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sábado, 16 de julio de 2016

Tejerülü

Andaban ayer los todólogos en las tertulias luciendo sus profundos conocimientos sobre Turquía que, en algún caso, se remontaban a los tiempos de la Sublime Puerta. Lástima que la realidad de la era digital, en la que las cosas se saben antes de que ocurran, se encargara de dejarlos sin objeto de lucimiento.

Un golpe de Estado que ha fracasado en horas, un golpe confuso, del que muchos no sabían qué opinar porque si malo por involucionista es Erdogan, peores han de ser unos militares montados en sus carros de combate que ni siquiera parecían saber a dónde dirigirse, qué tenían que ocupar y a quién neutralizar. Alguien salió recordando que el ejército es la columna vertebral del laicismo de la vieja "joven Turquía" de Kemal Ataturk. Un ejército proclive a intervenir en política con fórmulas imaginativas. Hace unos años dio un golpe de Estado blando y ahora, parece haber querido darlo breve si las noticias sobre su fracaso estilo Tejero se confirman.

Al margen de las cuestiones bélicas en Oriente Medio y del conflicto kurdo, Turquía tiene un posible impacto desestabilizador en tres círculos distintos. Es un país de la OTAN, es pretendiende a la UE, con la que ha firmado un acuerdo sobre refugiados que solivianta los ánimos de la gente de bien y mantiene vivo el contencioso de Chipre con Grecia. Un golpe de Estado en Turquía es una piedra en el estanque europeo.

Añádase que, detrás de los supuestos militares laicistas, parece haber un clérigo integrista. Si esto es así y el golpe en verdad ha fracasado por la resistencia popular en la calle, hay esperanzas.

miércoles, 5 de junio de 2013

La belleza y la dignidad de la rebelión.


Me gustaría estar allí, quisiera estar allí, deseo estar allí. Allí en donde la gente se siente libre porque rechaza el miedo y se enfrenta a la bestialidad del poder, ese aparato servido por perros sin alma a las órdenes de potentados, banqueros, capitalistas, militares, curas y otras variantes de criminales y cobardes. Sé que no vale mucho, pero quiero expresar mi sentimiento de cercanía, mi identificación con esa gente a la que no conozco de nada que se ha levantado en Turquía, que ha recogido la antorcha de la marcha de la humanidad hacia un mundo en el que no haya más caos, más brutalidad, injusticia, explotación, despotismo, abuso, manipulación, movidos por los siniestros intereses del dinero, la codicia, el odio, la tiranía. Y en donde sus lacayos y agentes ideológicos en los medios, en las universidades, en las fundaciones, cenáculos intelectuales e iglesias ya no puedan mentir hablando de orden, tolerancia, justicia, bienestar, democracia, prudencia y libertad. No sé cuánto durará este hermoso ejemplo turco, ni si mañana la gente se abrazará en las calles o los gobernantes y sus esbirros en los partidos, la policía, el ejército, procederán a "restablecer la calma" masacrando a la gente como es su tendencia inmemorial. Ya es maravilloso haber llegado hasta aquí, con esa indomable voluntad de persistir que anuncia la máscara antigás de ese ciudadano, hoy icono mundial de la sempiterna lucha del pueblo contra los opresores de todos los tiempos y todos los países. 

lunes, 3 de diciembre de 2007

Que vienen los turcos.

La joven investigadora Carmen Rodríguez López ha publicado un interesante libro (colijo que su tesis doctoral) sobre lo que probablemente sea hoy y siga siendo en los próximos años, el problema mayor de la ampliación de la Unión Europea, esto es, la adhesión de Turquía que aun hoy no está del todo clara.

Turquía. La apuesta por Europa (La Catarata, Madrid, 2007) es un estudio exhaustivo de las complejas, sobresaltadas y contradictorias relaciones de Turquía con Europa desde los años de la fundación del moderno Estado turco, en tiempos de Mustafá Kemal Atatürk, el padre de la Patria, hasta nuestros días. La autora explicita los criterios que han guiado de siempre a la UE en sus sucesivas ampliaciones y se concentra luego en los altibajos de las negociaciones con Turquía, aunque engarzando este proceso en la tumultuosa historia de este país en el período de entreguerras y, en especial, en los años de la IIª postguerra y la guerra fría, cuando Turquia -un poco a imagen y semejanza de España- compensaba su falta de integración en el concierto europeo mediante una relación bilateral privilegiada con los EEUU que habían emplazado en ella tanto emisoras de radio, para la guerra de propaganda contra la Unión Soviética, como sistemas balísticos para la posible guerra convencional, una relación mediante la cual Turquía fue aceptada en la OTAN, a pesar de los pesares y de la oposición griega, cosa que los yankees ni siquiera intentaron en el caso de España.

