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domingo, 12 de julio de 2015

Miedos de ida y vuelta.

Pablo Mayoral, de Podemos, decía ayer que Rajoy solo tiene miedo a Pablo Iglesias. El "solo" delata la convicción de que el PSOE y Ahora en Común no preocupan a la derecha. Es una riña por ver quién es más combativo, quién la asusta más, pues ese será quien gane las elecciones.

A su vez, Rajoy, el líder de la derecha, decía también ayer en una Conferencia Política del PP con la que ha iniciado la que promete ser la campaña electoral más larga desde 1977, que no sabe qué sea el voto del miedo. No que no sepa lo que es el miedo, como un valiente galo, sino el "voto del miedo". Y, sin solución de continuidad, se lanzaba a meter miedo en todas direcciones, asegurando que, si llega a gobernar Podemos, la pensiones se reducirán, los supermercados se vaciarán y la gente tendrá que hacer cola para sacar dinero; o sea, corralito. Nada, sin embargo, que no haya hecho él. Él ha bajado las pensiones en términos reales y ha esquilmado el fondo de reserva de la seguridad social. Los supermercados no están vacíos pero, para quien no puede pagar los precios de los alimentos (y hay mucha gente pasando hambre en España y muchos niños con malnutrición) es como si lo estuvieran. Igual que las colas para sacar dinero. Será quien lo tenga, porque los parados y quienes cobran salarios de miseria, por más cola que hagan, no sacarán nada.

Es la peculiar lógica de un presidente que vive en la paradoja y la contradicción sin que ello le preocupe. En realidad, no le preocupa nada. Si es capaz de ser presidente del gobierno de un país acerca de cuya deuda no tiene ni la menor idea, es que, en verdad, todo le importa un pimiento. Él lo que quiere es mandar en su pueblo, cobrar los sobresueldos si se tercia, que sus compadres se forren y los conserjes lo saluden respetuosamente al ir al casino a jugar la partida de mus. Lo demás es secundario excepto, por supuesto, la lectura del Marca.

En su alegato a la Conferencia ha repetido el rollo de la recuperación y ha insistido en la necesidad de que no se hagan locuras, ni cambios a tontas y a locas, que se siga por el sendero trazado con toda eficacia por su gobierno porque, de otro modo, se pondrá en peligro la susodicha recuperación. A continuación, también sin solución de continuidad, ha asegurado a su gente que frente a las vanas y alocadas promesas de otros, el PP representa el verdadero cambio. Es decir, pide el voto de la continuidad y el del cambio al mismo tiempo. Resulta absurdo, por supuesto, pero nadie seguramente lo hará notar porque el personaje, todo él, es un monumento al absurdo, un personaje del teatro del absurdo.

En realidad, la Conferencia sirve para anunciar que por fin se harán primarias en el PP, así como la novedad de que el programa electoral del PP incluirá un proyecto de reforma de la ley electoral de modo que gobierne siempre la lista más votada, otorgándole una prima. Es una práctica autoritaria con ribetes de dictadura porque se trata de fabricar mayorías parlamentarias que no reflejan las de la calle. Esa fue una de las razones de la conflictividad de la II República. Lo sorprendente es que, dado el desprecio del gobierno por la democracia, no haya tratado de hacerlo ya en esta legislatura, para garantizarse el triunfo, más o menos como lo hizo Berlusconi en Italia en su día. Pero no haya cuidado: si los dioses dan la victoria al PP en las próximas elecciones, la reforma se llevará a cabo y la derecha se perpetuará en el poder porque ni siquiera en estas circunstancias de vida o muerte será la izquierda capaz de unirse.

