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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Por un Estado laico.


Después de lo dicho en días pasados sobre el derecho de autodeterminación y sobre la República, una palabra sobre la iglesia española y sus relaciones con el Estado.

En su reciente Conferencia Política el PSOE parece haberse comprometido a denunciar los Acuerdos de 1979 con la Santa Sede. Pero no a denunciar sin más, renunciando a todo tipo de relación y compromiso del Estado con la iglesia católica, como correspondería en un país europeo, moderno y laico, sino a denunciar con el fin de emprender nuevas negociaciones con el Vaticano para llegar a otro tipo de acuerdo. En esto, como en lo demás, el PSOE muestra de nuevo su ánimo apocado, timorato, asustado.

Y no es nuevo. Le viene de la Transición. Los gobiernos de Felipe González, algunos con mayorías absolutas, no se atrevieron a cumplir el por otro lado pacato propósito de aconfesionalidad del Estado. Redujeron la presencia de la religión en la enseñanza pero conservaron los privilegios de la iglesia en este campo a través de la burla que son los colegios concertados mediante los cuales los curas adoctrinan a los niños con cargo a los presupuestos públicos. No osaron imponer la autofinanciación de la iglesia (como prevén los Acuerdos de 1979) sino que, al contrario, le garantizaron una mordida en los presupuestos a través de la famosa (e injusta) casilla de la declaración de IRPF y complementaron el monto con substanciosas contribuciones estatales.

Los posteriores gobiernos de Rodríguez Zapatero incrementaron esta subordinación del poder civil a los curas, aumentando el monto del IRPF recaudado por el Estado a favor de la iglesia a cambio de promulgar una Ley de Libertad Religiosa que, luego, esos mismos gobiernos retiraron. O sea, una burla.

De todas las instituciones españolas, la que menos ha cambiado en la restauración borbónica ha sido la iglesia. Hasta el ejército se ha modernizado. No así la jerarquía. Su relación con el Estado sigue siendo de dominación y privilegio. Porque es el alma y la beneficiaria directa de la concepción nacional-católica de España, heredada del franquismo, algo mitigada en las etapas socialistas y hoy en absoluta evidencia con un gobierno de la derecha tan sometido a los dictados eclesiásticos que pretende convertir en leyes los dogmas, alucinaciones y dislates de los obispos.

La reforma educativa en marcha en la LOMCE elimina todo atisbo de laicidad suprimiendo la educación para la ciudadanía y, de acuerdo con la militante consigna de Rouco de re-evangelizar España, vuelve a imponer la religión en la enseñanza como materia curricular e impulsa la educación segregada por sexos. De ese modo queda claro qué pretende el ministro del ramo cuando reclama españolizar a los niños catalanes. Los propósitos del ministerio de Justicia respecto al derecho al aborto consisten en impedirlo de hecho, para alegría de los curas y, en la medida en que se pueda, hacer la vida imposible a las mujeres y restringir los derechos de las minorías sexuales, especialmente los gays, a los que la jerarquía profesa una especial inquina.

Por supuesto, el gobierno en pleno está al servicio de la iglesia. Esta no ha sufrido ni la sombra de un recorte durante la crisis; al contrario, ha conservado y en gran medida aumentado sus privilegios a costa del erario público. Una reforma de la Ley Hipotecaria de la época Aznar ha permitido a los curas -y solo a ellos- proceder a una verdadera reamortización, registrando como propios a precios ridículos, bienes inmuebles y predios no registrados. Por la módica cantidad de 30 euros, la iglesia ha inscrito a su nombre la mezquita de Córdoba. O sea, la ha privatizado.

Eso en el ámbito material o económico (que es el que verdaderamente importa a los oficiantes del credo), pero tampoco se descuida el aspecto simbólico pues, además de legitimar el dinerario, en sí mismo también es fructífero. Las ceremonias públicas, civiles y militares, están siempre animadas por algún acto religioso; los gobernantes acuden a todos los oficios, se pasan el día en misa y hasta se disfrazan para las ocasiones, como cuando Cospedal se calza esa peineta con mantilla de tan obvias reminiscencias freudianas; toman posesión de sus cargos jurando como oblatos, agarrados a la Biblia, hipnotizados por un crucifijo; en sus ratos libres, algunos de ellos tienen visiones celestiales, mayormente marianas, que les aconsejan cómo gobernar la grey del Señor. Falta la monja de las llagas. A cambio, varios ministros y numerosos altos cargos son fanáticos sectarios del Opus Dei, que acuden a ejercicios espirituales en donde se preparan para luchar contra los vicios del mundo por la fe, la predicación y, sobre todo, la violencia. Esa Ley de Seguridad Ciudadana es un prodigio de represión inquisitorial, ataque directo a los derechos de los ciudadanos, antesala del fascismo. Habiendo llegado la derecha al ecuador de la legislatura con esa monstruosidad represiva en la cartuchera, es legítimo preguntarse si, cuando sea tiempo de elecciones, estas se celebrarán.

