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domingo, 18 de diciembre de 2016

Vuelve la trampa saducea

Prefiero esta expresión antes que la manida referencia al lampedusismo de esta propuesta de reforma. Sí, la expresión que revitalizó Torcuato Fernández Miranda al inicio de la Transición. Porque esta iniciativa de poner en marcha una reforma de la Constitución vigente es como una máquina del tiempo. Nos lleva hacia atrás. Y a cometer los mismos errores que en la Transición.

En efecto, el primero de todos fue aceptar que unas Cortes elegidas como ordinarias, se autodesignaran constituyentes, sin un mandato popular expreso en ese sentido. La Constitución fue obra de un cuerpo legislativo no constituyente sino constituido y de acuerdo, parcialmente, con una legislación que él mismo derogaría. El poder constituyente de aquellas Cortes era el franquismo y así puede verse en la edición príncipe de la Constitución, que luce el escudo franquista. La situación es muy parecida. Unas cortes elegidas el pasado 26 de junio en unas elecciones generales ordinarias se autodeclaran constituyentes por cuanto encaran la reforma de una Constitución que, según ella misma admite y regula, puede ser total sin que ninguno de los partidos llevara este propósito en su programa. Es decir, como las Cortes de la transición, abordan una acción para la que están legitimadas, desde luego, pero para la que no tienen un mandato expreso del pueblo. Ese en el que, según se dice, reside la soberanía.

El debate puede iniciarse, máxime si, como según parece, ya han acordado sus límites los dos partidos dinásticos. No servirá para gran cosa, salvo para tener entretenidos a los medios y los auditorios con cuestiones bizantinas y soslayar los problemas reales e inmediatos, el primero de los cuales es la llamada cuestión catalana. Desde el momento en que el referéndum y la autodeterminación quedarán excluidos, los independentistas perderán interés en la quisicosa y proseguirán con su hoja de ruta, cuya realización hará saltar por los aires la reforma por irrelevante. También fuera, según parece, queda la conservación de la Monarquía frente a la reivindicación republicana. Otra exclusión que también afecta a Cataluña porque el independentismo es republicano. Y de tocar el estado de privilegio de la Iglesia católica, de Estado dentro del Estado, ni se mencionará.

La reforma de la Constitución es hoy necesidad sentida por todos los partidos, incluido el PP, cuya respuesta a la iniciativa reformista fue siempre negativa, a pesar de tratarse de un texto que un buen puñado de sus fundadores rechazó en la votación originaria. Se quiere una reforma cosmética, que no afecte a los cimientos de la Constitución, que se limite a tocar aspectos parciales como el Senado, el régimen autonómico, quizá el sistema electoral, el título relativo a derechos y algunas cosas más.

Sin embargo, la actual crisis institucional parece exigir una reforma de mayor calado porque lo que está en cuestión, precisamente, son los fundamentos de la Constitución. Sería mucho más práctico y honrado con los ciudadanos disolver estas Cortes y convocar elecciones constituyentes, a las cuales los partidos presentaran sus programas específicos de reforma constitucional. De modo que ningún partido ni propuesta se vea sometida a la trampa saducea de rechazar una reforma por la que sin embargo aboga.

Esa convocatoria cogería al PSOE en el marasmo. Pero podría recomponerse rápidamente si la izquierda fuera capaz de ponerse de acuerdo en un programa electoral que incluyera la plurinacionalidad del Estado y la forma de ponerla en práctica, empezando por la realización de un referéndum contra la cual no hay razones válidas. Si, además, vamos al referéndum sobre República/Monarquía y la situación de la Iglesia, miel sobre hojuelas.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Reforma o revolución

Aquí, mi artículo de hoy en elMón.cat, titulado "Café pa tós" una altra vegada. Versa sobre cómo se ha celebrado el aniversario de la Constitución de 1978 de una forma peculiar: en Cataluña, más de 300 municipios han considerado que no había nada que celebrar y un par de cientos de patriotas españoles, con la bicolor a cuestas, se han paseado por alguna céntrica calle de Barcelona. En España todos los que la celebran piden su reforma y algunos hasta su derogación. Incluso Rajoy y el PP admiten la posibilidad de que este texto sacrosanto (en contra del cual votaron sus predecesores ideológicos franquistas) se revise siempre y cuando sea por la mínima y sin abrir expectativas peligrosas que, para la derecha, son todas. Así pues, la reforma de la Constitución que ayer se celebró es deseo generalizado. Mi artículo sostiene que esa repentina fiebre reformista, azuzada en buena medida por el inesperado renacimiento de una conciencia nacional andaluza que, como el Guadiana, aparece de vez en cuando, lo que busca es enredar otra vez a los independentistas catalanes con una actualización del bonito cuento de federalismo. Desde el momento en que la Constitución blinda el Concierto vasco y el Convenio navarro pero deja la financiación de Cataluña al régimen común, hay dos conclusiones evidentes: a) fiscalmente hablando, Cataluña está fuera de la Constitución porque: b) es evidente que la pretendida igualdad de las personas y las tierras de España es una falsedad mientras existan los dos regímenes de privilegio vasco y navarro. A Cataluña no le interesa una reforma de la Constitución española, sino realizar un referéndum de autodeterminación y, si sale independencia, proceder en consecuencia. Porque eso es una revolución.

La versión castellana del artículo:

Café pa tós otra vez

El fallo más grave del llamado “Estado de las Autonomías” de la Constitución de 1978, cuyo aniversario se celebró ayer en España fue la generalización del régimen autonómico en condiciones de igualdad en todo el territorio español. La justificación, formulada por el entonces ministro adjunto para las Regiones, el andaluz Clavero Arévalo, fue que hubiera “café para todos”. La Constitución preveía un régimen extraordinario para Cataluña, el País Vasco y Galicia y un régimen común para el resto de los territorios, en la línea de la Constitución de 1931 y a semejanza de la vigente Constitución italiana de 1947. Pero la insistencia de Andalucía en ser tratada en igualdad de rango con las “nacionalidades históricas” (perífrasis de “nación” en el ánimo del legislador), movida por el PSOE y tácitamente aceptada por la UCD, la derecha de entonces, dio al traste con la intención del texto. Fue entonces cuando se impuso la idea de un régimen uniforme de autonomía para toda España, el “café para todos”.

De ese modo, al convertirlo en un problema de “todo el Estado”, se frustraba la pretensión original de las naciones catalana, vasca y, en menor medida, gallega de conseguir un tratamiento diferenciado en el seno del Estado español. Era una política de uniformación que todavía se quiso endurecer más con la extinta LOAPA (Ley Orgánica de Armonización de los Procesos Autonómicos), de 1982. “Armonización” era un término menos violento que la Gleichschaltung que aplicaron los nazis en Alemania pero compartía su espíritu: poner a todos al mismo nivel.

A esa doctrina igualadora, uniformadora, llamaban los glosistas, comentaristas y panegiristas de la Constitución de 1978, el “carácter federal” del Estado Autonómico. Según ellos, al haberse conseguido que las autonomías pudieran alcanzar todas el mismo máximo techo competencial, España había pasado a convertirse en una federación de hecho. No se usaba la palabra porque tenía mala fama, pero se daba la realidad.

Se trataba de una falsedad ideológica típica, como se ha demostrado posteriormente. Tanto el País Vasco como Cataluña han dado pruebas abundantes de querer mantener y agudizar su singularidad. Sobre todo Cataluña que es donde más ha avanzado la conciencia y voluntad nacionales, hasta el punto de plantear directamente la opción de la independencia. Frente a esa voluntad secesionista, parte del nacionalismo español, especialmente el PSOE y la izquierda en general, vuelve a agitar el señuelo federal.

Prueba evidente de que aquel federalismo que se decía condición material de hecho del Estado de las Autonomías era falso. El llamado “federalismo material” del Estado autonómico no lo era porque no consistía en una alianza y conjunción de territorios que estos hubieran acordado soberanamente por separado, sino de una imposición desde arriba por obra de un Estado que había decidido descentralizarse hasta cierto punto como podía y puede, y así lo hace cuando le viene en gana,, recentralizarse sin que las Comunidades Autónomas apenas puedan casi opinar.

El actual avance del independentismo catalán está generando reacciones similares a las de aquellos intentos “armonizadores” de los años ochenta. Tanto la moderación del nacionalismo vasco como la exacerbación del nacionalismo andaluz, ambos repentinos, en el fondo van dirigidos a remansar el independentismo catalán, unos por defecto y otros por exceso. Para los nacionalistas vascos carece de sentido la independencia frente a España, dado que ellos ya cuentan con un concierto que equivale a la independencia fiscal. Para los andaluces se trata de una nacionalismo “reactivo” cuyo único horizonte, como en los años ochenta, es no quedarse atrás en relación a Cataluña por más que ellos no hayan movido un dedo en estos treinta años por aumentar su autogobierno.

El terreno de la vuelta al café para todos está ya preparado: se trata de arbitrar una reforma de la Constitución que busque un nuevo “encaje de Cataluña en España”, en el entendimiento, ya claramente expuesto de nuevo en Andalucía de que ese “nuevo encaje” será también igual para todos. Porque, como dice el gobierno machaconamente: la reforma no puede romper la igualdad de las personas y las tierras de España, como si no fuera obvio que, con el Concierto vasco y el convenio navarro, esa igualdad no existe.