Sobre la corrupción, el tema dominante de su gobierno y legislatura, aquel por el que será recordado, ni una miserable referencia. Ni para anunciar medidas anticorrupción. A fin de mostrar su voluntad de cambio dentro de la continuidad, como diría el Caudillo Franco, el PP ha cambiado el logo. No es la primera vez que lo hace. Debe de ser la sexta o séptima. Ahora ha copiado el círculo de Podemos y ha sacado una imagen bastante cómica. Menos mal que están las redes para arreglar las cosas y hacer bien lo que las gentes hacen mal. El logo de la derecha trasmite mucho mejor que el oficial el espíritu del PP, que es el de la corrupción, los sobres, los sobresueldos, las comisiones, las mordidas, las estafas de todo tipo. Algunos de los intervinientes en esta conferencia de contradicciones e incongruencias sí han reconocido la corrupción de su partido pero solo para decir que los corruptos ya están fuera y la organización ha pagado el precio político por ella. Ambas cosas son falsas. Algunos corruptos pueden volver al seno de la organización, por ejemplo Bárcenas, quien deberá ser readmitido o indemnizado con 900.000 euros si prospera la demanda que tiene planteada. Otros que ahora gallean dentro de la organización y hasta en cargos públicos, pueden verse mañana ante los tribunales acusados de las prácticas corruptas que son el modus operandi del PP. Y también es falso que ehayan pagado el precio político. Este solo lo pagarán cuando pierdan las elecciones y se disuelvan como partido, pues no lo son.

Porque es así: el PP parece más una asociación de delincuentes que un partido político, al decir de algún juez en debida providencia.

Y que esa banda que ha expoliado el país vuelva a ganar las elecciones sí que mete miedo.

jueves, 2 de enero de 2014

Por qué los fascistas de hoy son peores que los de 1939.


En 1939, cuando terminó la guerra civil desencadenada por el golpe de Estado de unos generales delincuentes y unos obispos criminales, España quedó dividida en dos partes: los vencedores y los vencidos. Estos últimos carecían de derechos de todo tipo. Nada era seguro para ellos: ni la propiedad, ni la familia, ni el honor, ni la profesión, ni la integridad física, ni la misma vida. Estaban sometidos a la voluntad y el capricho de los vencedores que los trataron sin piedad durante cuarenta años. Demasiado tiempo que ha dejado huellas imborrables en la memoria colectiva.

A su vez, el bando de los vencedores también se dividió en dos: los fascistas por convicción y  por conveniencia. Nada tengo que decir de los primeros: no engañaron nunca. Lo suyo era una tiranía basada en la opresión, la explotación, el saqueo, la tortura, el terror, el asesinato. Ya fueran civiles, militares o clérigos, los franquistas de convicción estaban en su papel, esgrimiendo el título del derecho de conquista por la fuerza de las armas.

Luego estaban los franquistas por conveniencia. No fueron responsables del genocidio, ni lo iniciaron y muchos, probablemente, abominaban de él en privado. Pero se doblegaron, se adaptaron, tuvieron miedo. Comprensible: a nadie le gusta ver cómo asesinan impunemente a tu vecino, como violan a su mujer o secuestran a sus hijos; a nadie le gusta que lo apaleen, lo torturen o lo tiren por la ventana. El miedo es reacción muy humana y no será Palinuro quien se lo reproche. Los franquistas de conveniencia se callaron y aprendieron a sobrevivir en silencio, humillados, pero seguros. Pasa siempre con las tiranías: unos se someten de grado, otros a la fuerza. Todos se someten, aunque su sumisión no suscite el mismo juicio moral. Es la cuestión del "no había más remedio"; "todos lo hicieron"; "todos levantaban el brazo"; "todos bautizaban a sus hijos". Y también la cuestión (que algunos podemos plantear -permítasenos- con legítimo orgullo) del "¿todos? Yo, no". Mis padres y mi hermano no se doblegaron. Yo tampoco. No hay más. No pedimos nada. No creemos ser más o mejores que otros. Simplemente no nos doblegamos. Y, como nosotros, bastantes más. 
Insisto. Entiendo a los franquistas de conveniencia... de entonces. Era mucho el miedo, el terror, el silencio.  ¿Y los de ahora? Ahora no hay miedo, no hay torturas, ni asesinatos (al menos, a la antigua usanza, contra la tapia de un cementerio), ni terror. Es decir, estos de hoy en el gobierno, en el PP, en los medios de la derecha, en la iglesia, no tienen nada que temer, no ya de sus compadres franquistas; ni siquiera de una izquierda que ha resultado ser abandonista y timorata. Y, sin embargo, son tan duros y desalmados como los genocidas: no hay justicia para las víctimas del franquismo, no hay reconocimiento de culpabilidad en el genocidio, no hay condena de la dictadura, ni renuncia a la memoria del franquismo, ni ilegalización de las organizaciones franquistas de todo tipo, pero sí glorificación del fascismo y prosecución, cuando no endurecimiento de su tarea reaccionaria y nacionalcatólica en el terreno legislativo.
Es decir estos franquistas de hoy, hijos, nietos, yernos, parientes, seguidores, discipulos, beneficiarios del franquismo son mucho peores que los de conveniencia de la dictadura.
Porque vuelven a ser los franquistas de convicción, que sólo admiten un régimen en el que únicamente se escuche su voz, se nieguen los derechos de todos los demás, se repriman las protestas con la máxima dureza, se desprecie la cultura, el progreso, la educación y la ciencia, se recluya de nuevo a las mujeres en la sumisión y se condene al pueblo a la miseria o a la emigración.
¿Ustedes tienen claro que habrá elecciones en 2015? Yo no.

