Mostrando entradas con la etiqueta Transición.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Transición.. Mostrar todas las entradas

domingo, 18 de diciembre de 2016

Entrevista a Palinuro en Vozpópuli

El joven periodista David Martínez se presentó puntual en mi despacho, como habíamos acordado. Lo hizo en compañía del  fotógrafo Antonio Liñán, de quien son las estupendas fotos que adornan la entrevista. Apenas instalados y empezado a hablar se estableció una corriente de simpatía creo que mutua que convirtió la conversación en un tiempo muy agradable.

Es curioso, suelo congeniar con los periodistas que envían los medios más conservadores (incluso reaccionarios), que son los únicos que me entrevistan. Los de izquierda no quieren saber nada de Palinuro. No me extraña. Los motivos son tan fáciles de adivinar que no merece la pena entretenerse ellos.

Transcribo la entrevista íntegra.

"Aburrirse es besar a la muerte". Lo escribió Ramón Gómez de la Serna en una de sus célebres greguerías y parece tenerlo siempre presente otro Ramón, Cotarelo (Madrid, 1943), politólogo y referente intelectual de la izquierda española durante décadas. Su extensísima producción académica y literaria sumará un nuevo capítulo en enero, con la publicación de una obra sobre el ciberactivismo -“donde se hace la política hoy en día”- a la que se ha entregado los últimos meses.

Gran estudioso de la Transición, primer crítico y último defensor del felipismo, espectador de excepción en el nacimiento de Podemos… Cotarelo acumula una trayectoria variopinta, con algunas contradicciones, muchos desencuentros personales y un denominador común: la claridad expositiva. “La crítica es un arma fundamental del filósofo”, aduce a modo de justificación de esos dardos dialécticos que a diario pueden leerse en su blog o en sus perfiles de las redes sociales, esos que cultiva con afán casi adolescente. Conversando en persona es menos ácido, aunque igual de polemista y socarrón. El “comunismo anquilosado” y la “derecha autoritaria” son sus dianas predilectas, pero no las únicas.

Tiene también para el grupo fundador de Podemos, con quien compartió proyecto y horas de tertulia en La Tuerka y con quien ahora es muy crítico. A Monedero le dirigió la tesis doctoral, a Iglesias y Errejón les vio formarse los corpus ideológicos que ahora los enfrentan... Todos se unieron para construir una izquierda alternativa capaz de ocupar, o eso creyó leer Cotarelo, el espacio que hay entre la “socialdemocracia desnortada” y la bandera roja desfasada. Decimos “eso creyó leer” porque con el tiempo ve cómo aquel movimiento asambleario deviene en la enésima máscara del mismo comunismo que “lleva cien años perdiendo elecciones por todo el mundo”. O se alejan de esa línea, asegura, o jamás serán decisivos.

El profesor se explica desde su despacho de la UNED, en cuyas paredes destaca una lámina del cuadro con que Gutiérrez Solana inmortalizó una tertulia muy distinta a la de La Tuerka, la del Café Pombo, con Gómez de la Serna en posición preeminente. “Soy un gran admirador de él”, asegura antes de citar algunas greguerías y empezar a responder a Vozpópuli con numerosas referencias a autores y episodios políticos de otras épocas, tejiendo una sugerente colección de analogías. Ya lo escribió don Ramón: "Futuro, plagio del pasado".

Acaba un año ciertamente inédito en la política española: el de la parálisis institucional, la irrupción del multipartidismo, la abstención del PSOE para permitir gobernar al PP…

Tú mismo lo has dicho, es una situación inédita, insólita, pero al mismo tiempo tiene algo de reedición en lo que se refiere al PSOE. La historia del PSOE está llena de estos encontronazos, de hecho el Partido Socialista contemporáneo nació de uno ellos. Felipe González hizo con Llopis lo mismo que ahora se ha hecho con Pedro Sánchez: defenestrarlo. Y eso es una constante en el PSOE: Largo Caballero no podía ni verse con Indalecio Prieto, ni ninguno de los dos con Negrín… Lo que sucede es que eso hoy se cruza con la aparente demolición del bipartidismo, con la emergencia de una fuerza potente por la izquierda. La inestabilidad podría tener consecuencias más graves que en otras ocasiones, pero no es tan fácil tumbar un sistema de partidos. Por lo general son sólidos. Miremos a Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, incluso Francia, donde a veces hay movimientos por la derecha… Siempre hay un polo de la derecha y de la izquierda que a lo sumo alguna su vez se subdividen en dos bloques. Los sistemas de partidos son resistentes, más de lo que estamos acostumbrados a pensar. Fuera de eso, al PSOE le pasa lo de siempre, que tiene dos almas: una más izquierdista y una más moderada. Llevábamos un tiempo de afirmación del alma más conservadora, la etapa Rubalcaba fue paradigmática en eso. Rubalcaba no hizo oposición a la mayoría absoluta del PP. Y es que entre él y Rajoy hay menos distancia que entre él y sus propios militantes. Luego se intentó un viraje y acabó en lo que todos sabemos.

¿La teoría de las dos almas sirve para explicar lo vivido con Sánchez? Eso situaría a él en el polo izquierdista y a Madina, por ejemplo, en el moderado. ¿No tuvo más que ver con una gestión rechazada por casi todo el que es o fue alguien importante en el PSOE, consideraciones ideológicas al margen?

Esa es una imagen que se maneja mucho, que forma parte de la doctrina de la gestora. A Sánchez lo pusieron ahí porque pensaban que no valía un pimiento y lo podrían manejar, sí, pero el transcurso de los acontecimientos fue girando posiciones. Sánchez empezó siendo un hombre del aparato, del orden constituido, pero terminó como el suplantador del general Della Rovere: creyéndose el personaje y llegando hasta el final. Es lo que le pasó, como a Marx: venía de un sitio, se encontró de repente en otro y asumió el papel.

¿Puede resurgir?

Vamos a ver si es capaz, está ante una peripecia casi de cuestión personal, que a veces la gente olvida que eso impregna los partidos. Los partidos son lugares donde se hace carrera política. Mira la señora de Andalucía, que está impulsada por un doble interés: el de la vieja guardia por conseguir un segundo PP, una segunda pata del bipartidismo tradicional, y el de esta señora por acceder a la secretaría general por la vía rápida. Una confluencia de intereses personales, como lo que mueve a Sánchez.

Aunque se presentara a las primarias, ¿no cree que las bases votarán muy condicionadas por los aparatos de cada territorio, haciendo imposible la victoria de Sánchez?

Esa es la esperanza de los susanistas: que los cuadros intermedios metan en cintura a las díscolas bases. Pero las díscolas bases han descubierto algo que los de Podemos han puesto de moda. Porque todo esto viene de Podemos, si ellos no estuvieran con los círculos, las asambleas y la política participativa, las bases del PSOE estarían calladas. Pero han descubierto su poder. La esperanza de los susanistas es que los que tienen el látigo metan en cintura a los muchachos que ahora revolotean. Un látigo que descansa sobre intereses, como siempre. ¿Qué puede resultar? No se sabe. En la guerra sabes cómo entras, pero nunca cómo saldrás.

Hay quien ha hablado de riesgo de escisión.

Puede ocurrir. Ya ocurrió, de hecho, en el pasado. Este PSOE es una escisión. Cuando defenestraron a Llopis, los dos sectores fueron corriendo a registrar la marca, llegaron primero los de Felipe y al otro le obligaron a poner una infamante hache en las siglas, PSOE (H). Lo que pasa es que uno quedó laminado y ya no se acuerda nadie. Puede haber escisión ahora, y puede ser que el PSOE de Andalucía evolucione hasta convertirse en un partido estrictamente autonómico, al margen de todo lo demás.

Susana Díaz tiene el apoyo de la gran mayoría de líderes regionales…

Sí, y de las viejas glorias, de los bonzos, de los medios de comunicación, de la derecha, del PP y probablemente también de la Iglesia católica, porque es una señora que suele ir a las procesiones con un cirio en la mano. Pero, ¿eso quiere decir mucho? Vamos a verlo.

¿No debería Sánchez apoyar otra candidatura si de verdad quiere cerrarle el paso a Díaz? El parece amortizado…

Tiene mucho tirón, y es importante. Pero no lo sé. A mí me da la impresión de que el hombre es más bien flojo, y que no tiene las cosas muy claras. Empezó con un españolismo militante superior al de Rubalcaba, envolviéndose en una bandera más grande que la de Aznar y con el lema “Más España”, que a mí me recordaba al “más madera” de los Hermanos Marx. Luego giró, hasta apostó por un entendimiento con los réprobos catalanes que estaban allí deseando comerse a los niños crudos… Yo creo que el hombre mucho fondo no tiene. Tiene mucho encanto, tirón, y es la víctima propiciatoria. Es el Isaac al que su padre cruel iba a sacrificar y eso despierta mucha simpatía. Tiene ese relato.

Si al final Susana Díaz llega a la secretaría general, ¿qué futuro cree que le espera al PSOE?

No tengo ni idea. Susana Díaz es un misterio. No sabemos nada de ella. ¿Cuál es su ideología? Tiene un españolismo andaluz tradicional, un discurso muy anticatalán que le puede dar votos en una parte de España y hacérselos perder en otra. Sus relaciones con el PSC no pueden ser peores, y las aportaciones del socialismo catalán a las mayorías parlamentarias del PSOE han sido fundamentales… Es impensable, por ejemplo, una alianza de los socialistas con Podemos si manda Susana Díaz, que mantiene una pelea personal con Teresa Rodríguez… Lo cierto es que no sabemos nada de ella, porque no tiene obra escrita ni obra hablada, ni tiene nada más que 20 años de servicios al partido, pasando por puestos burocráticos donde se ha hecho una política profesional.