Cataluña no tiene nada que esperar de una reforma de la Constitución de 1978 y menos si es en un acuerdo con las demás comunidades del Estado. Cataluña solo puede llegar a un acuerdo bilateral con el Estado para la realización de un referéndum de autodeterminación en el que quede claro cuál sea el mandato de las autoridades catalanas y qué forma adoptará.

martes, 6 de diciembre de 2016

La Constitución

Hoy se celebra el aniversario de la Constitución de 1978 que hace la número ocho del país, según el autorizado criterio del Congreso de los Diputados. Faltan en la enumeración, la non nata liberal de 1856 y la republicana de 1873. La explicación es que el Congreso solo reseña las constituciones que han estado en vigor y aquellas dos, la una por el golpe de Estado del general O'Donnell y la otra por el general Manuel Pavía y su famoso caballo, no llegaron a estarlo. No pasaron de proyectos. No obstante, algunas historias del constitucionalismo las consideran. Pero dejar en ocho las constituciones que han estado en vigor en España plantea otro problema: en vigor también estuvieron la Constitución de 1808 o Estatuto de Bayona y las Leyes Fundamentales de Franco, ninguna de las cuales aparece en la relación del Congreso.

La "ideología" constitucional española ignora la Constitución de 1808, sin duda por considerarla un texto extranjero impuesto por la fuerza del ocupante, y las Leyes Fundamentales de Franco por no ser democráticas. Ambos argumentos, sin embargo, son más que dudosos. El Estatuto de Bayona fue una carta otorgada por quien tenía autoridad para hacerlo, José I, nombrado Rey de las Españas y las Américas por su hermano Napoleon, en cuyas manos habían puesto la corona los dos reyezuelos felones, Carlos IV y su hijo Fernando VII voluntariamente. Que la conciencia generalizada ignore el texto de Bayona, no quiere decir que no estuviera en vigor. Lo estuvo desde 1808 a 1813, fecha de la abdicación de José I, tanto en España como en América. Las Leyes Fundamentales franquistas lo estuvieron entre 1937 y 1978 y generaron unos efectos que llegan al día de hoy, razón por la cual se sigue discutiendo sobre la memoria histórica.

Total, según el punto de vista que se adopte España ha tenido ocho, diez o doce Constituciones, siendo la de 1978 la octava, décima o duodécima, según nos dé.

No es la única paradoja del constitucionalismo español. Hay otras también curiosas. Y lo mismo pasa con la vigente, que llega a su 38º aniversario en mitad de un clamor casi general pidiendo su reforma, cuando no su derogación sin más. Prácticamente todos los partidos piden revisar su texto. Hasta el PP, adalid férreo de la intangibilidad constitucional, se muestra abierto a sugerencias reformistas siempre que no vayan muy allá. Lo curioso es que el PP es el heredero de Alianza Popular, el partido de la derecha franquista de entonces bajo la dirección de Fraga Iribarne cuyos diputados se dividieron en tres grupos a la hora de la votación parlamentaria de la Constitución: unos votaron sí, otros votaron no y otros se abstuvieron. Los sucesores de estos "noes" son los partidarios de la intangibilidad de la Constitución. No deja de ser gracioso y significativo.

El alcance de las reformas que los demás piden es muy variado y oscila entre asuntos de mayor y de menor calado. Pero, a su vez, el procedimiento de reforma constitucional previsto en la misma Constitución es tan complicado y difícil, impone tales requisitos y diferentes mayorías (según sea la entidad de lo que se quiera reformar) que en el fondo, dada la orientación política del electorado español y la composición de las cámaras, toda reforma suena a quimera.

La reforma que debiera considerarse más urgente es la de la organización territorial del Estado, porque es donde se concentra la iniciativa política independentista catalana. Pero esta es probablemente la revisión que menos posibilidades tiene de salir en el Parlamento español. A no ser que se negocie un referéndum de común acuerdo, cosa harto improbable, el independentismo no tiene más remedio que actuar a través de la unilateralidad. Y ello porque, lejos de reconocer su actitud intransigente, el Estado se limita a responder a las peticiones catalanas que hay que cumplir la ley. La ley que él mismo no cumple.

Siguiendo inveteradas prácticas, el PP está tratando de resolver el problema a su manera, esto es, pactando al margen de la Constitución con el PNV, cuyo apoyo necesita para los presupuestos. A cambio de conseguir nuevos favores y dádivas del gobierno de central, los nacionalistas vascos acabarán apuntalando el gobierno de Rajoy.

Eso deja el independentismo catalán como estaba porque ya el domingo Urkullu venía negando posibilidad de materializarse a la independencia. No es nuevo y confirma un entendimiento tácito del juego de la transición constitucionalmente consagrado. El País Vasco y Navarra tienen su soberanía fiscal reconocida en la Constitución. Cataluña, no. A estos efectos prácticos, Cataluña se halla fuera de la Constitución y así lo vienen entendiendo las instituciones catalanas que consideran a Cataluña fuera de la jurisdicción del Tribunal Constitucional. Nada de extraño, por tanto, que en Cataluña muchos, por no decir casi todos, piensen que el seis de diciembre no hay nada que celebrar.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Hoy, Palinuro en Palma


El PSOE/PSIB ha invitado a Palinuro a su Escola de Tardor que se celebra ayer y hoy sábado en el Casal de Barri des Jonquet, c/ del Terrer, 10, a partir de las 10:30. Es una muestra de confianza y apertura del PSIB al invitar a hablar a un humilde analista político independiente que tiene, desde luego, en muy alta estima a la socialdemocracia -sobre la que ha escrito un par de obras- pero no pertenece a ningún partido. Es mucho más de lo que todas las demás fuerzas políticas hacen, pues solo invitan a sus militantes... y si son obedientes al mando. Solo los socialistas se atreven a invitar a gente de fuera, crítica e independiente para contrastar ideas. Es algo que favorece al partido, sin duda el de más democracia interna hoy, y sirve de reto y acicate al invitado. En este caso, Palinuro.

El tema que se le ha asignado es El futuro de la socialdemocracia, una asignatura difícil e importante porque algo ha quedado claro en el último siglo en política: con la socialdemocracia es posible que no se alcance plena emancipación ni justicia social ni redistribución de la riqueza ni igualdad. Pero sin ella es seguro que ni uno solo de esos objetivos puede plantearse. La socialdemocracia tiene muchos defectos pero es la mejor opción con mucho a ojos de Palinuro. Una socialdemocracia de izquierda reformista, radical y moderada al mismo tiempo. Esto no es una contradición sino algo muy sencillo: moderada en las reformas sociales y económicas para no alterar el mercado con ilusiones irrealizables. Radical en los aspectos políticos y morales y audaz e imaginativa en los territoriales.

Como dado la apretado de la agenda del evento, me han asignado un tiempo relativamente breve para exponer mis conclusiones, incluyo aquí la sinopsis de lo que mañana expondré con más detalle en la Escola de Tardor y eso que llevamos ganado. La exposición se divide en cuatro bloques:

1.- La reivindicación crítica del pasado. La socialdemocracia tiene una historia y debe reivindicarla sin ocultar o disimular los errores que se han cometido, que no son tantos como los aciertos, pero sí demasiados y deben corregirse.

2.- Propuestas de presente

  • Ámbito institucional: reforma constitucional sobre las cuestiones que mañana se expondrán.



  • Ámbito económicoConstitución económica nueva o reforma Título VII CE.



  • Ámbito social: nuevo pacto social entre capital y trabajo, perspectivas de género y ecológica.



  • Ámbito territorial: Negociación de una referéndum de autodeterminación en Cataluña.



  • 3.- Reconstitución del partido.

  • Formulación del programa de la izquierda socialdemócrata.



  • Recuperación del voto sectorial perdido.



  • Recuperación del voto generacional perdido.



  • 4.- Nuevas formas de comunicación

  • Política de medios de comunicación.



  • Ciberespacio, internet, redes.



  • Participación colectiva.



  • Alli nos vemos.

    jueves, 5 de mayo de 2016

    El discurso del centro

    Felipe González publica hoy un artículo en El País titulado El espacio de las reformas. Es una pieza moderada, mesurada, genérica, un poco au dessus de la mêlée, con ese aire de estadista reposado y apacible que le ha gustado adoptar siempre y que, en buena medida, aún conserva, a pesar de algunas vicisitudes recientes y no tan recientes que no lo dejan en muy buen lugar. Continúa gozando de gran autoridad entre los suyos y también entre mucha otra gente. No, por supuesto, entre quienes sufren arrebatos de licantropía cuando oyen su nombre y empiezan a ladrar ¡Mr X!, ¡GAL!, ¡cal viva! Pero esas no son personas ecuánimes y entre ellas se encuentran muchas movidas por una mezcla de odio irracional y envidia. Reacciones muy frecuentes en nuestro país y que, sobre todo, afectan a aquellos  que han tenido una ejecutoria brillante y han hecho algo por la colectividad. Son gentes que encuentran esto perfectamente imperdonable y arremeten no solo contra González sino contra todos los que quieran reconocer en él algún tipo de valor, por mínimo que sea. Muy español.

    Pues señor, es el caso que, en su artículo, por otro lado no muy bien escrito, con evidentes descuidos e insoportables anglicismos, González quiere huir de la imagen de hombre de partido a base de hablar por alusiones, sin especificar ni concretar nada. Pero ello no evita que, a pesar de sus intenciones, su artículo sea de partido y esté pensado para apoyar al PSOE en estas próximas elecciones. En lo esencial porque es un artículo con un discurso de centro, que es en donde el PSOE está tratando de situarse: un centro con una leve deriva izquierdista, esto es, la imagen tópica del votante mediano español, que suele situarse en un 4,5 en la escala de autoubicación ideológica siendo el 0 la izquierda más absoluta.

