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viernes, 17 de mayo de 2013

El encanto del Apocalipsis.


Morris Berman (2012) Las raíces del fracaso americano. México: Sexto piso (258 págs).


En nuestro tiempo los Estados Unidos prácticamente acaparan la producción de bibliografía profética, pesimista, distópica, apocalíptica. Hay dos razones principales -entre varias- para ello: en primer lugar, el país es la última manifestación de una forma imperial. Casi todo el siglo XX aparece dominado por el abrumador poderío económico, político y militar de la república al norte del Río Grande. La experiencia histórica quiere que todos los imperios muestren una evolución similar: surgimiento, auge, decadencia y hundimiento. Los ejemplos más conocidos e investigados son el del Imperio romano y el español del siglo XVI. Pero también gozan de su cuota de atención el inglés y el francés del siglo XIX. Es natural que haya cierta preocupación por averiguar cómo se manifestará ese periplo -que se considera inevitable- en el caso de los Estados Unidos, de forma que rara es la temporada en que no se publica algún estudio pronosticando el fin de la hegemonía estadounidense.

En segundo lugar -y en conexión con lo anterior-, al ser los EEUU el país más poderoso del mundo, es también el que más recursos naturales consume (aunque pueda estar ganándole ya la China) lo que, a su vez, incide en una de las causas que suelen invocarse para prever la catástrofe inminente no ya de la propia Norteamérica, sino del mundo entero a causa del cambio climático, la contaminación, el agotamiento de tales recursos o la suma de todas ellas. El libro de Berman es el último en hacer hincapié en este aspecto. El modelo de crecimiento ilimitado (La búsqueda de la abundancia lo llama el autor en el primer capítulo), del capitalismo basado en el consumo sin freno, es insostenible, a plazo cada vez más corto.

Pero el libro de Berman no se limita a una proyección agorera en términos prácticos, materiales, objetivos. No es un estudio técnico sobre previsiones demográficas o energéticas. Está en la línea, pero no prolonga o reproduce (aunque sí las menciona y valora) obras ya clásicas como La bomba demográfica, de Paul y Anne Ehrlich (1968) o Los límites del crecimiento, del Club de Roma (1972). Su visión es más amplia, más profunda y de otra índole. El autor tiene un enfoque que por aquí llamamos de historia cultural (sus obras anteriores, todas de gran impacto, se mueven en ese campo), más interesado en el movimiento de las ideas que en el de las personas o las cosas. El citado primer capítulo es un bosquejo del capitalismo estadounidense como una civilización única que, falta de toda referencia ajena a sí misma (por ejemplo, falta de tradición medieval, como hay en Europa), carente de toda meta trascendental, se ha fijado su propia expansión como tal. Es decir, se ha hecho autorreferencial y, con ello, se piensa legitimado par imponerse por la fuerza en el resto del mundo. Como tal discurso identificativo y legitimatorio (la sociedad de la frontera, de Frederic Jackson Turner), la tierra de las oportunidades, el Manifest Destiny, es hegemónico y carece de relato alternativo, cosa que el autor ejemplifica muy gráficamente mostrando cómo las tempranas advertencias de Thorstein Veblen sobre el consumo ostentoso apenas tienen audiencia mientras que los libros de Dale Carnegie  siguen siendo éxitos de ventas decenios después de su publicación (p. 37).

Una advertencia sobre la traducción. Esta es pulcra y, en general, irreprochable. Pero el traductor hubiera debido poner algunas notas a pie de página, explicativas de peculiaridades yanquies. Muy especialmente una. El autor considera que el capitalismo estadounidense es oportunista y así, al pie de la letra lo vierte el traductor. Pero aquí "oportunista" tiene un sentido más ecónomico y social, un poco en el estilo de las oportunidades vitales, de Ralf Dahrendorf, mientras que en español lo tiene más político y moral, en el sentido un poco peyorativo del "posibilismo". Es preciso aclararlo porque la lectura chirría.