El nacimiento de Podemos

Decía antes que Podemos ha condicionado al PSOE. También al país, alterando el sistema de partidos y condicionando la agenda política y mediática. Usted vivió en primera fila el surgimiento del proyecto, que lanzaron antiguos alumnos suyos, y ahora se muestra crítico con él…

Yo no es colaborara con ellos, es que La Tuerka salió con una importante aportación mía. Eso es verdad. Yo no sabía que estaban montando un partido político, no tenía ni idea. Creía que eran chicos de izquierdas que estaban articulando una acción crítica frente a la izquierda establecida, el PSOE e Izquierda Unida. Y probablemente ellos tampoco sabían que acabarían en esto. Mi relación ha sido buena, aunque ellos están ahora un poco rebotados… Tienen que admitir que la crítica es un arma filosófica fundamental. Las relaciones las mantengo con algunos, como los anticapitalistas, también con los de Errejón. Los de Pablo son un poco más duros, más bolcheviques, pero ya reflexionarán. De hecho, hemos gastado muchas bromas sobre esto y yo les he dicho que Podemos está reproduciendo el segundo congreso del Partido Obrero Socialdemócrata ruso, con la división entre blocheviques y mencheviques.

¿Le pareció buena idea el paso que dieron en 2013-2014?

Su proyecto me pareció bien. Siempre he sostenido que había hueco en la izquierda al margen del comunismo anquilosado que no tiene nada que ofrecer. No tiene nada que ofrecer hasta el punto de que no se atreve a presentarse a las elecciones con su propio nombre. ¿Cuánto hace que el PCE no se presenta a unas elecciones con sus siglas? Se ocultan detrás de otras organizaciones, monta camuflajes, como la matrioska que está montando ahora Podemos. No tiene discurso. Esto se lo he dicho yo a Pablo: “O te separas del comunismo o no tenéis nada que hacer”. Es imposible que gobiernen así. Es que los comunistas no ganan elecciones en ningún país del mundo. En los últimos cien años, ¿en qué país con elecciones libres han ganado? Y las hay cada cuatro años en 200 países, eh. No ganan nunca.

El PCE e IU parecen que van camino de fusionarse o disolverse dentro de Podemos. ¿Otra operación de camuflaje?

Eso forma parte de la doctrina leninista y la gente no es tonta. El partido revolucionario como instrumento pata la lucha, partido vanguardia, pero él solo no puede conseguir los objetivos. Entonces hay que crear una organización de masas, pero controlada férreamente por el partido. Ese discurso no tiene ningún sentido.

Decía que veía hueco en la izquierda al margen del comunismo. Y también al margen de la socialdemocracia, del PSOE.

De una socialdemocracia aburguesada, desnortada, que mantuvo una posibilidad de transformación muy interesante en los años de oro del Estado del Bienestar, tras la Segunda Guerra Mundial. Tuvo una hegemonía tremenda, funcionó, pero no ha sabido reaccionar frente al ataque neoliberal y la globalización. Entre esos dos espacios, el del comunismo anquilosado y el de la socialdemocracia que no sabe dónde está, hay un campo grande. Un campo que tienes que definir, porque las cosas no te las dan hechas. La gente no viene y dice “oye, hay esta necesidad, fabrica este producto”. Hay que ofrecérselo, incluso convencer a la gente de que esa necesidad existe, elaborar esa doctrina, una tercera vía siempre añorada en la izquierda, que trata de revertir la escisión de principios del siglo XX. Pero hay que ser capaz de hacerlo. ¿Puede ofrecer Podemos un proyecto de izquierdas creíble acorde al mundo contemporáneo o tiene que ir a buscar los ejemplos a Bolivia y Argentina? Ese es el problema. No tienen la capacidad y van al populismo sudamericano o al 15M o a echarse en brazos de los comunistas, que es lo que están haciendo al final.

Respecto a eso mantienen una fuerte discusión interna. Conociendo a los, ¿cree que es una lucha ideológica o de poder?

Por supuesto que hay diferencias ideológicas, y personales también. Las dos cosas. Están unidas.

Cuando le preguntan a Iglesias, dice que antes de entrar en política Errejón era el radical y él, el moderado.

Sí, como puedo yo decir que los gatos tienen siete colas. Más radical que Pablo es prácticamente imposible. No en el sentido de extremismo en las posiciones, sino en el sentido de dogmático. Es mucho más inflexible que el otro. No puede olvidarse tampoco que vienen de familias muy distintas que les han dejado una huella muy distinta.

El año pasado, en una entrevista en La Tuerka, Iglesias le pidió a Monedero que definiera brevemente a una serie de personajes. Entre ellos, usted, Ramón Cotarelo, quien le dirigió la tesis doctoral. La respuesta de Juan Carlos fue: “Una gran inteligencia traicionada por un partido equivocado, una Transición acomplejada y la mediocridad real y profunda de su generación”. ¿Qué le parece?

Una definición demoledora (risas). Me quedo con lo de la gran inteligencia… Tiene el valor que tiene. Lo del partido equivocado, pues yo no tengo partido…

Bueno, lo dice por el PSOE…

Claro, yo en un momento determinado, en aquellos años 90, fui el único de la izquierda que defendió a Felipe González. Sí, sí, efectivamente, le defendí de lo que creía que era una conspiración para sacarlo del poder por la vía de la conjura. Pero yo venía de un enfrentamiento durísimo con el PSOE, pedí la dimisión de Alfonso Guerra en un artículo cuando no la pedía nadie, pedí en 1988 que se investigaran los GAL cayera quien cayera… Todo eso ha desaparecido y resulta que estoy al servicio de Felipe González. Persona a la que detesto. Pues bien, lo único que demuestra quien dice eso es que no tiene las ideas muy claras, pero estoy acostumbrado... ¿Partido equivocado el PSOE? Lo será, pero no es el mío. Ahora, más equivocado es el Partido Comunista al que está Monedero mucho más cercano, aunque no haya sido nunca comunista, a diferencia de Pablo. Ha sido más lo que los anticomunistas de antaño llamaban de modo acertado “el compañero de viaje”, o “el tonto útil”, como prefieras. Estos intelectuales a los que los comunistas halagan, les cultivan el ego y eso les encanta, porque fuera de ahí nadie les hace ni caso.

¿Todos los partidos están equivocados?

Todos, porque si no no serían partidos. No estarían “partidos”, que de ahí viene el término: son partes de una totalidad, donde lo único cierto es el conjunto. Como decía Hegel: “La verdad es la totalidad”. Al decir que hay un partido equivocado, ¿qué quiere decir Monedero? ¿Qué hay uno que no está equivocado? Claro, el suyo, ¿no?

La Transición

Sobre la Transición tiene usted mucho escrito. Y en cualquier caso se aprecia una evolución entre lo que decía en los 80 y lo que dice ahora. ¿Porque su ideología es otra o porque ahora pueden darse batallas que hace 40 años no?

Las dos cosas. El tiempo pasa y te cambia, quieras o no. Y si no cambias, tienes un problema.

Pero la evolución antropológica suele ser la contraria: de posturas más rupturistas a otras más conservadoras. En su caso ha sido al revés…

Sí, en asuntos concretos cambio de opinión según voy adquiriendo más información y voy viendo con más perspectiva las cosas, como todo el mundo. Y si no, es que no te funciona el caletre. El tema de la Transición es que se repite con el bueno de Juan Carlos desde hace 30 años y ya me aburre. Yo no la hice, yo era espectador, como ahora, no soy responsable de nada. Y los trabajos que tengo sobre ella son de dos tipos: unos académicos donde se guardan las composturas; otros más polemistas, de opinión. Y aquí me limito a constatar un hecho: la Transición ha salido bien, ha sido un éxito en el sentido de que no se ha producido el temor que había de despertar viejos demonios de enfrentamientos civiles, de violencia. Pero no recuerdo haber dicho jamás que fuera un proceso modélico. Sí que salió bien la fórmula elaborada por los franquistas reformistas y los izquierdistas moderados, con amplísimo apoyo social. Con el tiempo, lo que veo distinto es que sí, salió relativamente bien, pero no impidió la vuelta a una tradición autoritaria de la derecha que es lo que se ha manifestado con este Gobierno. La derecha tiene incluido un factor de rigidez, de autoritarismo, que no vale para los nuevos tiempos.

Usted es partidario del Estado plurinacional.

Ese artículo 2 se va a cargar la Constitución. Lo de las regiones y las nacionalidades. Ya se dijo en los debates de entonces, con López Rodó, por ejemplo, que es mentira. Se puso eso para no llamar nación a Cataluña y el País Vasco. Siempre que la gente está dispuesta a no entenderse reduce el debate a lo nominal.

El problema es que “nación” en la doctrina soberanista va aparejada a ruptura de la soberanía, a reivindicar la autodeterminación.

Claro, y yo lo defiendo. Eso de distinguir entre nación cultural y política es una vieja historia de los alemanes, que siempre han tenido mucho problema con eso mismo, aunque demostrando mucha más inteligencia que nosotros para resolverlo. Es inane, no tiene operatividad. ¿Qué significa que reconoces a una colectividad como nación sin reconocer derechos? ¿Lo haces en términos folclóricos? Si reconoces la condición de nación la reconoces como titular de unos derechos, el primero de los cuales es aspirar a tener su propia organización política. Un Estado, claro que sí, es un derecho que tienen. Negárselo no lleva a ningún sitio y de hecho no van a poder negárselo. El referéndum en Cataluña es inevitable, como sabemos todos, salvo que envíen al Ejército.

En 2014 ya se hizo una consulta como la que planean organizar ahora. De nuevo vuelven al mismo punto.

El 9N se hizo en contra de la voluntad del Gobierno…

Y de la inmensa mayoría del Parlamento.

Sí, se hizo, y eso quiere decir que el Estado no pudo reñirle la soberanía a un trozo de su territorio que la quiso ejercer.

O no quiso provocar un problema mayor, optó por permitirla como mal menor para evitar imágenes de agentes retirando urnas y alimentar el victimismo de los independentistas.

No pudieron evitarlo. El Estado español ya no puede hacer lo que estaba acostumbrado a hacer, empezando por chanzas como aquella de Peces Barba recordando lo de que cada 50 años hay que bombardear Barcelona. La consulta no se les permitió en absoluto, pusieron todos los palos que pudieron en las ruedas y aun así se hizo. No enviaron al Ejército porque no se puede.

