de los medios apuntan a un nuevo ejemplo de prosa aznarina, ditirámbica hasta el empacho hacia su grandeza personal y muy agresiva hacia todos los demás, especialmente los adversarios políticos, a los que zahiere e insulta con tantas razones y motivos como los que tiene para el autobombo: ninguna. Esa patochada que dice haberle dicho a Chávez (ahora que este ya no puede desmentirlo) de "Mira Hugo, si yo hubiera querido dar el golpe contra ti, te aseguro que tú, ahora, no estabas aquí" se comenta por sí sola. Hay muchas otras perlas. El personaje es fiel a su propia caricatura.

En la presentación no criticó a Rajoy, cual acostumbra. Realmente, no tuvo tiempo porque lo dedicó todo a hablar bien de sí mismo, el milagro, recuérdese, y a poner de ejemplo sus legislaturas, del que los demás debieran aprender en lugar de hacerlo todo al revés. En cualquier caso, por una vez se quedó corto. Fidalgo, arrastrado por su propio entusiasmo por los gobiernos de Aznar, llegó a decir que el resultado de las elecciones de 2004, que ganaron los socialistas, fue una "tremenda injusticia". Vaya con el ex-secretario general de CCOO. Claro que, al otro lado de Aznar estaba Piqué quien, en su juventud militó en la izquierda, creo que en la comunista. El cuadro es: la derecha franquista de toda la vida flanqueada por dos izquierdistas arrepentidos. Más que una foto, es una lección moral que permite preguntarse con razón cuántos de quienes hoy más vociferan en la izquierda, presentarán las memorias de Rajoy dentro de diez o veinte años.

Sea como sea, esta enésima aparición del jarrón chino de la derecha escenifica una línea de fractura del PP bastante visible entre un ala de halcones y un gobierno de azoradas palomas.

El otro jarrón chino también hizo acto de presencia con otro libro bajo el brazo. Este no parece ser de memorias. FG rechaza la idea de escribir unas porque dice que es un género muy insincero. Es cierto, pero aun así, el género memorias es muy interesante. Hasta las mentiras ayudan a entrever la verdad. Cosas de la naturaleza humana.

Este otro libro, al parecer, es un ensayo sobre el liderazgo, supongo, porque se titula En busca de respuestas. El liderazgo en tiempos de crisis, que sugiere un lema para un congreso. Hablar de liderazgo lo ha llevado a considerar el de Rubalcaba y, aunque tiene a este como "la mejor cabeza política de España", le adjudica un "problema de liderazgo". Habló poco del libro que, por cierto, presentó él solo, sin "arroparse", como suele decir la prensa, con viejos compañeros de fatigas. FG no es muy dado a la especulación teórica. Prefiere pronunciarse sobre la realidad práctica a golpe de intuición y suele encontrar oídos favorables, lo cual demuestra no que tenga razón, sino que él sí es un líder hasta cuando ejerce de jarrón chino, desobedeciendo su propia conseja y en clara evidencia de que a menudo no tiene razón. Como todo el mundo.

Mucho más libre que Aznar, la comparecencia de FG fue, incluso, beligerante. Respondió a las preguntas indiscretas de los periodistas sobre asuntos del partido, primarias y el PSC. Y también a la insólita cuestión de si piensa volver cuando es obvio que no se ha ido jamás y que ocupa el único lugar que razonablemente puede ocupar, el de un jarrón chino parlanchín. Una especie de asesor olímpico, aúreo, que juega con su remanente de liderazgo y el mucho prestigio que tiene entre los suyos.

Por último, el más reciente jarrón chino, Zapatero, también amaga con unas inminentes memorias. Los políticos piensan que el cumplimiento de un mandato equivale a un giro en sus vidas que los incita a escribir sus recuerdos. A veces demasiado pronto. A Zapatero puede pasarle como a Willy Brandt quien escribió unas memorias y, muchos años después, escribió otras, algo así como los Veinte años después de los Tres Mosqueteros. En todo caso, se nota la bisoñez de Zapatero en esto de ir de jarrón chino. El otro día, en la fiesta de La Razón, un panfleto antisocialista y antizapateril, estaba como eso, como un jarrón chino, en compañía de Rajoy, Sáenz de Santamaría, los Príncipes de Asturias, Aznar, etc. Completamente fuera de lugar.

jueves, 3 de octubre de 2013

La noche ciega.


El caminante fue acumulando recuerdos a lo largo de la jornada. Memorias fugaces. Instantes alegres, tristes, intensos. Impresiones que se repetían. Reconstrucciones caprichosas. Reinterpretaciones. Tesoros guardados celosamente. Un pasado fragmentario. No se detenía en nada, pero lo iba archivando todo según llegaba. Todo lo metía en un cajón de cualquier forma, corriendo el riesgo de que cada adición cayera como un ladrillo en el mullido colchón que formaban los demás y lo alterara. No le importaba. Seguía caminando, recibiendo imágenes del pasado de la más variada condición. Una sonrisa, el frenazo de un coche, el cielo estrellado, la halitosis del vecino, la música en el ascensor, la mirada de un hijo, unos ladridos en la noche, la moral del caballero, los precios en el escaparate, un deseo de niño, la imagen de un Papa en la televisión, la caricia del amante, una guerra lejana, la muerte de un divo,  el ceño del padre, una larga conversación sobre la “cristalización” de Stendhal, un error de juicio, el cuento de la abuela, las alforjas esas de las que salen los recuerdos, una pelea a gritos en un bar, un examen difícil, la visita al manicomio, el infinito del universo o su finitud, la zancadilla del colega, las consecuencias de los actos, Dios de la mano de todos los dioses, una ruindad imperdonable, el sistema binario, quintaesencia del ser humano. Y así siguió hasta que, rendido, se detuvo a dormir.

Se sentó al pie de un árbol y cerró los ojos. Buscó el cajón. No lo halló. Se levantó una noche insondable. Nada de lo vivido, nada de lo revivido volvía. Nada puede volver. ¿Para qué? Nada puede cambiarse. Lo que fue sigue actuando, sigue llegando. Pero no como ello mismo sino como sus consecuencias. Las consecuencias son la morrena que engulle el presente. Las memorias son despojos, jirones, pecios inseguros sobre esa masa en movimiento quieto que es el yo. Sirven para hacernos creer que entre ellas y nosotros hay algún lazo de unión y así nos olvidemos de lo que somos, pero solo el tiempo que tardan en volver a sumergirse. Mejor dicho, de lo que suponemos que somos. Porque ser, lo que se dice ser, no somos nada. Si acaso un desorden que llama orden al caos.

La oscuridad era tal que no había diferencia entre mantener los ojos abiertos o cerrados. La mirada interior, esa es la que cuenta. La que atisba en los vericuetos de lo que llevamos dentro. Y ¿qué llevamos dentro? Sentimientos, solo sentimientos. Todo se hace sentimiento. La razón misma es sentimiento, bastante primitivo por cierto. Sentimientos que prenden en algún lugar indefinido pero se definen con palabras: tristeza, furia, sufrimiento, orgullo, alegría, venganza, arrepentimiento, generosidad, angustia, culpabilidad, nostalgia, amor, odio; la paleta entera de los estados de ánimo, de espíritu, del alma incomprensible. Son los sentimientos los que definen los caracteres desde Teofastro hasta C. G. Jung.

Levantándose con la del alba, el caminante llena sus pulmones con el aire fresco y, haciendo bocina con las manos grita al mundo ¡lo siento! Es como si se hiciera el harakiri y quisiera fundirse con todo lo que fue. Y desaparecer.

