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domingo, 28 de junio de 2015

Punk: la arqueología de la indignación.

El movimiento del 15M, que Podemos considera su padre putativo, nació a su vez del de los indignados. Fue este un estallido repentino de ira colectiva; pacífica, pero ira, que tomaba nombre de un panfleto publicado a comienzos de los noventa por un nonagenario francés que, recordando su juventud rebelde, trasmitía la consigna Indignez-vous! Y la gente la siguió, se indignó, se arremolinó, acampó, dio lugar al 15M y de este, surgió, según parecer muy extendido, aunque no unánime, el partido de los círculos. Podemos sería el partido que canalizaría la indignación.

La indignación, el significante autorreferencial, como dirían los teóricos de Podemos, se convirtió en la noticia de moda, el tema de columnas y análisis de los medios, el objeto de seminarios y grupos de trabajo y comienzo de una nueva taxonomía. Los ciudadanos no solo se dividían en izquierdas y derechas, creyentes y no creyentes, nacionalistas de aquí y nacionalistas de allí, sino también en indignados y no indignados. La nuestra es la era de la indignación frente a la indiferencia y la resignación de las épocas anteriores. Lo nuevo era indignarse.

O quizá no tan nuevo. No hay nada nuevo bajo el sol. Los indignados heredan planteamientos, actitudes, señales, formas y fondo del movimiento punk, que explosionó en los años setenta como una llamarada muy intensa en el campo de la música, sobre todo, pero también de las demás artes, de la contracultura y la política radical, generalmente extraparlamentaria. Solo la imagen de Jordi Colomer, de 2006, que ilustra el post de hoy, con el coche con el enorme letrero: "No? Future!", directamente traída del punk, es un puente con la idea frecuentemente expuesta de los indignados de no disponer de futuro.

La exposición sobre el punk que alberga el Centro de Arte Dos de Mayo, de Móstoles, llamada PUNK. Sus rastros en el arte contemporáneo, comisariada con gran acierto y sabiduría por David G. Torres, al abordar el interesante tema de la huella del punk en el arte de hoy, apunta en el sentido expuesto más arriba aunque, obviamente, no de su finalidad.
 
El estallido repentino del punk, como reacción airada frente al conformismo y la autocomplacencia en que había acabado la  contracultura de los sesenta y el movimiento hippy, tenía precedentes. En la exposición aparecen referencias continuas a los situacionistas, muy escasas al surrealismo y muy abundantes al Dada, del que, obviamente, recogían le insistencia en la provocación y el asalto a los valores establecidos y, por supuesto, al anarquismo, con mención expresa a la revista ácrata británica, Black Flag, una de las primeras en impulsar el movimiento. El punk era la reacción airada a la civilización de la alienación, el consumo, la superficialidad, la explotación y el mal gusto. Que se enfrentara al mal gusto burgués y antiburgués mediante prácticas de mal gusto solo prueba que el movimiento es coherente. Y su influencia posterior, la pieza Das Kakabet (2007), del grupo Gelitin, compuesta por una serie de ñordas humanas reales, así lo prueba.
 
Esa reacción venía alimentada por otra indignación anterior, la de los llamados jóvenes airados, cuya muestra más representativa fue la obra teatral de John Osborne, mirando atrás con ira, de mediados de los cincuenta. La generación de la posguerra, la de los Hijos de la ira. La cosa viene de bien atrás. El mismo coche de Colomer, con su anuncio de neón, nos remite a la estética de otro movimiento que también ejerció su influencia, aunque de forma sutil, la generación beat.
 
De todas ls influencias, sin embargo, quizá la más acusada sea la de los situacionistas. En la visita se aprecia cierto culto por la figura de Guy Debord. Notable el ladrillo envuelto entre la portada y la contraportada de la Sociedad del espectáculo (obra del grupo Claire Fontaine, en 2006). El libro como arma arrojadiza. El recuerdo de la primera película de Debord (1952), Aullidos en favor de Sade, ya nos sitúa en ese terreno de indignación e ira. Puestos a buscar antecedentes ilustres, hasta Alfred Jarry aparece en algún lugar. La patafísica, el Dada, el letrismo, el surrealismo, el situacionismo, los jóvenes airados, la generación beat, mayo del 68, los hippies, los provos, el punk, los indignados. Todo el siglo XX y lo que va del XXI es una una sucesión cíclica de indignación, conformismo, nueva indignación.
 
