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sábado, 3 de diciembre de 2016

La mística de los datos

El mismo día en que el país se entera de que el gobierno ha vuelto a darle un tiento a la hucha de las pensiones y ha arramblado con 9.500 millones de euros para sus francachelas (esa parada del AVE en un pueblo perdido de Zamora, creo, es una francachela) y que el paro sube una barbaridad por cuarto mes consecutivo aparecen estos señores del gobierno, como Jorgito, Jaimito y Juanito con corbatas en armonía de rojos a hacer reír a la concurrencia con una ocurrencia: a finales de 2019, el paro estará por debajo de un modesto 13%. Tomen buena nota. Son los mismos que en 2010 prometían reducir a la mitad la tasa de paro si ganaban las elecciones de 2011. Ganaron las elecciones y la tasa de paro sigue siendo la misma. Pero ahora la reducción se aplaza a finales de 2019. Ese toque de precisión temporal da mucha verosimilitud a lo que asegura este triunvirato de prestidigitadores. Cumplen su función de eludir toda responsabilidad por los datos reales, que son pésimos, sin perspectiva de mejora, señalando un nebuloso futuro de prosperidad que se cifra en el 13% del paro como podía cifrarse en el 18% o el 20% o el 5% y para finales o mediados de 2018 o de 2022. Realmente no tienen ni idea ni, aunque la tuvieran, tienen idea de cómo llegar a ella. Están superados por los acontecimientos y los datos les bailan. Andan calculando en público cuánto van a sacar a los fumadores y bebedores y las bebidas azucaradas, al parecer para fastidiar a la Hacienda de la Generalitat. Suman el pellizco que van a pillar a las empresas, le añaden los 9.500 millones que han birlado del fondo de pensiones y así va haciéndose un calcetín hasta el momento en que haya que negociar qué más se recorta.

O sea, no tienen ni idea de lo que va a pasar pero vaticinan un 13% de paro para finales de 2019. Más o menos, tres años, que es cuando calculan que convocarán elecciones

miércoles, 9 de marzo de 2016

El manso pueblo español

A la vista del último barómetro del CIS, a uno lo embarga una mezcla de melancolía y depresión. Han sido ncesarios siete años con el paro por encima del 25% para que el 78% de la gente lo vea resignadamente como un problemón. De hacer algo contundente para acabar con esta forma de terrorismo del capital, ni hablar. 

Otros tantos años o más con una corrupción que todo lo ha podrido para que los preocupados lleguen al 47,5%. En cualquier país occidental un personaje como Mariano Rajoy, el de los sobresueldos, el principal responsable de este trinque masivo, de este expolio generalizado de los recursos públicos, organizado por la banda de presuntos chorizos que llaman PP, habría dimitido cien veces y estaría escondido en alguna gruta de los Dolomitas, comiendo raíces. Aquí este hombre, incapaz de hilar dos frases en su propia lengua que no muevan a risa a las vacas de su Galicia natal, es candidato a la presidencia del gobierno y en las últimas elecciones sacó siete millones y pico de votos, aportados por gente a la que han robado, saqueado, estafado y reprimido.

Esto, nos guste o no, es España.

Al mismo tiempo, el mismo pueblo da un índice de preocupación por la falta de gobierno en el país, de un 1,4%. Es decir, al resto le importa una higa quién administre el cortijo. Le da igual que sea uno de estos ladrones que va dando vivas a España y hablando de la gran nación que un mangante que se apropia de los servicios públicos para él y sus amigos al grito de ¡viva el mercado libre! Por cierto, un éxito para los de la teoría de la agenda setting, según la cual los medios determinan de qué se habla. Ya se ve: los medios solo hablan de la formación del gobierno, pero la gente ni se entera.

Igualmente la muy verosímil independencia de Cataluña preocupa a otro 1,4% de la ciudadanía. No por distanciamiento y flema británicas, sino porque no tiene ni idea de lo que eso significa para España, ignora cuanto tiene que ver con Cataluña y los catalanes y, si acaso, los desprecia porque tienen la osadía de hablar en su lengua.

Cuando Miguel Hernández escribió aquello de

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta,

debía de referirse a los vikingos.

martes, 16 de diciembre de 2014

Podemos tiene razón.

No digo en todo lo que polemizan, en los tropecientos y pico asuntos con que les buscan las vueltas, que si la deuda, la jubilación, los impuestos, la nacionalización de la banca, Venezuela o los crímenes de la Mano Negra. Tampoco en su esgrima de alianzas y antialianzas con estos o aquellos. Tanta minuciosidad me supera y expertos tienen los novísimos que los defenderán con denuedo y les buscarán su mejor nicho electoral.