Luego, se echa el morral al hombro y sigue su camino. Pero ya es otro. Como Rimbaud.

(La imagen es una foto de Euromagic, bajo
licencia Creative Commons).

lunes, 27 de mayo de 2013

Vencedores y vencidos.


Leo dos noticias en Público que me interesan, me afectan personalmente, me conmueven y me llevan a reflejarlas en la entrada de hoy. Una es la de que las víctimas de la dictadura, las asociaciones de la memoria histórica, juristas, defensores de los derechos humanos, periodistas y personajes del mundo de la cultura ponen en marcha la Plataforma por la Comisión de la Verdad para hacer justicia a las víctimas del genocidio franquista. La otra: la plataforma Date cuenta, que ha elaborado un documental Vencidxs, ha lanzado una campaña de crowdfunding para financiar la conversión del documental en un libro en el que se recojan las voces de los vencidos en la guerra civil antes de que desaparezcan. Las dos noticias, muy buenas, son complementarias.

La constitución de la plataforma en pro de una Comisión de la verdad que acabe con la impunidad del franquismo es un paso decisivo en el logro de un objetivo de justicia que hubo de darse hace muchos años, al comienzo de la transición. No se hizo entonces por razones sobre las que seguiremos discutiendo largos años, sin duda. Una plataforma similar a las que han actuado en otros países salidos de dictaduras terroristas como la española. Su tarea, a la que en nada afecta que hayan pasado casi cuarenta años desde el fin de la dictadura, ya que los presuntos crímenes de esta, siendo de genocidio, no prescriben, es  derogar la Ley de Amnistía de 1977, ampliar la memoria histórica, hacer justicia a las víctimas del franquismo, compensar a sus allegados y herederos de todas las formas posibles pero muy especialmente entregándoles los restos de sus familiares asesinados y que aún yacen en las cunetas y las fosas comunes, rehabilitar sus nombres y echar por fin las bases de una reconciliación asentada no sobre la mentira y el olvido, sino sobre el recuerdo y la verdad. Esa comisión se personará en todos los foros nacionales e internacionales y en todos los procesos en que se reclame la memoria histórica y el derecho de las víctimas a la justicia.

La Ley de la Memoria histórica socialista ha sido insuficiente, ha quedado pronto arrinconada por la falta de voluntad de las autoridades de ponerla en práctica y su único resultado es la condena e inhabilitación del único juez que se atrevió a ponerla en práctica. Por ello esa comisión recoge el testigo en donde la demediada ley socialista lo dejó y lo llevará hasta el final, impidiendo que triunfe la deliberada política del olvido propugnada por la derecha y una parte de la izquierda sumisa, que equivale a infligir un nuevo castigo a las víctimas de aquel horror. No dudo de que habrá razones de mucho peso, pero todas son livianas como plumas ante el incontestable, imperecedero, derecho de toda víctima a que se le haga justicia. En nuestro caso reside esta en exhumar los restos de los asesinados, paseados, ejecutados sumariamente, entregárselos a sus allegados y rehabilitar su memoria, en un país en el que una parte importante de la opinión sigue empeñada en silenciar los hechos, ocultarlos, embellecerlos o mentir descaradamente sobre ellos.

La Comisión tendrá que actuar fundamentalmente en los organismos internacionales, gubernamentales o no gubernamentales, en todos los foros mediante los cuales pueda hacerse presión sobre el Estado español para que este acepte poner en marcha las medidas legislativas que hagan posible el restablecimiento de la verdad. Su tarea no será menuda en un momento en el que el país está gobernado por mayoría absoluta por un partido que incluso se niega a condenar el franquismo. Pero que haya de ser prolongada no quiere decir que sea imposible sobre todo si recordamos que su fuerza moral radica en que ni quienes se oponen a su logro se atreven a decirlo claramente en público.

La segunda noticia tiene una carga humana explosiva. El documental Vencidxs, de Aitor Fernández recoge en vivo y directo los recuerdos de los hijos y familiares de las víctimas (luego, víctimas ellos también), hombres y mujeres ya octogenarios, muchas veces represaliados a su vez, que buscan los restos de sus allegados asesinados. Son 104 testimonios valiosísimos de una memoria oral a punto de desaparecer, la de l@s vencid@s en la guerra, silenciada durante estos decenios, que no podido materializarse en forma alguna, sin monumentos, efigies, recordatorios, privada, incluso del conocimiento del lugar en que yacían los suyos. O, lo que quizá sea peor, sabiéndolo pero no pudiendo hacer nada, ni siquiera darse por enterada porque quienes los habían asesinado y enterrado, estaban presentes, eran vecinos, autoridades incluso, civiles, militares, eclesiásticas. Ese documento tiene el valor de una shoah hispánica, salvando todas las distancias.

Ahora los autores se proponen plasmar el documental en un libro de igual título para lo cual han puesto en marcha una iniciativa de Crowdfundig con el objetivo de sufragar los costes de edición. En el momento de redactar esto llevaban recaudados 6708 euros, equivalentes al 86 % del total presupuestado y aún les quedan veinte días. Me parece que lo van a conseguir y eso es para felicitarse sobremanera. El papel impreso está, sí, condenado a la práctica desaparición pero, de momento, sigue siendo irrefutable y actuando como un fedatario poderoso. Lo que consta en él, permanece.

Es muy importante que estas historias permanezcan, que no se las lleven las aguas del Leteo. Es muy importante que la víctima nos cuente en primera persona cómo entre los seis y los dieciséis años fue vejada, humillada, maltratada, purgada con aceite de ricino y guindilla. Es muy importante comprobar que no se trató de casos aislados, incontrolados, sino de una política deliberada de represión, castigo, humillación, un plan rigurosamente seguido a lo largo de los años. Un plan de exterminio en unos casos y sujuzgamiento sin contemplaciones en todos los demás. Porque, nos dice Aitor Fernández "En España no hubo una Guerra Civil. Aquí hubo una de guerra de los ricos contra los pobres para conservar sus privilegios".

Y ese es el misterio de esta insensata ocultación de decenas de miles de cuerpos, el hecho de que los herederos físicos e ideológicos de quienes perpetraron aquel crimen no puedan mirar de frente el pasado porque saben que tendrían que pedir perdón y no quieren. Ganaron la guerra, ganaron la paz, los vencidos no tienen derechos. La cuestión es, sin embargo, que esto no se puede sostener en ningún foro internacional civilizado. Resulta sarcástico que España, quien tanto ha hecho por los procesos de pacificación y de restablecimiento de la verdad en tantos otros paises, sea incapaz de hacerlo consigo misma.

Así como parece imposible hacer comprender a la jerarquía católica que su religión no puede gobernar la sociedad, lo parece que la derecha entienda que la verdadera reconciliación de los españoles solo puede darse sobre la base de la justicia y la verdad y, por tanto, sobre la aceptación de sus responsabilidades.

martes, 10 de enero de 2012

Pura nada.