La tesis de Rodríguez es que Turquía ha puesto siempre un enorme interés en estrechar los lazos con Europa e integrarse en ella y quizá como manifestación de una especie de "síndrome de Estocolmo", da la impresión de pensar que no solamente lo merece, sino que, si no se ha producido ya, parte de la culpa recae sobre los europeos. Sin embargo, todo su libro es una espléndida muestra de que esta cuestión es mucho más peliaguda de lo que parece.

Turquía es un país musulmán (no árabe, lo que explica su situación a medio camino entre los tres "pueblos del libro") y este asunto tiene su importancia, aunque los europeos, maestros en esto de la hipocresía, no lo harán constar en parte alguna. De los veintisiete países miembros de la UE, once tienen religión oficial (cristiana) y/o hacen expresa mención en el preámbulo y parte declarativa de sus constituciones bien sea a Dios, a la religión cristiana, a la Santísima Trinidad e incluso... a Cirilo y Metodio. Obviamente, la UE es un club cristiano (católico, protestante, ortodoxo), lo cual tiene su peso, se quiera o no.

Los obstáculos no son solamente de tipo religioso. También los hay de carácter económico (sistema productivo, competitividad, circulación de mano de obra, etc) y, sobre todo, de cultura política. El libro de Rodríguez hace un análisis pormenorizado de la política interior turca especialmente en relación con los partidos y es evidente que hay una gran diferencia entre el modo turco de entender los partidos, las elecciones, el conjunto del sistema político y el europeo occidental. Toda la cultura política. Tómese un solo caso de ejemplo: en muchos países de Europa (no en España) el negacionismo es un delito. En Turquía, el negacionismo del genocidio perpetrado por los turcos contra los armenios no solamente no es delito sino que el delito es precisamente sostener que lo hubo. Lo hubo.

Seguramente será conveniente que, resueltos los problemas pendientes (muy en especial ese increíble de Chipre) , Turquía se convierta en el miembro vigésimo octavo de la Unión, pero el asunto no será fácil. A allanar la tarea contribuirá este libro.

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miércoles, 15 de agosto de 2007

Alá en Turquía.

Interesante situación en Turquía. El ministro de Asuntos Exteriores del Primer Ministro, Tayyip Erdogan, el señor Abdullah Gül, perteneciente como él al partido islamista llamado "moderado", Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) vuelve a postularse para presidente de la República turca laica. Hay en esta situación dos aspectos que será interesante observar dado que, como siempre, cuando se habla de Turquía se habla de un Estado, con más de 71 millones de habitantes (solo segundo ante Alemania en Europa) que puede acceder (o no) a la Unión Europea: el primero es si existe eso que los medios llaman el "islamismo moderado"; el segundo, qué resultado dará un Presidente propuesto para el cargo por su jefe.

Se recordará que fue precisamente esta candidatura la que provocó hace unos meses una crisis, una velada advertencia del ejército, tradicionalmente kemalista, rumores de golpe de Estado y, por fin, al fracasar la candidatura del señor Gül por no reunir los votos necesarios y tras una sentencia del Tribunal Constitucional, las elecciones ligeramente anticipadas del pasado 22 de julio.

El partido gobernante ha interpretado el resultado (46,76% del voto y 341 diputados) como una resonante victoria y un refrendo de su política e intenciones. Es cierto que ha aumentado en cantidad de votos, pero ha disminuido en escaños (en las elecciones de 2002 obtuvo el 34,3% de los votos, pero 363 escaños), peculiaridades del sistema electoral y de su barrera legal del 10%. En todo caso, el principal partido de la oposición, el heredero del kemalismo, Partido Republicano del Pueblo (CHP), ha perdido aun más, tanto en votos como en escaños y el gran beneficiario ha sido el Partido de Acción Nacionalista (MHP), que en 2002 no alcanzó el fatídico 10% pero esta vez ha llegado al 14,33% y 71 diputados.

Para ser elegido presidente, el señor Gül necesita dos tercios de los diputados de la unicameral Gran Asamblea Nacional de Turquía (GANT), esto es, 367 diputados. No llega y no es probable que los consiga sumando votos de independientes (26 escaños), pero en tercera vuelta está previsto que el Presidente sea elegido por mayoría absoluta, esto es, 276 votos. La oposición de los kemalistas sigue siendo frontal, pero los nacionalistas ya han hecho saber que no boicotearán la elección, con lo que es prácticamente seguro que a fines de mes, Turquía tendrá un presidente musulmán, por primera vez desde la proclamación de la República por Mustafá Kemal en 1923.