    Argumenta González la necesidad de ese centro fabricando lo que los especialistas (y, probablemente él también) llaman con total impropiedad un maniqueo, esto es, dos opciones extremas (que, en el fondo, se intercambian favores) y enfrentadas que, de imponerse, causan males sin cuento. Es el aquilatado discurso del centro o del justo medio aristotélico que goza de gran veneración entre todos los pensadores y teóricos conservadores a la par que liberales desde los tiempos del estagirita. En verdad, sin embargo, ese centro hipotético no ha existido nunca ni existe hoy como ubicación objetiva, impersonal, con la que las gentes puedan coincidir sino que es un lugar imaginario inventado por el que se atribuye el conocimiento para saber cuándo y cómo los demás incurren en uno de esos nefandos extremismos. Era un privilegio cognitivo que se atribuía Stalin, quien detectaba "desviaciones izquierdistas-trotskistas" en unos o "derechistas-bujarinistas" en otros sin que ellos pudieran nunca entender de qué iba la acusación. Era indiferente: con su acendrado sentido de la igualdad comunista, Stalin los hacía fusilar a todos.

    No está sugiriéndose aquí, líbrennos los dioses, que haya algún vínculo entre González y Stalin, al menos no con la claridad con la que él establece lazos entre los independentistas catalanes y los nazis. Simplemente se pretende señalar que esa aparente facultad crítica (de krinein, "separar", "discernir", en griego) no está tan clara como puede parecer. Allá por los años de 1920, como una especie de adelantado gonzalesco, Lenin escribía uno de sus incendiarios panfletos, El izquierdismo, enfermedad infantil de comunismo. En 1968, Daniel Cohn-Bendit le enmendaba la plana con otro titulado El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del comunismo. Ya se ve, pues, que esto de encontrar un centro objetivo, distinto de la voluntad del líder que dice que el centro es él, como el Estado era Luis XVI y el milagro José María Aznar, es cosa harto complicada.

    Además de ser impreciso, el discurso centrista de González no es acertado. Es fácil, sí, contraponer el izquierdismo de Podemos al inmovilismo del PP (aunque no nombre a ninguno de los dos) y fabricarse una posición equidistante. Es fácil, falaz e injusto. En primer lugar el "inmovilismo" del PP no es tal sino un feroz ataque ultrarreaccionario, catolicarra y neofranquista contra los derechos de los trabajadores y los más débiles en general, protagonizado por una banda de ladrones. En segundo lugar, apareció mucho antes que Podemos, ya en noviembre de 2011. Podemos, por su parte, ha aparecido mucho después y como respuesta a la necesidad que experimentan los sectores sociales agredidos de defenderse, a la vista de la inactividad, la complacencia, cuando no la complicidad del PSOE con el ataque de los neofranquistas.

    Otra prueba de esta falta de razón y de este juicio erróneo de González se observa en sus consideraciones sobre Cataluña, a la que tampoco menciona. Después de haber hecho mangas capirotes en los últimos años con sofismas inadmisibles sobre el derecho de autodeterminación de Cataluña y su condición nacional, González ignora que el acelerón hacia la independencia que han experimentado los catalanes ha sido resultado de la actitud recentralizadora y estúpidamente catalanófoba del PP. Venir a estas alturas con ofertas de reformas constitucionales para detener el proceso independentista es algo lamentablemente obtuso y anacrónico. Aquí se necesita algo más que una reforma constitucional. Los catalanes no quieren vivir al albur de que una mayoría pasajera dé un poder absoluto a un partido de bribones dispuestos a asaltar Cataluña y por eso, ahora, quieren irse. Dé una vuelta el señor González por Cataluña y advierta lo absurdo de su pretensión.

    Añádase a todo lo anterior que el ánimo centrista de Felipe González no es en modo alguno el de Pedro Sánchez, mucho más anclado en la derecha del una, grande, libre.

    domingo, 25 de octubre de 2015

    Hablar claro es bueno, II.

    En el post de ayer anunciaba mi intención de matizar algunas de las nuevas propuestas reformistas de Podemos. Lo hago ahora con ánimo constructivo y de modo sucinto:

    Reforma del sistema electoral. Si de verdad se busca la máxima proporcionalidad, no hay que ir muy lejos. Basta con copiar el sistema alemán que mezcla el criterio proporcional y el mayoritario y en todas las clasificaciones del mundo aparece en el primer o segundo puesto de proporcionalidad, mientras que el sistema español actual es el último, con menos proporcionalidad que muchos sistemas mayoritarios, lo que es francamente ridículo.

    Independencia de la justicia. Dejar la composición del órgano disciplinario de la magistratura en manos de los propios jueces. La composición actual viene del temor que suscitaba el predominio de jueces franquistas. Ha pasado el tiempo y, aunque los jueces siguen siendo un estamento conservador, ya son mayoría los de generaciones posteriores. Supresión de la Audiencia Nacional. Supresión del Tribunal Constitucional y atribución de la jurisdicción constitucional con formulación nueva al Tribunal Supremo en una sala cuya composición quizá pueda fiscalizar el Parlamento.

    Blindaje de derechos de la ciudadanía. Reforzar la protección de los derechos económicos y sociales. Especial atención a los medioambientales. Recuperación, desarrollo y protección del derecho del trabajo, desmantelado por la derecha. En este campo de derechos, singular atención a la perspectiva de género que debe hacerse siempre eficaz dejando expedito el recurso a los tribunales de justicia para su aplicación.

    Lucha contra la corrupción. Aplicación de la legislación penal a los corruptos. Obligación de declaración de bienes al iniciar todos los cargos públicos, rendición pública de cuentas y auditorías en los relevos. Aumento substancial del plazo de prescripción. Obligación de todas las administraciones de publicar en la red todas sus transacciones económicas. Revisión de la financiación pública de los partidos.

    Cataluña. Referéndum vinculante de autodeterminación. Es posible, como decíamos ayer, que esta propuesta llegue tarde, pero debe formularse. Es posible también que, si la situación catalana se enquista en una espiral de acción independentista/reacción unionista, sean los otros Estados quienes obliguen al español a celebrar ese referéndum que debió de haberse convocado hace muchos años.

    A estas cinco propuestas reformistas, Palinuro añade dos sustantivas más y una de procedimiento que considera imprescindibles:

    Separación real de la Iglesia y el Estado y supresión de la financiación pública de aquella. Se entiende que ello implica supresión de las transferencias directas así como del lucro cesante de sus privilegios de todo tipo.

    Celebración de un referéndum para decidir la forma del Estado. Si república o monarquía.

    La cuestión de procedimiento: convocatoria de una convención general extraordinaria por si todavía existe alguna posibilidad de acordar una organización territorial española de consenso.

    viernes, 25 de septiembre de 2015

    Un artículo inútil.

    Hace unos días Felipe González publicaba una desafortunada Carta a los catalanes también en El País en la que sugería semejanzas entre el fascismo y el nazismo y el independentismo catalán. Hoy, el secretario general del PSOE escribe en el mismo medio una breve "Tribuna" más contenida de trato pero igualmente vacua. No obstante, es muy de agradecer el último intento de Pedro Sánchez de encontrar alguna forma de acomodo a cuarenta y ocho horas de unas elecciones que son decisivas para España, aunque los dos partidos dinásticos se hayan obstinado en ignorarlo sistemáticamente. Es de agradecer pero no resulta convincente.

    Es claro, como dice el autor que, "sin Cataluña, España ya no sería España". Pues sí, es cierto. De pronto, los políticos españoles tienen la revelación de que se encuentran ante una crisis descomunal, de Estado, de nación, de país, para la que no están preparados. Porque nunca se habían tomado en serio la cuestión catalana. Entendían que el Estado autonómico, al garantizar a Cataluña las "mayores cuotas de autogobierno de su historia" (como suelen decir), aceleraría el proceso por el cual la Comunidad autónoma querría configurarse como nación y, eventualmente, como Estado. Pero nunca consideraron seriamente que tal cosa sucediera y por dejación o por falta de información, no prepararon nada y confiaron en que la situación sería llevadera. Insisto, no hicieron nada.

    En su tribuna, Sánchez no se ajusta a la verdad. Sostiene que los socialistas españoles venimos diciendo, desde hace años, que deberíamos reformar la Constitución, pero no es cierto. Tuvieron casi catorce años de mandato en tiempos de González con tres legislaturas con mayorías absolutas y no hicieron nada en ese sentido. De la autodeterminación dejó de hablarse y del federalismo también. En el fondo, González era un jacobino sevillano, como se prueba ahora y de Guerra no hace falta hablar. Volvieron luego al gobierno en condiciones más precarias, con Zapatero y tampoco hicieron nada. O hicieron lo que quizá no debían: reformar la Constitución por mandato de una UE neoliberal y con acuerdo de la derecha.

    Empezaron a acordarse de la reforma constitucional territorial en el congreso de 2013, cuando estaban en la oposición y con unos propósitos tan inseguros e inciertos que aun no se sabe en qué consisten. Eso no es "desde hace años". Ni hablar. La preocupación es de ahora mismo, cuando han visto en dónde se han metido y presas de los nervios porque, a pesar de los bailes de Iceta, se temen un bajón en Cataluña, tradicional granero de votos del PSOE en España. O sea, como suele pasar en España, improvisan forzados por la necesidad. Porque se quedan sin país.