Me limito modestamente al asunto de ese pacto social anunciado con clarines y timbales y escenificado según solemne protocolo con asistencia de los dos jefes sindicales, la devota ministra del ramo y el estadista de la gran nación, presunto receptor de sobresueldos y gran señor de la historia. En concreto, me refiero al rechazo rotundo de Podemos a ese acuerdo. Ya Joaquín Estefanía relativizó su importancia, diciendo que era exagerado llamarlo pacto social. Los de Podemos van más allá y se niegan a admitirlo porque, por principio, rechazan todo pacto social con los partidos de la casta, singularmente ahora el PP, que está desmantelando el Estado del bienestar.

Tiene razón Podemos a mi entender. Pero se queda muy corto o a mí me faltan entendederas. Ese pacto social no es insuficiente o contrario al Estado del bienestar, no. Es simplemente, un toco mocho. Veamos. Los parados de larga duración que cumplan ciertos requisitos recibirán 425 euros mensuales de las arcas públicas durante un periodo fijo. A cambio, firman un compromiso de actividad por el que vienen obligados a aceptar un puesto de trabajo cuando se les ofrezca. El patrón que contrate a una persona en estas condiciones podrá descontarle los 425 euros del subsidio que ya le paga el Estado. Pero, ¿quién es el Estado? Nosotros, los contribuyentes. Somos los contribuyentes quienes pagamos los salarios de los parados en estas circunstancias, no los patronos que, sin embargo, se aprovechan de su productividad. Un toco mocho perfecto: los empresarios contratan mano de obra con nuestro dinero; han socializado los costes laborales. Pero no los beneficios, claro. Hasta a mí se me ocurren diez modos de subvenir a las necesidades de los parados de larga duración sin aumentar por ello la explotación de la gente. 

¿Se entiende por qué se les ha quedado a los dos sindicalistas la cara que se les ha quedado? Sospechan el toco mocho, pero no lo pillan.

¿Se entiende por qué los empresarios dicen que Rajoy es un nuevo Solón?

viernes, 24 de enero de 2014

Mentiras, saqueo y la unidad de la Patria.

Continúa la izquierda discutiendo acaloradamente entre sus múltiples corralillos de qué forma crea un solo, poderoso y unitario frente, capaz de parar la ofensiva neoliberal y recuperar los derechos y las conquistas conseguidos en cien años de luchas y perdidos en dos. Y cuanto más discute, más se fragmenta al grito de ¡unidad!. La mediática irrupción de Podemos, en un baile en el que ya estaban el PSOE, IU, Equo, Izquierda abierta y las candidaturas de las izquierdas independentistas, ha desatado un vendaval de opiniones que, como suele pasar con esta opción política, mezclan asuntos doctrinales con consideraciones prácticas. Llegaremos al momento de la votación con varias candidaturas a la gresca, acusándose mutuamente de no querer la unidad. Y llegaremos nutridos. 

Ayer mismo se especulaba con la posible candidatura del juez Elpidio Silva , al frente de un hipotético movimiento contra la corrupción, parece que apoyada por Democracia Real Ya. Supongo que la idea es la repetición de un Mani Pulite, a la española. Nada de partidos políticos. Este recién llegado al mosaico de la izquierda ayudará poco a la anhelada unidad. Su eje es el personalismo de su símbolo. Lo mismo que en las demás formaciones de la izquierda. Es injusto reducir Podemos a la figura de Iglesias porque eso sucede con los demás. Equo es López de Uralde como Izquierda Abierta es Llamazares e IU Cayo Lara y el PSOE Rubalcaba. Es la personalización de la política, una de las facetas de la sociedad mediática muy americanizada. Otra cosa es que las distintas personas tengan mayor o menor gancho o tirón electoral. Pero como de esto no se habla, los debates de la izquierda sobre la unidad de acción versan sobre cuestiones más abstractas, la movilización, la conciencia, la participación, la hegemonía, el neoliberalismo.

Frente a esta estrategia casi celestial, el gobierno de un partido que ha estado financiándose de modo presuntamente ilegal durante veinte años, presidido por el principal sospechoso de haberla tolerado e incluso de haberse beneficiado de ella, se prepara para coronar su obra de devaluación interna del país (otros lo llaman saqueo y expolio) en los dos años que le restan. Y para acompañar esta tarea con una involución ideológica y en el ámbito de los derechos y libertades.