El tema es que no hay cobertura legal para un referéndum de independencia, o así lo entiende una inmensa mayoría del Parlamento. Aun así, la Generalitat está dispuesta a caminar hacia una independencia que no solo no tiene cobertura legal, tampoco apoyo internacional, ni siquiera cuenta la apoya una mayoría de la sociedad catalana…

Es que eso viene después. Ahora la bronca es el referéndum, si se celebra o no el referéndum. El resultado es otra cuestión. Cobertura legal nunca hay. Tampoco la hubo en Canadá, cuando el referéndum de Quebec, pero se dijo que aunque no lo amparara la Constitución había que dar alguna respuesta a los millones de personas que lo pedían, lo dijo el Tribunal Supremo con mucha sensatez. Lo mismo que aquí decía Rubio Llorente. Es todo voluntad política.

viernes, 5 de agosto de 2016

Un fragmento de la memoria

La Casa Encendida, en Madrid, tiene un concurso llamado Inéditos orientado a descubrir jóvenes talentos para comisariar exposiciones de arte. Estupenda idea. Una de las tres propuestas ganadoras este año tiene por título Madrid Activismos (1968-1982) y recoge documentación escrita, gráfica y audiovisual sobre la resistencia democrática del tardofranquismo y la transición. La exposición está comisariada con mucha pericia por Alberto Berzosa y contiene material de muy diversas fuentes, en especial del archivo del Partido Comunista de España (que fue el más activo en la lucha en aquellos años), pero también de otras entidades y de particulares. En este último caso se encuentran los prestados por mi amigo Ramon Adell, que tiene una de las mejores, si no la mejor, colección de documentos de la acción colectiva política en España contemporánea, desde la guerra civil.

La muestra aparece agrupada en cuatro categorías en que se estructuró la lucha antifranquista y la posterior de izquierda: el movimiento vecinal, las fábricas, las cárceles, las universidades y la calle. Para quienes hemos vivido aquellos años, la visita refresca experiencias, revive recuerdos, completa informaciones, esclarece dudas. Es muy útil. Para quienes no lo hayan hecho, puede servir como fuente de información bastante detallada que les permita hacerse una idea de aquellos años de forma directa, inmediata, plástica, no a través de meras lecturas.

Lo primero que destaca es la pobreza de medios. La movilización a partir del mítico 68 fue muy amplia, sobre todo entre estudiantes y obreros. Pero la represión seguía siendo asfixiante y muy eficaz. Casi toda la documentación es en blanco y negro; apenas se atisba el color. Las fotos son instantáneas de escasa calidad. Los periódicos, panfletos, octavillas, impresos por medios precarios, ciclostilados, multicopiados. Nada comparado con el lujo, el brillo, la abundancia de los medios actuales en la comunicación política.

Y, por supuesto, nada de televisión. Todos los medios de comunicación, impresos o audiovisuales eran uno solo sometido a la más rígida censura eclesial y franquista. Los grupos de la oposición, especialmente los comunistas y sus muy numerosas escisiones y grupos análogos, vivían en la clandestinidad. Llama la atención un manual del Partido Comunista de España (marxista-leninista) dedicado a exponer las normas del trabajo en la clandestinidad y cómo llevar a cabo la lucha ilegal. Impacta el término que hoy no se atreve a invocar ninguna de estas fuerzas políticas más o menos herederas de aquellas y por radicales que sean. Hoy nadie propone actuar ilegalmente. Quizá sea esta una medida de qué mayor grado de legitimidad tiene el régimen de la transición -por imperfecto que sea- en relación con la dictadura.

Los movimientos vecinales, los comienzos de un urbanismo democrático, las huelgas fabriles, la agitación sindical, las manifestaciones estudiantiles, los plantes de los presos políticos, hay una sucesión de noticias e imágenes de aquellos años que permiten ver su evolución desde la perspectiva de las luchas populares, desde abajo. Incluso se asiste al alborar de la conciencia ecológica y también de un feminismo radical y la lucha por los derechos de las minorías sexuales.

Lo que esta exposición documenta es la primera expansión de la conciencia democráticas en el último franquismo, la transición y los primeros años de la Monarquía, heredera de aquel. Está circunscrita a Madrid. En el resto de España la agitación democrática fue similar y en algunos puntos se añadían reivindicaciones nacionalistas que han tenido un largo recorrido.

Todo esto da que pensar y apuntala la hipótesis de que el franquismo fue el último (y fracasado) intento de mantener el Estado español en hibernación, animado por una idea de España que no comparte la mayoría de la población. El franquismo es el responsable último de la actual crisis constitucional española. Y sin posible arreglo. Un tercio de la población se niega a condenarlo. Y la lucha democrática sigue siendo muy precaria.

lunes, 25 de enero de 2016

IIª transición: el carcunda, el petulante y la cínica

La transición, la famosa transición, como todos los empeños humanos, no fue modélica, pero acabará reconociéndosele tal condición si siguen los desaforados ataques que sufre y se continúa propugnando su superación no a base de enterrarla bajo el manto de la crítica y el olvido sino, paradójicamente de propugnar una reedición en forma de IIª transición. No sé si quienes la postulan tienen base lógica para criticar la primera cuando quieren repetirla.

He oído invocar la necesidad de la IIª transición a tres personas muy significativas: Aznar, Pablo Iglesias y María Dolores Cospedal.

Aznar, desde su espíritu de carcunda, falangista independiente y franquista por convicción y destino, estuvo siempre en contra de la primera transición. El Estado autonómico le parecía una charlotada y, para mostrar su apego al franquismo se afilió a Alianza Popular, luego PP, un partido fundado por el ministro de propaganda de Franco, Fraga Iribarne. Para acabar con la democracia de la Iª transición se inventó una IIª que solo existía en su cabeza y en la de su aliado en los años noventa, Anguita, con quien fraguó una pinza que trataba ante todo de destruir a Felipe González y al PSOE, al que ambos odiaban. Como sé que quedan algunas gentes aún convencidas de que no hubo aquella más que evidente pinza, les aconsejo escuchar la entrevista de 2012 de Periodista Digital a Cristina Almeida, por aquel entonces afiliada al PCE y a IU que lo explica con toda claridad en el minuto 28:20.

Dispuesto a tomar el relevo de Anguita (no en la pinza pero sí en el deseo de aniquilar al PSOE por sorpasso), Iglesias habla de otra IIª transición. Es imposible saber si es la de Aznar porque ninguna es real sino un mero flatus vocis demagógico, pero sí apunta a su objetivo: la Iª transición, que ahora es el régimen turnista. Las propuestas del líder de Podemos rebosan petulancia, pedantería, bisoñez y afán por desplazar al PSOE. Algunos dirigentes de este se han sentido molestos y hablan de "humillación" y "chantaje". Son vagidos de impotencia. En la política no hay sensiblería (salvo si da votos) y los de Podemos hacen bien en apretar. Es su derecho. Y el PSOE, en lugar de quejarse, debe responder ganando a su adversario, cosa que se consigue con relativa facilidad. Basta con decirle que respete los tiempos antes de aplicar su receta de un descarnado "quítate tú para que me ponga yo".

Recientemente, Cospedal ha enarbolado la misma bandera de Aznar e Iglesias de la IIª transición. Por supuesto, es un ejercicio de cinismo que supera el que la señora se ha gastado en estos atroces cuatro años que ha infligido a los castellano-manchegos. IIª transición, en realidad como recuperación de la primera, con su espíritu de diálogo, consenso y acuerdo. Es imposible imaginar cara más dura cuando se recuerda cómo ha tratado a patadas a todo el mundo en la región, ha menospreciado a la oposición, dejado sin servicios sociales a los más necesitados, amparado todo tipo de chanchullos y presuntas corrupciones, protegido una pandilla de auténticos facinerosos que pasaban por periodistas, regiamente pagados con el dinero de todo pero a su exclusivo servicio.

Ninguna de las tres peticiones de una IIª transición pasa de ser una consigna para fieles pero las dos últimas, la del petulante y la cínica tienen un elemento en común: las dos tratan de forzar la mano al PSOE que, guste o no al heredero de Anguita y la heredera de Aznar, es el partido de la centralidad política y el que, a pesar de su desastroso resultado electoral del 20D es imprescindible en cualquier fórmula de gobierno. Y ninguno de los dos atina ni de lejos con el tono que debería utilizar para convencer a quien necesita de que se avenga a ir a su lado: el petulante menosprecia, insulta y provoca y la otra, adula, miente y amenaza. Los dos dicen querer gobernar con el PSOE, pero lo que en el fondo quieren los dos es destruirlo.

Ignoro si el PSOE "estará a la altura" (que no es la que Iglesias le señala con aviesa intención) porque en él proliferan los barones y gerifaltes de antaño, todos con más conchas que los galápagos, empeñados en batallas internas, sin proyecto, sin ideas, sin respuestas y que pueden hacer mucho daño. Sobre todo a una estructura de dirección que ha improvisado bastantes soluciones pero arrastra un complejo agudo por su falta de audacia en los cuatro años pasados en una oposición subalterna y que se hacen notar hoy en su carencia de originalidad e iniciativa.

No habrá IIª transición pero sí es posible que haya nuevas elecciones para resolver una disfunción temporal de la Iª.

viernes, 15 de enero de 2016

La transición catalana

El cronista de la República catalana, en realidad, actúa también como traductor. Ayer TV3 transmitió una entrevista de Mónica Terribas a Carles Puigdemont de enorme contenido, que debió emitirse también en canales españoles con subtítulos. Al no ser así, como siempre, la información de los ciudadanos del resto del Estado es inexistente. Porque los resúmenes que hace la prensa no sirven para gran cosa.

Palinuro lleva años avisando de que en España, la iniciativa política es del independentismo catalán. Ayer, eso fue patente. Puigdemont expuso largo y tendido su programa de gobierno, que es ir de la autonomía a la independencia o, para ser más exactos, de la autonomía a las puertas de la independencia... en 18 meses. Si, luego, hay independencia o no, lo decidirá el pueblo y con su persona ya se verá lo que pasará. El nuevo presidente ha sustitudo a Mas en su papel de Moisés: del Egipto autonómico a la tierra prometida que él verá, pero no pisará. Para hacer más bíblica la imagen: la formación de gobierno después de las elecciones del 27 de septiembre fue el cruce del Mar Rojo, cuando las aguas de la CUP se dividieron por la mitad (1515-1515) para dejarlo pasar.

