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lunes, 18 de mayo de 2015

Más sobre la lógica empresarial
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Un par de asuntos más que se me quedaron ayer en el tintero en referencia a la descarada avaricia de la patronal y su deseo de seguir expoliando a la gente con retórica barata de máster del Opus.

En castellano puro "lógica empresarial" quiere decir maximización del beneficio, del lucro privado del empresario, al precio que sea. Ahí empieza y acaba la "lógica empresarial" que de lógica no tiene nada. ¿Qué factor, qué consideración social cabe aquí? Ninguna. Todas las que se aduzcan aumentarán costes y reducirán el beneficio privado. Empezando por los salarios. ¿Cuál es la lógica empresarial? Salarios, cero. Que los trabajadores trabajen por nada, que sean esclavos, que no tengan derecho a nada, ni festivos, ni puentes. Nada. ¿Coste de materias primas? Cero, también. ¿Por qué comprarlas a los pueblos que las producen si se puede robarlas y, de paso, esclavizar a los nativos y venderlos a buen precio a otros empresarios lógicos? Hubo un tiempo de oro en que la "lógica empresarial" era imperial.

Lo divertido es que, aplicando esa "lógica", con los trabajadores sin dinero para comprar los productos que ellos mismos fabrican y los empresarios les arrebatan por una fracción de su valor o, simplemente, si pueden, por nada, la producción se para, viene la crisis y los "lógicos" empresarios se arruinan. Porque la "lógica empresarial", la de la avaricia y la codicia sin límites, lleva a todos al desastre por ser profundamente estúpida. Y es entonces cuando hay que echar mano al Estado y pedirle que intervenga para poner orden en el espantoso quilombo que organizan estos parásitos condenados, como todos los parásitos, a destruir aquello de lo que se alimentan.

Curiosa la relación de los empresarios "logicos" con el Estado, vale decir, con la Ley. En principio la necesitan porque no hay seguridad económica ni posibilidad de cálculo racional ni planes ni nada si no hay seguridad jurídica. Los empresarios, como todos, necesitamos que la ley nos ampare en nuestros derechos, garantice que los pactos se cumplan y se castigue a quien actúa ilegalmente y en perjuicio de otros. Pero tampoco quieren mucho Estado y claman por el "Estado mínimo", el que menos interfiera con la libertad de las transacciones en el mercado y, sobre todo, el que menos interfiera en sus ilegalidades y hasta sus delitos cuando la "lógica empresarial" les dice que hay que cometerlos. Porque el análisis de costes-beneficios que lleva al empresario a maximizar su lucro puede aconsejarle correr un riesgo (¿acaso el romántico emprendedor no es el que corre riesgos?) y quebrantar la ley porque así se enriquece más y antes. En resumen: su idea del Estado es un sabio juste milieu: Estado máximo para los demás, que no puedan lucrarse ilícitamente y Estado mínimo, incluso, desaparición del Estado, de la ley, la policía, los tribunales y la cárcel para él, que es un representante de la lógica empresarial.

¿El paradigma? A la vista está. Bueno, no está a la vista porque se encuentra a la sombra y entre rejas, pero es el antecesor de Rosell en el cargo, Díaz Ferrán. De la presidencia de la CEOE directamente a la cárcel. Su sucesor no se corta un pelo para formular la misma doctrina por la que el otro sinvergüenza está en el talego. Y no lo hace porque la legión de granujas, vendidos, mercenarios y sicarios a sueldo de la patronal en fundaciones, think tanks, universidades, centros de estudios, medios de comunicación, se encargan de tergiversar el lenguaje y el significado de las palabras para que expresiones como "lógica empresarial" se asocien con eficacia y eficiencia, prosperidad y alto nivel de vida y no con explotación, engaño, robo, miseria y, en último término, delito.

Es un repaso semiótico total. Los patronos ya no son patronos; ni siquiera "empresarios". Ahora son "emprendedores", como si esta cuadrilla de mangantes, al estilo de Díaz Ferrán o Arturo González, hubieran emprendido algo alguna vez que no fuera mirar el BOE y darse comilonas en las que hacen chanchullos con sus amigotes de la derecha en cargos públicos, todos tan granujas como ellos.

Así se hace con todo y se convence al personal de que el que roba es un creador de riqueza y el robado, un vago perezoso que merece su destino. Cuanto más estúpido es el auditorio, más éxito tienen estas monsergas. ¿No han escuchado nunca al sobresueldos balbuciendo que son los "emprendedores" los que crean riqueza? No, buen hombre. La riqueza la crea el trabajo humano. El capital lo que hace es explotarlo y, en una relación dialéctica que usted jamás entenderá porque le falta con qué, también lo potencia. Es una relación antagónica, la trasposición de la dialéctica del señor y el siervo. Dejado a su libre albedrío o "lógica empresarial" (y a la verdadera, no a la de estos enchufados parásitos del Estado) el capital acaba con el trabajo, con la riqueza y consigo mismo. Por eso debe intervenir el Estado, la Ley, para proteger los derechos de los verdaderos creadores de la riqueza, los trabajadores y, de paso, irónicamente, también a quienes los explotan. Porque, si el Estado no interviniera no hay duda de que el señor Rosell acabaría hablando de "lógica empresarial" con el señor Díaz Ferrán en Soto del Real.

viernes, 4 de octubre de 2013

La política de la muerte.