    Pero, como viene a decir el título, nunca es tarde, "si hay voluntad". O sea, nunca es tarde si la dicha es buena. Pero tiene que ser buena. ¿Qué propone Sánchez?

    Una vía que cree ancha entre las dos extremas que juzga minorías, la "separatista" y la "inmovilista". Y, ¿en qué consiste esa vía? En una reforma de la Constitución en sentido federal que acomode a los catalanes. Por supuesto, queda en el aire cómo se les preguntará sobre esa vía federal y es de sospechar que de ninguna manera. 

    Las expectativas electorales del PSOE, aun las más halagüeñas, no auguran una mayoría parlamentaria para hacer dicha reforma en absoluto. En el mejor de los casos, tendría que contar con el PP y este ya ha dicho que no colaborará. Es decir, el contenido de la tribuna de Sánchez es pedir a los independentistas que depongan su actitud ante una promesa que es obvio que no puede cumplir. 

    Y ese el punto más débil de este apreciable intento que lo afecta a él y, en general, a todos los intentos de equidistancia en este proceso. Lo más llamativo de la tribuna no es lo que dice sino lo que no dice. Igualando "separatistas" e "inmovilistas" se olvida que ninguno de los dos lo ha sido siempre. Los "separatistas" antes no lo eran tanto, sino que han ido creciendo exponencialmente en los últimos años; y los "inmovilistas", en realidad no han dejado de moverse pero siempre en contra de Cataluña. 

    La importancia de los diez últimos años, desde la peripecia del Estatuto de 2006, es inmensa para explicar una situación como la actual. Pasarlos por alto es un grave error. Pero aun es peor no mencionar los últimos cuatro años, la legislatura del PP, un gobierno con mayoría absoluta que, además de corrupto, ha sido agresivo contra la mayoría de la población y, muy especialmente, contra Cataluña. Un régimen de involución que, vaciando de contenido la democracia, la ha sustituido por uno autoritario y represivo de clara inspiración franquista. 

    Durante este tiempo el PSOE ha estado prácticamente desaparecido, cuando no ha prestado su colaboración a las mayores demasías del gobierno. La oposición socialista, obsesionada con los pactos de Estado, que remiten a una mentalidad conservadora de esa que se nutre con la idea de la "seguridad nacional", ha sido cómplice de la destrucción de la democracia y el Estado de derecho en España. Y ahora, cuando le caen encima los cascotes del Estado del bienestar y la cohesión territorial del país, quiere encauzar los acontecimientos con unas fórmulas cuyo contenido desconoce y acerca de cuya factibilidad no posee certidumbre alguna. 

    No puede extrañar al secretario general del PSOE que los catalanistas, que ven la posibilidad de iniciar un camino nuevo ahora, no quieran esperarse a ese dudoso futuro. ¿Que ese camino tiene dificultades y no está exento de conflicto? Por supuesto, pero dígase: ¿acaso el presente no lo está igualmente? Pero, sobre todo, esa esperanza en un futuro incierto lleva en su seno la posibilidad cierta (y bastante verosímil) de que el PP vuelva a ganar las elecciones en España. No puede extrañar a Pedro Sánchez, por muy en la luna que se encuentre, que los independentistas no quieran aguantar otra legislatura como la que ha vivido este desgraciado país. Sobre todo porque el mismo Sánchez ya ha dicho que no admitirá referéndum de autodeterminación en Cataluña. Como el PP.

    Realmente, el interés por esperarse es cero. El artículo de Sánchez es inútil.

    viernes, 7 de agosto de 2015

    Quieren reformar la Constitución.

    Sobre las razones reales de las propuestas de reforma constitucional. Vídeo y texto a continuación.

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    Todos quieren ahora reformar una Constitución que hasta ayer era intangible. Cómo se nota la preocupación que la cuestión catalana causa en España. Cómo se ven los nervios al comprobar que hay un riesgo real de partición del país, que los soberanistas catalanes tienen mucho más respaldo del que los españoles creen y que es necesario hacer algo, hacer como que se hace algo, para contener este movimiento social independentista que es lo más importante que ha sucedido en España desde 1975. 

    El PSOE promete una reforma constitucional para convertir el país en un Estado federal. No saben los socialistas a ciencia cierta de qué federalismo hablan pues nunca les ha preocupado; tampoco si los soberanistas catalanes aceptarían, cosa poco verosimil; y, por último, tampoco si podrán hacer esa reforma federal porque necesitarán el apoyo del PP y ese está ya descartado. Tampoco les importa gran cosa. Ya desde los tiempos del submarino de la derecha, Rubalcaba, quedó claro que en las llamadas cuestiones de Estado, el PSOE reconocería siempre su subalternidad respecto al PP.

    Los demás partidos, a toque de silbato, andan pensando qué reformas apadrinarán.

    El único que parece tenerlo claro es Podemos. Una claridad envuelta en tinieblas, como siempre: desprecia el reformismo constitucional, argucias del régimen del 78 porque lo suyo es más profundo, radical y verdadero: un proceso constituyente en el que se podrá debater todo. Perspectiva halagüeña. Solo que poco viable si, como parece, Podemos se queda en un 15% del voto o menos. La Constitución no se tocará y los asaltacielos se quedarán calentando el escaño y cobrando las dietas castizas.

    La preocupación es absoluta. Asustado por lo que se cuece en Cataluña, el ministro Catalá habla de reformar la Constitución en tres aspectos muy tasados: 1) reparto de competencias entre Estado y CCAA para fortalecer al Estado; 2) modificación de la línea sucesoria, asunto de capital importancia; 3) modificar el régimen de aforamientos para reducir la cantidad de sinvergüenzas que se valen de él para sus fechorías. Algunos añaden una reforma del Senado, cámara inútil pero muy conveniente para premiar lealtades perrunas de excedentes de cupo que no sirven para otra cosa. O sea, que no sirven para nada, pero los pagamos todos.

    Loables propósitos, pero, en lo que hace al PP, sería bueno que dejaran de hablar de lo que no les compete. Cada día aparece un caso nuevo de latrocinio a cargo de algún pepero relevante. No es momento de reformar la Constitución (que tampoco va a servir para nada porque en Cataluña, ya no los escuchan) ni de hablar de política ni de nada. No son un verdadero partido sino, digámoslo por enésima vez, una supuesta asociación de malhechores que ni entienden de política ni de democracia ni de nada y a los que lo único que importa es forrarse.

    No se molesten en reformar la Constitución: dimitan en bloque, devuelvan lo trincado y pónganse todos a diposición del juez.

    ¡Ah! Y saquen sus garras de Cataluña, como tienen que sacarlas de la caja común.

    miércoles, 22 de julio de 2015

    A quien pueda interesar.

    Si quieres cambiar el mundo, empieza por cambiarte a ti mismo. No, no es fácil porque es imprescindible conocerse y eso es lo más complicado de todo. Y lo más engañoso. Puede que quien lo intente, quien vaya en serio en la introspección, se engañe a sí mismo. Es muy frecuente. Pero el que ni lo intenta, ese no solo se engaña sino que pretende engañar a los demás diciéndoles lo que tienen que hacer, como si él lo supiera mejor. Quien, sin introspección alguna, se cree autorizado a enseñar el camino a los otros suele sacar su seguridad de algún tipo de revelación exterior: dios, la historia, los padres, las lecturas de la infancia o las series de la televisión, el equivalente al pasto espiritual de la literatura de cordel o los seriales radiofónicos de generaciones anteriores.
     
    La introspección hecha a base de referencias ideológicas o creencias adquiridas en los predios de la vida no sirve para nada tampoco, es puro teatro. Solo sirve cuando se arrostra sin conviccciones previas, sin respetos ajenos que son siempre simulacros de charlatanes y maestrillos por debajo de toda sospecha. Solo es respetable cuando se aborda sinceramente, pues únicamente nosotros sabemos de cierto si nos engañamos o no. Únicamente en nosotros anida la luz que nos ilumina sobre nuestras verdaderas motivaciones. Lo demás son farolillos de verbenas o triquiñuelas mediáticas. Si de la introspección, del examen de nuestras motivaciones reales, las únicas que cuentan, pues las fingidas no sirven, se sigue la convicción de que, en efecto, uno tiene algo que decir, recomendaciones, orientaciones para los demás, hágase como Zaratustra, sálgase a los campos y caminos y predíquese.
     
    Di la verdad. No uses a los otros como excusa o pretexto para convertir en verdad la mentira. No te valgas de ellos, no los instrumentalices con consideraciones de táctica y estrategia. No seas asesino de posibilidades. No seas estratega.Y está preparado para escuchar la verdad de los demás. Y para aceptarla. No de boquilla o como recurso, sino como más verdadera que la tuya. En esa masa de los demás, hay tantas verdades como individuos. Muchos de ellos ocultarán la suya para seguir la tuya. De esos precisamente, de tus seguidores, debes huir. Cuando te pones al frente de ellos, en realidad, eres su rehén y vas por detrás. No diriges; te dirigen.
     