Y todo dentro de la legalidad en la medida de lo posible. Un gobierno que ya está trabajando en esta hoja de ruta, con un programa definido, sin miedo y contando con todos los efectivos posibles (Mas incluido) para sacar de lo que hay las estructuras de un Estado nuevo. Puigdemont se ve como un presidente transitorio y su mandato como una transición. No como esa segunda transición que los políticos españoles están siempre invocando (primero fue Aznar y luego Iglesias) sino como una transición de verdad en la que lo que más preocupaba a Puigdemont era transmitir la idea de tranquilidad y seguridad: "de la ley a la ley".

Se trata de parir un Estado nuevo, pero sin que haya sobresaltos, sin dolores del parto, incluso sin parto, que la burguesía es muy asustadiza. Casi mejor sacarse el Estado de la cabeza, como Palas Atenea salió de la de Zeus. Por eso, el gobierno tiene cuadrillas enteras de expertos e intelectuales, trabajando en los cimientos y la estructura de ese Estado que ha de hacerse en silencio pero ha de inspirar tanta confianza que los ciudadanos acepten pagarle sus impuestos... y este fue uno de los momentos más delicados de la entrevista.

¿Qué pasa si España se opone y actúa? De momento, ha empezado mal. Ni el Rey ni Rajoy, ni nadie ha llamado a Puigdemont para felicitarlo. Los españoles, diría el inefable Rajoy, son mucho españoles pero poco educados. Si, además de groseros, se ponen matones y van a la gresca contra Cataluña, concluye Puigdemont, solo causarán daño al pueblo. Y no quiso ser más específico.

Clara está su intención y los políticos nacionalespañoles harán mal en seguir ignorándola porque, cuando se produzcan los resultados previstos, los pillarán en Babia, como siempre. De aquí a 18 meses, el govern hará política social a pleno rendimiento, en el espíritu del plan de choque de la CUP. Sostiene el presidente -que se cuenta en el ala socialdemócrata de CDC- que como un objetivo de justicia social en sí mismo. Pero no se le escapa, supongo, que eso ensanchará mucho la base independentista y que, al someter la Constitución de la República catalana a referéndum, espera que la mayoría favorable pase empliamente del 50 %. Como, además, su gobierno no deja palillo por tocar, echa los tejos al llamado mundo Colau que, sospecho, es una denominación imprecisa porque a Puigdemont le pasa lo que a Palinuro: que no tiene muy claro cuál es el imaginario de Colau.

En todo caso, los independentistas siguen con la iniciativa, frente a un Estado español que carece de ella desde hace años y sigue sin tenerla ni visos de conseguirla. Esa Constitución de la República catalana es una oferta sumamente tentadora para el elctorado catalán. Enfrente, el nacionalismo español no tiene nada que ofrecer salvo la continuidad de un statu quo en crisis, en el que nadie cree y que todos quieren reformar, pero sin saber cómo.

miércoles, 24 de junio de 2015

La ficción del franquismo.

Quedan unos días para ver la exposición que sobre el franquismo en España han venido albergando la casa de los Morlanes y el palacio de Montemuzo en Zaragoza, comisariada por Julián Casanova, catedrático de historia contemporánea de su universidad. La exposición es bastante pobre de contenido. Tiene algunas piezas de interés, como unos pupitres de escuela primaria del franquismo, algún mapa de la época, un par de uniformes de falangistas, un modelo de garrote vil sacado de algún almacén municipal, muchas fotos, algunas con apoyaturas materiales, como las maletas de los emigrantes a Alemania, varias revistas y no de las más significativas, documentos más o menos relevantes, cedidos por archivos que el historiador visita con frecuencia y un par de vídeos con selecciones mezcladas de trozos del NO-DO y algunas de las películas señeras de la época, como Raza, Surcos, Balarrasa y otras ya del desarrollo, con Marisol o Pepe Luis Vázquez. Como muestra no está mal, pero deja mucho que desear por sus  carencias. Hay aspectos enteros del franquismo que no se ilustran y otros se tratan superficialmente, si bien es cierto que los 40 años de la dictadura están muy bien y rigurosamente tipificados en sus distintas épocas y rasgos: la represión, la escuela, la Iglesia, el turismo, la emigración, etc. Otra cosa es que también estén materialmente representados, asunto más difícil, que requiere otro tipo de profesionalidad, si bien no hay duda de que lo logrado es meritorio. Lo mejor son los largos textos que ilustran la exhibición y están sacados del libro que, editado por Casanova, se vende en la exposición con el mismo título de esta, Cuarenta años con Franco, y del que hablaremos en su momento, empezando ya por reseñar que la preposición "con" en el título no parece muy afortunada. Lo más insatisfactorio son las dos antologías filmadas porque los trozos escogidos, tanto del NO-DO como de films de ficción, no hacen justicia a su objetivo. No obstante, los organizadores han compensado esta carencia programando unos ciclos complementarios de cine con un buen puñado de films muy representativos pero que requieren, claro, más tiempo del que lleva una exposición.

En todo caso es de aplaudir que, a los 40 años de la muerte de un sangriento tirano, que marcó para siempre la historia de este desgraciado país, se ofrezca la posibilidad de contemplar una retrospectiva de lo que fueron aquellos cuatro inenarrables decenios que hoy han revivido frescos como las rosas del haz falangista en estos cuatro años de nacionalcatolicismo pepero, ultrarreaccionario y delictivo. Sobre todo porque da pie a una reflexión sobre el franquismo, una interpretación que vaya más allá de la documentación de sus aspectos más sórdidos, siniestros y genocidas, y que, traída hasta el día de hoy, quizá no sea del todo inútil y sirva para abrir una perspectiva nueva tanto en el juicio sobre la transición como sobre la época actual.

A los 40 años de la muerte del dictador sigue habiendo muchas discrepancias en el juicio global de su régimen y, por lo tanto, de sus consecuencias. La reciente controversia sobre el tratamiento de la figura de Franco en el Diccionario Biográfico Nacional de la Real Academia de la Historia es prueba de ello.  La insistencia de los franquistas y asimilados en que el conocimiento en democracia huye de las "verdades oficiales", confundiendo a propósito la mera verdad con la "verdad oficial", es coherente con su empeño de que no se aliente la memoria colectiva y se olvide este episodio para, suelen decir, "no reabrir heridas". La guerra civil fue un deplorable cuanto inevitable episodio; la dictadura, una desgracia, pero un mal menor que, además, tuvo sus aspectos buenos y hasta salvíficos. Y, sobre todo, dejó un régimen democrático homologable a los de los países del entorno. Mejor no hurgar en el pasado. España se ha normalizado y en eso coinciden casi todos.

En definitiva, el franquismo fue un tiempo particularmente duro, tiránico, inhumano pero que, finalmente, se terminó, dejando paso a una España normal en la cual es posible articular visiones de la dictadura tan críticas, bien fundamentadas y convincentemente expuestas como las de Casanova y otros historiadores como Preston o Ángel Viñas.

La visión dominante, general, es la que ve el franquismo como un interregno de la historia política de este país. La pelea está luego en el carácter de ese interregno: dictadura militar, nacionalcatolicismo, autoritarismo, totalitarismo, movilización fascista. Cuarenta años dan para mucho. Pero, ¿y si no fuera un interregno, sino un cambio sustancial de la evolución histórica de España? Es decir, no como la isla que divide el río en dos brazos durante un tramo y que luego se reunifican en su caudal original, sino como un dique que lo obliga a desviarse en una dirección distinta.

El franquismo fue el resultado de un golpe de Estado, preparado en una conspiración previa de financieros, empresarios, gente acaudalada, monárquicos, militares y curas. La sublevación convirtió automáticamente en delincuentes a quienes la perpetraron y sus auxiliares desde el primer momento, por haber roto sus juramentos y atentado contra la legalidad repúblicana que, para ocultar sus designios delictivos, aseguraban querer defender. El hecho de ganar por la fuerza de las armas tras tres años de guerra no convirtió a los delincuentes en menos delincuentes. Siguieron siéndolo hasta el final, cuarenta años más tarde. Porque la legalidad republicana fue abolida a tiros, pero era y sigue siendo la única legítima en España.  En esos cuatro decenios, los delincuentes erigieron un remedo de Estado, de ordenamiento jurídico, de orden institucional completamente falsos. Una escenificación orwelliana en la que todo, absolutamente todo, era lo contrario de lo que simulaba ser.  El franquismo creó un país ficticio en el que la injusticia era la justicia; el robo, la integridad; la maldad, la bondad; el despotismo, la libertad; la crueldad, la caridad. Y todo eso en nombre de un dios que se había impuesto manu militari sobre sus sufridos creyentes y con ayuda de adoradores de otro dios.

Suelen señalarse algunas macabras ironías que apuntalan esta interpretación del franquismo. El cardenal Pla y Deniel bautizó de cruzada a una sublevación de militares felones que traían soldados musulmanes en sus filas. O bien el reiterado hecho de que tanta gente del bando vencido fuera ejecutada bajo la acusación de rebelión militar en procesos-farsa seguidos ante tribunales militares compuestos por rebeldes. Pero estos son casos concretos de un comportamiento generalizado en la sociedad y que acabó impregnando la mentalidad de los españoles durante aquellos cuarenta años. Téngase en cuenta: se trataba de un país en el que media población había sido derrotada por la fuerza de las armas por otra media y quedaba a su merced incondicional y esa otra media victoriosa no tuvo ninguna. Los mismos que habían torturado, fusilado, asesinado a decenas de miles de personas indefensas, que habían violado a mansalva, ultrajado y expoliado, eran los que predicaban en todos los púlpitos civiles, políticos, religiosos, económicos que tenían en monopolio la melopea unánime del humanismo cristiano y el valor absoluto de la persona. Los mismos que se valieron de marroquíes, alemanes, italianos para ganar la guerra, que mandaron luego la División Azul bajo uniforme alemán a batallar en Rusia, que entregaron la soberanía territorial a los Estados Unidos mediante la autorización de las bases, eran los que hablaban de la patria, la nación, etc. Los mismos que habían roto las familias y secuestrado a miles de niños, hablaban del carácter sacrosanto de la familia y siguen haciéndolo hoy día, mientras dejan impunes los habituales casos de pederastia del clero.