Animado por los resultados electorales y el apoyo de las cancillerías europeas, el señor Erdogan ha decidido repetir su propuesta y no ceder ante la presión militar, que se adivina activa. Ese es un punto interesante de expectativa y quizá no sea exagerado decir que, en este pulso entre el ejército y el poder civil, Turquía se juega mucho en cuanto Estado de derecho y sociedad democrática y la UE estará vigilante.

A su vez, el señor Gül ha hecho saber que respetará el laicismo de la República turca. Es una de esas declaraciones gratuitas e innecesarias (como el propósito de dimisión de la ministra Álvarez) ya que no está en su mano hacer lo contrario, salvo que cometa perjurio pues, para ser presidente, tiene que prestar un juramento en el que, entre otras cosas, se compromete a: "guardar fidelidad a la Constitución, al imperio de la ley, a la democracia, a los principios y reformas de Atatürk y al principio de la República laica. ¿Lo hará?

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miércoles, 2 de mayo de 2007

La defensa de la democracia.

Gracias a Alá misericordioso, el Tribunal Constitucional turco ha anulado la primera vuelta de la elección presidencial en Turquía. Probablemente haya elecciones anticipadas; de todas formas, habían de ser en este año.

Un lector me reprochaba que dijera que el ejército es el único garante de la supremacía del poder civil en Turquía. En realidad llevaba algo de ironía y quizá no estaba muy bien redactado, pero el asunto toca a a uno de los problemas más interesantes y espinosos de la teoría de la democracia, esto es, el de la defensa de este sistema político. ¿Cómo se defiende la democracia frente a decisiones democráticas antidemocráticas, que las hay?

Como es sabido, el asunto torturó a los más preclaros pensadores de la iuspublicística alemana de la entreguerra que, con sus disquisiciones sobre el defensor de la Constitución no llegaron a tiempo de impedir que Hitler subiera al poder en la cresta de una ola de mayoría democrática y se cargara la democracia.

Desde entonces, este problema ha estado latente, pues es una variante del más antiguo y acrisolado de la "tiranía de la mayoría". La democracia descansa sobre el principio sagrado de la regla de la mayoría, pero ¿qué sucede cuando la mayoría se convierte en tiránica, esto es, quebranta los derechos de la(s) minoría(s)? En enero de 1992, entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones legislativas que, muy probablemente, ganaría el Frente Islámico de Salvación (FIS), una organización islámica integrista, el ejercito argelino dio un golpe de Estado que suspendió las elecciones, la democracia y el Estado de derecho. ¿Hizo bien o mal? Los militares devolvieron el poder en unas elecciones amañadas en 1998 y se declararon neutrales en las de 2004. Argelia no está normalizada del todo, pero ¿qué hubiera sucedido si gana el FIS?

Esto nos lleva a abordar el problema del integrismo islámico en conexión con el principio universalmente reconocido en Occidente (aunque no siempre practicado) de la separación entre la Iglesia y el Estado. En mi modesta opinión, ese principio no admite componendas ni medias tintas. Le ocurre lo que a los embarazos, según el dicho popular: o se está o no se está embarazada, pero no se puede estar "medio embarazada". Esa desconfianza radical (y nunca mejor empleado el adjetivo) es lo que me lleva a recelar del término "moderado" aplicado a los islamistas. Por la misma razón por la que pido que el Estado español denuncie de una vez los acuerdos con la Santa Sede y deje de mantener esa situación de ambigüedad que equivale a una negación del principio de separación entre la Iglesia y el Estado.

Por todo lo que hemos visto y sabemos, el Islam es teocrático y, por lo tanto, contrario a la separación entre la religión y el Estado. Creer que hay un Islam moderado, capaz de autorreprimirse en su proyecto de supeditar el Estado a la ley coránica es jugar con fuego y replantear el problema de defensa de la democracia, caso de que haya una mayoría electoral favorable a la "islamización" de Turquía. Si tal cosa se da, habrá tres medios de defensa de la democracia: la opinión laica, el Tribunal Constitucional y el ejército. La opinión laica puede sacar a la calle un millón de personas, como hizo el otro día, pero Turquía tiene 71 millones y las manifestaciones callejeras no pararían un proceso de islamización.