Uno de los momentos típicos de la propaganda de la derecha es cuando el candidato a la presidencia del gobierno publica un libro en el que da a conocer su ideario, generalmente editado por potentes editoriales conservadoras, como Planeta o Espasa-Calpe. A Fraga no le hacía falta porque los tenía publicados por docenas, ensayos, libros académicos, generalmente con bastante fondo, memorias, etc. A los dos siguientes candidatos hubo que ponerlos a escribir. Aznar llegó a publicar tres obras antes de ser elegido presidente, siempre con esa finalidad propagandista: Libertad y solidaridad, Planeta, 1991; España. La Segunda Transición, Espasa-Calpe, 1994, que no tiene desperdicio, empezando por el título; y La España en que yo creo, Noesis, 1995. Luego de su salida del gobierno, el político del PP ha seguido escribiendo libros todos ya en Planeta, en los que alaba su gestión, Ocho años de Gobierno, 2004; amonesta a la juventud y ataca al gobierno socialista, Cartas a un joven español, 2007; o propone sus fórmulas miríficas para sacar a España de la crisis en la que la han hundido el radicalismo y la incompetencia de los socialistas, España puede salir de le crisis, 2009. Aznar es casi por sí solo un think tank. Quizá no tenga mucho think, pero sí mucho tank.

Al lado del prolífico Aznar, Rajoy parece el hombre de un solo libro, pero no al modo de aquel sabio al que Tomás de Aquino decía temer porque, conociendo un solo libro pero conociéndolo a fondo era temible, sino al modo de quien no es capaz de escribir otro y aun este a muy duras penas. Es evidente que Rajoy no es hombre de escritura. Si se le añade que, en el torbellino de la vida de un candidato a la presidencia del gobierno, apenas queda tiempo de leer la prensa, mucho menos de sentarse con el sosiego necesario para escribir algo con sentido, únicamente puede esperarse un resultado como éste que de libro tiene el hecho de constar de 256 páginas impresas entre dos cubiertas de cartoné (Mariano Rajoy, En confianza. Mi vida y mi proyecto de cambio para España, Barcelona: Planeta, 2011). El autor dijo que destinaría los beneficios de las ventas a alguna causa justa o noble. Pero no sé si esos beneficios habrán sido muy altos, salvo que su partido haya comprado la edición entera para regalársela por Reyes a los militantes... que hayan sido malos.

No obstante, los analistas estamos obligados a leer estos productos porque, aunque sólo tratan de embellecer la posición propia, denigrar la del adversario en un maniqueísmo realmente aburrido, de ocultar, enmarañar y no decir nada en medio de un fárrago que suele hacerse interminable, también tienen su lado provechoso. Es la magia de la escritura, de la que no son muy conscientes quienes a ella se arrojan como espontáneos. Al escribir nos delatamos, por mucho cuidado que se ponga en no asomar demasiado. "Los libros", decía Jean Paul, "son cartas largas a los amigos". Pero si un amigo es un psicoanalista, la carta larga se convierte en una larga sesión de diván en la que el autor acaba revelándose quiera o no.

El libro de Rajoy es un increíble desorden. Mezcla los contenidos de los capítulos, altera el tiempo de los relatos, mete largas morcillas que no vienen al caso, incluye párrafos enteros de discursos que ha pronunciado en algún otro lugar, elucubraciones, disquisiciones y comentarios que no encajan en la narración o la hacen repetitiva y tediosa. Carece de toda estructura salvo un vago hilo cronológico que va de su nacimiento al presente. Trata de dibujar el sentido en el subtítulo hablando de su vida y su proyecto para España. Uno podría creer que asistirá al desarrollo de ese proyecto imbricado en una intensa vida de experiencias. Pero no es así. No hay proyecto sino un conjunto de creencias conservadoras, autoritarias (las palabras "disciplina" y "sacrificio" aparecen mucho), clericales, tradicionalistas, patrióticas, al estilo del pensamiento reaccionario español de siempre. Él mismo dice que su modelo de España es la restauración de Cánovas y Sagasta (p. 49), es decir, la España del caciquismo más duro. Eso no es un proyecto, sino una nostalgia. Y su vida es una biografía anodina, de hijo de burguesía de provincias, ñoño y pacato, educado en parte en los jesuitas y que jamás, ni en sus años de mocedad y juventud tuvo un solo arranque. Relata como una especie de rebeldía un viaje en auto-stop a sus 16 años ¡a Baleares!, al parecer, su única aventura juvenil antes de retornar a la vida "normal" de misa del domingo, aperitivo del mediodía en el bar de toda la vida, almuerzo en familia y partido de fútbol. Así tal parece que el hecho de haber sido algo tan poco romántico como registrador de la propiedad a los 22 años pudiera considerarse una liberación.

Después de la parte dedicada sucintamente a la infancia, adolescencia y primera juventud vienen otras tres que, a duras penas pueden clasificarse como su carrera política en el PP, su etapa en diferentes ministerios de los gobiernos de Aznar y sus ocho años como candidato, todo tan enmarañado, confuso y maniqueo como la primera parte. Relata a trompicones algunas anécdotas, predica las virtudes del sacrificio, interrumpe para lanzar diatribas contra los gobiernos de Zapatero, y predica sus consabidos principios sin orden alguno, sin ningún afán de veracidad, pura propaganda; o sea, nada. Este libro es un largo mitin a los seguidores.

Algunos momentos interesantes generalmente no por lo que dice porque, como buen alumno de los jesuitas, procura no decir nada, sino por lo que deja ver a su pesar. Siendo ministro de Cultura comenta: "Suelo decir con cierta sorna que en realidad, lo que yo aprendí en el ministerio más que de cultura fue de números..." (p. 123). El subrayado es mío porque lo de la sorna tiene su miga pero nada comparado con el hecho de ir a un ministerio de Cultura como ministro a aprender. La burbuja inmobiliaria le preocupa mucho porque, obviamente, cuestiona su permanente elegía al milagro económico de España con el PP entre 1996 y 2004, pero se las ingenia para culpar de ella al Tribunal Constitucional que reconoció competencias sobre el suelo a las Comunidades Autónomas (p. 113) y... al PSOE, que cabalgó sobre ella (pp. 219 y 241). De todo lo desagradable tienen la culpa los demás. Por ejemplo, se vio obligado a recurrir al Tribunal Constitucional el Estatuto de Cataluña porque los socialistas habían suprimido en 1984 el recurso previo de inconstitucionalidad (p. 61), tema machacón en los escritos de la derecha más agresiva en los años 80. Lo agradable y acertado es obra suya incluso cuando fue al revés. Probablemente el párrafo más sinuoso y desvergonzado de la obra sea el que dice: "En el plano nacional nos propusimos iniciar una política de acuerdos con el partido socialista, cuyos resultados fueron el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, que se firmó a finales de ese año -recuerdo que fue el día de la Inmaculada concepción..." (p. 169). Jesuitismo mariano, porque ese pacto lo propuso Rodríguez Zapatero y él, Rajoy, dijo entonces que era un "conejo que Zapatero se sacaba de la chistera".

El resto del libro tiene este grado de verosimilitud. Cuando la presidencia española de la UE sostiene Rajoy que intentó cooperar con el gobierno socialista (p. 185), lo cual contrasta con la habitual percepción de los españoles, que siempre han visto al PP en la oposición torpedeando todas las acciones del gobierno socialista interiores o exteriores. Al final de la segunda legislatura de Aznar reconoce tres crisis : el islote Perejil, el Prestige y la guerra del Iraq; cada una de ellas despachada en dos caras, sin crítica alguna; al contrario, sostiene la versión de Aznar de la justicia de aquella guerra ilegal, aunque, muy Rajoy, no lo dice claramente. Por supuesto, en el atentado del 11-M, los socialistas lanzaron las hordas contra las sedes del PP y el malvado Rubalcaba hizo unas declaraciones explosivas en la jornada de reflexión (p. 214). De su entrevista en El Mundo en esa jornada de reflexión en la que decía que tenía "la convicción moral" de que había sido ETA, ni una palabra. Y en esa convicción debe de seguir porque su versión del juicio del 11-M es la variante moderada de la llamada conspiranoia: los autores intelectuales se han ido de rositas.