(La imagen es una foto de Esperanza Aguirre Gil de Biedma, con licencia Creative Commons).

martes, 14 de mayo de 2013

El miedo.

El miedo no es categoría que abunde en los análisis políticos, en los que se echa mano de cosas menos molestas como la ideología, la lealtad partidista, el abstencionismo, la disciplina, etc. Sin embargo el miedo está decisivamente presente en muchas ocasiones y contribuye a explicar abundantes fenómenos políticos. Lo sabemos muy bien desde el famoso "que me odien mientras me teman" de Calígula. En un plano más teórico, Hobbes situaba el pacto social y la legitimidad del poder político en el éxito de este de eliminar el miedo que nos tenemos unos a los otros. El Estado absorbe todo el miedo del que la sociedad se libera. Si lo consigue o no es ya otra cuestión. Pero el miedo es universal y de esa nesesidad se hace virtud -ramplona, como muchas virtudes- cuando se dice que "el miedo guarda la viña". En El miedo a la libertad, que dejó mucha huella, Fromm achacaba al miedo (a ese miedo al que atacaba Kant cuando nos exigía que nos atreviéramos a saber) el origen de la personalidad autoritaria y la servidumbre. Y con Miedo a volar, Erika Jong tocaba un tabú que aún no está muy claro en el moviminto feminista.

El miedo, inspirar miedo, en mayor o menor medida, es el objetivo de todo poder político. El miedo garantiza la obediencia acrítica. Sembrar el miedo, hacérselo padecer a la población fue la finalidad esencial del régimen nacionalcatólico de Franco. Había que hacer un escarmiento que la población no olvidara, como decía a las claras el general Mola. Había que llevar a los impíos de nuevo al temor de Dios por los medios que fuera, aplaudía la Iglesia católica. Ambos empeños, muy bien recogidos en el último libro de Julián Casanova, España partida en dos que Palinuro comentará en breve. El miedo presidió la transición española y explica bastante su carácter contradictorio. Miedo -aunque con distinta intensidad- en los dos bandos: la derecha temerosa de perder sus privilegios y de que se le exigieran cuentas por los 40 años; la izquierda, asustada ante la posibilidad de volver a la persecución, la clandestinidad, el exilio. El miedo tiró al suelo a los diputados del Congreso aquella aciaga jornada del 23-F, con las tres excepciones de todos conocidas y el miedo mantuvo a la población paralizada en las primeras horas del golpe.

Uno de los rasgos más característicos de la nueva forma de insurrección social que vivimos a través del M15M, a punto de celebrar su segundo aniversario es la idea de que el miedo está cambiando de bando. El mensaje es muy claro: estaba instalado en los de abajo y se está desplazando hacia los de arriba. En sí misma, la idea es atractiva y suena verosímil cuando se contempla qué impacto y alcance tiene este movimiento que empezó siendo algo desdeñado por todos los analistas y expertos a causa de su carácter horizontal, asambleario, no jerárquico, sin estructura orgánica y, por ello,  se presumía, sin efectos prácticos. Resulta sin embargo que, a través de su naturaleza imprevisible, no institucionalizada, proteica, el movimiento ha acabado determinando parte importante del debate y la acción públicas.

Quizá sea cierto que el miedo esté cambiando de bando. Sería revolucionario. No obstante, conviene ser precavidos y recordar que las clases dominantes enseguida tienen miedo, que el capital es muy asustadizo. Y no perder de vista que, para liberarse de ese miedo, las clases dominantes cuentan con las fuerzas de seguridad de cuyo empleo sistemático, con fines crecientemente autoritarios y represivos es un buen ejemplo este gobierno.