    Si quieres valer, no a los ojos de los otros, que de nada te sirven, sino a los tuyos, acércate a quienes no te siguen ni te aplauden sino que te critican. Con esos debes hablar. Esa es la verdadera lucha porque lo es contra lo peor que hay en ti de ti mismo: la autocomplacencia. Tienes que distinguir entre las exigencias de la verdad y lo que te conviene, que suelen confundirse. Entre lo que tu conciencia te dicta y lo que los demás quieren oír. Solo así serás un espíritu libre y solo un espíritu libre puede aspirar a liberar a los demás.
     
    El resto es propaganda y manipulación para vender cierta idea de futuro. O sea, humo.
     
    También puedes hacerte prudentemente a un lado y tratar de entender lo que pasa. Pero para eso es necesario dejarlo pasar, y no todos los profetas o caudillos saben contenerse.

    sábado, 25 de abril de 2015

    Un ministro posmoderno.

    Es lo que las redes, ese nuevo laboratorio de la vida con un lenguaje propio, llaman un zaska en toda la boca. Pues sí, el tercer zaska al ya exministro Ruiz-Gallardón, quien había llegado al gobierno con ínfulas de gran reformador y restaurador de las esencias católicas del ser español. Venía con fama de moderado y centrista que se había granjeado en alguna tertulia en la que no dominaban los trogloditas. Daba gloria oírlo defender en el Parlamento la prohibición del aborto, incluso en casos de malformación del feto, con argumentos progres, que llamaban a la emancipación de la mujer. La facundia de don Alberto no conocía límites. Ni los del ridículo. El primer zaska fue cuando el gobierno decidió hacer con su proyecto de ley sobre el aborto lo que los abortistas con los fetos, según la truculenta fantasia de los llamados provida: triturarlo.

    Triste y amargado por tanta alevosía, el ministro causó baja, convencido de haber sido un chivo expiatorio en el altar de Moloch: la venta de los principios sagrados a la conveniencia del momento y los intereses electorales. Casi revienta de indignación. Imposible razonar o hablar con él. Tiene un concepto tan alto de sí mismo que solo escucha las arpas celestiales.

    Por si le sirve de algo, el error fundamental de Ruiz-Gallardón es no haber entendido la posmodernidad que a Rajoy se le da de maravilla. El exministro no es posmoderno. Es moderno, es decir, un antiguo y, siendo su modernidad nacionalcatólica, no solo antiguo, de Recaredo. Obviamente, no entiende el mundo en el que vive.

    Su reforma del Código Penal era plenamente moderna. Aunque algunos críticos la acusaban de retrotraernos a momentos preconstitucionales (obviamente, querían decir "franquistas", pero les daba un poco de reparo) en realidad, iba mucho más atrás; iba hasta el Panopticón de Bentham, resucitado por Foucault para describir la función de vigilancia del poder. El ministro complementaba el feliz y modernísimo invento convirtiendo la vigilancia no solo en panorámica sino también en permanente, cosa que consiguió que le firmaran los socialistas con una mano reservándose la otra para firmar el recurso al Tribunal Contitucional contra su propia firma. A lo mejor hubiera sido más sensata una firma con reserva expresa de constitucionalidad. Y, si la figura no existe, se crea.

    Así que, en efecto, un moderno nacionalcatólico. Sí, en España el metarrelato de la modernidad, que diría Lyotard,  es el nacionalcatolicismo. En otros lugares es el librepensamiento, la reforma, la tolerancia, las libertades públicas, el avance de las ciencias, la ilustración y otras aberraciones. En España, la modernidad es el nacionalcatolicismo.

    El segundo zaska afecta a una reforma tan moderna como las anteriores, aunque un alma superficial pueda pensar que se trata de un disparate, incluso desde el punto de vista técnico. En efecto ¿hay algo más moderno que hacer respetar la Justicia a base de introducir racionalidad en el conocimiento de qué sean y qué no sean los derechos? Por ejemplo, con la ley de tasas judiciales que el nuevo ministro, el posmoderno Catalá, ha mandado a una lista de espera de la seguridad social de Castilla La Mancha, algo quedaba clarísimo: ¿eres pobre? No tienes derecho a la Justicia.

    El tercer zaska es el de la renuncia a la privatización del registro civil. ¿Hay algo más moderno que privatizar? ¿Algo más ultramoderno que privatizar en beneficio de los amigos y del jefe de uno? Pero no es la modernidad lo que mola, sino la posmodernidad. Y esta tiene un vínculo fuerte con la estética a través de su origen en el posmodernismo artístico y, la verdad, dada la condición de registrador de Rajoy y de varios parientes suyos, los principales beneficiarios de esta medida absolutamente arbitraria, resultaba tan fea que daba hasta vergüenza plantearla. Hasta Rajoy ha hecho como si no fuera con él, arte en el que es consumado maestro.

    Ruiz-Gallardón no era un moderno y un gobierno posmoderno necesitaba un ministro tan posmoderno como el señor Catalá. Como buen posmoderno, Catalá no cree en la existencia de una verdad objetiva sino que está convencido de todo lo construimos gracias al giro lingüístico (cosa que Ruiz-Gallardón ni huele) y gracias a él lo deconstruimos. Y ¿cuándo construimos o deconstruimos? Cuando nos interese, naturalmente. Por ejemplo, el ministro deconstruye el relato de la verdad judicial opinando sobre las declaraciones subiúdice de dos imputados.

    Pero construye con igual pericia cuando afirma que los crímenes de la dictadura estaban amparados por la legislación franquista. Hay que construir la verdad histórica. Es exactamente el mismo argumento que empleaban los abogados de los nazis juzgados en Nürnberg. Es el sempiterno argumento positivista. La ley vigente. Para el espíritu posmoderno, en Nürnberg se hizo la justicia del vencedor. Los aliados juzgaron a los nazis vencidos. El franquismo también fue justicia del vencedor. Los franquistas juzgaron a los republicanos vencidos. ¿Tiene sentido juzgar hoy a los juzgadores de ayer? ¿Lo tendría juzgar a los jueces de Nürnberg? Ciertamente, es una hipótesis como de política-ficción. Pero es el supuesto que late en la invocación a la legalidad del franquismo. Es completamente posmoderno: bajo aquella legalidad estaban amparados los crímenes políticos, incluso los que se cometían al margen de la legalidad, a veces por cuerpos bajo dependencia administrativa de las autoridades y a veces también hasta se asentaban en los correspondientes registros o libros con las más pintorescas causas de muerte.
     
    Lo que el posmodernista ministro está explicándonos, como buen positivista, es que aquella legalidad del franquismo amparaba y legalizaba los delitos según fueran descubriéndose, algo así como la cuadratura del círculo o el perpetuum mobile. Porque ¿cómo puede ampararse y legalizarse un asesinato extrajudicial?

    Conociendo la aversión de los posmodernistas a los textos, habría que sugerir al ministro que la venciera, echando mano de la Ley de Amnistía, concebida como ley de punto final, y por el tiempo que pueda aguantarle. No es muy elegante, él mismo se dará cuenta pues tiene aspecto de dandy, pero le ofrece mayor seguridad que ese lío de la legalidad vigente en el pasado.

    martes, 10 de marzo de 2015

    Regeneración.


    Hace mucho tiempo que no se ven unas elecciones tan abiertas, de resultados tan inciertos. Al menos, desde los inicios de la transición. Y no son solo una consulta, sino cuatro en un año con intervalos de tres meses o menos.  Aquí va a ponerse todo a prueba.

    Son elecciones tan abiertas y con tanta volatilidad en intención de voto porque hay un estado generalizado de desconcierto, una aguda conciencia de crisis, un asomarse a lo imprevisto que causa a la vez ilusión y zozobra.

    La crisis es triple. La económica no precisa presentación. En parte vino de fuera y en parte se originó dentro. Va por su séptimo año sin signos reales, consistentes, de mejoría. Ha causado y sigue causando destrozos económicos y sociales sin cuento. Es una emergencia.

    A ella se ha sumado una crisis política, institucional, producida por la incompetencia del gobierno. Aplicando rígidas políticas económicas impuestas por la UE o Alemania y reformas radicales de carácter ideológico, está haciendo pagar la crisis a los sectores sociales más desfavorecidos, atentando seriamente contra la cohesión social, generando desigualdades lacerantes (basta mirar la escala salarial), provocando la indignación de amplios sectores sociales.

    Esa indignación provoca una tercera crisis cívico-moral que se enciende con la corrupción rampante, omnipresente que todo lo contamina. La corrupción es la segunda preocupación de los españoles, pueblo caracterizado por unas amplias tragaderas históricas. La conciencia se condensa en una de crisis de la democracia. Señor@s, esto ha tomado un rumbo equivocado. Hay que enderezarlo. Hay que regenerar la democracia. Regeneración es la palabra, tampoco tan nueva esta parte del planeta.

    ¿Cuántas veces se ha oído al gobierno su intención de aprobar medidas de regeneración, códigos éticos, reformas normativas, decretos, recomendaciones, sesudos informes y hasta páginas web?  Ninguna de ellas pasa del primer vagido, si lo da. ¿Por qué? Porque el gobierno carece de toda autoridad para esta empresa y el primero en saberlo es él. Por eso no tiene entusiasmo y las cosas sin entusiasmo no salen. Aunque tampoco está claro el deseo de que salgan.