Es ahora o nunca, compas. El que no se haya hecho rico a base de sobresueldos, comisiones, mordidas, malversaciones, adjudicaciones ilegales o simple mangoneo, tiene aun dos años para intentarlo. Las condiciones no pueden ser mejores: el gobierno, firme; la oposición, en Babia; el Parlamento, silencioso; el poder judicial, acosado; los medios, con una sola voz. Y si, por desgracia, nos pillan, hay seguridad de indulto. La crónica del Reino de España es la crónica penal, desde el borde mismo de la Corona al último alcalde pedáneo.

Una crónica en la cual el gobierno no se atiene a la realidad sino que la crea. Los datos del paro lo demuestran claramente, como los del crecimiento del PIB u otras magnitudes económicas. La mentira es la forma habitual de comunicación de la autoridad. Los hechos, sin embargo, pulverizan las mentiras: el paro ha aumentado en 600.000 personas (sin duda muchas más) con el gobierno de Rajoy y este no ha arreglado la economía en dos años, sino que la ha empeorado. Pero nadie se inmuta. El señor Floriano dice que España se recupera sin que el gobierno haya tocado la sanidad ni la educación. Esta insólita desfachatez viene de la ayuda celestial, gracias a la intercesión de  la Virgen del Rocio y, desde ayer, Santa Teresa de Jesús, reciente fichaje de la Marca España.

En tales circunstancias, pedir a la izquierda que abandone sus personalismos e intereses creados y confluya en un único frente para ganar las elecciones, estas y, sobre todo, las siguientes, es pedir lo mínimo y saber de antemano que es como si se pìdiera lo máximo pues la izquierda no se unirá. 

Y, sin embargo, es un momento crítico porque el conflicto catalán plantea una situación extremadamente delicada. Si la izquierda es incapaz de formular un proyecto de España que pueda llevar a una solución de entendimiento en la que los catalanes se sientan a gusto voluntariamente, tendrá que apoyar el que esgrima la derecha. Y el proyecto de la derecha sí que está claro: unidad, recentralización y españolización. Justo la fórmula para enconar el conflicto. 

O la izquierda se une en torno a un programa mínimo común que incluya una propuesta de reforma de la planta territorial de España que vaya a someterse a consulta de la ciudadanía o la unen marcando el paso tras la unidad de la Patria, impuesta a machamartillo por una parte de ella. La de siempre.

viernes, 24 de agosto de 2012

Estampas del verano. La ministra de empleo es de puro cachondeo.

Aseguro al amable lector que escribir sobre Fátima Báñez después de un consejo de ministros es muy difícil. Hay que empezar por poner mucha atención para entender lo que dice, no porque su concepto sea profundo sino porque, al igual que la otra ministra semianalfabeta, Ana Mato, esta tampoco sabe hablar. Una vez se ha entendido lo que quiere decir es preciso un esfuerzo suplementario para contener la risa porque lo que normalmente dice esta señora son sinsorgadas. Y no se piense que es maldad de Palinuro por hacerle pagar sus esfuerzos. Ni hablar. Es juicio general ya que, como se sabe, es la ministra peor valorada del gobierno si se exclujye, claro, a Wert. Pero eso no quiere decir nada pues doquiera que esté, este pedante reaccionario es el cero absoluto. Se entiende, pues, que el post tiene su curro.
Por otro lado, ¿que podría decir sobre el trabajo y el empleo una mujer que no ha trabajado en su vida, no sabe qué sea el empleo ni el paro? Quien piense que exagero, que vaya a la web de La Moncloa (en enlace está más abajo, en la explicación de la imagen) y vea el currículum de doña Fátima. Desde que terminó los estudios ha estado a sueldo de su partido, desempeñando cargos; es decir, no ha tenido un empleo jamás, no sabe lo que es un horario o un patrón, no ha dado palo al agua. Y, a pesar de todo, habla como quien conoce el asunto, con lo que el desbarajuste es mayúsculo.
¿Y qué dice esta dama, fiel devota de la Virgen del Rocío, en cuyas manos ha puesto los buenos resultados de su gestión que, de momento van siendo catastróficos? Dice que va a subir a 450€ el subsidio a los parados de larga duración con personas a cargo, pero que, para ahorrar, retirará los 400 a todos aquellos jóvenes que vivan con sus padres y ganen cada uno de ellos más de 481€ al mes o 75% del salario mínimo.¿Entendido? Va a dar una limosna a un puñado de personas y va a despojar de sus únicos ingresos con razones torticeras a cientos de miles de jóvenes.
Se entiende por qué la derecha está siempre defendiendo la familia con uñas y dientes, incluso cuando nadie la ataca. Quiere que actúe como "colchón" (la expresión es de Báñez) para amortiguar la necesidad del parado. Es decir, quiere la familia para desmantelar el Estado del bienestar y hacer que los subsidios de estos los sufrague la caridad pública y la beneficencia de Ejército de Salvación. O la Virgen del Rocio que, al parecer, hace unas patatas viudas de chuparse los dedos.
Que sea ministra de algo una persona sin conocimiento teórico alguno ni experiencia práctica de aquello que administra no es tan extraño en este gobierno. Lo mismo pasa  con la ministra de Sanidad, el de Educación, el de Asuntos Exteriores, el de Medio Ambiente, etc. Son todos nombramientos personales de Rajoy entre sus amigos, allegados y enchufados; no entre la gente más competente. En concreto, esta Fátima Báñez pasa el tiempo  matando marcianos en la red y zascandileando en inernet y como esta es muy complicada para sus entendederas, de vez en cuando mete la pata y organiza una irrisión o una irritación generales, según el tipo de metedura de pata. Cuando presume como los niños de haber conseguido una puntuación muy alta en algún jueguecito de marcianos, dan ganas de reír. Cuando remite a un diario tan carcunda como ella información secreta que debiera custodiar pero que sustrae a su dueño y difunde ilícitamente, uno se pregunta por qué no se la ha destituido ya.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