Los muertos nos acechan, nos asaltan, llegan a cientos a nuestras playas. Los muertos que hemos matado con nuestra indiferencia, nuestro egoísmo, nuestra insolidaridad. Los muertos llueven. Caen en Siria, en Afganistán, en México, en Palestina, en los colegios de los Estados Unidos, los balnearios noruegos o los trenes españoles. Y sus muertes son siempre un escándalo. Pero estos doscientos africanos que se han ahogado ante Lampedusa, mujeres, hombres, niños, tienen algo especial. Se nos echan encima, nos amargan la existencia. Hasta el Papa dice sentirse avergonzado. Un sentimiento que compartimos muchos. Un sentimiento noble engastado en otro menos noble, en otro de perversa autocomplacencia: somos unos privilegiados. La gente se juega la vida por entrar en nuestra casa. Y la pierde a puñados. Es, desde luego, escandaloso, una vergüenza. Hay que arreglarlo pero, por favor, no podemos abrir nuestras fronteras. Pereceríamos todos. Definitivamente, menos noble.

Porque la vergüenza nos la inspiramos nosotros mismos. Nosotros somos la vergüenza. Y parece como si, al sentirla, y confesarla en público, cuando los africanos perecen a puñados ante nuestras costas víctimas de la codicia de los traficantes y de la incompetencia o la indiferencia de las autoridades, pudiéramos olvidarnos de nuestros propios muertos, de los que matamos en esa casa por entrar en la cual pierden la vida tantos desgraciados de fuera.

La muerte no es cosa de cantidades. Ese indigente muerto de inanición en Sevilla vale por todos los africanos del mundo. Por todo el mundo en realidad. Plantea una cuestión bien terrible: ¿cómo hemos llegado a esta situación en la que, en mitad de la abundancia, la gente pasa hambre y alguna, a la vista está, muere de ella?

Pero también puede ser de cantidad. ¿Cuántos suicidios por desahucio llevamos? Formalmente son suicidios. Materialmente son asesinatos. Ninguna madre de cinco críos se suicida así porque sí.

Son asesinatos. Todos. Los de fuera y los de dentro. Asesinatos perpetrados por un orden basado en la violencia estructural más extrema, esa de la que no tiene ni idea el ministro de Justicia, pero la usa para sus torcidos fines. Porque él, tan creyente, es parte de una política de partido que, profesando de boquilla el individualismo cristiano, carece de toda consideración por la dignidad de la persona. Más aun: considera a las personas mercancías. Rajoy sigue su periplo vendiendo la Marca España. Ahora, en el Japón, ha expuesto claramente esa visión mercantilizada de los seres humanos propia de estos neoliberales. Quiere convencer a los inversores japoneses de que es una buena ocasión para meter dinero  porque él ha bajado los salarios en España.

La política de la derecha neoliberal es política de muerte. Los seres humanos son mercancías; las mercancías se deterioran, se echan a perder, se hacen obsoletas, envejecen; hay que deshacerse de ellas y, las que resten, ponerlas a buen precio. Lo dijo hace unos meses una de esas responsables de sanidad del PP (madrileño, creo) con aire de experta en master de administración de la salud o cosa parecida ¿Tiene sentido que un enfermo crónico viva gratis del sistema? Ándele, pregunte al cargo qué entiende por sentido. Las bocas inútiles. La política de la muerte. Es ya más que la biopolítica foucaultiana. Es directamente la tanatopolítica.

Rajoy considera la Marca España como una especie de empresa. España es una empresa; los españoles somos los trabajadores y la empresa siempre quiere rebajar los salarios para aumentar los beneficios. Siempre. Y como, según el catón económico que alguien ha metido en la cabeza al presidente, son los empresarios los que generan empleo, hay que garantizarles los beneficios. Si para ello es necesario despojar a los compatriotas de sus derechos y entregarlos en condiciones de servidumbre, se hace. Y, además, se dice. Rebajar los salarios, reducir las pensiones, eliminar subvenciones, subsidios, prestaciones, becas, ayudas. La política de la muerte va precedida del expolio.

Aun así, no pasa nada y todo el mundo se pregunta por qué. ¿Por qué? Miren Lampedusa. Miren los restos de quienes han muerto por llegar aquí a que los exploten, los maltraten, los prostituyan, los encarcelen o los maten. ¿Lo ven? Es una vergüenza, sí, pero son ustedes unos privilegiados. Y estar peor es solo cuestión de proponérselo.

jueves, 6 de junio de 2013

El lobo solitario y la peña, o el código del espacio público.


Bueno, bueno. Una ojeada, por favor, a la imagen de la izquierda. Dennis Hopper, en su HD en Easy Rider (1969), siendo adelantado treinta años después por Dennis Hopper, en su Ford Cougar, en un famoso anuncio de TV de la Compañía Ford. Famoso por ser un prodigio de habilidad cinematográfica ya que los técnicos consiguieron literalmente fundir a Hopper en su Ford en las escenas originales de la película que aquel protagonizaba (y dirigía y producía) con Peter Fonda. Lo hacen con un procedimiento muy complicado llamado Flaming. Desde luego, el vídeo publicitario completo, que dura un minuto, es muy curioso.