    La cuestión es si el PSOE puede izar esa bandera regeneracionista. Si  puede y si le dejan. Es y se reconoce parte del orden dinástico. Esto lo obliga a especificar qué quiere regenerar y si, para hacerlo, precisa reformar la Constitución, cuál será el alcance de esa reforma. El punto esencial de su defensa es el acotamiento de la reforma constitucional frente a las dos opciones alternativas, el inmovilismo cerrado de la derecha y el proceso constituyente abierto de la izquierda. Ambos superiores en un orden puramente lógico porque si todo inmovilismo excluye la reforma, no toda reforma excluye el inmovilismo. Y, por el otro lado, si el proceso constituyente incluye cualquier reforma constitucional, la reforma constitucional excluye el proceso constituyente.

    El programa regeneracionista del PSOE se hará en el marco de la reforma constitucional, aun bajo la sospecha de que ello servirá para muy poco en la cuestión catalana. El problema es saber exactamente el alcance de la reforma, esto es, si además de la planta territorial del Estado y una serie de derechos sociales y económicos (que ya veremos) se propondrá algo con relación a las sempiternas cuestiones abiertas en España, la de la Monarquía República y la de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Asuntos nada fáciles de zanjar.

    La reciente arremetida a estilo algarada de Podemos ha sembrado el desconcierto en la pesada izquierda institucional, en una táctica típica de la caballería númida, de ataque y repliegue. IU se ha venido abajo con mediano estrépito y las cohortes sociatas se han estremecido. Pero, parecen recomponerse pues también ellos, como Escipión en Zama, disponen de temibles jinetes númidas. Recuérdese  que, así como los de Podemos no son de derechas ni de izquierdas, los númidas podían combatir en las mismas guerras en campos contrarios. Pasada la primera sorpresa, retirados los efectivos a los cuarteles de invierno, entra ahora en acción la maquinaria bélica. Aquí la regeneración viene por el lado de un proceso constituyente, sin límites. Rien ne va plus!
     
    Y justo en ese momento se ha colado en el mentidero regeneracionista Ciudadanos sin duda por eso que los de Podemos llaman con cierta cursilería una ventana de oportunidad y que consiste en aprovechar el hueco. Pues hay hueco; lo dicen los votos. Pero no saben cuál porque el discurso de Ciudadanos es incomprensible, un popurrí con tendencia a la derecha extrema, pero vestida de modernidad. De regeneracionista, nada. Pero no por falta de autoridad, como en el PP, sino de interés en la materia. Ya puede una amargada Rosa Díez exponer el decálogo del despecho, las diez diferencias con Ciudadanos que prueban cómo ellos son un partido serio y responsable y los de C's una panda de advenedizos sin principios, oportunistas, sin escrúpulos. Será cierto que esas sean las diferencias, pero los ciudadanos parecen haber visto otras, entre ellas una muy tonta pero importante: un nombre fácil de identificar. ¿Qué es UPyD? ¿Qué la formación magenta?  Sería quizá injusto que no llegara al 3%, pero puede pasar.

    lunes, 16 de febrero de 2015

    La Iglesia militante.



    Con su pompa y boato habituales, la Iglesia católica escenificó el sábado el nombramiento de veinte nuevos cardenales, veinte príncipes de la Iglesia. Un cuadro solemne. ¡Cuánta púrpura! ¡Cuánto color! Los hay de todos los continentes. La Iglesia es ecuménica. Pero el Papa Bergoglio los ha tratado uno a uno, según sus circunstancias personales; algunos han pasado a presbíteros, otros, además, han conservado la diaconía a título presbiteral  pro hac vice, por así decirlo, "a término". La Iglesia cuida de sus hijos, incluso cuando son príncipes para que asciendan en el espíritu sin perder la seguridad del mundo.  Presente estaba el Papa jubilado Ratzinger. Grandioso consistorio. Una imagen de otro mundo.

    El Pontífice pronunció una breve homilía militante, casi combativa, y en un lenguaje con copyright, cuando animó a los nuevos purpurados y al resto del colegio cardenalicio a que “no se aíslen en una casta”. Precisamente. Con razón titula el reportaje el autor, Pablo Ordaz, Un Papa contra "la casta". Va a resultar en efecto que hay una afinidad electiva entre Pablo Iglesias y el Papa. Probablemente cuenta el origen argentino de SS. Y no menos que se trate de uno de origen italiano. El grueso de los argentinos son de origen hispano o italiano (con grandes aportaciones de otros pueblos y razas) pero ignoro si hay algún saber convencional acerca de cuál de los dos grupos sea más chanta. Porque escuchar a un Papa decir a los cardenales que no hay que ser una casta produce cierta perplejidad.

    ¿Y por qué se atribuyen al Papa esas motivaciones reformistas radicales? ¿Por qué se lo teme en los obispados y sacristías? Pues, según parece, porque invoca el nombre y la autoridad de Cristo. El Papa anterior, más dado a lo contemplativo, sobre Cristo teorizaba. Escribió una biografía suya, llena de celestiales consideraciones que Palinuro reseñó en su día allá por 2007, (El Cristo del Papa). Este Papa Bergoglio parece practicar las enseñanzas de Cristo en vez de teorizar sobre ellas. Es curioso que, cuando esto sucede, se arma considerable revuelo, los capelos se erizan, las sotanas se encrespan. Es justo el momento que suelen gozar los cristianos de base, esos fieles descontentos con una Iglesia jerárquica y burocratizada. Creen que, por fin, el Cristo al que el mínimo Francisco seguía, se enseñoreará de su Iglesia. Porque es suya. Que esto lo inste el Papa, animando a la curia a echarse a esos polvorientos caminos, al rescate de los oprimidos, los marginados, los repudiados, los perseguidos, les parece verosímil y muy esperanzador. Los cristianos de base tienen su hogar en la primera de las bienaventuranzas, bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
     
    No obstante, la homilía debió ser incendiaria para los purpurados. El español Blázquez regresa a España, firmemente decidido a luchar contra la pederastia en la Iglesia. Solo con que lo haga con la mitad de denuedo que pone el obispo Reich de Alcalá de Henares en luchar contra la homosexualidad en el mundo, los curas pedófilos van a salir si no escaldados, sí aburridos. Denodadas batallas a las que podrá contribuir monseñor Rouco ahora que, para demostrar que no pertenece a casta alguna, acaba de mudarse a un piso de 370 metros cuadrados en Madrid, procedente del palacio episcopal.
     
    Terminó el Papa Bergoglio avisando de que el camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre. Y lo dijo delante de la copiosa delegación española, compuesta por la vicepresidenta del gobierno, los muy píos ministros de Asuntos Exteriores e Interior y otros ocho altos cargos de un gobierno que acaba de establecer la cadena perpetua, o sea, para siempre. Los españoles siempre más papistas que el Papa, hasta cuando es argentino.
     
    Y, por cierto, ¿qué hacían estos gobernantes españoles en la vaticana celebración a cuenta del erario? ¿No es España un Estado aconfesional? Si los señores Sáenz de Santamaría, García Margallo, Fernández Díaz y resto del piadoso séquito querían ir a unos rituales y liturgias de la religión que profesan, que se lo paguen de su bolsillo.  Pero no ha lugar. España sigue siendo un país nacionalcatólico.
     
    El más directamente interpelado por la afirmación del Papa de que la Iglesia no condena a nadie para siempre era el ministro Fernández Díaz, a quien los espectadores pudieron contemplar ayer en crueles close ups  en la entrevista con Jordi Évole. No es interesante lo que dijo, que fue la sarta habitual de dislates y falsedades, aunque hubo momentos sublimes, como cuando negó tener previstas multas para quienes fotografiaran a los policías haciendo los trabajos que él les encarga. Lo interesante fue cómo lo dijo, con qué acritud, destemplanza, altanería, obcecación, irritación apenas contenida en un mar de gestos, guiños, tics nerviosos que hacen temer seriamente por el equilibrio anímico del personaje. Este hombre necesita asistencia psiquiátrica inmediata. Se ve que sus continuas plegarias no son remedio suficiente.

    domingo, 8 de febrero de 2015

    El biograma dominical.

    Humo están echando ya los medios y esta noche habrá fuegos de artificio en esas tertulias en las que tanto se aprende. En las resacas de los amargos reproches y las dulces esperanzas se toman las decisiones que determinarán el futuro. Sobre el despecho o la embriaguez de un momento apenas entrevisto en una hoja volandera que refleja el humor de la gente en una fría y soleada mañana de invierno.

    El PP se mantiene gracias a la mezcla de choriceo e incompetencia que constituye su acervo; el PSOE sigue su largo lamento de Dido a ritmo de pasokización y distribuye suaves reproches de acero bruñido; IU y UPyD compiten por las llaves del sótano y en cualquier momento los desahucian del gráfico porque ¿de qué sirven partidos que no alborotan el café con churros de los lectores? Podemos tropieza con el cielo que quiere asaltar y cada vez toma un color más bacalao: ya son más quienes no lo quieren que quienes lo quieren, según van descubriéndolo. Y Ciudadanos se apunta todos los bailes en el carné, gracias al talle juncal de su fundador, una especie de virgen vestal sobre el fondo del recio macizo de la raza.

    Y todo eso para hablar de seis meses. Échese la vista un poco más atrás, pues siempre es bueno
    tomar distancia para ver el conjunto. A la derecha, un gráfico de servidor con los resultados de las elecciones desde 1977. Es lo mismo y no es lo mismo. Podría haberlo hecho desde las elecciones de primeros del siglo XX y, salvo el paréntesis de la apacible época de la dictadura, en la que gobernaron los parientes, amigos e ideólogos de quienes lo hacen ahora, el resultado también habría estado lleno de enseñanzas. La primera de todas, que solo figuraría una línea: la del PSOE.