La exposición es muy completa y trae desde piezas históricas de Michel Basquiat, Chris Burden, Jamie Reid, Eulàlia Grau o Valie Export hasta cosas de ahora mismo, de Pepo Salazar, Mario Espliego, el estupendo vídeo de Federico Solmi, Democracia china, Antonio Ortega. Hay una gran presencia de artistas vascos y catalanes en la estela punk. De los tiempos intermedios, los noventa y primer decenio de 2000, abundancia de obras de Martin Kippenberger, Raymond Pettibon, Mike Kelley o Paul McCarthy. Dicen que el punk museizado pierde. Como todos los estilos artísticos. El origen situacionista no lo hace más vulnerable a la descontextualización que el rococó, por ejemplo. Aun así, la visita a la exposición es una experiencia abrumadora porque a la variedad de soportes materiales con mezcla de imagen y sonido para hacer justicia al ruidismo del punk, se une la habitual intención provocadora de las piezas. Como la autoridad española aplique a rajatabla la ley mordaza, van a tener que cerrar la exposición, plagada de aparentes incitaciones a la violencia, enaltecimientos del terrorismo y los atentados, insultos a la dignidad de las más altas instituciones del Estado. La reina Isabel II con nariz de payaso en los billetes de cinco libras, el vídeo prohibido del asesinato de Kennedy, las imágenes del septiembre negro de Munich en 1972, los atentados a los aviones.
 
Que parte de la violencia así representada sea la que los propios artistas han sufrido directamente (autorretratos de los autores tras haber recibido palizas) da algo que pensar acerca del fondo del mensaje en general que, por lo demás, tiene un contenido poético. El famoso autorretrato de Gavin Turk, (2000), representando a Sid Vicious de los sex pistols, en la pose de Elvis Presley que reprodujo el también famoso cuadro Andy Warhol es como la quintaesencia del punk al día de hoy, como el vídeo de Christian Marclay (2000), Guitar drag, en el que escenifica una consigna punk típica, ¡Matad vuestros ídolos!
 
El nombre punk parece proceder del insulto que Clint Eastwood dedicada a un pringao asaltatiendas en una película de la serie de Harry el sucio. El insulto se consagró como un estilo a través de algunas tiendas de ropa y locales londinenses (la famosa tienda Sex, de MacLaren y Westwood en Londres) que rompían con la edulcorada estética hippy y, sobre todo, la fulgurante aparición del grupo inglés de rock, Sex Pistols, que duró poco más de dos años y el más estable neoyorquino de los Ramones, por el que Palinuro confiesa debilidad. Más estable porque duraron dos decenios, pero en mitad de una verdadera guerra entre ellos, como buenos punks.
 
Música, atuendos, estilo de vida, provocación permanente, ataque a lo establecido, muchas veces a través de la técnica típicamente situacionista del détournement, alterando el significado de las representaciones, cambiando el discurso de los protagonistas. Parece como si el punk se concentrara en las apariencias y así hasta lo propugna. Pero, dada su desvergonzada falta de lealtad al sistema, ni esto se puede tomar en serio.  El punk aparece obsesionado con un elevado grado de exigencia hacia sí mismo. Y el contenido también es esencial: la pieza de Antonio Ortega para decir algo la primera premisa es tener algo que decir (2014), entronca con un célebre cuadro de Salvator Rosa de 1640. La exigencia es completa en el paso de la teoría a la práctica. No basta con predicar que den por culo al sistema. Hay que hacerlo, lo cual es otro asunto.  La prevención punk es total y trae un aroma de mayo del 68: no confíes en nadie mayor de treinta años.
 
Forma explositiva y fondo de crítica revolucionaria, sin concesión alguna, resuelven el generalmente insufrible debate sobre el sujeto de la acción mediante una recomendación práctica que equivale a la fórmula de la emancipación del individuo: la técnica del artista -y todos lo somos- es el DIY, el Do It Yourself, "hazlo tú mismo". Gran parte de la producción punk son grafitti, octavillas, performances callejeras, aprovechamiento de residuos. Cosas al alcance de todos con las que es posible subvertir el orden cotidiano.
 
La relación entre el punk y el feminismo es especial porque este último se impone con mayor éxito por la naturaleza provocadora del arte. La provocación realizada por hombres es mejor asimilada en la sociedad que cuando lo es por mujeres. No bastaba en los sesenta con poner en marcha una sociedad para la castración de los hombres, (Society for Cutting Up Men, SCUM), como hizo Valerie Solanas. Había que pasar a la acción y Solanas vació un revólver en Andy Warhol. El tratamiento que Chiara Fumai hace del caso Solanas y su manifiesto bajo el lema de un hombre artista es una contradicción en los términos, pone de relieve la ambigüedad de la interpretación del episodio. Y, por supuesto, la presencia de las Gorilla Girls todavía afianza más la idea de que, como todo lo punk, el feminismo punk es especialmente incisivo y crítico.
 
Muy original exposición. Quien quiera saber más del punk, que se asome a Greil Marcus (1989), Rastros de carmín. Una historia secreta del siglo XX. Barcelona: Anagrama. El libro está escrito antes de la explosión de internet. Con esta, el punk, convertido en ciberpunk, se expande, se viraliza. El photoshop es el campo de maniobra del punk.