El poder de la iglesia es atosigante. Hasta los católicos, o muchos de ellos, cuestionan esta situación como palmariamente contraria al espíritu evangélico. No es que no haya separación entre la iglesia  y el Estado, entre la espada y el crucifijo, sino que este tiene a aquella a su servicio incondicional y, efectivamente, en plena resurrección del nacional-catolicismo que nunca estuvo en peligro en España. Porque, incluso cuando, en algún momento de extravío, el PSOE pareció tocado de laicismo, nunca faltó un Francisco Vázquez o un José Bono que mediaran por los intereses de los curas. Ahora que el gobierno es fiel monaguillo del clero, la iglesia vuelve triunfante por sus fueros. Esa reciente ceremonia de beatificación de quinientos mártires del lado franquista (y a la que asistió medio gobierno) no solamente es una glorificación del crimen de la guerra civil, sublimada como cruzada por los obispos, sino la enésima humillación a las víctimas de la dictadura, muchas de ellas católicas que siguen enterradas en fosas comunes anónimas a lo largo y ancho de este país que Rouco dice querer tanto.

(La imagen es una foto de Marco, bajo licencia Creative Commons).

domingo, 9 de noviembre de 2008

Abajo la felicidad, viva el sufrimiento.

Hace unos días un amable lector me recomendaba ir a ver la peli de Javier Fesser, Camino. Decía que era tremenda. Tenía razón: es tremenda. Vaya por delante que está muy bien hecha, con una dirección enérgica quizá a veces demasiado y con algunas secuencias exageradas; por ejemplo, las dos apariciones del ángel de la guarda no me resultaron convincentes y hay un excesivo regodeo en la casquería quirúrgica. Pero son cuestiones menores. Reitero que la dirección es enérgica, con brío y mucho ritmo que no decae a pesar de que la historia, al basarse en un hecho real y haberse comentado tanto en la prensa, es conocida y su final no puede deparar sorpresa alguna.

Las interpretaciones también son de altura y en gran medida han de atribuirse asimismo al director ya que la protagonista y otros actores y actrices son niños, siempre tan difíciles de dirigir. La de los adultos, especialmente la de la madre, un papel francamnte desagradable, es de muchísima altura. Y la ambientación, logradísima: magnífico el colegio de monjas, el piso de la familia devota, el clima de la clínica del Opus en Pamplona.

Pero lo esencial es el cacho historia que aquí se cuenta, una historia que retrata el aspecto más sórdido, cruel, inhumano del catolicismo en general y de la secta del Opus Dei en particular. No me extraña que la dicha secta haya protestado de la peli: la retrata sin sombra de duda. Esa familia de fanáticos del Opus, esos dos curas también del Opus, auténticos asesinos, canallas inmisericordes, duros, fríos, insensibles; esa madre monstruosa que destroza la vida de todos y cada uno de los miembros de su familia incluida por supuesto la suya; ese padre inútil, cero a la izquierda, que hace dejación de su obligación de proteger a sus hijos frente al evidente desvarío de su esposa, manipulada por los curas; todo ello es una crítica y, al tiempo, un reportaje justísimo de a dónde lleva ordinariamente el fanatismo religioso de estos enemigos de la humanidad que son los curas católicos, especialmente los del Opus.

La acertadísima contraposición que hace el director entre el mundo ingenuo, alegre, hermoso de la infancia y la adolescencia y la estúpida e inútil crueldad de los fanáticos devotos que todo lo sacrifican (especialmente la dicha ajena) a sus estúpidas supersticiones es demoledora. Todas las pautas de comportamiento de la secta y de su alma mater, la iglesia católica, quedan retratadas: la persecución de la espontaneidad, la alegría, el amor, la ilusión; la preferencia por el sufrimiento, la renuncia, lo forzado y falso; el espionaje, la censura, la represión permanente, la mentira, el martirio bajo el cuento de la vida en el más allá, todo el conjunto de embustes e imposiciones que convierten a las personas en seres lo suficientemente monstruosos para proclamarlos "santos". Por cierto el equívoco que anida en el nudo de la trama (por ejemplo, el significado del término "obra") está muy logrado e introduce algo de humor en mitad de tan grande espanto.

Espero que con esta peli hayamos adelantado algo en la tarea que considero imprescindible de incluir al Opus Dei entre las sectas más dañinas de nuestra sociedad. En todo caso Camino merece amplísima difusión. Que se sepa de qué son capaces estos sectarios sin entrañas.