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domingo, 13 de abril de 2008

¿En dónde deben estar los chinos?

Para ser una región tan alejada del normal tráfago del mundo occidental, el Tíbet levanta verdaderas pasiones. Quiénes salen defendiendo al impresentable Gobierno chino, aunque muchos se cuidan de reconocer que, en efecto, es impresentable; quiénes atacando al Dalai Lama, si bien en su caso nadie cree necesario tomar precaución alguna. Como su régimen hace cincuenta años era una teocracia feudal que, gracias a San Marx, San Lenin y San Stalin, los chinos sustituyeron por una "verdadera democracia" bajo la forma (transitoria, claro) de una dictadura del proletariado, se sigue que el Dalai Lama de hoy es tan teócrata y feudal como el de ayer. Es posible, ya que al personal le cuesta cambiar, como se prueba leyendo a quienes nos avisan del peligro de apoyar a los tibetanos frente al régimen chino. Es verdad que el mismo Dalai Lama dice y repite que no quiere violencia, que no desea el boicot de los juegos olímpicos y que no aspira a la independencia del Tíbet, cosas que suenan raras para dichas por un teócrata; pero todo esto es gratuito, fútil e irrelevante. Los chinos no tienen derecho a machacar a los tibetanos con independencia de que el Dalai Lama sea bueno como un querubín o malo como un demonio sulfúrico.

En fin, como todo esto es evidente, mientras los chinos siguen reprimiendo a los tibetanos y deteniendo monjes budistas con los bolsillos repletos de bombas cual si fueran etarras, doy la palabra a quien, por el oficio que ejerce, el de poeta, siempre tiene algo decisivo que decir. Y más en este caso. ¿Recuerdan Vds. la Balada de Frankie Lee y Judas Priest, en el magnífico LP de Bob Dylan, John Wesley Harding, de 1968? ¿Recuerdan la estrofa final? Decía:

"Well, the moral of the story, the moral of this song is simply that one should never be /where one does not belong". (La moraleja de esta historia, la moraleja de esta canción es que uno no debe estar nunca en donde no le corresponde.)

La canción entera, extraordinaria pieza de surrealismo, está aquí:


Más claro, water.
.

(La imagen es una foto de Mel F, bajo licencia de Creative Commons).

viernes, 11 de abril de 2008

El Tíbet y un servidor.

Pues sí, parece que la movida internacional esté dando frutos: el PM británico, Brown ya ha dicho que no va a la inauguración; Ban Ki Moon dice que seguramente tampoco, aunque a ese los chinos pueden ponerlo a marcar el paso prque es funcionario de un organismo en el que tienen vara alta; Bush se lo está pensando y el Parlamento Europeo urge a la Unión que adopte una actitud colectiva cuando Brown ya lo ha hecho por su cuenta. Muy europeo.

No creo que los chinos vayan a hacer algo por el Tíbet distinto del palo y tentetieso que es lo que se les da bien. Pero, cuando menos, el Tíbet ha pasado a ser noticia mundial varios días. Mucha gente se habrá enterado de que existe y de que se trata de una zona del planeta en la que la gente no vive como quiere vivir, sino como quieren otros

Mi amigo Joaquim Pisa publica un post en su blog Aventura en la tierra titulado De fuegos y ardores olímpicos en torno al Tíbet y China y dedicado a discrepar de otro mío hace dos días titulado Libertad para el Tíbet. Joaquim había escrito lo sustancial de ese post en un comentario a Palinuro que, por alguna razón que desconozco, se atascó ayer y no quiso salir publicado, aunque yo lo publiqué. Lo ha hecho hace un rato. No hace falta que diga que aquí se publica todo lo que llegue y no insulte. Tampoco hace falta decir que no suelo contestar los comentarios salvo caso excepcional, como éste.