miércoles, 15 de agosto de 2012

Los 400€ y el aborto.

Hay claros indicios de polarización de la sociedad española. Lejos de apaciguarse, la vida pública se ha crispado más con el triunfo electoral de los conservadores. Apoyados en su mayoría absoluta por un lado y en la crítica situación del país por el otro, han creído que podían aplicar un programa de reformas profundas, radicales, impopulares, sin preocuparse de la oposición. Un error. Esta es una sociedad muy compleja, capaz de detectar cuándo la oposición parlamentaria es irrelevante y de articular otra sustitutoria en la calle.
La derecha insiste en que la oposición debe hacerse en el Parlamento. Sin embargo, aparte de que el propio gobierno lo ignora y actúa a base de decretos-leyes, se da el hecho, más que simbólico, de que la oposición real esté en la calle. Cada vez más. Y no por los manejos de las minorías parlamentarias, sino porque nace en ella de modo espontáneo, según los distintos sectores sociales articulan su respuesta ante los ataques que reciben por las políticas restrictivas del gobierno.
Un inciso respecto a las políticas restrictivas. Son más que eso. Son una verdadera contrarrevolución o, cuando menos, involución en materia de educación, derechos de las mujeres, de las minorías en general, laicismo, derechos de los trabajadores, justicia social, servicios públicos. Quieren una España más ignorante, más sumisa, más religiosa, pobre y obediente. Y a callar, o a ver TVE que viene a ser lo mismo.
La polarización se ha agudizado en los últimos días. El gobierno pretendía extremar la dureza de sus ajustes privando a los parados de larga duración del subsidio de 400€. Todo el mundo le avisó de la posibilidad de un estallido social y por fin lo hubo, de alcance limitado, pero como la chispa que puede prender el fuego. Como decía Sánchez Gordillo, Les hemos metido el miedo en el cuerpo. En efecto, así ha sido.
Y ¿por qué había de asustarse tanto el gobierno por una especie de pequeño motín mujy disciplinado, nada comparable a las banlieus francesas, ahora mismo en Amiens, por ejemplo? Porque trae información en la recámara. Sabe que, a partir del 1º de septiembre, cuando entre en vigor el alza del IVA, todo se encarecerá mucho y la gente tendrá que salir adelante pagando más con menos ingresos, cosa que no va a contribuir a la paz social.