La oposición del PP, dirigido por él a los gobiernos de Zapatero ha sido bronca, intolerante, insultante y agresiva, como puede verse en las hemerotecas. Pero según el autor esa "confrontación" se debió a que Rodríguez Zapatero había roto todos los consensos de la transición: el de las comunidades autónomas, el del terrorismo, el de la cuestión religiosa, etc. En una ocasión se le escapa un "solemne" que recuerda mucho uno de sus insultos preferidos al presidente socialista, al que llamaba bobo solemne.

Un dato simpático de la confesión de Rajoy que un psicoanalista llamaría el de las pulsiones reprimidas: ni una mención al caso Yak 44, ni una mención, ni de pasada, a la corrupción o a la Gürtel. Son silencios extraordinariamente reveladores. Aunque ninguno tanto sobre la estructura mental del personaje como el de que en las 256 páginas en las que se habla de progreso, modernidad, globalización, cambio, futuro, etc, no aparece ni una vez la palabra internet. Sólo hay una referencia al ciberdelito. Ese es el proyecto.

¿Alguna duda? El hombre que, al mes de su toma de posesión aún no ha expuesto programa alguno ni concretado ningún detalle y que ha aplazado su primera comparecencia en el Parlamento a primeros de febrero, deja escrito: "Considero necesario presentar un plan completo, coherente, entendible por todos, y que se pueda desarrollar durante cuatro años. Y que esto debe hacerlo un gobierno que desde el mismo instante de la sesión de investidura deje claros sus objetivos esenciales". (p. 242) Pura nada solemne.

sábado, 18 de junio de 2011

Recapitulación sobre el Diccionario franquista.

Han pasado veinte días desde que la Real Academia de la Historia presentara con pompa y circunstancia los veinticinco primeros volúmenes del Diccionario Biográfico Nacional (DBN). En ese mismo instante, oh manes de la época, el diario Público revelaba que el tal DBN era una pieza de propaganda franquista, según la cual el dictador no fue un dictador y mucho menos, totalitario. En esos veinte días Palinuro ha colgado nueve entradas sobre el asunto y ha escrito una carta abierta al señor Gonzalo Anes; igualmente ha iniciado una causa pública en Facebook titulada Retirad el libelo franquista de la Academia que, a día de hoy, cuenta con 2.028 adhesiones. Esa página de FB presentó una petición en el Congreso de los Diputados reclamando que se retirara el diccionario y dimitiera Gonzalo Anes. Además se remitieron copias a la propia Academia de la Historia. Y no sólo Palinuro: historiadores, intelectuales, políticos, personalidades de todo tipo alzaron sus voces contra el bodrio. Nadie salió en su defensa, salvo Anes y los autores de las fechorías.

Anes ha pasado de reírse de las críticas a aceptar que tiene que reformar el Diccionario y todo entreverado con un argumentario tan lamentable que sonroja reproducirlo. Empezó asegurando que el biógrafo de Franco, Luis Suárez, era liberal, se lo quitó luego de encima afirmando que fue el propio Suárez quien pidió hacer el panegírico de Franco, cosa que aquel niega. Se zambulló después en la demagogia diciendo que la RAH no censura y que el diccionario de marras es un monumento a la libertad de expresión, como si la historia no fuera la historia sino una tertulia de radio. Cualquier cosa con tal de no dimitir. Por último tragó que había que reformar pero ¡puso condiciones! Se reformaría la versión online por entonces en proyecto, pero no la de papel, salvo en sucesivas reediciones. Es decir, en el fondo, seguía riéndose del personal.

Tras la intervención del Parlamento es de suponer que esas condiciones no operen y la risa se le haya cortado. Se revisa el DBN en papel y virtual y no se distribuye la obra en tanto no estén hechas las correcciones. Es de esperar que esto sea así porque el franquismo es una perversión moral de carácter crónico en quien la padece que no renuncia jamás a su empeño. Y lo primero que ha de quedar claro es que la corrección o verificación tiene que hacerla un equipo de historiadores ajenos a la RAH, no una comisión de ésta.

¿Por qué? Porque lo que se ha manifestado en este zafarrancho es que las falsedades que contiene el DBN no son erratas ni errores ni despistes de nadie sino que responden a un intento deliberado de falsear la historia de España al modo en que el Buró Político del Partido Comunista (soviético, español, daba igual) reescribía la del comunismo según el criterio del mandamás de turno o como actuaba el ministerio de la Verdad en el 1984 de Orwell, encargado de hacer pasar por verdad la mentira. Un intento deliberado del primer gobierno de Aznar con Aguirre como ministra de Cultura, encomendado a la RAH con generosísima financiación pública, de escribir su versión de la historia de España. Y así salen bien parados los políticos del PP y mal los de PSOE, lo que ya es el colmo en una obra de historia, convertida en un tebeo. Es decir Gonzalo Anes no ha estado defendiendo un trabajo de equipo frente a críticas que apuntaran a errores o descuidos sino un proyecto ideológico de falsificar la historia de España a mayor gloria de la derecha franquista y postfranquista.

Así que ese será el siguiente paso de la página de Facebook: insistir para que la revisión sea responsabilidad de historiadores de prestigio ajenos al cónclave de zombies franquistas de la Academia. Recuérdese asimismo que, al llegar a 2.500 adhesiones, escribiremos otra petición al Rey ya que, según la Constitución, ejerce el alto patronazgo de las Reales Academias, a ver si, de paso, se clarifica eso del patronazgo, que no suena bien. Será interesante ver si el Rey avala esa versión ditirámbica del Diccionario de Franco como un hombre católico, inteligente y moderado. Él lo conoció a fondo. Estuvo veinte años a su sombra y bajo su férula.

Retirad el libelo franquista de la Academia

(La imagen es una foto de FDV via Wikimedia Commons).

jueves, 9 de junio de 2011

Semprún: puro siglo XX.

Se lee mucho que Semprún es un autor de la memoria y que es la memoria del siglo XX. Ambas cosas a la vez no pueden ser y no son. No es solamente el escritor de la memoria; es imposible porque, aparte de revivir la memoria, escribe el presente, su presente, que duró la última mitad del siglo XX. Memoria y presente dan una mezcla explosiva en la que se fragmenta el autor para alcanzar de forma muy distinta una cantidad sorprendente de vidas ajenas en las cuales sus presentes son a su vez memorias; o también presentes, pero de otros. Hay que ver cuánta gente y de cuántas andaduras de la vida se siente interpelada por la existencia de Semprún. Unos hablan, otros callan, pero a nadie ha dejado indiferente. Amores y odios suscitó; a veces en la misma persona. Los del Holocausto lo cuentan entre los suyos. Cierto que con sus más y sus menos. Pero eso pasa con todas las asociaciones que se hagan con Semprún. También los literatos de las nuevas formas de narrativa y los intelectuales comunistas y los políticos españoles y la intelligentsia del Quartier Latin y los comunistas no intelectuales y los españoles y los franceses y su propia familia y hasta él mismo. Siempre aparecen sus más y sus menos.