Inspirar miedo es lo que persigue esta crisis económica, hacer vivir a la población en condiciones de inseguridad e incertidumbre que susciten el miedo. Su función es propagar el miedo. Miedo igualmente lo que hay detrás del repentino monarquismo del PSOE y, por supuesto, miedo detrás de la cerrada negativa de ese partido (o quizá de su dirección) a reconocer derecho alguno de autodeterminación. Pero de eso hablará Palinuro mañana, que tiene una imagen que mola mazo.

(La imagen es una foto de robinsoncaruso, bajo licencia Creative Commons).

jueves, 19 de julio de 2012

La política del miedo.


¿Se han fijado en cómo se parece Cristóbal Montoro al Nosferatu, de Murnau? Y no solamente por fuera; también por dentro. Le gusta ejercer el terror, como al Drácula del expresionismo alemán. Se ríe extrañamente con el miedo y el sufrimiento de sus víctimas, a las que gusta atemorizar con amenazas lanzadas a voleo: que si tendrá que intervenir en las Comunidades Autónomas o que si no habrá dinero para pagar las nóminas de los funcionarios, una afirmación esta que ha causado el alza inmediata de la prima de riesgo de España a niveles insoportables. En realidad, hay quien dice que cada vez que habla Nosferatu-Montoro sube la prima de riesgo. Quizá sea llegado el momento en que se haga realidad el deseo que el propio Montoro manifestaba no hace mucho a una diputada canaria: quería el hoy ministro que España se hundiera porque estaba seguro de que el PP la levantaría. No ha sido capaz su partido de mejorar su situación en siete meses, como para creer que hubiera podido levantarla caso de estar caída de verdad. Pero es que este dato es irrelevante en el planteamiento de un político tan irresponsable. En el fondo, lo único que quiere es amenazar con la ruina para que la gente se asuste y no ofrezca resistencia a sus desmanes y los de su partido. De esta forma se explica su intención. Lo que quiere, como Calígula, es que la gente lo tema, aunque por ello mismo lo odie.



Divertida actualización.

¡Qué casualidad! Acabo de subir la entrada y me encuentro esta imagen en el muro
de Facebook de Juan Villarino. La que simula ser la sombra de Montoro es la silueta del Nosferatu de Murnau; o sea, de Drácula. Pero Drácula como Nosferatu, porque del vampiro de Transilvania hay muchas encarnaciones, algunas incluso humorísticas, pero ninguna como la de Nosferatu, el calvo de puntiagudas orejas, extraña sonrisa y prominentes paletos. La coincidencia en la similitud indica afinidades electivas. Produce alegría comprobar que hay otros que ven el mundo como uno y ven en el mundo lo mismo que uno. Produce alegría coincidir con alguien porque uno de los defectos de nuestro país es nuestro prurito de discrepar, de no coincidir en nada con nadie. Es el llamado individualismo y, la verdad, llevado al extremo, hace la vida bastante difícil. Así que, Juan, estupenda la coincidencia. El montaje, además, soberbio: esa garra de Montoro se cierne sobre nuestros bolsillos igual que la del vampiro sobre el alabastrino seno de la inocente doncella.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¡Qué tiempos!

El País del domingo pasado traía un brillante artículo de Daniel Innerarity, titulado El miedo global. Es una sucinta y certera reflexión filosófica sobre nuestra época, aquejada de eso, de "miedo global". Miedo porque vivimos en un mundo de peligros y riesgos que no controlamos, que es también lo que dice Beck. Es verdad que el miedo parece habernos acompañado desde el origen de los tiempos e Innerarity invoca a Hobbes muy oportunamente ya que éste fundaba el Estado en el miedo, mejor dicho, en el interés de los humanos por evitarse ese miedo difuso que nos tenemos unos a otros, concentrándolo en el que tenemos al Estado, a quien transferimos esa condición de ser temido que la tradición mosaica, por cierto, también atribuye a Dios como bien recuerda la Biblia, insuflando continuamente el "temor de Dios". Dios también está fundado en el miedo, el miedo a la muerte; es decir, en la necesidad de librarse del miedo a la muerte, transfiriéndolo al Creador. Pues quien te crea, puede destruirte. Igual que el Estado puede aniquilarte y por eso Hobbes lo llamaba Leviatán, un "hombre artificial".