Por lo demás, se dirá lo que se quiera sobre si quienes armamos bulla por lo de China en Tíbet no nos enteramos, nos manipulan, somos gusanos anticastristas, tenemos un odio visceral al pueblo chino, somos siervos de la teocracia de Lhasa o agentes de la CIA y hasta de la TIA, pero aquí hay una cuestión y solo una: si el lector fuera tibetano ¿aguantaría lo que los chinos están haciendo en el Tíbet? Yo no. Así que ya se sabe por qué protestamos los que protestamos: porque no nos gusta que se haga a los demás lo que no queremos que se nos haga a nosotros que, por cierto, es la llamada "norma de oro" de la moral. A lo mejor me paso de ingenuo. Pero, en estos casos, prefiero pasarme de ingenuo que de listo.

miércoles, 9 de abril de 2008

Libertad para el Tíbet.

Poco a poco, la campaña funciona. De modo espontáneo, sin que ninguna conjura internacional, sombríos manejos de conspiradores ni "enemigos de China" en infames conciliábulos hagan acto de presencia sino por las manifas de la gente, la movilización de grupos inconexos, a los déspotas chinos se les está fastidiando la maniobra de propaganda mundial que tenían pensada con los juegos olímpicos. Es magnífico ver cómo va cuajando un movimiento mundial para proteger a los tibetanos del aplastamiento chino y exponer en público los crímenes de esta dictadura de partido.

Y más lo es comprobar cómo los sofismas y las patrañas a que recurren las autoridades chinas y sus valedores en Occidente no hacen mella en el propósito cada vez más extendido de denunciar la opresión del Tíbet. La primera es la ya mencionada del "complot" con variados intervinientes, que si la CIA, el Pentágono, la India, Rusia..., en fin una variante de la conspiración judeomasónica en la que ya no creen ni las damas de la Adoración Nocturna.

El segundo argumento, muy típico, sostiene que lo que China haga en el Tíbet es un "asunto interno" chino que no concierne a nadie más. Salvando las distancias esto es como decir que cuando un cónyuge (normalmente el marido) arrea estopa al otro, el asunto se da en la intimidad del matrimonio y nadie tiene derecho a inmiscuirse en ello. Para el derecho internacional humanitario ya no hay "asuntos internos" que valgan cuando están en juego los derechos humanos.

Otra falacia a la que echan frecuente mano los barandas de Pekín y sus amigos (que tienen muchos, sobre todo entre los paleocomunistas anteriores al 56) es la muy conocida del "y tú más". Como las protestas contra la opresión del Tíbet se centran en el atropello a los derechos humanos, ellos argumentan que los demás países tampoco son un modelo en esto, empezando por los EEUU que, teniendo Guantánamo, debe callarse al respecto. El argumento es una especie de pacto de canallas: no critiques mis crímenes que los tuyos son peores y yo me callo. Cierto, muy cierto. El problema, sin embargo, es que quien denuncia la barbarie china no son los EEUU sino los estadounidenses de a pie que también denuncian Guantánamo; no es España, sino los españoles que denunciamos las torturas en el País Vasco; no es Gran Bretaña, sino los británicos, etc, etc. Es más, casi todos los gobiernos del mundo, que aspiran a meter la cuchara en el pastel comercial chino, hacen la vista gorda ante su régimen tiránico. Lo gobiernos, pero no la gente. Así que si los chinos quieren que la gente se calle en otro países tendrán que dar unas lecioncitas acerca de cómo se trata a los disidentes, que en eso tienen mucha experiencia.