Como escritor, que es lo que fue toda su vida, además de otras aficiones a las que le llevó un espíritu aventurero, lo equiparan con Camus, con Malraux y cabe encontrarle otros parangones, Silone, Koestler, escritores marcados por su experiencia con el comunismo y que también habían participado en conflictos sociales, políticos, militares. Al respecto tiene asimismo un toque estadounidense, entre Hemingway y Nelson Algren. Pero, incluso como escritor, no se asemeja solamente a escritores; por ejemplo, tenía una relación muy estrecha con Yves Montand, del que fue biógrafo y al que se parece bastante. Semprún se permite el lujo de ser muchos otros autores (lógicamente coetáneos) porque, en cambio, su objeto es siempre el mismo: él. Tantos él que da la impresión de que el tema de fondo de su obra, y de su vida, es su identidad. La identidad del hombre con muchos atributos.

A Semprún lo expulsa Carrillo del Partido Comunista en 1964 junto a Fernando Claudín. Algunos que entonces teníamos veinte años nos habíamos radicalizado a la izquierda, haciendonos pro-chinos y la escisión claudinista nos parecía derechista. Sin embargo no pasaría mucho, un par de años, para que quedara claro, al menos para mí, que los claudinistas tenían razón. Y su crítica era muy pertinente, le gustara o no al aparato anquilosado del PC o a los frenéticos maoístas. La escisión produjo dos testimonios: un pesadísimo informe de Claudín con todo tipo de documentos y una película de Alain Resnais con Yves Montand, cómo no, y Semprún en el guión. Una película impresionante, la película de Federico Sánchez y su desencantamiento del PC. Los prochinos aparecen fugazmente, como un revoloteo de gauchistes de café.

Me gusta más Semprún como guionista que como novelista. El largo viaje y Autobiografía de Federico Sánchez (el otro Federico Sánchez se despide de ustedes no es literatura sino una especie de ajuste de cuentas) están bien, pero no alcanzan la fuerza, el dramatismo de La guerra ha terminado y, sobre todo, de Z. Claro que esta última, que es un pedazo de peli, es como una confluencia de genios: Costa Gavras en la dirección, Mikis Theodorakis en la música, Yves Montand, Jean-Louis Trintignant, Jacques Perrin y Renato Salvatori como actores. Pero todo eso se convierte en lo que es gracias a la historia del asesinato de Lambrakis contada por Vasilis Vasilikos de la que Semprún sacó un guión impresionante. Esa es una película inolvidable.

Todo el mundo recuerda que Semprún era noble, descendiente de Antonio Maura y de una familia de senadores, alcaldes, etc., pero no he visto citada (lo que no quiere decir que no lo haya sido) una relación muy interesante en su vida: la de Constancia de la Mora Maura que no estoy seguro de si era su tía o su prima. Le sacaba veinte años y podía ser su tía pero también su prima. En todo caso, su pariente. De la Mora publicó un libro muy significativo antes de morir prematuramente en un accidente con 44 años más o menos, Doble esplendor, un libro que fue durante muchos años un texto canónico de la interpretación comunista de la guerra civil que traía dos luceros añadidos: era la historia contada por una mujer y de la clase alta. En realidad, un libro de propaganda que, según parece, no escribió ella, sino una novelista del Partido Comunista de los Estados Unidos, como parte de una opeación de propaganda de la Komintern. En ese mundo de compromiso político más allá del juicio moral, de conflicto militar, de desarraigo familiar, de constitución de una vanguardia revolucionaria que se le fue entre los dedos como el agua de los líquidos de Bauman, de fidelidad a una idea en cuyo triunfo definitivo se había dejado de creer, se agita la vida y la obra de Semprún que es como la parábola de la izquierda europea en el siglo XX. La parábola en busca de la identidad que parece recalar en la convicción europeísta.

(La imagen es una foto de Frachet (Own work) , bajo licencia GDLF).

martes, 24 de mayo de 2011

Invitación.

Como la vida sigue después de estas catastróficas elecciones, hoy se presenta mi libro Memoria del franquismo con el dramatis personae, en el lugar y hora que se indican en el tarjetón adjunto (click en la imagen para agrandar). Estáis cordialmente invitados.

El franquismo ha sido el fenómeno más importante de la historia de España en el siglo XX no sólo porque duró casi cuarenta años sino porque transformó radicalmente el país en casi todos sus aspectos (no en el religioso, por ejemplo) y socializó numerosas generaciones de españoles en un espíritu, una mentalidad y unos valores peculiares que todavía hoy se hacen notar y mucho. Porque cambió el imaginario colectivo y generó dos ideas del país antagónicas y que aún lo son si bien no en el campo de batalla sino en el ámbito simbólico. Es significativo que en las manifestaciones de la izquierda no se vean banderas rojigualdas y sí en cambio republicanas, mientras que en las de la derecha sucede al revés. Un país con dos banderas, dos culturas, memorias y referentes distintos, en realidad, es dos países.

Se dice que la transición enterró esa división de las dos Españas unificándolas bajo la sombra protectora de la Constitución de 1978, primera -se afirma- de consenso, que no ha impuesto una parte a otra. Cierto, con la salvedad de que muchas imposiciones están fuera de la Constitucion, son anteriores a ella; por ejemplo, la Monarquía o la religión católica. En realidad, dentro o fuera de la Constitución, la ansiada reconciliación de los españoles se realizó bajo la imposición de todos los símbolos y valores de los vencedores y ninguno de los vencidos, salvo el Estado de derecho y la democracia a los que no había modo de oponerse so pena de perder el apoyo de las potencias extranjeras.

El franquismo ha sido también un hecho decisivo en la vida de muchos españoles entre los cuales me cuento. Pero veo que en la actualidad, para la mayoría de la población, no es siquiera un recuerdo sino un episodio impreciso que se aprende en los manuales de historia o en las series de televisión. Así que me ha parecido oportuno aportar al conocimiento de las nuevas generaciones mi visión, mi vivencia y mi juicio sobre el franquismo, de forma razonada y tranquila para que pueda contrastarse con otras en uso y ayudar así a la gente venidera a formarse una opinión. Voy recibiendo testimonios de quees lo que sucede, lo cual me llena de alegría.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Memoria sobre la memoria.

Cosa complicada esa de la memoria. Los cristianos la consideran una de las potencias del alma desde San Juan de la Cruz, siendo las otras el entendimiento y la voluntad. Santo Tomás reconocía dos del alma racional, memoria y entendimiento. De forma que la voluntad será añadido del carmelita. La memoria es no menos determinante del ser humano que el entendimento. Sospecho que son inseparables. Platón la hacía base misma del saber puesto que conocer las cosas no era otra cosa que recordarlas. Por eso hay una rama de la filosofía contemporánea no estrictamente postmoderna que insiste en que la filosofia misma es la facultad de recordar, de no olvidar. Con lo que se confirma una vez más el viejo dicho de que la historia de ésta es una serie de glosas a Platón.

Lo mismo pasa con la literatura. La fabulosa estructura narrativa de la Odisea consiste en relatos de Ulises a base de sus recuerdos. También podría decirse que la historia de la literatura es la Odisea mil veces narrada. Que se lo digan a Joyce. En realidad la memoria es la provincia indiscutible de la literatura, su jurisdicción propia en la que eleva monumentos barrocos como En busca del tiempo perdido que en inglés se llama Remembrance of things past, o estatuas grotescas como Funes el memorioso. La memoria y la ficción están tan unidas que la segunda se cuela cuando la primera quiere ser objetiva, por ejemplo, cuando toma la forma de las memorias como género autobiográfico. En la entrevista de Millás a Felipe en El País que los dioses parecen haber echado como un hueso a los perros para que tengan algo en qué morder, aquel le pregunta si no piensa escribir su autobiografía y Felipe responde que las memorias se escriben para justificarse uno y atacar a los demás y que no piensa hacerlo. Y es cierto: raro es el político o estadista que, habiendo cesado en el cargo y conservando las suficientes facultades mentales, no se ponga a escribir sus recuerdos, contando la feria según le fue en ella. Algunos las han escrito por tandas, como Fraga o, incluso, las han repetido, como Willy Brandt; unos las encargan a plumas mejor preparadas, como Ronald Reagan; otros llaman memorias a la publicación de sus diarios, como Truman; y otros las revisten de consideraciones eruditas y académicas, como Kissinger. Pero prácticamente todos mezclan la realidad y la ficción.