Desde luego, hay autores muy señalados que han tratado de formular el discurso alternativo, singularmente Lewis Mumford, probablemente el pensador que más haya influido en Berman en toda la vastedad de su producción. Berman analiza el discurso ideológico de ese capitalismo como una lucha entre las tradiciones republicana y la liberal con sus ambigüedades y dificultades, muy en la línea de otro clásico de obligado respeto como es La tradición política americana, de Richard Hofstadter, en 1947. Y, por supuesto, el padre de todos ellos, el marxista Charles A. Beard, que está muy presente en las consideraciones de nuestro autor sobre la acumulación de capital, los robber barons, los orígenes del capitalismo y, claro es, la esclavitud.

De la mitología justificativa del capitalismo estadounidense (el valor de la propiedad, la movilidad social, las oportunidades, el hombre que se hace a sí mismo, la meritocracia, etc) se encarga esa tradición alternativa que no consigue imponerse, pero a la que Berman presta la debida atención: Fromm, Wright Mills, Vance Packard, Galbraith, Goodman, Riesman (p. 47). En concreto, el análisis de un autor tan peculiar como Packard es muy brillante. Sobre todo su conclusión, que disipa la inmediata objeción de que se trata de un autor de superventas mantenidas, casi al estilo de Carnegie. Sí, viene a decir nuestro autor, las gentes siguen leyendo The Hidden Persuaders a cientos de miles pero, cuando lo terminan, se van a Wal-Mart a ponerse ciegas de electrodomésticos. Disonancia cognitiva se llama eso, y Leon Festinger lo ha explicado muy bien. 

Berman dedica un segundo capítulo (El reinado de Wall Street) al análisis de la actual crisis financiera (p. 74) en un relato básicamente correcto pero que no aporta casi nada nuevo. Sí lo es, sin embargo, la insistencia del autor en el comportamiento inmoral de los protagonistas de la gran estafa de especulación y derivados y en el hecho de que hayan dominado y sigan dominando las sucesivas administraciones norteamericanas, sean republicanas o demócratas. Es muy convincente su crítica a Obama, entregado a una gestión neoliberal de la crisis provocada por el neoliberalismo y produce cierta sorpresa su empeño en presentar al presidente Carter como cumplido ejemplo del discurso alternativo y, por lo tanto, fracasado.

El tercer capítulo, el de mayor interés a juicio de este crítico, retoma una perspectiva más filosófica. Contiene algunas afirmaciones felizmente formuladas, con fuerza de metáfora: el estilo de vida estadounidense recuerda una rata girando en su rueda (p. 95). Se trata de "una nación de gente que tira su vida a la basura a cambio de juguetes" (p. 96). Los EEUU identifican el progreso de la nación con el progreso tecnológico. La tecnología es la verdadera religión (p. 100), una escatología cristiana con nuevos términos (p. 102).

Es el núcleo esencial de la filosofía de Berman. No es muy nuevo, aunque sí claramente expuesto. La equiparación tecnología-religión no va muy allá, pues entronca con la baqueteada ilustración. Más interés tiene que el autor reviva un viejo tema de contraposición que, si no me engaño, aparece ya en las Cartas sobre la educación estética del hombre, de Friedrich Schiller (1795) y se repite luego como un leitmotiv del romanticismo: el progreso material no va acompañado del correspondiente progreso moral de la especie (p. 103). Un tema romántico por excelencia, que lleva a la idealización del pasado, el antiindustralismo, la oposición al positivismo progresista que se hallan en Emerson y Thoreau, Ruskin y Morris. Weber y Tönnies aparecen también a la hora de sistematizar conocimientos y, desde luego, la contraposición Gemeinschaft-Gesellschaft tiene un lugar privilegiado (p. 109). Pero, ya detrás de ellos, se valora y mucho el esfuerzo de algunos críticos de la tecnología, relacionados o no con la Teoría Crítica, como Marcuse, Koestler, Ellul (p. 112). El Nacimiento de la contracultura, de Theodore Roszak (1969) y Lo pequeño es hermoso, de Ernst Friedrich Schumacher (1973), terminan de reproducir el cuadro de una corriente de pensamiento muy interesante pero de escaso impacto. Al respecto es muy brillante y sitúa al autor en esta honrosa tradición de defensores de causas perdidas el  argumento de que la pretendida neutralidad instrumental de la tecnología es falsa (p. 115). Un hallazgo que convierte a Berman en seguidor de la crítica a la razón instrumental, pero lo obliga a demostrar por qué la tecnología es perversa.