    Todo esto es un texto alusivo a la que debiera ser la reacción de los socialistas, que es de quienes, en el fondo, se narra aquí la fábula, de cuyos tristes destinos, de cuyo probable aciago final. El atribulado viandante al que, por motivos muy distintos, todos se remiten, todos atacan, todos tienen en mente.

    Palinuro no necesita aclarar que no es del PSOE ni lo ha sido nunca. Pero tiene una especial debilidad por las causas perdidas y le resulta imposible no inmiscuirse siempre que ve a alguien acosado por fuerzas superiores. Como es el caso. En el fondo, toda esta historia es un retrúecano del famoso lema de Alejandro Dumas, "todos contra uno y uno contra todos". Si non è vero... y justo el tipo de situación que encanta al piloto bloguero.

    Tres consideraciones a partir de una hipótesis de partida: en esos lamentables resultados del PSOE hay mucho voto oculto en la espiral del miedo. Hagan una prueba: vayan a una barra de un bar  lleno de clientes y anuncien que van a votar al PSOE si se atreven. A ver si salen vivos.

    Las consideraciones:
    • Pertenecer, hablar y actuar en nombre de un partido centenario que ha sido decisivo en la configuración de la España actual (y que, precisamente por su éxito pasado, tanta hispánica envidia despierta) implica una responsabilidad muchísimo mayor que los empecinamientos, los chanchullos de rebotica o las astucias para auparse a donde los propios méritos no impulsan. Una responsabilidad contraída no solo frente a los militantes y votantes, sino frente al conjunto de la población y, por supuesto, ante la propia conciencia, si se tiene.
    • El patriotismo, a juicio de Palinuro, es normalmente una estafa y el patriotismo de partido también. No es lo que los demás hayan hecho de lo que debes ufanarte, sino de lo que tú hagas, cuando te toque. Es si estás a la altura de lo que las circunstancias te exigen o, simplemente, vas de cuentista por la existencia para satisfacer tus intereses o tu ego. En cuyo caso, quizá debieras considerar la posibilidad de largarte a tu casa o a donde hagas menos daño.
    • Quien no reacciona ante la amenaza de catástrofe no lo hará cuando esta llegue. La actual dirigencia del PSOE deberá decidir si quiere pasar a la historia como quien permitió que un Pablo Iglesias destruyera el partido de otro Pablo Iglesias. Si quiere eso o reacciona. Y reaccionar es algo bien claro: dejar de hacer el imbécil con rencillas de corrala, con medros personales de cortijo, con ambiciones de gran estadista de pacotilla, con venganzas personales, jugarretas de internado y maledicencias de pensionista de pueblo. Significa, en una palabra: hacer autocrítica por el pasado, proponer enmienda, ejercer como partido de oposición y no como muleta del gobierno de la corrupción, articular un discurso socialdemócrata claro, poner a punto una estructura de partido que es su principal activo y está hoy abatida y desorientada, proponer ideas para los grandes temas de Estado y no excusas, y actuar, conjuntamente, coordinadamente (no monolíticamente; eso es para otros), sabiendo que, por encima de los mezquinos intereses personales están los del partido y por encima de los mezquinos intereses del partido, los de la gente sin más cuya confianza se solicita.
    Y se tendrá. Si se merece.

    lunes, 17 de noviembre de 2014

    La agonía de la Constitución.


    Desde tres ángulos se cuestiona hoy la Constitución de 1978. De un lado, parte importante del soberanismo catalán quiere derogarla en Cataluña e iniciar un nuevo proceso constituyente. Obviamente restringido a ese nuevo Estado que se propugna y para el cual ya está redactándose un proyecto. De otro lado, el PSOE aboga por reformarla porque, aunque la da por viva, considera que no refleja la realidad española actual en lo territorial ni en lo social ni en lo político. Es decir, vive, pero malvive. Por último Podemos también la da por liquidada, por periclitada en cuanto fórmula jurídica del régimen de la fementida transición y fía una parte importante de su programa a un proceso constituyente que no es el de los soberanistas catalanes porque se plantea para toda España.
     
    Si tanta gente cuestiona la Constitución, por algo será. Y lo es. La situación de deterioro del sistema político en su conjunto, que afecta a la convivencia de los españoles muestra que si la Constitución no está muerta, está moribunda. Y lo muerto o moribundo hay que sustituirlo, como quiere hacer Podemos o revivirlo, como desea el PSOE. Hay puntos en común aunque no lo parezca. El PSOE pretende limitarse a reformar la vigente, no a sustituirla. Pero la propia Constitución admite la posibilidad de una "revisión total" (art. 168,1) y ¿qué es una "revisión total" sino otra Constitución? Pero los socialistas quieren asimismo limitar, acotar la materia de reforma. Para eso se han reunido y tienen ánimo de llevar su propuesta al Congreso. No para que se tramite, pues saben que es imposible con mayoría absoluta del PP, sino para dar fe de su ánimo reformador, pero limitadamente reformador. No haya miedo. Hay cosas que no se tocan. Es la herencia de Rubalcaba admitida sin más por Sánchez: hacer una reforma acotada a dos o tres asuntos previo pacto con el PP para evitar un proceso constituyente. O sea lo de siempre.  Con la propuesta trata también librarse del abrazo asfixiante del inmovilismo de la derecha que parcialmente comparte.
     
    En el PP hablan igualmente de reforma pero es para oponerse a ella. Recomienda Rajoy a Mas que encauce en la reforma constitucional sus pretensiones soberanistas y, acto seguido, anuncia que se opondrá a cualquier revisión que cuestione lo que él cree que no se puede cuestionar. O sea, a toda reforma. Los más fieros defensores de la vida, la vigencia, la intangibilidad de la Constitución son los miembros de un partido que in illo tempore se dividió en tres facciones frente a ella: a favor, en contra y abstención. Títulos suficientes a su juicio para dárselas ahora de paladines.

    La Constitución, dicen, ha amparado el más largo periodo de democracia de la historia de España. La prueba es que el PP gobierna con mayoría absoluta, lo que le permite hacer de su capa un sayo. Por ello está dispuesto a bloquear todo intento de reforma y, por supuesto, toda propuesta de proceso constituyente. A utilizar la Constitución como un freno, una barrera frente a movimientos sociales y políticos masivos que reclaman cambios sustanciales en el ordenamiento jurídico. ¿Cambios? Por supuesto, cuantos se quieran, pero siempre en el marco de las leyes y la Constitución.
     
    Tratándose  de una Constitución moribunda o ya muerta de hecho, el empeño del PP por mantenerla intacta y obligar a todos los agentes a ceñirse a ella sin reforma alguna es casi un acto de crueldad. Recuerda a aquel tirano etrusco, Mecencio, quien, según Virgilio, hacía atar a los condenados a muerte a un cadáver, mano con mano, boca con boca. Parece como si, en lugar de ser una Constitución, fuera las tablas de la ley divina. Es su mentalidad.
     
    Sin desmerecimiento alguno para quienes redactaron y aprobaron el texto constitucional, lo cierto es que más de treinta y cinco años después, no funciona. Y no funciona en parte por su horror a toda reforma. La Constitución alemana vigente de 1949, en la que la española se mira, se ha reformado más de medio centenar de veces y, claro, sigue funcionando. En España, no. La protección de los derechos es infame; la regulación de las relaciones entre la Iglesia y el Estado, una burla; la forma política de gobierno, impuesta; y el conjunto del Título VIII, con el cual había de resolverse definitivamente un conflicto territorial crónico no ha conseguido su objetivo, como se ve en el País Vasco y en Cataluña.

    La Constitución está muerta y los dos partidos dinásticos tratan de tirar de ella pero, mientras el PP lo hace al modo de Mecencio, atándonos al cadáver, el PSOE da más cuerda y semeja a aquel personaje de Un perro andaluz que arrastra dos curas así como dos pianos de cola sobre los que hay dos burros muertos. O sea, la Constitución con todas sus peplas, sus defectos, insuficiencias y mixtificaciones, más abundantes que las de Silvestre Paradox.

    En esta situación Palinuro considera oportuno disolver el parlamento y convocar elecciones anticipadas para afrontar los inminentes cambios legislativos con una representación popular más ajustada a una opinión pública que ya no tiene nada que ver con la de 2011. A continuación, un proceso de reforma constitucional que no excluya la revisión total de la Constitución. Palinuro convocaría asimismo una Convención específica sobre la organización territorial del Estado, con el compromiso de trasladar sus conclusiones, fueran las que fueran, al texto de la nueva Constitución.

    Por supuesto, todo ello sin perjuicio de lo que decidan los catalanes por su cuenta.  
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    miércoles, 8 de octubre de 2014

    Podemos: el parto del partido.


    Ayer topé con una noticia en eldiario.es que me llamó la atención, según la cual Pablo Iglesias abandonará el liderazgo de Podemos si no prospera su idea de partido. De inmediato me vino a la cabeza que algo parecido había dicho y hecho Felipe González en similar situación allá por 1979. Se me ocurrió tuitearlo y me salieron unos cuantos interlocutores más o menos cercanos a Podemos con tipos distintos de críticas a la comparación. A diferencia de los tuiteros de otros partidos los de Podemos son gente afable, moderada en la expresión, aguda y no está siempre presuponiendo que toda observación sea un ataque a las esencias doctrinales. Es un placer discutir con ellos. Y, al mismo tiempo, me di cuenta del calado del asunto, que el periodista sintetiza de un trallazo en ese su idea de partido. Pues sí, como le pasó a González en 1979, su idea de partido.