La memoria es punto esencial también en la Psicología. Una rama de ésta, el Psicoanálisis, descansa en su aspecto clínico en la tarea de la recuperación de la memoria reprimida y desfigurada, basándose en la idea de que el hombre es su memoria. La cuestión es saber si, además de ser el hombre como individuo, lo es como especie, si se puede hablar de que haya una memoria colectiva. Si lo entiendo bien, la llamada memoria histórica quiere decir en el fondo memoria colectiva. Porque si puede haber una potencia del alma colectiva será porque puede haber un alma colectiva y eso ya suena raro y amenazador. Como no sería capaz de dilucidar tan oscura cuestión, me limito a pensar que por memoria colectiva se entiende el agregado de las individuales que, lejos de refugiarse en la soledad de la existencia del individuo, se conciertan, se aúnan para hacerse visibles y convertirse así en experiencia de los demás, aunque no lo hayan vivido del mismo modo.

Creo que eso es lo que con toda justicia han hecho los judíos con el Holocausto, aunque luego no sigan las enseñanzas que de él se derivan, lo que ha hecho Claude Lanzmann con su Shoah, que no me cansaré de traer aquí:



Salvando todas las distancias sociales, políticas, culturales (que, en el fondo, son lo mismo), si el Holocausto fue un genocidio, un genocidio fue el franquismo. Y, si con el Holocausto se ha erigido un monumento, un memorial para meditación de generaciones actuales y futuras, lo mismo puede hacerse con la llamada Memoria Histórica referida al franquismo, que no se debe ocultar ni reprimir ni soslayar, sino que hay que integrar en el imaginario colectivo de los españoles, una vez encontrados los que por decenas de miles aún yacen enterrados en las cunetas y restituidos a la memoria de sus allegados. Hay ya dos datos que parecen incontrovertibles: a) la recuperación de los restos de los asesinados por los franquistas y enterrados en cualquier parte es una oleada imparable, como lo será la búsqueda de los niños robados; b) la reconciliación empezará el día en que quienes simpatizaban con aquella atrocidad la repudien y ayuden activamente a la reparación de las víctimas. Cuanto más tiempo tarde la derecha en comprender que esto es así, más tardará en ganarse la confianza de la gente. Y sin confianza, las elecciones se pierden.

(La imagen es una foto de Denis Collette...!!!, bajo licencia de Creative Commons).

lunes, 8 de noviembre de 2010

La entrevista a Felipe.

Sobre la entrevista a Felipe González que publicaba El País ayer.

Felipe y Jose Antonio son los dos únicos políticos del siglo XX a los que la gente llama por su nombre de pila. Las razones, me malicio, son discordantes. A José Antonio lo querían, quienes lo querían, por decir las cosas ordinarias en términos extraordinarios y a Felipe por decir las extraordinarias en términos ordinarios.

Se admiten apuestas acerca de cuánto van a tardar los debeladores del felipismo y defensores de Patria eterna en pedirle las cuentas que él mismo prevé por su decisión de no volar la jefatura colectiva de ETA, es decir, de no haber hecho de GAL: cuántos asesinatos de inocentes se habrían evitado.

Las apuestas se doblan a que alguien va a acusarlo de ser el "autor intelectual" de esos asesinatos y se triplican a que alguien más presenta una querella criminal por inducción al asesinato o por complicidad o por negligencia; por lo que sea. Querían procesarlo por ser Mr. X y ahora querrán procesarlo por no serlo. Precisamente porque sigue gozando de tanta popularidad hay gente que le tiene verdadera inquina. Felipe provoca verdadera inquina personal a derecha y a izquierda, con admirable equidad. Eso se llama envidia.

Sin contar con que la decisión por el "no" probablemente además de moral también fue acertada desde el punto de vista práctico. Francia no es Auckland, en donde los servicios secretos franceses volaron el Rainbow Warrior con absoluta profesionalidad, si cabe hablar así, y España, a su vez, no es Francia ni de lejos. Tosquedad y falta de pericia asesina. Si se tratara de dar una paliza en un cuartelillo ya sería otra cosa. Pero volar un inmueble en jurisdicción ajena, por la noche, a cientos de kilómetros suena un poquito a Flash Gordon. Aunque por la boca muere el pez.

Es un hallazgo eso de que en la lucha por el poder, como en el iceberg, las cuatro quintas partes son subterráneas excepto en el caso del Vaticano en que todo es subterráneo. Claro que si es un iceberg no son subterráneas sino sumergidas y que si todo está sumergido, tampoco se trata de un iceberg, sino de un submarino. Muy oportuno ahora que el Papa estaba por aquí, gruñendo como buen vejestorio. Y es verdad que en el Vaticano todo es subterráneo. Son las cuevas de San Pedro, de las que salen esos propósitos tan alejados del sentir normal de la gente.

El entrevistador reconoce ya al principio de la conversación que se ha dejado subyugar por Felipe con el argumento de que subyuga a todo el mundo. Por eso la gente lo llama Felipe. Y la entrevista es un ejercicio de esa capacidad de subyugar que tiene el expresidente basada en que conecta de modo automático, involuntario, con el auditorio en un lenguaje sencillo que trasmite sinceridad. Dice Millás que a veces parece que habla con suficiencia. No es mi impresión. Cuando la denodada lucha contra el felipismo había quien decía que habla como Cantinflas. Tampoco lo comparto. La fuerza de Felipe reside en que es original.

Y no sólo original. También es honrado. El trozo dedicado a la corrupción en tiempos de su gobierno es muy interesante porque descubre el lado privado, personal, de Felipe y ya de paso su forma de vida actual que no consiste en consagrarse a amasar una fortuna como está haciendo Aznar

En lo de los fondos reservados le patina un poco el concepto al expresidente. Viene a decir que es absurdo y provocador que la oposición pidiera pruebas escritas de la utilización de esos fondos. No entiendo porqué. Entre otras cosas los fondos son reservados, pero no de libre disposición y de algún modo debe ser posible probar documentalmente a la oposición que no se utilizaron como si fueran de libre disposición.

No es un hombre de pensamiento, aunque suele decir cosas muy puestas en razón. Varias sobre la crisis, la política, etc en el curso de la entrevista. Felipe es obviamnte un hombre de acción pero un hombre de acción en quien relumbra también la prudencia y la experiencia. Quizá no esté en su mejor momento pero se acerca bastante.

(La imagen es una foto de Gobierno de Aragón, bajo licencia de Creative Commons).

domingo, 7 de junio de 2009

El día D.