Lo que sucede con el miedo actual, viene a decir Innerarity, es que no tenemos manera de librarnos de él porque, a diferencia de tiempos pasados, vivimos en la incertidumbre. Tengo la impresión de que eso le haya sucedido al hombre desde siempre, que su destino ha sido incierto y él lo sabe, lo ha sabido siempre; a lo mejor por eso es hombre. El grabado de más arriba, Michael Wogelmut, "La danza de la muerte", es de 1493 y uno se queda pensando qué podrían tener en la cabeza gentes que se imaginaban cosas así. Se suele decir que lo especial de nuestro miedo es que lo es a la posibilidad de la autodestrucción. Pero esa idea tampoco es nueva: el diluvio universal, Sodoma y Gomorra, la torre de Babel son ejemplos de la conciencia de la destrucción de la humanidad a causa de sus pecados. En todo caso, asuntos menores. Lo importante es reconocer que el miedo viene dado por la incertidumbre y lo único que encuentro de nuevo en esto es el hecho de que seamos nosotros quienes tengamos que pechar con la situación, igual que otros lo hicieron antes y otros, es de suponer, lo harán después.

Enfrentados a la incertidumbre los seres humanos tendemos, al parecer, a aferrarnos a lo que nos dé seguridad. Aquí tiene su origen, probablemente, ese escoramiento del mundo occidental a la derecha. Ver a los neonazis en el parlamento sueco ha sido un aldabonazo en la conciencia europea. De repente el viejo continente se ha llenado de matachines xenófobos y ultrapatrióticos, jefes de la jauría, y los primeros que han sufrido el endurecimiento de la situación han sido los gitanos. Detrás vendrán los supuestamente responsables de la "islamización" de Europa y ya veremos qué sucede. De momento está garantizado el auge de la derecha porque es la que siempre propone como solución dejar las cosas como están o, según algunos, mejor, llevarlas hacia atrás. Lo malo conocido...muy tranquilizador.

Frente al avance de la derecha, la izquierda está literalmente en la inopia. Se ha quedado sin discurso. No sabe qué proponer que garantice la seguridad al tiempo que la justicia. No puede planear el futuro porque el que tenía se le hundió estrepitosamente y para el presente y el pasado ya están los otros. Así que la izquierda, para sobrevivir, se suicida imitándolos: se apoyan las deportaciones de gitanos, se mete mano a los trabajadores, los jubilados, los inmigrantes, se desguarnece el derecho del trabajo (no al trabajo que ese ya se sabe que ni se espera), se suben los impuestos que más perjudican a los que menos tienen, se mima la banca, el capital financiero y se atiende a las pretensiones de la patronal. Y luego va uno a Nueva York y se confiesa ante el cogollo mismo de ese capital financiero global. ¿Qué estaría pensando George Soros mientras hablaba Zapatero, Soros, ese hombre que predice con toda lucidez que si la gente como él puede seguir haciendo las cosas a su manera vamos de cabeza al desastre?

Innerarity propone que racionalicemos el miedo, cosa en verdad extrema y que no sé si es realizable. El miedo es producto del predominio de lo irracional. Si predomina lo racional, no hay miedo. Pero eso ya lo sabíamos desde Epicuro. La cuestión es cómo se administra prácticamente esa racionalización del miedo. Y aquí es donde la razón práctica impera (pues no en balde el concepto actual de racionalidad, que está por definir, en buena medida identifica lo racional con el cálculo de costes-beneficios) y adquiere sus formulaciones concretas, mostrando las miserias humanas. Por ejemplo, esa renuncia del PSOE a legislar sobre la libertad religiosa en España indica que el Gobierno tiene miedo a la Iglesia, quiere contemporizar, reducir la incertidumbre. Muy racional en un sentido y muy irracional en otro, aquel que lleva a impulsar la extensión de la razón a costa de la fe porque, diga lo que diga el Papa, la razón y la fe no son compatibles. A no ser que el miedo nos haga decir que lo más razonable es refugiarse en la fe. Con lo que, ya se sabe, nada de abortos, nada de células madre, nada de partos aliviados, nada de cuidados paliativos ni de eutanasia, nada de control de la natalidad; en fin, no sigo: nada de nada.