Por otro lado, la derecha tampoco da cuartel en los otros aspectos de la vida, la educación (ya prácticamente sometida al Concilio de Trento), la sanidad, empobrecida y en vía de extinción, la igualdad de derechos con independencia de la opción sexual de cada cual (¡cómo se resiste a morir el viejo desorden!), el aborto.
El aborto, cómo no. La bestia negra de la iglesia católica, lo que fomenta el radicalismo de los grupos provida que, a veces, reivindican su objetivo a bombazos, la raya de lo tolerable, la condena eterna, la maldición divina.
De tal modo obnubila el juicio de la derecha el aborto que hasta personas ecuánimes pierden el oremus al enfrentársele. El magistrado Ollero, miembro del Opus Dei y ex-diputado del PP (el partido que presenta el recurso ahora pendiente de la decisión del Tribunal Constitucional) no cree que deba inhibirse de entender en la causa. A Palinuro los dos datos se le antojan causa bastante de inhibición si no a instancia de parte, de oficio. Cree Palinuro que la pertenencia a sectas religiosas no es compatible con la condición de magistrado. Naturalmente, el punto fuerte del argumento es si el Opus es o no una secta. Palinuro así lo cree pero, no queriendo derivar el asunto a una controversia colateral, se aferra a la idea de que el hecho de ser antiabortista militante en el seno del partido cuyo recurso está por resolverse es motivo de inhibición.
Ollero no puede aducir una sola razón en favor de seguir entendiendo en la causa, salvo el acto de fe de que un antiabortista militante va a mutar en un juez ecuánime e imparcial en asunto de aborto porque sí. Es más, que Ollero haya intentado curarse en salud afirmando que no ve razones para inhibirse demuestra a las claras que las hay y son muy poderosas; la primera de todas que eso no se hace por elegancia. Ollero falta a todas las normas de la cortesía procesal cuando, ante el surgimiento de la más mínima sombra de duda (y esto no es una sombra sino una tiniebla) debiera haber delegado en sus colegas de sala la decisión sobre si convenía que se inhibiera o no. No lo ha hecho lamentablemente. Pero, antes de embarcarnos en otra interminable cuestión llena de sofismas, hay un modo por el que Ollero puede fortalecer algo su muy debilitada posición: que consulte a los otros magistrados de la sala si creen que debe seguir o inhibirse. Si no lo hace, la sentencia del Tribunal, de producirse en estos términos será particularmente nociva, cuanto que no cabe recurso contra ella. Lo que salga del Constitucional será el aborto de ahora en adelante en España. Por eso debe inhibirse el magistrado Ollero. No puede juzgar como juez lo que defendió como político.
(La imagen es una foto de La Moncloa en el dominio público).

martes, 8 de noviembre de 2011

Contra la corriente.

Con razón no quiere la derecha que haya debates televisados entre los dos dirigentes de los partidos mayoritarios. Los cinco que ha habido en España lo han sido con gobiernos del PSOE. Cuando manda el PP no hay debates y cuando cree que puede mandar, tampoco. A punto hemos estado esta vez de quedarnos también sin él. No gusta a la derecha el diálogo. Prefiere el monólogo y, a ser posible, sin preguntas, que es como Rajoy entiende las ruedas de prensa en la era de la política 2.0.

Pero ha habido debate y ha quedado claro que, por más trabas que se pongan, por mucho que se edulcore la imagen, se oculten las intenciones y se quiera sacar algo de donde no hay nada, al final se ve quién tiene algo que decir y quién no quiere (o puede) decir nada. Según algunos Rubalcaba cometió un error estratégico en los primeros veinte minutos por hablar como si diera a Rajoy por ganador. Eso sólo pueden decirlo los que creen que a los debates no se va a debatir sino a soltar soflamas como una carraca. Sería estúpido que Rubalcaba ignorara que entraba en la arena con una desventaja de 15 puntos porcentuales en intención de voto, es decir, que nadaba contra la corriente de opinión.

Pero vamos a lo que importa, a los asuntos de contenido. Rubalcaba probó ser un dirigente moderno, con experiencia, impuesto en los temas de que habla y capaz de exponerlos sin chuletas a la vista. Es decir, llevaba el debate bien preparado a pesar de que el día anterior anduvo de mítines y sin encerrarse a ensayar nada. Es espontáneo, directo, tiene las cosas muy rumiadas, huye de la retórica y aporta ideas.

Enfrente tuvo a un buen hombre al que el destino ha puesto en un lugar que le viene grande, que carece de recursos, que no sabe los temas ni tiene respuestas claras para los problemas y cuyo refugio es una retórica huera. Todo lo llevaba en los papeles, que leía como un doctrino y eso que se pasó el domingo preparando el debate. Se entiende muy bien porqué los responsables de comunicación de su campaña no quieren que responda preguntas de los periodistas. Simplemente, no sabe qué decir. Salvo lo que lleva cuatro años repitiendo, una especie de jaculatoria que parece un monólogo para besugos: el mayor problema es el paro; para acometerlo, hay que crear empleo; para crear empleo hay que cambiar el gobierno y ponerlo a él, que se compromete a crear empleo para así acabar con el paro. Profundo, ¿eh? Pues esa es la receta que aplica a todo, a la sanidad, la educación, las pensiones y ¡hasta el paro! Reténgase bien: para acabar con el paro hay que crear empleo.