Y así todo. El franquismo no era un Estado en el sentido moderno del término sino un remedo, una ficción. Como ficción era todo, desde las instituciones hasta el conjunto del ordenamiento jurídico que dependía de la voluntad omnímoda del caudillo, en quien se residenciaba la potestad legislativa. Un país sometido al capricho de un hombre que, a su vez, delegaba las funciones de organizar la vida (en el sentido de la biopolítica de Foucault) en la Iglesia católica. La última ratio, por supuesto, militar.

Así, gobernada por el cuartel y gestionada por los curas, la sociedad española como trama civil de relaciones entre privados en un marco jurídico laico y seguro, si existió alguna vez, se desmoronó. Un régimen empeñado en imponer creencias y ordenar la vida privada de los ciudadanos acabó consiguiendo lo previsible: la lealtad de los sectores beneficiados y la oposición de los perjudicados pero, en ambos casos, el absoluto descreímiento sobre la moral de las relaciones sociales de todo tipo. Todo era falso y mentira y lo sabía todo el mundo. Detrás de cada decisión del poder político había un chanchullo y la cuestión era cómo beneficiarse de él. Detrás de cada ley, una trampa. Los padres de la patria eran una sarta de vendidos; los empresarios, unos ladrones y los curas no les iban a la zaga. Todos parasitando a un pueblo sometido y humillado por la fuerza. Nadie creía nada. Los valores eran todos de pacotilla, salvo que cotizaran en bolsa. Así se generó una cultura de desconfianza, apatía, deslealtad, de incredulidad, de falta de fe en el sentido de la acción colectiva que aqueja a los españoles y muchos confunden con la "desafección a la democracia". No es a la demcracia. Es a la política. Y es un producto típico del franquismo que llega al día de hoy.

Acaecido lo que en el esperpéntico régimen franquista se llamó el inevitable hecho biológico, el franquismo institucional, con su vasto apoyo social, ofreció cooptar a la élite de la oposición en el puente de mando, al menos en apariencia. Por convicción general, la perpetuación de la dictadura en sus dimensiones militares era imposible, sobre todo porque el difunto ya había proclamado "sucesor a título de Rey" a Juan Carlos y porque, además, las potencias tutelares de España presionaban para conseguir una solución más civilizada. Para ello, lo más recomendable era integrar en la administración del sistema a la izquierda que ardía en deseos de serlo. Y de ahí vino ese consenso tan aplaudido ayer como denostado hoy, cristalizado en la Constitución de 1978, también despectivamente conocido como régimen del 78. Sobre la transición, ancha es Castilla, pero sí parece evidente que, a los cuarenta años de la muerte del dictador, no se ha producido una liquidación del franquismo: los muertos siguen en las cunetas, las calles y plazas rebosan de recuerdos, los nombres, los títulos. La siniestra cruz del Valle de los Caídos aún proyecta su sombra sobre el país, al modo del famoso cartel de la guerra que la consagraba como cruzada y el arco de entrada a Madrid por La Moncloa se llama Arco de la Victoria.

El retorno de los herederos ideológicos y biológicos del franquismo al gobierno desde 2011 supone la liquidación definitiva de la transición y de su famoso cuanto impreciso consenso. España vuelve a estar gobernada en forma de ficción o remedo. El gobierno tiene el mismo olímpico desprecio por la verdad que los de Franco y se encuentra con la misma indiferencia e incredulidad de los auditorios. Carece de crédito y la gente profesa el mismo desprecio por estos ministros como el que tenía por los mangantes franquistas del bigotito. Su política nacionalcatólica se ha expandido de nuevo a todos los ámbitos sociales, sigularmente la educación. Es tan autoritario y represivo como su inspirador ideológico y, si no prohíbe los partidos políticos, como Franco, no es porque no quiera sino porque no puede, como no puede prohibir la prensa libre, ni el proceso soberanista catalán. Si pudiera, cerraría todos los medios críticos y bombardearía Barcelona. Es el espíritu que alienta en la próxima Ley Mordaza, una norma para prohibir y reprimir críticas y protestas. Es el estilo de la casa. Igual que la absoluta confusión entre lo público y lo privado, que ha producido el mayor episodio de corrupción de la historia de España desde Franco, solo comparable por su generalización e institucionalización a la que había con él. Un sistema político cleptocrático que vuelve a estar gobernado por ladrones y en el que el partido del gobierno (no en balde fundado por un ministro de Franco, cosa que la exposición subraya) lleva veinte años funcionando al margen de la ley, configurando lo que algún juez reputa presunta asociación para delinquir. Y los que delinquen son delincuentes. Como los de antaño.

La cuestión que siempre se ha planteado era la de cómo entender que la corrupción no pareciera pasar factura en las urnas. Por eso, ¿qué tal ofrecer una respuesta que apunte a las consecuencias del franquismo, a la herencia del franquismo, al franquismo que impregna la sociedad española?  Durante los cuarenta años de la dictadura esta se dividió en dos grandes sectores (huella de las dos Españas de siempre), el de los beneficiados, hoy los votantes del PP, y el de los resignados que hoy parecen agitarse en poco votando opciones indignadas.

Aceptarlo es molesto porque viene a indicar que España no se ha normalizado. Y, efectivamente, no lo ha hecho. Y con la izquierda dinástica envuelta en la bandera rojigualda todavía lo hará menos.

jueves, 11 de diciembre de 2014

El dinero, los vivos y los muertos.




I.
En el "Exódo" se narran diez plagas de Egipto. El Faraón cedió a la décima y dejó marchar al pueblo elegido. No fue necesario enviar la undécima que ya tenía Dios preparada y que, con las debidas actualizaciones, podría caer esta noche. Imagínese que mañana el mundo despertara para descubrir que el dinero, todo el dinero, todos los apuntes contables, balances, valores, cuentas, hubieran desaparecido. ¿Que pasaría? Probablemente en cosa de horas la sociedad volvería al estado hobbesiano de naturaleza. Todos contra todos y ley del más fuerte. Bueno, tampoco hace falta imaginarlo. Tenemos algún ejemplo histórico. Eso es lo que estuvo a punto de suceder en la República de Weimar entre 1921 y 1923, cuando el papel moneda dejó de tener valor y fue necesario sustituirlo por otro respaldado no por oro sino por el propio suelo alemán, en una hipoteca nacional que impuso la República. A la hiperinflación achacan muchos el ascenso del nazismo y otros esa especie de obsesión antiinflacionaria alemana que preside toda la arquitectura financiera de la eurozona, le función del Banco Central Europeo y las políticas de austeridad a rajatabla.

Es el dinero, misterio entre los misterios. Sin él, el mundo no funciona porque es el único medio universalmente aceptado para realizar las transacciones, el único medio que permite comparar valores distintos, tan distintos que no admiten ninguna otra comparación. Y esos valores ¿cómo se miden? En dinero, precisamente. Parece absurdo que el valor de lo que se equipara lo determine el que equipara y no las partes, pero es como funciona el sistema. Bastante mal, por cierto, pero su defensa suele ser que no hay otro mejor. El dinero está en la base de todos los comportamientos. Cuando abunda, todo lo esconde, lo confunde. Las bocas que se abren se tapan con dinero y nadie protesta. Cuando escasea o falta, todo se explica. Las bocas y los ojos se abren y comienza a evidenciarse que el problema no es que no haya dinero sino que está mal distribuido.
 
Entran aquí en escena los papas y los reyes, las figuras más aficionadas a soltar sermones sobre la necesidad de redistribuir la riqueza por unas u otras siempre muy excelsas razones. Pasada la palabrería, la gente percibe de modo inmediato que la mala distribución de la riqueza se debe al funcionamiento de un mecanismo inherente al dinero, el de acumulación. El dinero, el valor, son relaciones, no substancias. El capital tiende a acumularse o a perecer. Si está condenado a hundirse en una crisis indefectiblemente o se regenera después de cada crisis mediante mecanismos de destrucción creativa, como decía Schumpeter, son futuribles. De momento está y está en crisis, lo cual obliga a tomar medidas económicas y políticas drásticas que se amparan en reformas jurídicas capaces de garantizar la supervivencia del sistema si en la aplicación de aquellas pasa por turbulencias.

El elemento esencial de la acumulación capitalista, tanto en períodos de abundancia como de carestía, es la  corrupción. La corrupción es inherente al sistema capitalista. También lo era al comunista, pero eso no es ahora un consuelo. La teoría del libre mercado presume la existencia de agentes económicos angélicos, respetuosos con el juego limpio. Si acaso cayeran en malignas tentaciones, se cuenta con un ordenamiento jurídico cuya intervención represiva tiene que ser, al mismo tiempo, eficaz y tan mínima que mejor fuera inexistente. En el mundo ideal de estos relatos son los mecanismos del mercado los que impedirán la competencia desleal. Por la misma razón por la que los burros vuelan.

II.

La única diferencia entre la corrupción de la abundancia y la de la escasez es su publicidad. En épocas de prosperidad hay una especie de equilibrio de Pareto, nadie queda perjudicado, aunque otros acumulen y no trae cuenta denunciar la corrupción. En épocas de escasez, la corrupción se hace más descarnada y suscita mayor rechazo social. Las diferencias de ingresos que en España son abismales indignan al público y encienden los ánimos. ¿Qué otra razón cabe esperar cuando la gente ve cómo señoras y señores con salarios de 10.000 y 20.000€ al mes establecen un salario mínimo de 645,30€ también al mes para los demás?

La gente indignada denuncia. Las denuncias se exponen en los medios. A pesar de una labor denodada de obstrucionismo del gobierno y su partido, los tribunales actúan sobre las denuncias, se abren diligencias, procesos y el país descubre estupefacto que la corrupción es estructural, que afecta al conjunto del sistema político, muy especialmente al partido del gobierno configurado como una presunta sociación de malhechores, y que se extiende a otros sectores sociales, profesionales, empresariales, financieros y de la casa real. La corrupción es sistémica. Durante veinte años, allí donde ha gobernado el PP, ha puesto en marcha una política de saqueo y expolio de lo público que finalmente ha terminado en una orgía de privatizaciones, festoneadas de todo tipo de delitos.