Pero no me interesa tanto la cuestión técnica cuanto la simbólica. El anuncio del Ford Cougar con Hopper es una metáfora magnífica del modo en que el sistema mercantil devora todas las manifestaciones de rebeldía antimercantil, y dedico esta reflexión a Sergio Colado, de quien estoy leyendo un original bien interesante que versa precisamente sobre esto. Ríanse ustedes de las camisetas estampadas con la foto del Che que pueden comprarse en todas las tiendas pijas del mundo. El vídeo de Ford/Hopper va mucho más allá: es una demostración plástica, gráfica, visual, patente, de la imposibilidad e irrelevancia de toda rebeldía individual. Es verdad que en Easy Rider eran dos pero, aparte de que con dos no se hace ni un grupo, la dualidad es exigencia del guión de las novelas on the road. Don Quijote necesita a Sancho, un otro imprescindible.

El caso es que la peli de Hopper, con banda sonora de Steppenwolf, Nacido para ser salvaje (Born to be wild), fue el icono de la ruptura generacional de los sesenta. Tampoco es que alcanzara grandes profundidades filosóficas, pero fue imagen y modelo de la rebeldía de entonces. Si no recuerdo mal, ese "nacido para ser salvaje" se ha utilizado también en otras ocasiones; es posible que hasta para un anuncio de Camel o Marlboro o su formulación algo más suave de "nacido para ser libre". Era liberación individual que arrancando con los beatniks de Kerouac, por el camino, se había hecho hippy, cambiando, entre otras cosas, el alcohol por las drogas. Al corazón de esa simbología va lanzada la flecha de Ford: dejad toda esperanza, ilusos. Al final es el espíritu positivo, industrial, la obra de la empresa, el pensar colectivo, el hacer común, lo que prevalece. La peña. Y cuando un cool y sexagenario Hopper, perfectamente integrado, pega un acelerón y deja muy atrás al lobo solitario, se ha cerrado el círculo que da sentido a la existencia humana, tanto en grupo como uno a uno. ¿O alguien va a negar que el lobo solitario está muy atrás en la vida del Hopper de hoy?

Pero está. No todos han sido lobos solitarios y, los que lo fueron, están marcados. Digo esto porque me irrita la facilidad con la que las conciencias críticas se rinden a la inevitabilidad del triunfo de los mercados sobre el espíritu de Hiperión. Hay algo que los mercados no pueden comprar en el lobo solitario: la creatividad. La Ford (el Ford) se incrusta en el film de Hopper; no lo ha creado. La empresa, el mundo, la colectividad, el grupo, la peña, la banda, el partido, pueden parasitar al lobo solitario, no substituirlo. Viven de él, pero acaban por aniquilarlo o expulsarlo. Hopper asesinado al final de la película y Hopper dejado muy atrás, a perderse de vista, en el anuncio de la Ford. ¿Por qué no voy a interpretar el acelerón del Hopper de hoy como un intento de huir de su pasado cosa que, como bien se sabe, es imposible?

Pues eso, decía, es la metáfora del código vigente en el espacio público. Este se compone del Estado y las instituciones y la sociedad civil, básicamente asociaciones (partidos, grupos de presión) y familias, que son asociaciones, claro, pero especiales. En la inmensa mayoría de los casos, la formación del individuo y su acción social están condicionadas por unos u otros (a veces varios) contextos de acción colectiva. De hecho parece como si el individuo solo fuera visible en cuanto pieza o elemento componente de colectividades. Fuera de ellas, nada. Extra Ecclesiam nulla salus. Los solitarios son lobos. Se los alaba para tenerlos a raya, pero se los persigue y abate cuando se cree conveniente. Todos los entes colectivos, institucionales o no institucionales, son codiciosos y egoístas. La familia causa excepción en su interior ya que es el único espacio en el que los seres humanos pueden experimentar algo de altruismo. Pero, hacia el exterior, es una institución tan egoísta, cerrada, colectivista como las demás.

Las empresas, los partidos, los grupos de presión, las asociaciones diversas, laicas y religiosas, todas funcionan bajo criterios colectivos. Son los criterios de grupo, de pandilla, de clientelismo, que hacen a los miembros hablar en primera persona del plural, como partícipes orgánicos de una unidad superior, un pensamiento colectivo. No es concebible separarse del dictado común que puede tomar muy distintas formas, concepciones políticas, confesiones religiosas, visiones comunes. El ejemplo más claro y absurdo son esas multas con que los partidos castigan a sus diputados cuando votan según criterios personales, en conciencia.  No puede ser "yo voto"; ha de ser "nosotros votamos". "Nosotros" es expresión que el lobo solitario no puede emplear salvo en un sentido análogo a la paradoja de Epiménides el cretense.

La unidad de acción y opinión en el espacio público es el grupo, el que legitima la voz del individuo cuando habla, pues no lo hace como individuo sino como portavoz de una colectividad más o menos declarada y cuyo contenido puede ser incluso contrario a las convicciones profundas del citado portavoz. Es el precio que, al parecer, hay que pagar para ser parte de un ente superior que garantice la eficacia de tu acción. La lealtad al grupo, algo que el lobo solitario ni entiende. Lo suyo es lo de Juan en el desierto. Solo que el desierto está lleno de espectadores todos agrupados en peñas que escuchan atentamente, se inspiran en lo que oyen y pretenden hacerlo suyo, como Ford se "incrusta" en Easy Rider. Pero si el más corrupto de los poderes les pide la cabeza del predicador, se la entregan en bandeja. Si la más sanguinaria de las ideologías lo empuja a ello, Walter Benjamin se suicida en Portbou.