Rubalcaba hizo propuesta sobre propuesta y, de paso, pero con insistencia, reveló la doble cara de las de Rajoy, haciendo hincapié en la contradicción entre lo que dice éste y lo que dice su programa. Una contradicción tan flagrante que hasta el previsible y reiterado bombardeo con las cifras del paro quedó en nada.

Pero el momento decisivo de la noche fue el de las políticas sociales. El candidato socialista enumeró la larga lista de las del PSOE (igualdad de género, matrimonios homosexuales, dependencia, etc), señalando que todas habían contado con la oposición del PP. La respuesta de Rajoy fue no tratar ninguna de ellas (excepción hecha de los dichos matrimonios y para justificar su oposición) y, como no podía quedarse callado, optó por leer unos folios que correspondían al primer momento, el de economía y trabajo. Ya solamente esta huida por la tangente le hizo perder el crédito que le quedaba tras haber estado esquivando cuerpo en los comprometidos asuntos de la sanidad y la educación, en donde su partido lleva años haciendo lo que él niega que vaya a hacer con tanta sinceridad como conocimiento de causa.

Una cosa son los debates y otra el juicio que merecen y que suele emplearse luego en pro de la causa que se esgrime. Todos esos sondeos que dan ganador a Rajoy por una horquilla entre cinco y siete puntos porcentuales probablemente reflejan el espíritu que subyace a los famosos quince puntos de diferencia en las encuestas y están lastrados por la fuerza de la inercia. ¿Que quién ha ganado el debate? Obvio: el que va ganando en intención de voto. Bien, Palinuro cree que el debate lo ganó Rubalcaba sin sombra de duda y contra la corriente, y cree también que hasta los sondeos que lo dan por perdedor, al hacerlo por menos de la mitad de los puntos de diferencia en intención de voto, significan que lo ha ganado. Y me apuesto algo fuerte a que se ha reducido mucho la cantidad de indecisos. En su partido deben de estar orgullosos de él, que se lo ha ganado a pulso. A ver si ahora él puede estar orgulloso de su partido.

Supongo que hoy se conocerán los índices de audiencia del programa que, como dijo Campo Vidal, fue planetario. Será interesante conocerlos para aquilatar la propuesta de Cayo Lara horas antes del debate de que lo mejor que podía hacer la gente era apagar el televisor e irse de copas. No sé si él habrá hecho lo que aconseja a los demás pero, si ha sido así, se ha perdido un muy enjundioso intercambio de pareceres sobre la cosa pública, acerca de la que también él opina. Hubiera podido comprobar cómo, en contra de lo que dice, Rubalcaba y Rajoy no son lo mismo ni dicen lo mismo ni mucho menos. Claro que a lo mejor por esto aconsejó no encender el televisor.

(La imagen es una captura del vídeo que trae Público.)

viernes, 30 de septiembre de 2011

La doctrina del tiburón.

Hace un par de días Palinuro señalaba que el programa del PP para las próximas elecciones ya no está oculto pues distintos altos dirigentes, empezando por Rajoy, así como presidentes de Comunidades Autónomas lo han ido desgranando poco a poco en dichos y hechos. Por si eso no fuera suficiente, ayer en los desayunos de TVE Cristóbal Montoro formuló la teoría que justifica ese programa. Es una teoría clásica pero, al tiempo, contradictoria, confusa, porque en realidad no es una teoría, sino una fórmula depredadora de carácter ideológico que pretende acabar con el Estado del bienestar en beneficio del capital. Su núcleo es la afirmación de que no es el Estado el que garantiza el bienestar.

El Estado del bienestar se llama así porque se basa en la convicción de que la educación, la salud, la vivienda y las pensiones son derechos de los ciudadanos. Derechos, no mercedes. Como Montoro no puede ignorar que sólo el Estado garantiza derechos en nuestra sociedad, pues es su función, la única forma de entender su afirmación es que no considere que la educación, la sanidad, la vivienda y las pensiones sean derechos. En el fondo, en efecto, tal cosa es lo que los conservadores creen, que no son derechos, sino que dependen de la buena voluntad de los acaudalados, de su caridad, de lo que la portavoz socialista Elena Valenciano llama la beneficencia.