Y ahí es donde la obra muestra cierto flanco débil. Su rechazo a la tecnología lo pone a las puertas de defender la causa del decrecimiento. Pero no llega a pasar esa raya o, cuando menos, no lo he visto. Y, sin dar ese paso, el negativismo de la crítica la esteriliza y la convierte en amargo pesimismo. Máxime cuando se menciona la sombría trinidad de Neil Postman  (culturas que usan herramientas-tecnocracias-tecnópolis) (p. 117). Él mismo tiene que reconocer que ninguna teoría llegó ni de lejos a alcanzar el impacto y la extensión de las de Ford y Taylor, que dieron al capitalismo estadounidense su carácter originario, depredador, que conserva (p. 118). Especial simpatía suscita la resignada conclusión del autor citando a Steiner: la tecnología es la supresión sistemática del silencio (p. 133). En la apología del silencio, base de la reflexión, Berman se gana la simpatía del lector.

Los dos últimos capítulos son más livianos pero también muy interesantes. El cuarto, el reproche de la historia es una especie de estudio revisionista de la guerra civil. Tan revisionista que el propio autor viene a equipararse en su afán con el patriarca del revisionismo contemporáneo, William Appleman Williams. Su revisionismo, sin embargo, es especial. Echa mano de Turner de nuevo y, claro, de Beard, para dar a la guerra civil un tinte geopolítico y de lucha de clases. En su oposición al capitalismo "oportunista" del Norte, idealiza la sociedad del Sur, que aparece embellecida con un velo de moral caballeresca e integración al estilo Gemeisnchaft, cuando no de Lo que el viento se llevó. ¿La esclavitud? Eso no fue decisivo. Él mismo se da cuenta de la ambigüedad moral de su posición y se siente obligado a advertir que detesta la institución (p. 153 y ss.), pero se mantiene en sus trece de que, tanto en la vivencia de los protagonistas, como en el sentido general del fenómeno, la lucha contra la esclavitud fue una motivación legitimatoria introducida post festum. Lo importante era la unión, el mercado.

El último capítulo, el futuro del pasado contiene una comparación entre los Estados Unidos y Europa que no me parece enteramente atinada. En síntesis, su idea es que el capitalismo europeo es más justo, equitativo y humano que el estadounidense, egoísta, inhumano, depredador (p. 193). Algo de esto hay y, sin duda, resulta grato a los europeos que, en lugar de leernos la cartilla desde el otro lado del charco, se nos reconozcan algunos méritos. Es grato, sí, pero empieza a no ser verdad. Precisamente la expansión ideológica, la hegemonía neoliberal estadounidense ha  conquistado el viejo continente en donde, como siempre, los europeos rivalizan a ver quién es más papista que el papa a la hora de destruir las instituciones de la economía social de mercado que constituían la ventaja europea sobre los yanquis. Su síntesis de los rasgos esenciales del Estado del bienestar europeo, con su sentido de la seguridad de las personas, el respeto a los derechos sociales y económicos, etc (p. 195) pertenece al pasado. Europa está desmantelando el Estado del bienestar y el ejemplo más palpable es España.

El último capítulo se cierra con otra buena metáfora. El capitalismo estadounidense es el Pequod y, como el Pequod, se irá a pique detrás de la ballena blanca del crecimiento ilimitado.

Un libro muy interesante, muy actual, de lectura muy recomendable. ¡Ah! Y en él no hay un solo párrafo dedicado a internet.