El tercer "argumento" que los chinos y los prochinos emplean es aun más ridículo e infame. Suelen decir que el Tíbet era una siniestra dictadura medieval cuando ellos lo invadieron y que han llevado la modernidad y la justicia social a San Pedro de los Aguados, perdón, quiero decir al Tíbet, ¿en qué estaría yo pensando? Ese es el argumento "civilizador" con el que todos los colonialistas, imperialistas e invasores que en el mundo han sido han tratado de justificar siempre sus fechorias: te invado por tu bien, para modernizarte, para liberarte, para democratizarte... como los EEUU en el Irak, sin ir más lejos. Esta descarnada estupidez tuvo en su día una magnífica respuesta que le dio Ahmed Ben Bella, entonces líder del Frente de Liberación Nacional de Argelia al general De Gaulle. Le decía el General: "¿Para qué quieren Vds. la independencia si no saben gobernarse?" Respuesta de Ben Bella: "Tenemos el derecho a gobernarnos mal". Muy bien dicho. ¿Para qué perder el tiempo discutiendo con racistas se llamen De Gaulle o Hu Jintao?

Lo único que precisan hacer los chinos para tener la fiesta en paz es reconocer el derecho de los tibetanos a la autonomía y negociarla con el Dalai Lama que ya ha dicho que no aspira a la plena independencia. ¿Por qué no van a tener los tibetanos lo que tienen lo catalanes, los andaluces, los tiroleses, los valones, los escoceses, los bávaros, los sicilianos, etc? ¿Por qué hay que matarlos o encarcelarlos por pedirlo?

lunes, 24 de marzo de 2008

El despotismo asiático.

Una de las categorías más interesantes de la obra de Karl Marx fue la del "modo de producción asiático", esto es, un tipo de formación que no encajaba en su división canónica de comunismo primitivo, esclavismo, feudalismo, capitalismo y socialismo y que se caracterizaba por un sistema político despótico que descansaba sobre el dominio de una casta burocrática, propietaria colectiva de los medios de producción y la mano de obra esclava. En cuanto al modo de producción, uno de los factores esenciales eran los grandes sistemas de regadíos, obras públicas en definitiva, también administradas de forma monopólica por la casta burocrática. Este rasgo es el que indujo al economista marxista Karl Wittfogel a llamar a estos sistemas "despotismos hidráulicos".

Por supuesto, la categoría marxista no tuvo gran predicamento en la Unión Soviética por el temor de lo rusos a que se cayera en la cuenta de que el concepto reflejaba bastante bien el sistema que tenían organizado, como refleja hoy el de China. De hecho. tal era la posición del filósofo marxista Rudolf Bahro en su famosa obra Die Alternative y de otros de su corriente que no vivían enfeudados en los pivilegios de las castas comunistas dominantes. De este modo, sólo los marxistas occidentales hablaban del "modo de producción asiático"; los orientales, rusos o chinos, hablaban de "socialismo".

Hoy día China es el ejemplo más acabado de despotismo asiático que hay sobre el planeta. El monopolio político, economico y social del partido comunista (los otros partidos son meras comparsas del comunista y su existencia sólo sirve para legitimar a éste) y de la casta burocrática que lo controla, el totalitarismo como intervención del Estado en todos los aspectos de la vida social, singularmente las telecomunicaciones, la falta de derechos políticos y libertades civiles de la población, así lo prueban.

La forma en que China ha abordado el problema del Tíbet, recurriendo a la represión, la expulsión de los corresponsales extranjeros para que no puedan denunciar el atropello de los derechos humanos que allí se está produciendo, es la consecuencia lógica de esa estructura dictatorial y totalitaria del sistema chino.

Pero, al mismo tiempo, China es un país poderoso. Con sus mil doscientos millones de habitantes, constituye un mercado muy atractivo que nadie quiere perder y, como el poder político lo controla a través del capitalismo de Estado, chantajea a los demás países que pudieran protestar por la represión en el Tíbet para que mantengan un vergonzoso silencio. De ahí que sea tan imprescindible que la opinión pública de los países democráticos presionemos a nuestros gobiernos para que tengan el coraje de enfrentarse al atropello y ponerle coto. De hecho, somos la única defensa de la población civil tibetana, abandonada a la arbitrariedad de las fuerzas represivas chinas. Por eso son esenciales las campañas de protesta internacionales y de recogida de firmas como la de Avaaz para hacer ver a los dictadores chinos que el mundo está pendiente de lo que hacen en el Tíbet y, por supuesto, de lo que hacen con la propia población china, tan desprovista de derechos fundamentales, libertad de asociación, de expresión, de sindicación, etc como lo están los tibetanos. Es la importancia de la publicidad que tan agudamente vio en su día Kant como garantía de la justicia. El poder, sobre todo el poder despótico, quiere el secreto, el silencio y la ocultación, justo en la misma medida en que las fuerzas democráticas quieren la publicidad y la trasparencia; les va la supervivencia en ello.