El presidente Obama ha venido a la celebración del 65 aniversario del día D, el desembarco en la playa de Omaha en Normandía, que abrió el segundo frente y selló el comienzo del fin de la segunda guerra mundial. Escenas muy solemnes y emotivas y discursos sentidos y trascendentales. No obstante, con el paso del tiempo, las cosas tienden a enredarse, los significados, unos a hipostasiarse y otros a oscurecerse y hasta perderse y, al final, nos encontramos con situaciones cuya verdadera interpretación requiere algunas consideraciones previas. En este caso:

Esa idea que se desliza en los discursos del señor Obama y otros de que el desembarco de Normandía en 1944 fue el turning point en la guerra y que a los soldados que allí desembarcaron se debe que se ganase la guerra no es correcta. La guerra ya la habían perdido los alemanes en Stalingrado ante los soviéticos. Fue el ejército ruso el que venció a Alemania. Y, por cierto, mientras lo hacía, la Unión Soviética no se cansaba de pedir a los angloamericanos que abrieran un segundo frente en Europa que aliviase la presión alemana sobre el frente del Este. Pero los aliados no lo hicieron, tardaron más de un año en organizar el desembarco de Normandía que, efectivamente, obligó a los alemanes a dividir sus fuerzas, y sólo lo hicieron cuando comprendieron que la guerra, de hecho, ya la habían ganado los soviéticos que ahora amenazaban con ocupar ellos solos Alemania. Dicho se sea sin menoscabo alguno para la importancia de la operación del Día D y el heroísmo de quienes tomaron parte en ella.

En las celebraciones están ausentes los alemanes y los italianos puesto que ellos no participaron en el desembarco sino que eran el motivo por el que el desembarco se había producido. Pero sí están los franceses cuya participación en el esfuerzo de guerra contra Alemania, con ser muy apreciable simbólicamente, no era digna de consideración desde el punto de vista material. Son las ironías de la historia.

De los derrotados europeos en aquella guerra, Alemania e Italia, hemos sabido también muy acordemente con los estereotipos que sobre ellos rigen. La señora Merkel ha acompañado al señor Obama a visitar el campo de Buchenwald, prueba y testigo de aquella maldad. El señor Berlusconi anda peleando en Italia para que no se conozcan sus aficiones privadas de vejete millonario libidinoso y no se sepan sus corruptelas y sus costumbres de invitar a otros ancianos prebostes con cargo al erario público italiano a esta orgías con ninfas. Como si el tiempo no hubiera pasado y aquí tuviéramos de nuevo al emperador Calígula en su villa de Capri rodeado de efebos y sirénidos.

Es una forma italiana de celebrar el día D, distinta de la de los serios y esforzados protestantes del norte, incluido el afroamericano.

(La imagen es una foto de army.mil, bajo licencia de Creative Commons).

jueves, 13 de noviembre de 2008

Good, Manny!

Conozco al autor de este libro, Manuel Fernández-Montesinos (Lo que en nosotros vive. Memorias. Tusquets, Madrid, 2008, 482 págs.) hace casi cuarenta años. Nos encontramos en Frankfurt, cuando ambos estábamos más hacia el comienzo que hacia el final de la vida, y nos tratamos con cierta asiduidad. No demasiada que sospecho a ambos nos repele; digo lo demasiado. Se interrumpió el contacto y hemos venido a reecontrarnos recientemente, hace un par de años, cuando ambos también estamos más cerca del final que del comienzo de la vida. Así que creo conocerlo bien. Bueno, creía, hasta leer su libro de memorias que me ha mostrado un Manolo Montesinos distinto al que yo traté. Mejor, si cabe. Y mira que lo tenía por hombre de bien, cabal, inteligente y bella persona. Pues del libro sale más con creces. O sea que si ya antes lo apreciaba, he acabado queriéndolo. Queriéndolo en el buen sentido, no en el de ese Bernard, compañero suyo de habitación en Obersberg (p. 242) (por cierto, yo también estuve allí años después, en 1969) que se enamora de él full blast, siendo evidente a estas alturas de la vida que ese es tirón que ninguno de los dos hemos sentido. Pero queriéndolo, sí, sí. De forma que el que aquí aguarde crítica áspera que se dé a otra lectura.

Dice Manolo que el libro le ha llevado dos años. Dos años de escritura y muchos más de maduración porque lo que revelan estas páginas que él dice que va "enjaretando", como don Pío, son muchas horas de cavilación, mucha reflexión, muy intensa concentración en el ensimismamiento, tanta que hasta él mismo se preocupa y, en cierta ocasión, se pone en manos de un psicoanalista, algo que sólo hacen los muy introvertidos. Porque Manolo escribe muy bien, con mucha soltura, sencillez y elegancia pero además lo hace sobre algo, su vida, sobre lo que tiene mucho meditado. Como es hombre meticuloso se ha documentado a conciencia y, además de los papeles que él conserva, ha recabado documentos y testimonios en torno suyo, consiguiendo una buena respuesta pues todos sus amigos le han facilitado lo que tenían, Paco Bustelo, Santiago Rodríguez, etc. En el caso de Santiago (hola, Santi) estoy seguro de que se desvivió por aportarle lo que tuviera y por investigar en dónde podría estar lo que no tuviera. Por ese lado vaya el lector seguro de que nuestro memorizante, si da un dato, lo tiene contrastado y lo puede probar.

Pero no es a ese bien escribir al que me refiero, sino al literario. He leído muchas memorias, recuerdos, autobiografías y como todo el mundo tengo mis preferidas. He leído también -gajes de la edad- muchas escritas por coetáneos míos y muchas en las que aparezco; en éstas, también. Siempre me digo que algún día escribiré yo las mías. Pero será difícil que lo haga si tengo que llegar hasta el listón en donde lo ha puesto Montesinos. Insisto, no por la parte documental que es irreprochable sino por la sentimental. Prueben a leer la primera parte del libro, la segunda en longitud tras la dedicada a Frankfurt o Francoforte del Meno, y díganme si esa narración de la niñez y la adolescencia así como primerísima juventud de un chaval español de Granada trasplantado a Nueva York no parece que la hubiera escrito él mismo; no él mismo sesenta años más tarde sino él mismo, allí mismo en tiempo real. Eso es un prodigio que raya en lo genial. Casi me troncho de la risa leyendo el juicio que le merece a Manny Montesinos el adusto Juan Ramón cuando lo conoce, al extremo de que se pregunta cómo pudo escribir algo así sobre el animalillo.

Ese es el dato mejor del libro a mi entender: el entrelazamiento entre los aspectos públicos y los privados e íntimos del personaje. Porque cuando eres hijo de un alcalde socialista de Granada (Manuel Fernández-Montesinos Lustau) fusilado por los fascistas nada más empezar la guerra y sobrino de Federico García Lorca y te crías bajo la tutela moral de Fernando de los Ríos y José Fernández-Montesinos, cuando por tu casa de niño pasan celebridades de todo tipo es claro que tu existencia tiene una poderosa faceta pública. Sin embargo el autor la relata entreverada con su propia narrativa, su vida, su desarrollo, sus experiencias. Es que en verdad este hombre entrega su ser, lo abre, se lo explica y lo explica. Y eso con un estilo llano como recomienda don Quijote, a quien tanto gusta él citar, al muchacho que ayuda en el retablo de Maese Pedro: "llaneza, muchacho que toda afectación es mala".

Pues lo dicho: tengo leídas muchas memorias; las suficientes para saber que la piedra de toque es siempre si son verídicas o no, si el autor cuenta la verdad o, lo que es mucho más habitual, la adorna, la embellece o la sustituye por otra. No es el caso de Manolo que dice siempre la verdad en lo que a él se le alcanza cuando se trata de los demás y siempre sobre sí mismo, que es mucho más difícil. Eso de hablar de uno mismo sin justificaciones y también sin ensañamientos sino de un modo sencillo y claro no lo hace casi nadie. Y que Manolo lo hace me consta porque coincidí con él en la parte de su vida a la que da mayor importancia porque es la más extensa, la de Frankfurt. Me apresuro a decir que ello no es óbice para que la parte más importante de su vida sea precisamente la que no narra en sus memorias, su familia, su mujer y sus dos hijas, a las que protege de los focos reservándoselas para sí a no ser por dos o tres comentarios ex abundantia cordis.