(La imagen es una foto de oddsock, bajo licencia Creative Commons).

domingo, 14 de octubre de 2012

El catastrofismo y la mano invisible.

La hora de Europa, en la foto se ve, son las tres menos cuarto. Hora de sobremesa en España y de comparecencia de dos de los miembros de la temible Troika en rueda de prensa en el Japón, a donde han ido a decir que la unión bancaria que anhelan Hollande y Rajoy, un curioso binomio en lo ideológico, no llegará hasta 2014. Estas comparecencias oraculares de importantes personajes de borroso perfil cuya función parece ser contradecirse cada dos meses deben de estar calculadas para hacer de acompañamiento al clima de catastrofismo que reina hoy en el mundo y, por supuesto, en la prensa.
No obstante, ese tremebundo titular hablando de derrumbe global más parece traducir el estado de ánimo de los redactores del diario a cuenta del ERE que la situación del planeta. Al menos, en la parte de texto que hay en portada, puede verse que el FMI -el otro integrante de la Troika- prevé un crecimiento del PIB mundial del 3%, lo que no está mal en los tiempos que corren aunque, asimismo, considera "alarmantemente altos los riesgos de una grave desaceleración mundial". La frase suena lúgubre, pero traducirla como derrumbe global es echar algo de guindilla al guiso. Es verdad que los políticos, los economistas y demás augures tienden a ser no solo oscuros sino perifrásticos. De desaceleración hablaba Zapatero cuando ya se había tragado el manillar de la bici en el frenazo.
Pero el recurso a los eufemismos tampoco es una ley cierta. Si lo fuera ya tendríamos algo a que agarrarnos cuando se usan determinadas fórmulas en el barullo cotidiano de declaraciones, contradeclaraciones, desmentidos, reafirmados y corregidos, a veces en boca del mismo personaje. Y no es así. También puede haber un derrumbe global que, por lo demás, nadie sabe cómo sería por falta de experiencia. Derrumbe global es lo que se llama hoy, por contagio informático, lenguaje intuitivo. Muy propio de la conciencia de catastrofismo. Va directo a una confusa memoria de la raza que busca ejemplos para hacerse  una idea: el derrumbe del templo fenicio a manos de Sansón, el del Imperio romano de Occidente ante los bárbaros, el del Imperio Romano de Oriente ante los turcos, el del III Reich de los mil años ante los aliados, el del comunismo soviético ante el mercado. Los alemanes tienen uno añadido, el hundimiento de su amado Marco en la hiperinflación de los años veinte, que ha dejado un recuerdo imborrable al que debe achacarse su insistencia en la cura prusiana de régimen que está llevando a otros países, entre ellos España, a una situación agónica.
El catastrofismo en lo político, económico y social tiene cada vez más complicados lazos con lo ecológico y se contagia de él. Seguramente no estamos haciendo ni la centésima parte de lo que debiéramos para garantizar la subsistencia de la biosfera pero no será por falta de clara conciencia, basada no solo en pruebas científicas sino en el más evidente sentido común de que, de seguir como hasta la fecha, la biosfera no tiene garantizada la supervivencia.
¿Qué impide que se adopten las medidas necesarias? El imperio del mercado. ¿En qué confía este para evitar eso justamente, un derrumbe global? En la mano invisible. En lo que hace a la conservación de la especie, la mano invisible se convierte claramente en la mano que acogota. Pero en el ámbito político y económico continúa manteniendo alto su prestigio de panacea. Todos los sermones neoliberales sobre el excesivo intervencionismo (pleonasmo) del Estado, sobre la preminencia de la sociedad civil, sobre la necesidad de liberalizar, desregular, flexibilizar, privatizar se remiten a la fe en una diosa excelsa e invisible, llamada justamente mano invisible y de cuya existencia hay tantas pruebas como del Santo Grial. Se basa en el supuesto de que, siendo la motivación de todos los seres humanos el egoísmo, el sumatorio final compensará contradicciones y dará un resultado final globalmente positivo. Pero no hay certidumbre de que lo haga; también puede darlo negativo; incluso catastrófico. Ya lo ha hecho otras veces. Puede volver a hacerlo. Y la prueba más obvia es que no hay acuerdo general acerca de cómo evitarlo y se sospecha que las medidas que se tomen al final serán dictadas por la fuerza, por el poder más que por la razón.
¡La fuerza! ¡El poder! Ya está. La culpa es de los políticos, de la política que, como siempre, anda metiendo sus sucias narices en la libertad de la gente.
Grave error. Hace tiempo que los políticos, la política, son solamente los ejecutores de las decisiones de los mercados.  El Estado está sometido al mercado, que es señor absoluto puesto que es legibus solutus, hace y deshace la ley a su capricho o al del Señor de Eurovegas.

viernes, 27 de julio de 2012

Todo es ideología.