Queda el Tribunal Constitucional, el que ha acabado considerándose el defensor de la Constitución en la polémica citada más arriba. Pero la eficacia de su intervención depende de que haya un territorio de lealtad a las instituciones democráticas compartido por todas las fuerzas políticas, cosa que en el caso de los islamistas, veo altamente problemática. En el supuesto de que se llegue a un conflicto entre instituciones, un enfrentamiento entre poderes, la ultima ratio del Tribunal Constitucional es precisamente el ejército.

El ejército ha sido tradicionalmente la columna vertebral de la Turquía republicana, laica, modernizadora. Cierto, desde los tiempos de la guerra fría, las fuerzas armadas turcas arrastran una fuerte carga de extrema derecha, pero cada vez que los militares han intervenido, han acabado devolviendo el poder a la autoridad civil en períodos bastante breves. La cuestión es ahora que, al menos como se ve a sí mismo, el ejército es el "guardián de la Constitución laica" y el único que está en condiciones de impedir una islamización del país. La situación no es halagüeña, pero ¿cuándo han aceptado los islamistas separar el Islam del Estado pudiendo supeditar el segundo al primero?


martes, 1 de mayo de 2007

Vuelven los pachás.

El lío de Turquía tiene una pinta fatal. El Primer Ministro Erdogan, a quien El País llama "islamista moderado", sin duda porque cree en el carácter taumatúrgico de las palabras, baranda del mayoritario Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP: 360 escaños de los 550 del Parlamento turco, llamado, cómo no, Gran Asamblea Nacional Turca) se obstina en presentar la candidatura a la presidencia de la República de su ministro de Asuntos Exteriores y conmilitón en islamismo "moderado", Abdulá Gül.

Turquía es una República parlamentaria laica fundada en 1923 por el pater patriae Mustafá Kemal y regida por una Constitución también laica aprobada en 1982. El propósito obvio de estos dos "moderados" pájaros al igual que el de su partido es islamizar a la sociedad turca y, si pueden, reintroducir la sharia que como bien se sabe causa la felicidad del pueblo allí en donde impera. Ellos dicen que no pero quien haya seguido la política turca en los últimos años desde las elecciones de 2002 en que el AKP obtuvo el 34,27% del voto frente al 19,39% del Partido Popular Republicano (CHP), el fundado por Kemal, sabe que la islamización de Turquía está en marcha de muy diversas formas, unas más civilizadas que otras, obligando a las chicas en las escuelas a llevar el velo o asesinando a algún infiel que otro, preferentemente cristiano.

El sistema político turco es muy inestable, las elecciones (con principio proporcional) tienen un grado altísimo de volatilidad de forma que no es de extrañar que los partidos pasen de tener doscientos diputados a no tener ninguno. Ese desequilibrio es reflejo de la falla fundamental de la sociedad turca que sigue sin estabilizarse entre los islamistas y los modernizadores kemalistas. Ayuda bastante una barrera electoral del 10%. Así se explica que, actualmente sólo haya dos representados en el parlamento (tres, si se tiene en cuenta uno que se quedó en el 9,4% del voto y al que se le hicieron unos préstamos para que llegara a cuatro diputados), a pesar de que se trata de un país multipartidista. El sistema político, pues, no será obstáculo a la temida islamización. Es bastante probable que el tal Gül consiga los 2/3 de los votos preceptivos en la segunda vuelta de mañana, miércoles, porque habrá diputados del CHP que votarán por él, con lo que será presidente de la República si el Tribunal Constitucional no anula la primera vuelta, como solicita el CHP.

De tratarse de un país normal, este riesgo no debiera preocupar pues la vigente Constitución, con gran previsión, incluye el juramento que ha de prestar el futuro presidente de la República y que lo compromete, entre otras cosas a atenerse a:

" la Constitución, a la supremacía del derecho, a la democracia, a los principios y reformas de Ataturk y al principio de la República laica", (...) y a: "los derechos del hombre y las libertades fundamentales".
Debiera ser suficiente pero, al ser islamista el que jura, los pachás del ejército no se fían. Yo tampoco. El ejército turco que ha intervenido en política cuatro veces desde 1960 y ha dado origen a algunos términos originales de la Ciencia Política, como el "golpe por memorándum" (1971) o el "golpe posmoderno" (1998), ya ha avisado de que la laicidad es innegociable, en lo que todo el mundo ha entendido como un ultimátum. Tiene gracia. El gobierno ha recordado a los pachás la supremacía del poder civil y lo mismo ha hecho la Unión Europea, que ha perdido una ocasión de oro de callarse porque, hasta la fecha, la única garantía de supremacía del poder civil en Turquía es precisamente el ejército de los pachás.