El ataque al Estado del bienestar es, en el fondo, el ataque a la misma condición de ciudadanía en cuanto titularidad de derechos, de acuerdo con la celebrada teoría de T. H. Marshall que consideraba alcanzada la ciudadanía plena cuando estuvieran garantizados los derechos civiles, políticos y sociales, siendo los últimos, por supuesto, los mencionados más arriba. Despojar a los ciudadanos de los derechos sociales equivale a despojarlos de su condición ciudadana, reconvertirlos en súbditos, incluso siervos, sin derechos, a merced de la la ley del más fuerte.

Dada la conciencia moral de la época, esto no se puede decir, por lo que Montoro se enreda en una explicación confusa, embrollada, que deja aun más patente que su doctrina es la del tiburón. Su visión del bienestar no se formula en términos de derechos (que son quiméricos) sino de rentabilidad y eficiencia económica, que quiere ser una mentalidad práctica, la tecnocrática de toda la vida: habrá bienestar si hay con qué pagarlo, esto es, el bienestar dependerá del empleo y de la renta. A primera vista, nada que objetar. Si no hay dinero, no habrá con qué atender a los gastos de los derechos sociales. Y ¿quién garantiza que haya empleo y renta? De eso es de lo que tiene que ocuparse el gobierno, dice Montoro; es decir, el Estado. Pero tal cosa es contradictoria con el pensamiento liberal que anima a Montoro y el conjunto del PP, según el cual, el empleo y la renta son cosas del mercado. Era Keynes quien decía que dependen de la acción del Estado y por eso tituló su obra fundamental Teoría general del empleo, el interés y el dinero. Punto básico de la doctrina del Estado del bienestar: es la intervención del Estado la que debe garantizar el pleno empleo.

¡Ah, pero el Estado del bienestar, en crisis desde 1981, dice Montoro, es una pesada maquinaria de despilfarro y mala gestión! El Estado del bienestar según la doctrina liberal es el principal responsable de su propia crisis. Para resolverla hay que conseguir que los servicios públicos se gestionen con eficiencia de empresa privada y, como esto es algo que el Estado no puede hacer (ya que no es una entidad con ánimo de lucro), lo mejor es privatizarlos y que el Estado se encargue de poner las condiciones para que, mediando el empleo y las rentas, las gentes tengan después con qué pagarse esos servicios. Dado que Montoro debe de ser buen cristiano, está dispuesto a hacer excepciones con algunos sectores especialmente vulnerables, como los ancianos o los jóvenes sin recursos. Los demás, a los tiburones del mercado.

En su contradicción, la teoría es depredadora: se despoja a los ciudadanos de los derechos sociales y, por lo tanto, se exime al Estado del deber de garantizarlos. El Estado se concentrará en asegurar el pleno empleo y la renta y de lo demás se encargará el mercado, en donde las necesidades educativas, sanitarias, de vivienda y pensiones de la población serán la base de pingües negocios de las empresas privadas que así garantizarán la vuelta a la sociedad de la abundancia. Si acaso el Estado habrá de subvencionar a esas empresas para que puedan atender con eficiencia privada aquellas necesidades. Es una especie de crudo neokeynesianismo que consiste en poner el Estado no al servicio de los ciudadanos sino de la valorización del capital. Y eso, obviamente, no será despilfarro.

El mucho sufrimiento que la doctrina del tiburón provoca no hace ésta menos inepta. Lo que está en crisis desde los años ochenta no es el Estado del bienestar sino las fórmulas neoliberales que vienen aplicándose desde entonces para desmantelarlo, y que han conducido a este desastre en el que nos encontramos.

(La imagen es una foto de hermanusbackpackers, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 24 de septiembre de 2010

De la huelga

Asegura el Publiscopio, la encuesta ocasional que hace Público, que el 54 por ciento de los ciudadanos dice que hay razones para una huelga general. Pero sólo un 20 por ciento afirma que irá a ella, en lo esencial porque no servirá para nada. De donde los expertos concluyen que los ciudadanos no son un prodigio de coherencia. Pero también puede haber motivaciones que dejen a salvo la coherencia porque el mundo no es en blanco y negro sino muy colorido.

Los sindicatos están en una posición desventurada. Han hecho todo lo posible por no ir a la huelga y, al final, han tenido que hacerla a regañadientes y tarde y más que han tardado convocándola con tres meses de antelación. Así resulta que Francia lleva ya cinco huelgas generales de ventaja. Además de ir a regañadientes, los sindicatos desconfían de que salga ni medio bien y temen que eso revele las vergüenzas de su falta de apoyo. Y si los que la convocan no creen que salga, ¿cómo animan a los convocados a ir a ella? La proclama huelguista se dirige sobre todo a los trabajadores de tipo tradicional, los llamados de "cuello azul", o sea, de mono, en una sociedad en la que estos son una minoría menguante, aproximadamente la mitad de los trabajadores del sector servicios, que son de "cuello blanco" y que no se sienten convocados. Los sindicatos debieran interpelar a toda la sociedad porque, en principio, es ella la agredida en su inmensa mayoría por unas políticas de ajuste neoliberal que no respetan ningún tipo de rentas, salvo las de la banca y algunas, pocas, grandes empresas.