Hace unos días Palinuro recibió una invitación a un acto de presentación de la revista Geoeconomía, del Instituto Choiseul sobre el tema de La industria del deporte que el malvado piloto enseguida tradujo en El deporte como industria. Al no interesarle el deporte ni como religión, iba a desechar la amable invitación de cuya procedencia ignoraba todo. Pero por último fue en compañía de un amigo, también hombre de negocios, pero honrado y trabajador, y sus respectivas esposas que eran quienes en el fondo habían urdido el plan por la curiosidad de ir a un lugar mítico para los madridistas: el palco de honor del estadio por excelencia o estadio de los estadios como España es nación de naciones.
El acto, muy concurrido, con amplia presencia de medios, mucha foto, autoridades y personalidades de distintos rangos y canutazos a diestro y siniestro, discurrió por las previsibles sendas de este tipo de eventos. Se trataba de vender la idea de que el deporte es buena oportunidad de negocios y que forma parte de la marca España. Allí estaba Espinosa de los Monteros, actual adalid de la tal marca, cuyo nombre, dice Palinuro, no puede ser más chato. En su opinión falta imaginación para sustituir ese trillado marca España por una Marca Hispánica, más castiza y con más mercados abiertos en los Estados Unidos, objetivo de exportación del máximo interés pero en donde la gente cree que España está en al Asia Menor, cerca de Palestina y eso que no se ha enterado que Juan Carlos I es Rey de Jerusalén.
El tono general, bastante conservador porque el Instituto Choiseul es uno de esos think tanks que tiene la derecha en el mundo entero con la tarea de formular doctrina/ideología para preservar la hegemonía neoliberal y neoconservadora al mismo tiempo. Este es francés. Supongo que los franceses, como los españoles, carecen de versión literal aceptable de Think tanks. Chars d'assaut de la pensée suena cómico, igual que carros de combate del pensamiento y Tanks de la pensée, como tanques del pensamiento carecen de sentido. Así que Think tanks, instituciones generalmente feroces en sus demoledores ataques al pensamiento de izquierda o al meramente centrista y a sus ideologías. Este Instituto parece algo más moderado, quizá por ser francés y ese era el tono del por lo demás bastante aburrido acto.
Hasta que saltó un buen hombre, el actual secretario de Estado de Comercio, García-Legaz, quien ha sido y supongo sigue siendo secretario general de la Fundación FAES el think tank aznarino cuyo extremismo, radicalidad, unilateralidad y agresividad lo legitiman para ascender a la condición de Battleship FAES, más acorde con la noble vena marítima de la raza hispánica. El caso es que el joven García-Legaz derramó su entusiasmo de neófito sobre el auditorio y arremetió contra la Universidad pública (confesando de paso que solía hacerlo en universidades públicas, lo cual lo cualifica como moderadamente sádico) a la que descalificó por mala, por no tener ninguna entre las 150 primeras del mundo. Olvidaba decir que él viene de la privada, de Comillas, que tampoco figuran en la clasificación o ranking, como dice él, en recio castellano. El ataque se coronaba con un triunfo: la Universidad pública es un desastre por ser lo contrario del modelo de gestión de las empresas privadas competitivas, la honra y prez de España y su fuente de ingresos, caramba. La empresa española, sí señor. Leo en la determinación de las exportaciones españolas que lo que más exportamos son coches (un 24 % más o menos del total de exportaciones). Coches con patentes extranjeras. No hay una sola empresa española no ya entre los primeros 150 fabricantes de coches del mundo (si los hay) sino entre todos los fabricantes. No hay un coche español en el mundo, así que la marca España de la octava o novena potencia económica se refiere a eso, a España, al deporte, unos equipos de fútbol de ensueño pero que, por desgracia, no se pueden exportar, un banco y docena y media de empresas de obras públicas en diversas partes del planeta. Suena algo bombástico en un continente en el que países más pequeños que España tienen empresas que cubren continentes enteros.
Pero el secretario de Estado de Comercio iba a sentar doctrina, teoría, ideología, el abc de las fantasías neoliberales de los años ochenta y noventa del siglo pasado, de los furibundos ataques al Estado de la revolución neoconservadora de Reagan y Thatcher, que han traído la mayor crisis del capitalismo desde la de 1929 y quizá esté sobrepasándose ya esta fecha como barrera psicológica. Lo malo de estos fundamentalistas del mercado (en realidad, de todos los fundamentalistas, también los del Estado) es que son incapaces de reconocer sus errores. Siempre son culpa de otros pues ellos están en lo cierto y no se equivocan nunca. La única cuestión abierta es si no los reconocen porque no pueden o porque no quieren, cuestión nada irrelevante, pues tiene un matiz moral. Pero, en todo caso, quien no reconoce sus errores no puede remediarlos.
El público aplaudió a rabiar al doble secretario, orgulloso de exponer aquellas antiguallas y lugares comunes con tanta fuerza de convicción. Pero su intervención agrió el acto. Palinuro andaba muy quejoso. Decía estar interesado en las perspectivas de negocio del deporte, pero de eso, en concreto, nadie habló. Mucha marca España pero poca chicha. Me confió que estaba madurando una idea de negocio consistente en crear un santoral de deportistas, pedir permiso a la iglesia -con correspondiente pago de derechos- y representarlos en la mejor tradición de las estampas religiosas, asociando cada deportista a un santo protector. Por ejemplo: "San Sebastián y Francisco Crujientes, oro en arco, te protejan del reuma" o "San Vicente Ferrer y Pedro Hornillos, bronce en natación, te amparen en la mar". Se lo quité de la cabeza.
Por cierto, el estadio Bernabéu, una pasada y el palco de honor, pasada y media.

domingo, 22 de julio de 2012

Ese maldito Estado.