    Pero reducir esta cuestión al ejemplo citado es muy pobre, de gracianesca austeridad tuitera, y no hace justicia al alcance de la cuestión ni a los asuntos que aquí se ventilan. Podemos está en proceso constituyente, llamado "asamblea fundacional", en la que ha de definirse en qué tipo de ente se constituye, que forma de partido adopta, incluso si quiere ser un partido. Según entiendo, hay tres propuestas sometidas a debate. Una, la propugnada por Pablo Iglesias se inscribe en una tradición de partido con ecos leninistas, esto es, un partido de liderazgo que a su vez ejerce el liderazgo sobre un movimiento más amplio. Todo muy democrático, desde luego a base de empoderar a la gente, un arcaísmo que trata de resucitar reconvertido en barbarismo del inglés empowering. El partido como medio o instrumento para conseguir un fin, no un fin en sí mismo y aprovechando el hecho de que ya está constituido como partido en el pertinente registro del ministerio del Interior.
     
    Otra propuesta, apadrinada por Pablo Echenique, trae cuenta de una tradición más espontaneísta, quiere dar más peso, sino todo él, a las asambleas, aquí llamadas círculos. Otro vago eco de todo el poder a los soviets. La democracia radical, revolucionaria, es consejista. O sea, de los círculos. En España repudiamos el término consejo porque, de un tiempo a esta parte, lo asociamos con una cueva de ladrones, truhanes y sinvergüenzas, pero tenemos en aprecio las decisiones colectivas, sobre todo las surgidas de la base, la calle, el barrio.
     
    Hay una tercera propuesta, según mis noticias, pero no me ha dado tiempo a documentarme sobre ella. Ahora me concentro en las dos primeras, que llamaremos la leninista y la consejista porque, en buena medida, recuerdan la polémica entre los bolcheviques y los espontaneístas y consejistas, al estilo de Rosa Luxemburg o Anton Pannekoek. Estos, particularmente la primera, venían de pegarse veinte años antes con los revisionistas de Bernstein en defensa del principio de que el fin (la revolución) lo es todo y el movimiento (o sea, las reformas), nada. Y ahora se encontraban con que los soviéticos los llamaban ilusos y cosas peores porque se habían olvidado de que el fin era el poder en sí mismo. Por aquel entonces los bolcheviques habían ganado todas las batallas mediante su pragmatismo y concepción instrumental: desactivaron el potencial revolucionario de los soviets a base de absorberlos y hacerlos coincidentes con los órganos jerárquicos del partido. El resultado se llamó Unión Soviética, pero no tenía nada de soviética. Y, a la larga, ese aparente triunfo, setenta y cinco años de simulacro, fue una tremenda derrota, pues no solamente acabó con la Unión Soviética sino que desprestigió y deslegitimó el ideal comunista.

    En diversas ocasiones ha dicho Pablo Iglesias que proviene de una cultura de la izquierda que no ha vivido más que la derrota; que, incluso, ha acabado resignándose a ella, en el espíritu apocado del beautiful looser. Con esta determinación se adhiere a una tradición de la izquierda e ignora otra, la socialdemócrata, que dice haber vivido tiempos de triunfo casi hasta nuestros días. Desde el punto de vista de la izquierda comunista, leninista, bolchevique, no ha habido triunfo alguno, sino traición. La socialdemocracia administró y administra, cuando le dejan, las migajas de la explotación capitalista a la que, en el fondo se ha sumado con lo que no tiene nada que ver con la verdadera izquierda; o sea, la derrotada. Esa es la tradición de derrota que Iglesias cuestiona, la que no le parece aceptable porque piensa que, dados los ideales de la izquierda, de su idea de la izquierda, esta merece ganar, triunfar, llegar al poder, implantarlos. Implantarlos ¿cómo? Sin duda alguna, de la misma forma en que se plantea hoy llegar al poder: ganando elecciones. O sea, el primer paso para ganar es ganar elecciones. Y hacerlo limpiamente. Todos los días pasan a los de Podemos por el más exigente cedazo de legalidad democrática tipos que, a su vez, tienen de demócratas lo que Palinuro de tiburón financiero.

    Solo se ganan elecciones consiguiendo el favor de mayorías, lo cual plantea las condiciones de un discurso capaz de conseguirlo en una sociedad abierta en competencia con muchos otros y en la cual la única regla es que no hay reglas porque la política es la continuación de la guerra por otros medios. Y en la guerra no hay más reglas que las aplicadas por los vencedores. Incluso es peor que la guerra porque en esta suele engañarse al enemigo, pero no a las propias fuerzas, mientras que en política puede engañarse al adversario y también a los seguidores de uno, a los electores. El triunfo electoral del PP en noviembre de 2011 es un ejemplo paradigmático. Ganó las elecciones engañando a todo el mundo, incluidos sus votantes.

    ¿Puede la izquierda recurrir al engaño, a la falsedad, al embuste? La pregunta es incómoda porque la respuesta obvia es negativa pero va acompañada del temor de que, si no se miente algo en una sociedad tan compleja y conflictiva como la nuestra, no se ganan elecciones y, si no se ganan elecciones, no se llega al poder. De ahí la reiterada insistencia de los de Podemos en que no son los tristes continuadores de IU, sino pura voluntad de ganar. Qué discurso haya de articularse para este fin es lo que se debate ahora. 

    El momento, desde luego, es óptimo. Táctica y estratégicamente. La crisis del capitalismo y la manifiesta extenuación de la socialdemocracia ofrecen una buena ocasión para el retorno del viejo programa emancipador de la izquierda. ¿En qué términos? En unos que deliberadamente evitan toda reminiscencia de la frase revolucionaria. Aquí no se habla de revolución, sino de cambio; no de clases, sino de casta; no de socialismo, sino de democracia; no de nacionalizaciones, socializaciones o confiscaciones sino de control democrático; ni siquiera se habla de izquierda y derecha, sino de arriba y abajo. Es un lenguaje medido, que trata de ocupar el frame ideológico básico de la democracia burguesa para desviarlo hacia otros fines, para "resignificarlo", como dicen algunos, y llevarlo después a justificar una realidad prevista pero no enteramente explicitada. Alguien podría sentirse defraudado y sostener que esto entra ya en el campo del engaño político, el populismo y hasta la demagogia. Es verdad que el discurso bordea la ficción, pero no incurre en ella por cuanto las cuestiones comprometidas se remiten siempre a lo que decidan unos órganos colectivos que a veces están por constituir. Nadie se extrañe. Si diez días conmovieron el mundo, más lo harán diez meses.

    Ahora bien, lo cierto es que semejante discurso requiere una táctica y estrategia meditada, prevista, consecuentemente aplicada y para ello, el sentido común suele preferir una unidad de mando y jerárquico, aunque sea con todos los contrafuertes y parapetos democráticos que se quiera. Un solo centro de imputación de responsabilidad continuado en el tiempo. Un partido y jerárquico, aunque a la jerarquía la llamen archipámpanos. El partido de nuevo tipo, con el espíritu asambleario anidado en su corazón, pero partido, medio para llegar al poder que el propio poder, astutamente, se ha encargado de convertir en único instrumento válido para su conquista y ejercicio. Para eso se redactó el sorprendente artículo 6 de la Constitución. Frente a esta libertad que es necesidad, las asambleas, los círculos, los consejos o concejos, los soviets, etc., incorporan un ideal de democracia grass roots con tanto prestigio como irrelevancia. Cabría pensar que en la época de internet, la de la ciberpolítica, las nuevas tecnologías, debieran resolverse estos problemas de eficacia del asambleísmo que, en lo esencial, según se dice, son puramente logísticos. Estoy seguro de que todos nos alegraremos si lo consiguen. Pero, de momento, no es así.

    Sin duda este es el debate. Los asambleístas señalan los riesgos del líder carismático y concomitantes de oligarquía, burocratización, aburguesamiento. Y los leninistas, la función del liderazgo de siempre de la vanguardia que se hace visible en el rostro de ese lider carismático. Es verdad que hay un peligro de narcisismo y culto a la personalidad. Pero, ¿en qué propuesta de acción colectiva en el mundo no hay algún riesgo? En el fondo, esta polémica recuerda a su vez también una del marxismo de primera generación, bien expuesta en la obra de Plejanov, primero maestro y luego archienemigo de Lenin, sobre el papel del individuo en la historia. Un tema perpetuo.  La izquierda, toda, presume de crítica, pero acepta el liderazgo como cada hijo de vecino. ¿Quién puede discutir de buena fe a Pablo Iglesias el mérito de haber llegado a donde ha llegado y haber hecho lo que ha hecho? Ya, ya, había condiciones, un movimiento. Pero alguien se ha puesto a la cabeza, con cabeza y con valor, que diría Napoleón. ¿Con qué razones se pretenderá que no puede ir más allá en su idea de partido?¿Con qué otras que deberá poner en práctica una idea?

    Más o menos, entiende Palinuro, es lo que está discutiéndose aquí. Y no es cosa de poca monta.

    (La imagen es un montaje con dos fotos de Wikimedia Commons, con licencia Creative Commons).