Visto lo visto, el gobierno de Rajoy, con una ministra destituida por su implicación en la corrupción, sostenido por el partido al que el juez hace el mismo reproche que a la ministra dimisionaria y con un presidente él mismo acusado de haber recibido sobresueldos en negro decide recuperar la iniciativa en la lucha contra la corrrupción y presenta su producto más relevante: el portal de la transparencia al que ya la prensa está sacándole los defectos y faltas y el PSOE rechaza porque no contiene las declaraciones de bienes. Muchas de estas cosas se corregirán; otras, no, claro. Pero lo esencial aquí no es si el portal sirve o no, sino qué tipo de información contiene. ¿Trae los sobresueldos? ¿Las malversaciones? ¿Las sobrevaloraciones de costes? ¿Las múltiples formas de corrupción que se dan hasta hoy mismo, las mordidas, las comisiones? Por supuesto que no. Entonces, esta transparencia ¿qué transparenta? No los hechos, sino lo que se va a hacer a partir de ahora. Es decir, es una propuesta de borrón y cuenta nueva presentada por los responsables y beneficiarios del borrón. De risa.

Para que esta escenificación, carísima, seguro, tuviera crédito, debería ir precedida de la dimisión de los responsables de este deplorable estado de cosas, empezando por Rajoy y todos los directa e indirectamente salpicados por la Gürtel, desde Arenas a Cospedal, pasando por Aguirre. Están todos quemados. Y la prueba de que lo están es que el mismo gobierno y partido que presentan ufanos el Portal de la Transparencia son los que impiden que haya una comisión de investigación sobre la gigantesca estafa de Bankia, en la que bien parece que están todos pringados hasta las cejas.  
 
Los dos partidos dinásticos también excluyen de la transparencia las cuentas de la Casa Real. Teniendo en cuenta que el Portal tampoco dará información sobre los 11.000 millones de euros que recibe la Iglesia en transferencia directa y otros tantos por vía indirecta, la verdad es que lo de la transpaerencia es una burla, una especie de juego de trileros. Lógico. Las épocas de corrupción son ricas en vividores, logreros, gentes hábiles para medrar en situaciones dífíciles, siempre al filo de la legalidad y con una capacidad notable de maniobra porque o tienen contacto directo con el poder político o ellos mismos son ese poder político.

III.

La corrupción es actividad propia de vivos, de vivales que, en el caso de España se hace sobre un trasfondo terrible de muertos, de asesinados y enterrados en cualquier parte a lo largo y ancho de la geografía del país. El dato, frecuentemente repetido, de que seamos el segundo país después de Camboya en número de fosas anónimas permite decir que los españoles vivimos literalmente pìsando sobre nuestros muertos. Bueno, sobre los muertos de una parte de nosotros, que preferiríamos no pisarlos, porque a la otra no le importa hacerlo. El país de la corrupción, el reino de los vivos, está edificado sobre el de los muertos y no en el sentido simbólico de la sucesión de las generaciones como las hojas de los árboles, que dice Homero, sino en el más trágico y brutal de que hollamos las sepulturas de quienes están esperando una justicia que nosotros les negamos.

Ayer culminó el Congreso su villanía de dar por abrumadora mayoría la espalda a las víctimes del franquismo. La transición se edificó sobre una ley de amnistía que era de punto final y ahora se camina hacia una especie de ley del olvido. Los muertos, que se habían levantado como espectros judiciales en la Argentina, deben volver a sus fosas y muladares y abandonar toda esperanza. Los vivos están muy ocupados haciendo dinero, a lo que ahora llaman salir de la crisis. El PP ya ha dicho que no piensa retomar la tímida ley de la Memoria Histórica del PSOE ni resarcir a las víctimas del franquismo. No nos hace falta, dice la derecha, una "comisión de la verdad" . Las democracias no tienen "verdades oficiales", dice el senador del PP Muñoz Alonso. Es cierto. La verdad oficial del franquismo la fabricó el propio franquismo, según la cual en las cunetas no hay nadie asesinado y enterrado y tal es la verdad, la única verdad, que la democracia ha heredado. Que eso lo piense Muñoz Alonso, heredero ideológico y defensor de aquella tiranía y lo justifique citando a Orwell es lógico. Que lo piense el PSOE, no.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Grandes esperanzas.


El país vive pendiente de los catalanes y de Podemos. El País, también. El titular con el "régimen" entrecomillado, su régimen, apunta a un programa político. Los aspectos iconográficos de la ilustración son patentes. Esa camisa blanca fuente de luz sobre un fondo en penumbra pero con mucha gente y señalando a mucha otra que no está en la foto, pero está, tiene fuerza.

La fuerza de convocar a los medios, de atraer atención internacional, de imponer un discurso de regeneración que los demás simulan. Aún no han llegado y la realidad está cambiando a ojos vistas; sobre todo vistas. Nunca se había visto a tanta gente peregrinando por los platós y dando tantas explicaciones sobre sus corruptelas. Casi parece que hay libertad de expresión.

La fuerza de organizarse en abierto, de forma democrática. Resultado abrumador: La candidatura de Iglesias a la Secretaría General ha recibido 95.311 de los 107.488 votos emitidos por los simpatizantes entre el lunes y el viernes, es decir, un 88,6% ─un 96,87% si no se tienen en cuenta los 9.101 votos en blanco. Pero aquí hay que detenerse. Si es verdad que Podemos cuenta con 220.000 inscritos (en qué concepto no lo tengo claro pero, en todo caso, votantes), el equipo dirigente ha sido elegido por el 43% de los electores convocados. La abstención es del 51%. Mucho para una votación que ha durado una semana y puede hacerse por medios telemáticos. El dato debe tenerse en cuenta porque indica un defecto de la política en internet, el llamado clickactivismo. Si el 50% no hace ni click, cabe preguntarse si, llegado el día de ir a votar, no dejará de hacerlo otro 50% de los que sí clickean.
 
En cuanto al discurso, hay tanto malaje buscándole las vueltas y revirivueltas que dan ganas de darlo todo por bueno, de la cruz a la fecha. Por lo de las grandes esperanzas. En el comienzo mismo de la andadura, Iglesias anuncia que "lo difícil viene ahora". Pero lo encara sobre un escenario, rodeado de miles de personas. El huérfano Pip de la novela de Dickens lo hace en un cementerio y en compañía de un delincuente. Las condiciones son ahora más favorables.
 
Se asienta la queja sobre la ambigüedad del discurso. La que pendía sobre el aborto ya se ha disipado. Lógico: además de ser un derecho de las mujeres está muy aceptado socialmente. Hay otras dos ambigüedades que siguen reververando en una luz incierta: la separación de la Iglesia y el Estado y la cuestión República o Monarquía. Puede entenderse que todo ello tendrá cabida en el proceso constituyente que ayer quedó oficialmente proclamado. No reforma de la Constitución sino proceso constituyente. En otros términos, las elecciones de 2015 serán legislativas ordinarias para todos menos para Podemos, para quien serán constituyentes. Palabras mayores rezongan las gentes de orden para dichas por un grupo de mozalbetes en mangas de camisa. Bueno, no se olvide la que organizaron los sans culottes.
 
Con la petición de proceso constituyente Podemos quiere matizar su ambigüedad en la cuestión catalana. Se reconoce el derecho a decidir de los catalanes y se da por supuesto que están interesados en ese proceso constituyente que se les ofrece. ¿Y si no lo están? El reconocimiento del derecho a decidir, ¿incluye el de decidir irse con su propio proceso constituyente?
 
Suscitar grandes esperanzas es un mérito; estar a su altura, mérito doble.

lunes, 24 de febrero de 2014

Menudo follón el del Follonero.

¡Qué golpe a los principios de la Transición y la Antitransición! Pasado el primer sofoco, muchos se acordaron de Welles y la guerra de los mundos. Es una comparación que eleva a Évole al pináculo de la genialidad. Con justicia, desde luego. El genio no deja a nadie indiferente. Ayer había gente que bramaba en Twitter. Otra aplaudía a más no poder. Reacciones normales en quienes se sienten víctimas de una inocentada porque se la toman como algo personal.

Lo decisivo aquí es que Operación Palace fuera tan verosímil y encontrara una audiencia tan crédula. Suele decirse que no se sabe todo (algunos sostienen que, en realidad, no se sabe nada) del 23-F. ¿Por qué no iba a haber sido una farsa? Al fin y al cabo, lo fue, aunque impremeditada. Esa reunión de todos los políticos de entonces con el general Gutiérrez Mellado y el inevitable Sabino Fernández Campo en la que se fraguó el golpe antigolpe es extraña. Pero también lo es la que se produjo en realidad entre el socialista Mújica y el general Armada un poco antes del golpe. Lo inverosímil no es la reunión, sino la decisión que se toma: inventar el golpe vacuna antigolpe. Demasiado brillante para nuestros dirigentes.

Un punto de arranque le daba una verosimilitud añadida, a tono con el imaginario colectivo: por fin, una explicación de la hasta ahora inexplicable dimisión de Suárez.

La historia pecaba de exceso de perfección. Los políticos y periodistas que la narraban no eran igual de convincentes y algunos francamente malos interpretando. Pero, sobre todo, había un escalón insalvable desde el principio: de todos los entrevistados, personajes públicos de elevado narcisismo en muchos casos y con una incurable afición a hablar de lo que saben y lo que oyen, ¿todos guardaron celoso secreto durante 33 años? ¿Hasta el catedrático de historia contemporánea, faltando clamorosamente a su profesión? No obstante, muchos la dieron por buena y, cuando ya fue evidente, empezaron a borrar tweets como locos, por pasarse de listos. Sin embargo, es comprensible: el golpe del 23-F fue tal desastre que podía haber sido preparado para fracasar.