Los dos argumentos que suelen emplear los exégetas y los servicios de propaganda de la China son: a) el principio de no injerencia en los asuntos internos de otros países y b) la falta de respeto a los derechos humanos en otras partes del mundo, empezando por aquellas que más protestan. Sabido es que el derecho internacional humanitario hoy día ya no reconoce el principio de no injerencia. Los derechos humanos son un principio superior a las fronteras de los Estados y con ellos no hay no injerencia ni asuntos internos que valgan. Y la falta de respeto a los derechos humanos en cualquier parte del mundo no puede nunca ser un argumento a favor de su violación en otra. Por lo demás, quienes protestamos por la violación de los derechos humanos en Europa (los innumerables casos de Yugoslavia), en los Estados Unidos (Guantánamo, pena de muerte, etc) o en España (casos de torturas en el País Vasco) no vamos a ignorar los atropellos de la tiranía china contra sus pueblos indefensos. Aquí no hay nadie exento y la crítica no puede dejar de ejercerse allí donde exista algún tipo de afinidad electiva ya que, en tal caso, se convierte en un remedo de sí misma. En el caso concreto que nos ocupa, sostenemos que la mejor ayuda que se puede prestar a la lucha de los pueblos por su libertad es la denuncia de los crímenes que se cometan contra ellos, incluso con la vergonzosa complicidad de nuestros sistemas democráticos.

(La imagen es una foto de Papermakesplanes bajo licencia de Creative Commons)

jueves, 20 de marzo de 2008

El techo del mundo.

Los acontecimientos de estos días en el Tíbet están pensados con toda evidencia para lograr la máxima repercusión mundial y forzar al gobierno de la República Popular China a ceder en su política respecto a lo que llama la "Región Autónoma del Tíbet"(RAT). De ahí que estén haciéndose movilizaciones en el mundo entero en apoyo al Dalai Lama y al derecho del pueblo tibetano... ¿a qué? Pues en principio a la justicia, al respeto a los derechos humanos y al máximo grado de autonomía que pueda conseguirse dentro del marco de la República Popular China. Conviene que se sepa esto porque el grado de información acerca de lo que está sucediendo allí y de las pretensiones de los distintos actores del conflicto no es precisamente extenso.

De ahí que los objetivos que pretende conseguir la campaña de recogida de firmas de Avaaz en una carta al presidente chino, Hu Jintao, sea precisamente respetar los derechos humanos de los manifestantes en Tíbet y abrir un diálogo con el Dalai Lama. Nada más.

Se entiende que los tibetanos más radicales que han participado en las manifestaciones de los últimos días, duramente reprimidas por el ejército chino, pidan la independencia total del Tíbet y consideren que el XIV Dalai Lama, que vive en el exilio en la India, sea un traidor. Esta es una dinámica habitual entre moderados y radicales en todo movimiento político del tipo que sea y muy especialmente en los de carácter territorial. Pero el hecho incuestionable es que el Dalai Lama ha desautorizado expresamente el empleo de la violencia en el Tíbet y no solamente el de las autoridades chinas, sino el de los mismos manifestantes y ha amenazado con dimitir de su condición de Jefe del Estado del Tíbet (no como dirigente espiritual, se entiende) si aquella prosigue.