Corren hoy los neoliberales desesperadamente de un lugar a otro suplicando la intervención económica de estas o aquellas entidades internacionales. Han protagonizado todas las intervenciones económicas del Estado que gobiernan en todos los mercados del país; han intervenido en los salarios, los beneficios, los impuestos, las subvenciones, los precios, en todo, absolutamente todo. Han intervenido impidiendo que cayeran unas empresas privadas, los bancos, y bloqueando por tanto la acción de la ley de la oferta y la demanda.
¡Cualquiera diría que no hace mucho estos mismos neoliberales despotricaban contra el Estado, su intervencionismo asfixiante, su hipertrofia, parasitismo, anquilosamiento, corrupción, etc., etc.! Sus ideólogos siguen empleando el mismo tono. Los más recalcitrantes no solo exoneran a su doctrina de responsabilidad en la crisis sino que achacan esta a la contraria. O sea, la culpa de la crisis recae sobre el desaforado intervencionismo del Estado, ese Estado del que los políticos neoliberales echan mano de continuo para intervenir en el libre mercado en beneficio de las empresas, especialmente de la banca, que son quienes financian la doctrina. Es patente el carácter ideológico de la teoría, su función puramente instrumental; sirve para decir una cosa y hacer otra. No merece la pena tomar en serio doctrinas que son falsas y justificatorias. No obstante cabe hacer una breve referencia a esa extraña obsesión de los neoliberales con el Estado.
Uno empieza a sospechar cuando cae en la cuenta de que, curiosamente, una gran parte de estos neoliberales, baluartes contra el intervencionismo estatal, adalides de la libertad de los mercados, debeladores de los sempiternos funcionarios, son, a su vez, funcionarios: abogados del Estado, inspectores de Hacienda,  catedráticos de Universidad, fiscales (Gallardón es fiscal), técnicos de la Administración del Estado, etc. La guerra contra los funcionarios es la guerra contra el Estado en general, incluido el estado del bienestar y el de derecho.  Emprendida por unos funcionarios que no tienen inconveniente en atacar la función pública pues saben que no volverán a ella ya que una vez cumplido su mandato, los nombran asesores o consejeros de las grandes empresas que se han beneficiado de sus políticas de desregulación, privatización, etc.
El discurso es: hay que conseguir que el Estado se repliegue sobre sí mismo y el mercado se expanda porque es el ámbito de la libertad. Esa mayor libertad se paga al precio de menos igualdad. No es tarea, dicen, del Estado fomentar la igualdad entre la gente. El Estado no debe tener fines morales sino jurídicos. Para igualdad, basta con la igualdad ante la ley. Luego resulta que esto tampoco es cierto y que ante la ley, como en la obra de Orwell, unos son más iguales que otros. Los escrúpulos que algunos puedan sentir se acallan recurriendo al conservadurismo, que es el hermano gemelo del neoliberalismo, un conservadurismo casi victoriano según el cual la holgazanería engendra la pobreza y esta el vicio y el crimen, mientras que la laboriosidad engendra la riqueza y esta la virtud. En resumen, el pobre lo es por inmoral.
Para la masa, la igualdad ante la ley es suficiente. Esto puede aumentar la necesidad y hacer que se planteen problemas de orden público. Nada que el Estado no pueda resolver con la violencia a su disposición. La ley está para garantizar el orden público y la más absoluta libertad en las transacciones mercantiles. Todo debe depender del mercado que tiene sus mecanismos regulatorios. Pero además de la ley que protege la seguridad del mercado en general, el interior de este la única ley que tolera es la del más fuerte. Hasta ahora los neoliberales han admitido a regañadientes que el Estado interviniera cuando la ley del más fuerte, esto es, la de la oferta y la demanda producía disfunciones graves, cosa que este hacía porque, como reza la leyenda en la cubierta de la famosa edición príncipe del Leviathan de Hobbes, que reproduce las palabras de Jehová al describir a Leviathan: "No hay en la tierra poder que pueda comparársele". (Job, 41, 24).
Pero eso era antes; ahora sí lo hay. Sí hay un poder europeo, un superleviathan, capaz de doblegar el Leviathan español que los neoliberales están encantados de destruir pues es lo que siempre habían predicado. El error consiste en poner a cuidar del Estado a sus enemigos.