Luego empezaron los ataques a Évole: lo que se hace por conseguir audiencia, falta de respeto a diversas cuestiones consideradas sacrosantas (la angustia de los partícipes, la de la población en general), trivialización de cosas serias, inconfesable intento de lavar la cara a la monarquía, justificación de la impresentable transición. No le quedó un hueso sano al periodista. Lo mantearon a modo al consabido grito de todos tenemos sentido del humor pero te has pasado veinte pueblos, amigo. Hay cosas con las que no se juega. Es más o menos el club de los creyentes en la blasfemia.

A los demás les preocupa lo que dijo después: Seguramente otras veces les han mentido y nadie se lo ha dicho. Muy probable, muy probable. Si el personal se traga esta rueda de molino, ¿qué sucede con los rodamientos de rodillos que colocan todos los días los medios, especialmente los gubernamentales, que son casi todos?

Un follón el que ha montado el Follonero. Y el toque final de la misteriosa caja blanca corona el pastel. De misterio, nada, es la caja negra de la Corona que, por ser la Corona, es blanca.

(La imagen es una foto de Dovidena del Campo, con licencia Creative Commons).

miércoles, 23 de octubre de 2013

Esta España nuestra.


El viernes, 25 y sábado, 26, dirijo un curso de extensión universitaria en la sede del Centro Asociado a UNED de Sevilla. Se titula Visión de la España contemporánea y tendrá cuatro temas monográficos: 1) la transición, sus consecuencias y el juicio que hoy nos merece; 2) la democracia española en todos sus aspectos (institucional, mediático, opinión pública); 3) los nacionalismos en España: la idea y evolución de la nación española, el nacionalismo español y los nacionalismos no españoles; 4) los aspectos de una hipotética reforma de la Constitución de 1978, especialmente en lo referente a la planta territorial del Estado y el sistema electoral.

Son muchos los rasgos que distinguen a los españoles de otros pueblos europeos, pero uno de ellos es especialmente sobresaliente: nos encanta hablar de nosotros mismos. Se dirá que eso pasa con todos los pueblos. Todos se piensan únicos, excepcionales, maravillosos y están encantados consigo mismos. Pero no es el caso español. Nos encanta hablar de nosotros mismos pero casi siempre mal. Incluso cuando hablamos bien, no podemos dejar de lanzar alguna puya a otros españoles que, cómo no, desmerecen del conjunto y, de ser algo, son malos españoles, cuando no aleves y traidores. Eso es especialmente evidente en el problema que tenemos con la nación. Hay quien dice que en España hay una única nación, la española, y las demás son invenciones; quien sostiene que hay varias: la española y algunas otras; y quien afirma que únicamente cuentan las otras y la única que no existe es la española. No está mal como punto de arranque para un interesante debate.

Y eso en cuanto a la nación. Si el objeto es la transición, las discrepancias no son menores ni menos apasionadamente defendidas. Según unos, la transición fue un proceso modélico por el que una dictadura se transmutó en democracia; según otros, fue una horrible traición en la que se abandonaron y se vendieron diversos sacrosantos principios por un lugar al sol y, finalmente, según otros fue una mezcla de ambos: genial inventiva, traición, chapuza. El genio de la raza es la controversia.

Como siempre, bienvenid@s aquell@s que quieran acercarse aunque, según leo en la página web del Centro, el cupo está agotado. 

lunes, 20 de mayo de 2013

Lo que impuso Franco.


Este hombre de noventa y tres años, Darío Rivas, hijo de un alcalde fusilado por los franquistas en 1936, lo dice muy claramente: ustedes están viviendo lo que impuso Franco. Y tiene razón. Esa beligerancia con que el gobierno torpedea el procedimiento que se sigue en la Argentina por los crímenes del franquismo; ese sabotaje permanente a que se haga justicia a las víctimas (que ya se manifestó en las represalias sufridas por el juez Garzón); ese descarado incumplimiento de las obligaciones internacionales como la de dar razón de las personas desaparecidas por la violencia, revelan bien a las claras las concomitancias entre el gobierno y el franquismo. No es ya solamente que aquel ignore sin más la Ley de la Memoria Histórica, no haga exhumaciones y se niegue a eliminar la simbología franquista más palpable, como los títulos honoríficos al dictador o los nombres de las calles. Es que positivamente protege a los criminales de antaño y obstaculiza que se haga justicia con ellos.

Es decir, tiene razón Rivas: Franco lo dejó todo atado y bien atado. Esto es algo en lo que no quisieron pensar mucho quienes pactaron la transición. Dieron por supuesto que la derecha abominaba del franquismo como ellos, hicieron un acuerdo lleno de concesiones por ambos lados y presumieron la buena fe de los franquistas reciclados. Eso fue un error. La actual arremetida de la derecha (el saqueo de lo público, la educación y la justicia de clase, la negación de derechos de los trabajadores y de otros colectivos como las minorías sexuales o las mujeres) prueba que su franquismo no es nostálgico o superficial sino que está muy presente y muy vivo. Por eso no solo no lo condenan sino que lo defienden.

Imagino que algún lector objetará a la expresión acuerdo lleno de concesiones por ambos lados. Visto en perspectiva parece que las concesiones verdaderas, las de fondo, las hizo la izquierda, mientras que la derecha apenas renunció a nada. Y en buena medida, así es. Pero es erróneo comparar el alcance de las concesiones en abstracto. Es preciso verlas en el contexto real en el que se dieron y en la correspondiente correlación de fuerzas. Un ejemplo bien conocido es de utilidad aquí: la legalización del Partido Comunista de España el sábado santo de 1977. Desde un punto de vista objetivo, este hecho no debiera computarse como concesión alguna ya que la existencia misma del Estado democrático depende, entre otras cosas, de la libertad de partidos políticos. Sin embargo fue una concesión de la derecha, y una muy traumática, que estuvo a punto de dar al traste con la transición. Esta es la base del triunfo de la derecha: que, después de Franco, mantuvo el poder suficiente para determinar el marco del debate público.

El éxito del atado y bien atado del franquismo, que llega al día de hoy con el Invicto descasando en su ciclópeo mausoleo, se observa por todas partes, especialmente en el mantenimiento de la alianza entre el trono y el altar, el poder y la religión, base del nacionalcatolicismo, hoy tan vivo como siempre.

domingo, 19 de mayo de 2013

Nada es como parece, ni parece como es.

Alfredo Grimaldos (2013) Claves de la transición 1973-1986 (para adultos). De la muerte de Carrero Blanco al referéndum de la OTAN. Barcelona: Península/Atalaya (191 pags.)