Para mí, esta clara actitud de condena de la violencia, especialmente cuando se ejerce en nombre de la causa propia, es la que tiene valor moral, la que diferencia la actitud del Dalai Lama de los hipócritas incapaces de condenar la violencia si creen que los beneficia (en Irlanda, en el País Vasco, en Israel, etc) y la que lo asimila a la lucha del Mahatma Gandhi por la independencia de la India.

Porque el Dalai Lama no solamente ha dejado bien claro que desautoriza el recurso a la violencia (incluso la práctica de arrojar piedras en las manifas callejeras) sino que también viene diciendo desde hace tiempo que considera que el Tíbet debe seguir siendo parte integrante de China y que sólo reclama para él el máximo grado de autonomía posible y el respeto a los derechos humanos de los tibetanos.

Que el gobierno chino responda con la represión a estas reivindicaciones consideradas justas en cualquier otra parte demuestra lo insostenible de su posición desde un punto de vista político y moral. De ahí que haya una clara justificación para apoyar una campaña de solidaridad con el Tíbet que vaya encaminada a presionar a la República Popular China a actuar con justicia en la RAT. La protesta internacional es lo único que puede hacer retroceder a los déspotas chinos, temerosos de la repercusión que su intransigencia pueda tener en la celebración de los juegos olímpicos en Pekín este verano.

Ese es el punto central de esta cuestión y el motivo real por el que los activistas tibetanos han puesto en marcha sus protestas. Las esperanzas de que el Comité Olímpico Internacional pueda solidarizarse con la causa tibetana y decretar un boicoteo de los juegos olímpicos en Pekín es prácticamente cero, sobre todo después de que algunos comités olímpicos nacionales, especialmente el estadounidense, ya hayan votado en contra del boicot, aunque sea por un margen mínimo. No obstante, merece la pena seguir y que cada cual cumpla aquí con su papel: nosotros, la opinión pública mundial, firmando para que los chinos se sienten a negociar con el Dalai Lama y vigilando que no se cometan atropellos con los tibetanos; los comités olímpicos rechazando los boicoteos, para que no se pueda acusarlos de instigar "campañas antichinas" y cosas por el estilo; el Dalai Lama condenando el uso de toda violencia, especialmente la que puedan ejercer sus partidarios, para que no quepa tergiversar su actitud; y estos, por último, continuando con su actividad de protestas y manifestaciones en demanda de sus derechos. Es para ellos una ocasión de oro y lo será cada vez más a medida que se acerquen los juegos olímpicos y todos los medios de comunicación del planeta se centren sobre China.

Está claro que el margen de maniobra de los chinos es cada vez más angosto y que el tiempo trabaja a favor de la lucha por la democracia en el Tíbet sobre todo porque cualquier desliz represivo de las autoridades puede desencadenar el movimiento de opinión internacional a favor del Tíbet que fuerce a nuestros gobiernos occidentales a retirarse de los juegos olímpicos y boicotearlos.

Es legítimo pensar que si los países democráticos hubiesen tenido el coraje de boicotear los juegos olímpicos de Berlín en 1936 quizás los nazis no hubieran sido tan arrogantes y se hubiera podido evitar lo que vino después. Dos últimas observaciones al respecto:

a) Me hago cargo de que un posible boicoteo de los juegos olímpicos es una faena para las legítimas aspiraciones de los atletas del mundo entero; pero estos deben entender que los derechos humanos están por encima de cualesquiera consideraciones deportivas por nobles que sean;

b) también de que equiparar a los nazis con la dictadura comunista china puede resultar algo extraño. No obstante, está claro (porque es una de las grandes conclusiones políticas del siglo XX) que hay más similitudes entre las dictaduras, tengan la base económica que tengan, que entre las dictaduras y las democracias. Y una de estas similitudes consiste en sostener que las democracias no son tales, sino dictaduras encubiertas. Eso es lo que ellas quisieran, por lo de la condición del ladrón.

(Las imágenes son fotos de Fanghongy de Lucag bajo licencia de Wikimedia Commons y de Creative Commons).