domingo, 24 de junio de 2012

El neoliberalismo y el socialismo se necesitan

Gran editorial de El País, titulado El deber de Rajoy. Esto del deber suena algo fuerte pero no lo será para quien, como el Presidente, se pasa la vida presumiendo de hacer los deberes. El número de la palabra no es mero accidente. El País habla en singular, del deber de cada cual en ejercicio de esa función de Catón el censor que se arrogan los medios. Rajoy habla en plural, de los deberes, en fiel reflejo de la imagen infantil que tiene de sí mismo y de los demás.
Las propuestas concretas del editorial suscitarán mayor o menor apoyo pero el mérito del escrito, a mi juicio, es bosquejar un plan de acción estratégica a medio plazo, a tres años bastante razonable. Solo le veo un inconveniente: la propuesta parte de suponer honradez, buena fe, sinceridad y juego limpio en el gobierno español. Y eso es mucho suponer. Hasta la fecha el gobierno del PP ha dado muestras de lo contrario; ha intentado engañar a la opinión presentando un rescate como una exitosa operación crediticia en condiciones muy favorables;  lo ha intentado con los socios extranjeros, jugando a no revelar datos o revelarlos contradictorios. Y ha conseguido exasperarlos con esa retranca de Rajoy de acordar algo con Merkel y decir luego lo contrario a los medios.
También confía la propuesta del editorial en la eficiencia del gobierno español y me temo que eso es como confiar en su veracidad. Pero no se deben cerrar puertas a la esperanza. Quien hasta ayer mintió, mañana puede arrancarse por verdaderas; quien gestionó ruinosamente puede hacerlo acertadamente. ¿Quién sabe?
Sin embargo, lo más interesante del editorial es el mensaje subyacente, no expreso, no resaltado, pero muy presente. La abundancia del término "plan" (cinco veces aparece la sospechosa palabreja, incluida la entradilla) da una pista: se está hablando, en realidad, de una economía planificada con planes trienales. No son forzosos, ya se sabe, sino indicativos; pero son planes.
Planes que suponen injerencias brutales del Estado en los mercados, justo la bestia negra del neoliberalismo. Sin embargo, la propuesta se hace con la finalidad de estabilizar los mercados para mantenerlos cumpliendo una función constructiva y no destructiva. El neoliberalismo más extremo tampoco admite esta disculpa. Los mercados concentran la sabiduría de la especie y si los mercados destruyen algo, será por el bien del conjunto y es preciso dejarlos.
El neoliberalismo dominante, sin embargo, no es el extremo, sino uno posibilista,  pactista pues es consciente de que, cuando el mercado, además de destruir, se autodestruye, la intervención del Estado es inevitable. Nueve de cada diez neoliberales quieren que los bancos se salven con dinero público y no quiebren libremente en aplicación de la ley de la oferta y la demanda. Es decir, el neoliberalismo tiene un componente socialista que solo suicidándose puede eliminar.
A su vez el socialismo reconoce en los mercados la función de previsión racional que realizan y adjudica al Estado una remedial, de asistencia para los fallos del mercado, sobre todo en lo que hace a los derechos de las personas a la educación, la vivienda o la salud. Pero no se le pasa ya por la cabeza abolir el mercado sin más, como hicieron los bolcheviques el siglo pasado. El mercado es el elemento neoliberal con el que el socialismo tiene que convivir. Como suele pasar, los contrarios excluyentes se necesitan porque, como dice el poeta, son complementarios.

martes, 15 de mayo de 2012

Una cuestión de confianza.

¿Por qué siguen desconfiando los mercados de España si el gobierno muestra por sus dichos y hechos que hará lo que le ordenen? Respuesta sencilla: porque desconfían del gobierno. Desconfían de que el gobierno pueda hacer lo que dice o incluso lo que dice que hace. Ahora se dará cuenta el PP de que sembrar la desconfianza en el gobierno de un país es atacar al país. Exactamente lo que él hacía cuando el PSOE estaba en el "poder" y Aznar parecía el embajador volante de los malos augurios y argumentaba que atacar al gobierno no era atacar a España. Y sí, lo era, como ve ahora la derecha: al desconfiar del gobierno, las consecuencias las paga el país. Y el gobierno actual tiene la inmensa suerte de que no haya un Aznar del PSOE de gira permanente por el extranjero diciendo que Rajoy es un tal y un cual que lleva el país a la catástrofe.
Efectivamente, si los mercados desconfían el país se va al garete. ¿Y de qué en concreto desconfían los mercados con respecto al gobierno? En primer lugar desconfían de que el gobierno pueda imponerse a las Comunidades Autónomas y obligarlas a cumplir el pacto del déficit. Esta desconfianza tiene una base sólida. Son algunas de las CCAA regidas por el PP las más problemáticas, como Valencia y Murcia, sin dejar muy atrás Madrid, a la que se ha venido a sumar Asturias, que ha iniciado una nueva Covadonga. Una gestión de pompa y boato faraónicos unida a un nivel de corrupción asfixiante ha llevado a Valencia a una situación pavorosa. Igualmente, el despilfarro cesarista de Gallardón en el ayuntamiento de Madrid tiene a la ciudad endeudada hasta sus castizas cejas. Ya solo el traslado de la alcaldía de la Plaza de la Villa a ese espantoso tortel indiano del palacio de comunicaciones, aparte de un mal gusto patético, implica una concepción rumbosa del quehacer público que debiera estar penada por la ley porque la pagan los sufridos ciudadanos.
En segundo lugar los mercados desconfían de que el gobierno pueda gobernar, esto es, ejecutar sus políticas. Con razón. Un gobierno bisoño, embriagado por una mayoría absoluta parlamentaria que toma por un cheque en blanco, tiene prisa, quiere ser expeditivo (para mostrarse expeditivo) y resolver los asuntos por la vía rápida, sin perder el tiempo en negociaciones con la oposición o en consensuar algo. Pero eso es muy malo porque encrespa innecesariamente a la oposición que, si se ve ninguneada en el parlamento, acudirá a los tribunales y puede paralizar cuando no frustrar la aplicación de las políticas del gobierno. Es decir, el gobierno da voces pero las cosas no cambian, aunque será bueno que él aprenda que gobernar, hacer política, es negociar, pactar, acordar; no dar voces.
En el ínterin, por ser la deuda una flecha del tiempo, según este pasa la situación se agrava en un círculo vicioso, infernal, griego, en el que la desconfianza agrava la situación y la situación agravada aumenta la desconfianza. De aquí no se sale porque, además, la eficacia de ese círculo vicioso no depende de una voluntad política sino del comportamiento de unos entes imaginarios llamados "mercados".
Todo el mundo deplora que sean los mercados los que gobiernen y pide con denuedo el retorno a la primacía de la política. Pero eso es imposible en los Estados de la Unión que carecen de la soberanía necesaria y es también imposible en la propia Unión porque esta carece de un poder político propiamente dicho. Políticamente hablando, la Unión es un galimatías pues nunca se sabe si la opinión autorizada es la de los órganos comunitarios o la de Alemania o la del eje franco-alemán que, además, no suelen coincidir. Así, mientras los funcionarios del Banco Central Europeo y los burócratas de Bruselas ya dan por hecha la salida de Grecia del euro, la troika comunitaria vincula la entrega del monto correspondiente del rescate (del que ya había sustraído una parte) a la permanencia de los griegos en la moneda común y la canciller Merkel asegura que no dejará marchar a Grecia, cuna de la civilización. (Por cierto, nadie parece tener las ideas claras sobre qué pasará si un país se sale del euro).
En estas condiciones y aunque la perplejidad de Rajoy aumente, no es nada difícil entender que los mercados mantienen la desconfianza porque así hacen negocio con la deuda española. Ciertamente todo el mundo sabe que, si tiran mucho, la cuerda puede romperse. Pero todo el mundo sabe también que los mejores negocios son los que suponen más riesgo.

