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lunes, 6 de abril de 2015

Rajoy y el obispo.

¿Qué mejor broche de oro para cerrar la semana santa que con tanta devoción como entusiasmo ha celebrado el pueblo español que resucitar a Cristo? Así debió de pensar el Obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, cuando redactó el artículo El sepulcro vacío de Jerusalén, ayer en  Infocatólica. ¿Qué conmemoramos el domingo de Resurrección? Pues lo que el nombre indica, responde monseñor, recién retornado de una peregrinación al Santo Sepulcro y henchido de fe evangélica: la resurrección de Jesús. Pero, ojo, insiste el prelado, no la resurrección en sentido metafórico como admiten hoy muchos doctores de la Iglesia, inducidos a error por el espíritu científico de la época, sino la resurrección real, tangible, verdadera. La reencarnación, en una palabra. Y la aparición en carne y hueso a los discípulos, nada de ilusión o alegoría. Si los doctores dudan solo tienen que alargar la mano, como Tomás, y tocar las llagas.
He aquí un interesante tema para añadir a las clases de religion en los colegios como complemento y parcial rectificación de las de biología: algunos seres vivos no mueren del todo sino que, al cabo de un tiempo, resucitan y suben al cielo por su propio impulso. En algún otro caso que suele olvidarse por desidia y abandono, como el de la Virgen, también resucitan. La resurrección no es un asunto reservado a los hombres. Participan de él igualmente las mujeres, como recuerda el obispo a fuer de avanzado, feminista y partidario de la igualdad de género. Lo de la ascensión a los cielos ya es otro cantar. La virgen no asciende por su propia fuerza sino que es asunta, cosa lógica pues la iglesia no practica un igualitarismo radical y absurdo, ignorante de que las mujeres necesitan siempre una ayuda... a menos que sean del PP en donde, según Cospedal, se valen por sí solas.
Algunos son escépticos respecto a las aseveraciones del obispo Munilla. Víctimas del positivismo y el racionalismo del siglo ven con incredulidad la figura histórica de Cristo y, cuando se trata de admitir no ya solo que el personaje haya nacido sino que haya renacido, la incredulidad se convierte en sarcasmo. Pero los seres humanos somos imprevisibles. Muchos de quienes dudan o incluso niegan el milagro de la resurrección de Cristo creen a pie juntillas en la de Rajoy, bastante más improbable.
De regreso de las correspondientes meditaciones y mariscadas de semana santa, el presidente viene dispuesto a avocar todo el proceso electoral que se avecina y se lo anuncia no a los apóstoles, sino a los 600 miembros de la Junta Directiva Nacional. No enviará emisarios a los territorios en pugna sino que los visitará él en persona, uno a uno, para animar el espíritu de los decaídos votantes del PP. Encabezará la campaña en todas partes, como hizo en Andalucía. Los escépticos y aguafiestas temen un resultado de la segunda llegada de Rajoy, a modo de parusía, todavía más catastrófico que el de la primera.
Debilidades y temores de gentes sin fe como la del obispo Munilla y sin carácter ni energía. Rajoy está, en cambio, pleno de vigor y determinación, seguro del mensaje que va a transmitir, el de la recuperación de la crisis gracias a los sacrificios de este noble pueblo. Tiene confianza en sí mismo y, aunque su valoración popular sigue siendo la más baja de todos los políticos de toda la segunda Restauración, está convencido de ser capaz de "dar a vuelta a las encuestas".
Solo necesita que sus colaboradores inmediatos, los barones, los alcaldes que se enfrentan a unas elecciones difíciles crean, confíen en él. Pero no parece ser el caso. Los interesados, Aguirre, Fabra, Monago, etc, prefieren hacer eso que se llama "campañas personalizadas", centradas en sus figuras y nombres y dejando en la penumbra el de su superior jerárquico, Rajoy, que huele a resucitado y el de su partido, que suena más en las salas de los juzgados que en los mítines políticos. Toman ejemplo de Susana Díaz quien enfocó su campaña envolviéndose en la bandera de Andalucía e ignorando cuanto sucediera al norte de Despeñaperros. Pero no es seguro que lleguen a la perfección de dejar a Rajoy de telonero, como hizo la andaluza con su flamante secretario general. Rajoy manda mucho en el PP y ha sido él quien nombró a todos los candidatos y quien puede desnombrarlos como vino a hacer con el hoy semiproscrito Ignacio González.
Pero justamente esa inevitabilidad de la presencia del resurrecto Rajoy, luego de la humillante derrota andaluza, puede ser el golpe de gracia para las expectativas electorales del PP en especial en las Comunidades Autónomas en las que los sondeos auguran resultados modestos.
Como dice el obispo en su artículo, la resurrección de Cristo no puede interpretarse fuera del orden físico, y es inadmisible la negación del hecho histórico sucedido en el sepulcro vacío de Jerusalén. Difícil de creer, ¿eh? Pues no digamos la de Rajoy.