Estos recuerdos son una pieza peculiar. Están concebidos desde la filosofía del flamenco. No digo que tengan una estructura tonal flamenca, que sean seguiriyas, bulerías o tarantos; digo que están concebidas según la filosofía flamenca. Esto es, no son un medio para un fin, sino que son un fin en sí mismo; no las quiere el autor para ajustar cuentas con nada ni con nadie; no habla mal de nada ni de nadie. Las quiere para contar su visión del mundo y para contársela a los demás. Ve clarísimo que el franquismo fue una indignidad y una vergüenza y algo contra lo que había que luchar, aunque fuera con tan inmensa desproporción de fuerzas, ya que esa lucha era una cuestión de dignidad, pero no maldice ni suelta soflamas ideológicas, entre otras cosas porque no tiene que justificarse. Ha dedicado su vida a luchar contra el franquismo por la democracia y el restablecimiento del Partido Socialista casi como cumpliendo lo que se hubiera podido imaginar que era una última voluntad paterna. Y hechos felices realidades tan altos ideales, Manolo, que no es un político, se retira de la vida política.

Vale ¿y qué es Manolo Montesinos? De lo que se saca en claro de las memorias muchas cosas encontradas, hasta contradictorias, porque a muchas se ha dedicado con pasión y de lleno, algunas con carácter intermitente además de las cinco aficiones que ha practicado con diverso grado de dedicación, por lo activo o por lo contemplativo, la guitarra, el baseball, el flamenco, los toros y la navegación a vela; profesionalmente ha sido (por períodos más o menos largos), abogado, funcionario sindical y publicista en Alemania, agricultor y empresario teatral en España, ejecutivo cazatalentos otra vez en Alemania y vocal y gestor de la Fundación García Lorca, amen de estudiante y conspirador, si es que estas dos condiciones pueden reputarse como dedicaciones que en el caso de Manolo, al menos la primera, la ha seguido con ahínco pues después de muchos años de licenciado en derecho cursó la carrera de filología. Ello sin contar con que en la época en la que él frecuentaba la Universidad estudiante y conspirador eran casi términos sinónimos. Su tío Pepe, verdadera imago patris, da parcialmente en el clavo cuando califica todas las ocupaciones de Montesinos como odd jobs; digo parcialmente porque lo que probablemente el hombre no calibraba es que Montesinos se dedicaba a cada odd job como si fuera una cosa de Berufung, de vocación. Sólo quien siente en el alma la vela o la huerta o la política habla como él de esas actividades, utilizando su particular lenguaje. O sea ¿qué es Manolo Montesinos? Pues un hombre mosaico, un hombre con atributos en el sentido de Musil.

He disfrutado mucho el trozo del libro que narra su vida en Frankfurt porque fue también la mía.Dejo la prueba a la derecha, una foto que él no ha sacado, correspondiente a la etapa en que hacíamos de periodistas, confeccionando el Express español. Ahí estamos los dos entrevistando a José Feliciano para hacer un reportaje que, suponíamos, haría las delicias de la comunidad española. Yo voy ataviado como Rudi Dutschke y él más como Bel Ami pero en honrado y en decente. Detrás de mí está Carlos Pazos, a quien no se ve. No sé si Manolo se acordará del repertorio de Feliciano en aquella memorable jornada, pero llevaba un versión muy apañada del famoso corrido El jinete aunque a mí siga gustándome más la de Miguel Aceves Mejía.

Lo dicho, la mejor parte para mí porque habla de lo que yo también he vivido; pero lo que más me ha atraído es que la visión que él tiene de Alemania es la que tengo yo, que coincido con él en lo que le sorprende, lo que le gusta menos (muy poco) lo que le gusta más (casi todo) y lo que encuentra digno de explicación. Yo también me quedé estupefacto la primera vez que vi un pater noster en el IG Metall y ya no digo nada que casi me pongo a llorar al leer de la Bockenheimer Landstrasse, la Hauptwache, Eschenheim, Sachsenhausen, Böhmerstrasse o la Hauptbanhof, nombres que despiertan resonancias dormidas y, aunque parezca mentira, dulces, suaves, como los rubios cabellos de aquellas Utes o Elfriedes. En el Audi del que aquí se habla he montado yo mucho. Porque Manolo era el único de nosotros en la colonia española, en la que había más muerto de hambre que otra cosa, que tenía coche. Un cochazo.

Tengo que volver al primer capítulo, el de la estancia en los EEUU, básicamente Nueva York y Nueva Inglaterra y tengo que hacerlo porque de nuevo encuentro una identidad de miradas completa. He tardado mucho en descubrir los EEUU, a donde no llegué de niño, sino de mayor, especialmente Nueva York pero cuando lo he hecho me los he trabajado a fondo. Aparte de conocer los cinco burgos bastante bien siempre que puedo me voy diez o quince días, alquilo un coche y hago miles de kilómetros atravesando seis, ocho, diez estados de motel en motel que por cierto son baratísimos. Todavía el año pasado estaban a 50$ la noche habitación doble o sea unos 35 euros; la comida es muy barata, la gasolina también, todo es cosa de apañarse un vuelo de bajo coste. Coincido a ojos ciegas con Manolo en el amor a los perritos calientes, las "longanizas". No así en la afición al baseball (y tampoco a los toros en España) pero en cambio estoy seguro de que él tampoco comparte mi entrega a todos los locales de fast food imaginables, no sólo McDonald's o Burger, sino Wendy, Popeye, Dunkin Donuts, Subway, Colonel Sander's, Taco Bell, Pizza Hut, etc. En todo caso tengo que reconocer en la descripción que hace de todo lo yankee un toque de fina penetración, de conocimiento de insider, de haber tratado de niño con el jefe de la mafia irlandesa y el de la colombiana en el cole. Eso me produce gran admiración y envidia. Ahí, Manolo, en esa tu visión de los States, en tu forma de desdoblarte como niño granaíno criado en Nueva York o de joven neoyorquino trasplantado a España (¡y luego a Alemania!) es donde te ganas a la gente en tus memorias porque es una visión desde dentro, distinta de la de tu tío, que es muy bella, pero desde fuera. Él llegó allí ya hecho. A ti te hizo el Riverside Drive o Middlebury.

Me doy cuenta de que sólo he hablado de su etapa en los States y en Alemania porque eso es lo que hace él ya que entre las dos suman más de trescientas paginas, esto es, dos tercios del libro. Las otras etapas, primera estancia en Madrid con cárcel y segunda estancia en España con más cárcel tiene otro empaque, como diría él mismo. La descripción de la cárcel de Carabanchel mola un pegotón, Manny. "¡Ese Fernández Montesinos!". No se olvida nunca. Un tiempo me pregunté por qué decían "ese"; nadie supo darme razón satisfactoria y acabé pensando que era un modo sencillo de sustituir al toque de atención. Si se comenzaba a gritar un nombre sin más en mitad del follón de una galería era probable que muchos no lo entendieran y hubiera que repetirlo. En cambio, al oír el "¡ese...!" ya todo el mundo prestaba atención.

Siniestra España aquella de los años cincuenta; algo menos pero también muy siniestra en los sesenta y primeros setenta. Con todo el país ha cambiado mucho, Manny; aunque quizá no tanto como nosotros.