martes, 2 de diciembre de 2008

El alma de Repsol y Lukoil.

Este asunto de la compra de Repsol, o de parte importante, quizá decisiva, de Repsol por Lukoil puede verse de dos modos. Uno en el aspecto día a día y de los avatares de las personas que tienen que ver con él y el otro desde un punto de vista más despegado y general, teórico, que se pregunta por las consecuencias de las privatizaciones.

Desde el punto de vista inmediato hay un lío muy difícil de entender, al margen de si merece la pena, acerca de si ha intervenido el Rey, de si el señor Zapatero tiene alguna deuda con don Luis del Rivero, presidente de Sacyr-Vallehermoso o qué diablos pasa.Todo eso, es de suponer, se explicará antes o después pero dejando claro con ello que el asunto es más que una simple compraventa entre dos empresas privadas en un mercado libre porque las intervenciones supuestas o reales del jefe del Estado y del presidente del Gobierno así lo demuestran. No se ve por qué los poderes públicos han de tomar posición en operaciones inter privatos salvo que se piense que no son estrictamente inter privatos. Porque hasta el PP, el partido que sostiene la autonomía del mercado, ha intervenido pidiendo una comisión de investigación sobre Lukoil. En el mercado privado, que yo sepa, a nadie se le ocurre pedir una comisión de investigación para indagar sobre uno de los agentes, el comprador en concreto. Entre otras cosas porque hay un problema de objetivos: exactamente ¿qué tiene que investigar esa Comisión en Lukoil? El mercado libre no investiga a los clientes; se limita a comprobar que tienen dinero. Eso es todo.

Se dice entonces que el sector energético es "estratégico", expresión que debe traducirse por de "interés público" o "nacional" o "patriótico", si queremos ponernos simbólicos. Entonces, por el amor de Dios, ¿por qué se privatizó? La privatización de la estratégica Repsol empezó con Felipe González y terminó con José María Aznar. Me da igual si hay diferencia o no acerca del modo de privatizar; lo que me parece algo indubitable es que los dos partidos privatizaron un bién público estratégico y ahora no saben cómo evitar la catástrofe que ellos mismos provocaron que es que una empresa extranjera compre en un sector estratégico español.

Y el problema es que no hay modo de evitarla, de acuerdo con las doctrinas más preclaras sobre el significado de globalización y libertad de comercio que suponen que una empresa rusa pueda comprar otra española que esté en venta porque para eso la privatizaron y la mandaron a cotizar en bolsa. Así que la metedura de pata está en la privatización de la empresa española. Esa es, me parece, la gran enseñanza de este episodio que, en sus aspectos thriller estilo Pantera rosa son divertidos (que si el Rey o Luis del Rivero) pero no decisivos en relación con los hechos.

Mas no se crea que con señalar esta relación perversa quede resuelto el problema porque éste reside en que, en epoca de globalización, las empresas públicas tampoco pueden blindarse frente a la compra, salvo que dispongan de una condición especial legalmente protegida. Con lo cual los partidarios de la supremacía del mercado sobre el Estado confiesan el fracaso de su doctrina ya en el comienzo. Está claro que sin el Estado no hay mercado porque cuando éste impone su libérrima condición, se libera del Estado, retorna al de naturaleza, donde la vida humana es solitaria, pobre, desagradable, bestial y corta, según decía Hobbes con su habitual sentido de la alegría. De momento está siéndolo de las empresas; luego vendrán los hombres.

Pero nada de eso importa: el ansia de lucro y la codicia de los seres humanos no conocen límites. El razonamiento es claro: primero sobrevivimos, que es un derecho; luego nos enriquecemos, que es otro derecho; y sólo después hablamos de las conscuencias de nuestros actos. Cada cual verá cuánto aguanta en un orden social así. Y cuánto creemos que vayan a aguantar los órdenes sociales aun así.

(La imagen es una foto de Kittykatfish, bajo licencia de Creative Commons).