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jueves, 3 de septiembre de 2015

El golpe de Estado y la madre que la parió.


Detrás de Felipe González tenía que producirse su otrora inseparable, Alfonso Guerra. La carta de aquel ha tenido docenas de respuestas, críticas y elogiosas. Las elogiosas, como la de Duran Lleida, proceden del espíritu equidistante entre los unos y los otros. Es la virtud del "justo medio" de que presumía Montesquieu y de la que se reía Ayn Rand cuando preguntaba, con cierta trampa lógica,  cuál era el "justo medio" entre la injusticia y la justicia o entre la libertad y el despotismo. Los equidistantes entre el Estado español, que cuenta con el monopolio de la violencia y demás instrumentos del poder, los medios, la Iglesia, los otros Estados, etc. y la Generalitat que no tiene más que unas urnas y algunos servicios y facultades delegados, transferidos y generalmente vigilados. Dicho en otros términos, los equidistantes entre los opresores y los oprimidos. 

Los críticos son muy previsibles y tienen poco interés o no tanto como los elogiosos que, sin embargo, se han visto ahora repentinamente coartados por ese descarnado juicio de colgar a Mas la acusación de golpista. "Un golpe de Estado", dice Guerra político que lidera Mas y "a cámara lenta", complementa el Guerra antiguo aficionado al teatro.

No crean que la imagen sea muy disparatada. Recuérdese cómo el coronel Francesc Maciá intentó una insurrección armada en 1926 en Cataluña, contra la dictadura de Primo y la monarquía borbónica que los franceses abortaron. No puede olvidarse que la dictadura de Primo fue producto de otro golpe de Estado. Maciá murió siendo presidente de la Generalitat. No obstante es curiosa la expresión en boca de un dirigente histórico del PSOE, de los que iban de mitin en mitin con el puño alzado. Un golpe de Estado.

"Si quiere hablar conmigo", insistía Voltaire, "defina sus términos", check your premises, decía Ayn Rand. Revise sus supuestos, como el que revisa la presión de los neumáticos. En efecto, ¿qué es un golpe de Estado? Pues eso que otros llaman una revolución. ¿Con qué nombre pasará a la historia este episodio del independentismo catalán? Con el del que gane. Guerra ve "golpe de Estado" y, con él, todas las fuerzas vivas y muertas y moribundas del país. "Revolución" vemos cuatro gatos y mal contados porque estamos siempre bajo presión de no emplear el término para no dar carnaza a la propaganda nacionalista española de derechas, de izquierdas y de ni de izquierdas ni de derechas. Y a la gente le interesa esta variante.

El golpe lo da Mas, por supuesto, por su incontrolable afición a saltarse la ley que tanto preocupa a González o al amagar con una DUI. No el gobierno del PP que legisla mediante decreto-ley, manipula y controla los medios, esto es, el cuarto poder y tiene interferida la justicia por una dependencia directa o indirecta de jueces y magistrados. No hablemos de empresarios. El propósito del presidente de los sobresueldos de modificar el ámbito competencial del Tribunal Constitucional  pretende emplear la justicia como la prolongación del brazo del príncipe.

Es un juicio tan injusto que irrita. Acusa de golpista a un presidente democráticamente electo, que se empeña en saber qué opina la gente mediante referéndums que el Estado no le permite y que, por último, tiene convocadas unas elecciones libres en condiciones de acoso mediático, económico, político, institucional, judicial asombrosas. Si al final sale la independencia por mayoría frente a los aparatos ideológicos y coercitivos del Estado y sus seguidores y teóricos, no se ve cómo se podrá seguir hablando de "golpe de Estado", aunque nunca se sabe. 

En mi modesta opinión, la intransigencia española del PSOE frente a Cataluña deja al descubierto un complejo de culpabilidad. A los socialistas les irrita profundamente que los catalanes puedan llegar más lejos del objetivo que ellos también hubieran anhelado conseguir caso de ponerse de acuerdo: una república española y estatutos de regiones especiales para Cataluña, Euskadi y Galicia. Ahora ya no son regiones sino "naciones", y ese será el reto de la IIª Restauración borbónica y con el que el nacionalismo no se integró del todo.

Claro está que este lenguaje de "golpe de Estado" corre paralelo con el de "revolución". La elección no es inocente. Quien alguna vez, si acaso, soñó con la revolución, ahora que la ve, la llama "golpe de Estado". Probablemente con ello dice más sobre él que sobre el fenómeno que designa.

Aunque quizá podamos ahorrarnos este análisis y ver en la carta de González y la apostilla de Guerra la insinuación de que, como ya proponía el primero hace unos meses, se forme una gran coalición o coalición de PP y PSOE, esa posibilidad que descarta siempre rotundamente Pedro Sánchez, quien se manifiesta dispuesto a gobernar con quien sea, excepto con el PP. Llegado el caso habría que saber qué haría la dirección actual del PSOE aunque, a juzgar por lo que hay hasta la fecha, haría lo que le ordenasen, como lleva haciendo la actual dirección desde su inauguración entre las felicitaciones de Rubalcaba. El mensaje está claro: llegado el caso, el PSOE se sacrificará por la Patria y se declarará partido sufragáneo del PP. Es eso que llaman muy ufanos "cuestiones de Estado" y se refieren a la Monarquía y la organización territorial del Estado, básicamente. Una gran coalición puede considerarse sin más como un golpe de Estado puesto que desnaturaliza la función legislativa, que es de la que depende todo.

No está mal preparar un golpe de Estado justificándolo porque es para prevenir otro. Es lo que suele hacerse. Lo que verdaderamente intriga es hasta qué punto no reconocerá hoy a España la madre que la parió si la encuentra hablando de golpes de Estado.