La primero que llama la atención de este libro es su título. ¿Por qué el paréntesis de “para adultos”? ¿Tiene acaso contenido escabroso? ¿Quizá no puedan leerlo los niños o las almas bellas hegelianas? Después de haberlo recorrido entero no encuentro motivo alguno que justifique la advertencia más de lo que haría si se previniera a los ciclistas, los contables o los diabéticos, salvo que se trate de una insinuación: quien no esté en posesion de estas "claves" no será completamente adulto. Lo mismo sucede con las fechas. El autor sabe probablemente que uno de los encantos de ocuparse de la transición (aparte del de meterse en un berenjenal de acusaciones cruzadas que muchas veces ventilan otros agravios o neurosis) es acumular razones para proponer distintas fechas de comienzo y final del proceso, distintos términos a quo y ad quem. La mayoría de los autores viene aceptando como fecha inicial la de la muerte de Franco, mientras que la propuesta por Grimaldos, 1973,  suele considerarse más como "pretransición". En cuanto al término, hay más discrepancias: muchos aceptan 1978 (Constitución), otros prefieren 1981 (golpe de Estado fallido), otros 1982 (triunfo socialista), así que no hay inconveniente en aceptar 1986, data del referéndum de la OTAN o volte face socialista.
La elección de 1973, a primera vista, no parece disparatada ya que, con la voladura del Almirante, se rompía una previsión sucesoria de Franco. Pero es endeble por dos razones: a) en el fondo, Carrero Blanco como presidente del gobierno no pintaba nada; b) el “atado y bien atado” de la transición residía en la Ley Orgánica del Estado y el juramento de Juan Carlos. Me inclino, pues, a pensar que la elección responde a razones subjetivas del autor. Habiendo nacido este en 1956, en 1973 tenía diecisiete años. De fijarse en 1975, como es el uso, encontraría a Grimaldos con 19 años y le plantearía la cuestión que suele suscitarse en los estudios sobre la transición, sobre todo en aquellos que tienen fuertes elementos críticos en un sentido u otro, esto es: y usted, personalmente, que tantos reproches acumula frente a los hechos, ¿qué hizo por cambiarlos? ¿Cuál fue su actuación? ¿Qué defendía por entonces? El asunto no es trivial nunca porque es frecuente que, en estos estudios, el paso del tiempo acabe convenciéndonos –sin duda de buena fe- de que, si ocurrió algo enojoso, fue sin nuestra ayuda y quién sabe si con nuestra oposición directa.
En este caso concreto se añade, además, que el autor, sin hacer de ello causa específica, da por buena la versión de los hechos que ofrece uno de su protagonistas más polémicos y característicos, el notario Antonio García-Trevijano. Es este un personaje ambiguo que compensa su absoluta irrelevancia en los años en cuestión, con su contumacia en una interpretación posterior que expone cómo todos los personajes que intervinieron eran unos incapaces, unos incompetentes o unos traidores menos él y algún amigo suyo. Es decir, cuando se hagan –si se hacen- las tipologías de visiones de la transición, habrá que encontrar un nicho especial, único, sui-generis, para la de García-Trevijano expuesta en abundantes publicaciones en papel y en la red, únicas o periódicas, con una audiencia exigua hecha sobre todo de amigos e incondicionales que forman algo parecido a una asociación con ribetes de partido, pero que los medios académicos y mundanos, se obstinan en ignorar olímpicamente. Lo cual los hace sospechosos, claro es, de concomitancias inconfesables con las espurias intenciones con que los protagonistas incumplieron su deber y traicionaron las esperanzas depositadas en ellos.
Esta visión de la transición de García Trevijano es un ejercicio de megalomanía continuado. Miembro de la Junta Democrática –de la que el autor lo hace prácticamente creador y espíritu vivo (p. 61) no siéndolo- a título personal, como lo fue su amigo y en cierto modo protegido Calvo Serer, miembro del Opus o Pepín Vidal, su idea parecía ser reconducir el franquismo hacia la monarquía, por muy republicano-constitucional que venga reclamándose desde entonces. La confluencia de la Junta con la Plataforma de Convergencia Democrática, animada por el PSOE en Coordinación Democrática, también llamada Platajunta en marzo de 1976, dejó al hombre sin escalera, pero agarrado a la brocha. Desde entonces, ha podido estar en varias de las maniobras y conspiraciones que se han urdido en España con diversos motivos (desde derrocar la Monarquía hasta acabar con el gobierno de Felipe González) siempre en alianza con personajes de agitadas y contradictorias biografías, como Pablo Castellano, Jaime Campmany, Joaquín Navarro, Gómez de Liaño, etc. varios ya fallecidos, de posiciones políticas no coincidentes pero todos unidos por el engrudo de un altísimo, insuperable concepto de sí mismos. Empezando por el propio Trevijano.
Esta visión de la transición que el autor expone sin reserva crítica alguna, coincide con la interpretación radical que la ve como una ignominiosa traición de la izquierda a sus principios a cambio de un pacto de colaboración con los franquistas para encontrar un lugar al sol del nuevo régimen. De hecho, uno de sus principales expositores, Pepín Vidal, fue también uno de los personajes iniciales de la Junta Democrática que, en un primer momento, casi parecía una sociedad entre los comunistas del PCE y los miembros del Opus, aunque estuvieran enfrentados a la obra, como era el caso de Vidal. Pero es una coincidencia aparente. La crítica radical tiene un fondo doctrinario, ideológico, de principios del que carece por entero toda la acción del actual prócer republicano, caracterizada por el oportunismo, la falta de principios, el personalismo más desaforado y la afición por doctrinas aparentemente sólidas pero esencialmente arbitrarias y fantásticas.
Todas estas características muestran que, como aportación al estudio de la transición, el libro de Grimaldos no tiene gran valor. Sí lo tiene, en cambio, para entender en parte los discursos cruzados y antagónicos sobre el fenómeno que, repartiendo culpabilidades y méritos por lo que ha sucedido, ilustran mucho no sobre lo que pasó sino sobre lo que está pasando. Es una versión de la transición para consumo presente.
La idea esencial es que todo el proceso estuvo teledirigido hasta en sus más mínimos detalles por la CIA, los estadounidenses y la socialdemocracia alemana que, en el fondo, era un departamento europeo de la misma CIA. “La Transición española se diseñó en Langley (Virginia), junto al río Potomac, en la sede central de la CIA” (p. 33), lo que para dicho así, sin una sola cita ni fuente, tiene su chiste. Vernon Walters y Willy Brandt sabían más de lo que se cocía e iba a cocerse en España que Juan Carlos, Areilza, Suárez, Fraga, González o Carrillo, en el fondo meros comparsas de un guión redactado en otra parte. Sobre todo González y Carrillo, dos archivillanos.
La cuestión de la influencia exterior en la transición española es de las más interesantes y todavía bastante abierta. Decir que el proceso lo teledirigieron otros es tan pobre por maniqueo como decir que fue radicalmente castizo, autóctono. España estaba en un contexto internacional, que tuvo su importancia tanto por lo activo como lo pasivo. Ahora bien, hay un punto aquí que no puede pasarse por alto: quienes fían todo al carácter subalterno de España frente a las cancillerías extranjeras, a las conjuras y cabildeos palaciegos olvidan que la transición también fue un proceso social y económico en que intervinieron acciones de masas, disturbios, terrorismo, asesinatos, movilizaciones, huelgas, cambios en la opinión, los medios, elecciones, etc., etc. Que los autores genuinamente de izquierdas olviden estas cuestiones es sorprendente. Que las olviden personajes aislados como Trevijano no lo es en absoluto porque su planteamiento jamás contó con la fuerza de las organizaciones y las movilizaciones que le era ajena en su condición de exquisito y preclaro tribuno, interesado por los problemas del pueblo, pero sin mezclarse con él.
Ciertamente, la común versión crítica de la transición como traición cuenta siempre con un capítulo en donde se relata cómo el proceso se hizo a costa de aplastar las movilizaciones populares por la violencia. Pero la funcionalidad de esta referencia, al menos en el caso del libro que nos ocupa, no es corregir un error de visión anterior y reconocer que, mal que bien, dichas movilizaciones populares se hicieron bajo la orientación de una direcciones políticas partidistas que, guste o no guste, actuaban en procura de determinados objetivos de cambio. Lo que se hace no es presentarlos como fenómenos concomitantes sino como hechos independientes, ajenos: de un lado, los perversos políticos –franquistas y oposición- dispuestos a pactar a espaldas de la gente, a montarse su chiringuito, a justificar sus concesiones y, de otro, un heroico pueblo sin verdadera dirección, reprimido, perseguido, sacrificado en el altar de las ambiciones de cuatro políticos mediocres. De ese modo se demuestra también cómo la idea del carácter “pacífico” de la transición es un mito para justificar la mendacidad de su condición modélica.
En este terreno hay un buen capítulo sobre cómo la judicatura franquista pasó incólume a serlo de la democracia que se apoya en lo esencial en el estupendo y exhaustivo estudio de Juan José Aguilar, El TOP (Barcelona, Planeta, 2001) y, por supuesto, los conocimientos especializados de Trevijano. Complementarios con este hay también dos interesantes capítulos sobre la represión a cargo de la policía política franquista y el que llama terror paralelo, en el que se hace un estudio cumplido sobre las organizaciones terroristas de la extrema derecha en connivencia con el aparato represivo del Estado, el largo goteo de atentados y asesinatos perpetrados por las distintas organizaciones, BVE, GANE, GAL, etc, con la ayuda de terroristas y provocadores extranjeros, fundamentalmente italianos, pero también de otros países a los que el autor, me temo, da una importancia que no sé si tendrían, quizá arrastrado por la afición de todo escritor de actualidad a encontrar elementos de fuerte impacto. Así, cuando al hablar de los terroristas italianos de extrema derecha en Barcelona en 1973, Stefano della Chiae, Cicuttini, Carnasi, los hace miembros de una sedicente internacional negra, de cuya existencia real no ofrece la menor pista. Ni una nota. Y ya lo merece pues, aunque la expresión tiene pinta de ser más que nada una licencia literaria, la única internacional negra que está documentada y por breve tiempo, es la fundada por unos anarquistas disidentes de la AIT a fines del siglo XIX.
La última parte del libro, a la que cabe reconocer la mayor calidad, el trato privilegiado al nacionalcatolicismo y el Estado criptoconfesional, (que deben mucho a la obra de Gonzalo Puente Ojea y muy probable contacto personal del autor con él) es de lo más recomendable. La Iglesia católica salió muy bien parada de la transición: cedió en cuestiones adjetivas y conservó lo sustancial de su dominación hasta el punto de que, con UCD, con el PSOE, con el PP, el país siguió siendo nacionalcatólico. La izquierda –refugiada en la ilusa esperanza de Peces Barba de que la Iglesia actuaría de buena fe, hizo tales concesiones que convirtieron en una burla la no confesionalidad del Estado. Y así seguimos al día de hoy en que el partido socialista continúa amenazando débilmente con revisar los vergonzosos Acuerdos con la Santa Sede de 1979 si la Iglesia no se aviene a razones y se obstina en llevar al extremo su intolerancia, su extremismo, su ataque a los derechos de las personas, su nacionalcatolicismo.
Porque en esto sí que es como si la transición no se hubiera dado: España sigue siendo un país nacionalcatólico con la aquiescencia del PSOE.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Yolanda.

El 1º de febrero de 1980 dos criminales, Emilio Hellín Moro e Ignacio Abad Velázquez, secuestraban, torturaban y asesinaban de tres disparos en la cabeza a una chica de diecinueve años. Se llamaba Yolanda González, era vasca y vivía en Madrid, en donde estudiaba formación profesional y militaba en un grupúsculo trostkista. El frío relato de los hechos en Wikipedia da una idea de la época y ayuda a comprender el espíritu de la transición: los militantes de Fuerza Nueva andaban asesinando gente, como habían hecho -ellos u otros de la misma vena- con los abogados de Atocha, con la connivencia, cuando no la activa ayuda de la policía.

Hoy, treinta y tres años después de aquel crimen, nos enteramos de que el ministerio del Interior tiene contratado al asesino de Yolanda como asesor o instructor o adoctrinador de la policía y la guardia civil. Tras haber cumplido de forma bastante accidentada una parte de la condena original, el sujeto ha mudado de nombre y, entre otras, realiza las colaboraciones señaladas y alguna más para ocasionales autoridades del PP. Aquí se plantea la cuestión de qué sucede con los delincuentes cumplidos y su reinserción social. Seguramente. Pero el delito de Hellín, sobre ser especialmente odioso, tiene unos elementos de ideología política imposibles de ignorar. El asesinato de Yolanda fue un crimen político, un acto de terrorismo típicamente político. Que yo sepa, Hellín no ha pedido perdón ni mostrado arrepentimiento por el crimen cometido. ¿Acaso esas exigencias se plantean únicamente a los etarras o proetarras? Con tanta mayor razón aquí porque no existe garantía ninguna de que el Hellín de extrema derecha no aproveche su posición para orientar ideológicamente las actividades de la policía o, incluso, para cometer una nueva fechoría. La muestra de arrepentimiento tampoco sería una garantía, pero es de todo punto exigible.


Hellín fue contratado por el ministerio en 2006. Entonces era responable de Interior Rubalcaba. Quiero creer que el ministro socialista no sabía a quién se contrataba para la instrucción de la policía. No me cabe en la cabeza que lo supiera y no dijera nada. Y, si es así, ya está tardando en comparecer en público a decirlo. ¿O le parece bien contratar a un criminal fascista que no se ha arrepentido?

Veintiséis años después de su muerte, Yolanda fue asesinada de nuevo en su memoria por quien la había matado y quizá con la connivencia de quienes entonces lo ayudaron.