La derecha está que echa las muelas en contra de los huelguistas, los sindicatos, los liberados y, ya de paso, la normativa laboral en su conjunto. Insulta, denuncia y agrede. Quiere poner fuera de la ley a los sindicatos. Es curioso porque, con motivo de la primera huelga general en 1988, también contra un gobierno socialista, la derecha vio la ocasión de atacarlo y animó a los huelguistas hasta el punto de sostener que los sindicatos podían llegar a ser el verdadero partido de la oposición al odioso felipismo. En esta ocasión parece que el instinto de clase ha prevalecido sobre la conveniencia política. ¿A dónde vamos a llegar así? Los obreros, al tajo y a callar.

A su vez el Gobierno, muy dolido de que il fratello sindicale le juegue esta mala pasada, parece tener una de sus habituales crisis de ansiedad que se manifiestan en que su presidente dice una cosa y la contraria con el mismo aplomo aunque ante gentes distintas, de momento. En la ONU alza la bandera de la Tasa Tobin, que es la reivindicación de Attac, es decir, razona como un altermundista. Al día siguiente se reúne con los tiburones de Wall Street y les jura que su gobierno dejará el déficit en el 3 por ciento del PIB en 2012, todo el mundo intuye cómo, a lo neoliberal, para entendernos. Y un día después, recién llegado al suelo patrio, se siente socialdemócrata y anuncia que hay margen para ampliar un poquito el gasto público y, con mayor contundencia redistributiva, pone en marcha un aumento de la carga fiscal de las rentas superiores a 120.000 euros, exactamente la medida de la que una semana antes había dicho (él mismo o algún ministro) que ni se consideraba. El Gobierno quiere probar a los sindicatos que huelgan contra los suyos, contra la izquierda. Y que, por lo menos, se les quede mala conciencia.

La patronal no pierde paso de oca y, tras haber empujado a los sindicatos a la huelga, ahora quiere que fracase para tenerlos a su merced. Es más, cree necesitarlo porque teme o dice temer que, si la huelga triunfa, el Gobierno, para congraciarse con los soviets, podría ponerse a nacionalizar empresas o hasta la banca. ¿De dónde, si no, saldría el dinero para realizar esa reclamación permanente de una banca pública? De expoliar a la privada. Por eso han lanzado a la muchachada mediática a linchar a los sindicalistas.

La Iglesia ha hecho mutis salvo en algún caso en que lo que ha hecho ha sido un ridículo celestial con ese obispo del Sur que salió defendiendo la huelga y acto seguido hubo de desdecirse. La huelga es un invento demoníaco que saca al honrado trabajador de sus casillas y le hace creerse igual al patrono.

Vistas las cosas mi opinión personal es que la huelga es justa. El Gobierno sólo cede ante las presiones (y, ante las presiones, cede) y el único modo de presionar que tienen los trabajadores es la huelga, como en general todos los ciudadanos ordinarios. La otra forma son las elecciones, pero sólo funciona cada cuatro años y no es posible matizar como cuando se hace una huelga a un gobierno al que, sin embargo, se vota. Los otros, los clanes, las jerarquías, los consorcios, los monopolios u oligopolios, las grandes fortunas, los estamentos poderosos pueden presionar de mil maneras. Sin descartar la huelga (generalmente llamada “cierre patronal”) como se muestra en la famosa novela de Ayn Rand, La rebelión de Atlas en la que hacen huelga, entre otros, los capitalistas, los banqueros, los grandes filósofos y otros personajes de similar alcurnia.

Debieran hacer huelga todos los ciudadanos, incluidos muchos políticos. Carece de sentido que la señora Aguirre o el señor Camps, quienes habitualmente desobedecen o tergiversan las leyes de las Cortes, no aprovechen la ocasión para ponerse en huelga contra el Gobierno central.

Es lo que pasa, que en esta huelga o frente a ella, hay mucho instinto de clase. ¿Cómo se atreven los trabajadores a plantarse cuando hay casi cinco millones de parados a los que también gustaría hacer lo mismo? ¡Servicios mínimos máximos!